Sí, Blonde no es como Bohemian Rhapsody o como Rocket Man

Porque, si bien se basa en una novela para la que Joyce Carol Oates —la gran escritora norteamericana— hizo una investigación profunda sobre la vida de Marilyn Monroe, lo del director y guionista Andrew Dominik es tomar el material literario, la ficción literaria, y convertirlo en una pesadilla. Ese mismo horror y desesperación que se siente en el libro.

Dominik lleva esa pesadilla al cine —a la casa de todos, vía Netflix— para molestar a la audiencia.

Con momentos intensos, sublimes, desagradables, dolorosos. Y algunos hermosos. No es una película para todo el mundo y los comentarios en rechazo en redes sociales funcionan son la prueba.

Blonde no es una película redonda. En realidad flaquea muchas veces porque Dominik quiere hacer de todo en esas dos horas y 40 minutos que dura. Eso sí, moviéndose en un terreno que es propio del horror: monstruos, sustos, suspenso y una final girl que sabemos que va a morir y una serie de acciones —casi siempre ligadas al abuso sexual, como la escena en la que el personaje que hace de John F. Kennedy la obliga a realizarle una felación— que golpean, que permiten que la desazón gane terreno en los espectadores.

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No es la historia de Marilyn

No hay una Marilyn Monroe real en Blonde. Ella es una representación, es un trabajo de imaginación que estira acontecimientos de la vida de Monroe —los deforma hasta que dejan de ser reales—, para crear una mujer víctima dentro de una jaula en la que ella ingresó y no pudo salir. Se trata de una prisionera de sus circunstancias, sus traumas y del entorno de deseo masculino que la ha convertido en objeto sexual.

Ese es el punto problemático y que más malestar ha generado. Porque Marilyn es reducida a una versión de absoluto sufrimiento y de incapacidad de salir de eso. El personaje que sufre a cada rato, sea en el soporte narrativo que sea, es agotador y repele. Duele o permite cuestionar qué es lo que está sucediendo en la película o el libro.

Tanto Dominik como Oates se decantan por convertir a Marilyn Monroe en envoltura. No sucede todo el tiempo, desde luego, pero es el símbolo sexual incapaz de romper el ciclo de violencia al que está sometido. 

No es una biopic. No puede serlo. Es la historia de una mujer usada —incluso por la misma película que estamos viendo— y que está a merced de algo siniestro que no puede controlar.. Marilyn es víctima y eso es un gran problema para la película. Sí, es un filme de horror porque incluso afecta y desespera y enfrenta a su personaje central a cosas terribles. 

Pero no es un filme de horror funcional. La final girl muere como única forma de escape a la locura casi lyncheana que la rodea. Una película como Blonde debió terminar con ella escapando de su jaula, de su imagen, pero con vida. Quizás para jugar con la paranoia social de que tanto ella como Elvis siguen vivos.

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Ana de Armas y Adrien Brody en una escena de Blonde. Fotografía cortesía de Netflix.

La denuncia que se incluye

Pese a los momentos maravillosos —todas la secuencia del enamoramiento con esa especie de Arthur Miller que interpreta Adrian Brody es hermosa— y las cosas extrañas, como los fetos ingenieros que le hablan a Marilyn, Andrew Domink salta de un registro a otro, de un gesto al siguiente.

Blonde es un filme donde hay un fuerte carácter experimental, un sentido teatral evidente y un montaje que usa el blanco y negro, así como al color sin ningún tipo de orden: a veces pasa y a veces no. Todo para hacer esa denuncia sobre una industria que objetiviza y destroza a la mujer. 

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Pero no lo hace por fuera. Dominik expone y objetiviza a Marilyn Monroe —interpretada por una impresionante Ana de Armas— porque no se excluye en su denuncia. Al final, cuando el cuerpo de la Marilyn muerta está sobre su cama, se sobreimpone una imagen de la misma actriz, en la misma posición, pero empieza a posar y a sonreír a la cámara. Lo que se supone es el final, es el inicio de la leyenda, una leyenda que sigue siendo exactamente lo mismo que esta Marilyn padeció.

La Marilyn de Blonde está expuesta y no tiene, ni siquiera en su desnudez, posibilidad de resguardo o intimidad. Blonde, así, se vuelve un filme violento. Pero es así, la película busca eso. No son decisiones inconscientes. Desde el inicio queda claro lo que está sucediendo y lo que se va a exponer. No es fácil verlo y tiene sentido que afecte. 

El horror es asumir que ni siquiera en la posibilidad de la denuncia, la mujer que es objeto deja su calidad de objeto. 

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Una de las escenas de Blonde, dirigida por Andrew Dominik. Fotografía cortesía de Netflix.

Eduardo Varas 100x100
Eduardo Varas
Periodista y escritor. Autor de dos libros de cuentos y de dos novelas. Uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina según la FIL de Guadalajara. En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, que entrega la FIL de Guayaquil.
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