¡Hola, terrícola! Hace unos días, di un taller a una comunidad de altos ejecutivos sobre el famoso storytelling para empresas —que no es otra cosa que saber contar una buena historia sobre una organización (algo que hacemos todo el tiempo en GK Studio). Al final, uno de los presentes me dijo que cuál era el futuro de la narrativa si, cada vez hay más algoritmos creativos.

flecha celesteOTROS HAMACAS

Su preocupación es válida, pero le dije que si bien los algoritmos impulsados por la potencia computacional contemporánea pueden procesar toneladas de big data para identificar si una canción o serie va a tener éxito o no, aún no pueden imaginar ni crear de forma consciente

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La verdad, no lo dejé muy convencido. 

Mi punto era que, si bien la capacidad de procesar información, aprender (ya no solo de los humanos, sino por su propia cuenta) y pronosticar de los algoritmos actuales era brutal, aún no podían relacionarse con el mundo que los rodea, y a partir de ello, inventar conscientemente una historia. 

Por eso es que los contadores de historias tenemos aún unos cuantos —no pocos— años más de utilidad social. Sí: tan solo porque podemos imaginar y porque tenemos conciencia. 

Y empezar el 2023 bien ¿robot?

En lo que sí tenía razón el amable y preocupado asistente al taller, es que los algoritmos están definiendo, con mayor frecuencia, lo que vemos en películas y series, lo que oímos en Spotify o Apple Music, lo que leemos en libros e internet, lo que buscamos en Google —en fin: casi todo.

Las plataformas de entretenimiento están usando algoritmos para determinar la forma de sus futuras producciones y determinar su éxito

Pero antes de avanzar, y a riesgo de ser redundante con ediciones anteriores de este newsletter, recordemos qué es un algoritmo y cómo han evolucionado gracias al poder de cómputo de los sistemas de nuestros tiempos. 

Un algoritmo, en esencia, es una serie de instrucciones claras destinadas a hacer algo: resolver un problema, procesar datos, computar cantidades. Los hay desde muy sencillos: una multiplicación o una división escolar son algoritmos

La cuestión es que el cerebro humano es capaz de manejar un número muy reducido de información para procesar y ordenar algoritmos. No me malinterpretes: es una cantidad fantástica, que nos ha convertido en la especie dominante del planeta. Pero, aún así, es mínima frente a la capacidad de procesamiento que han ido adquiriendo en las últimas décadas los ordenadores

Gracias a esa capacidad, se han desarrollado algoritmos poderosísimos, que conocemos con el nombre genérico de inteligencias artificiales. Estas han desarrollado, básicamente, dos formas principales de aprender.

La primera, siguiendo una serie de reglas, sistemas, normas que replican el proceso en que pensamos los humanos. La segunda, a través de redes neuronales, que no imitan el mecanismo del pensamiento, sino que tratan “de imitar la forma del cerebro. Las propias redes neuronales tienen que aprender, deduciendo sus propios patrones a partir del big data introducido en ellas”, explica el último episodio de Solaris, el podcast que tuvo el crítico cultural Jorge Carrión, y que versaba, pues, sobre el futuro.

Esto ha creado un cambio dramático. Como explica el matemático Marcus du Sautoy en su libro El código de la creatividad, cómo las inteligencias artificiales están aprendiendo a escribir, pintar y pensar: “Lo que pasa dentro de nuestra cabeza sigue siendo un misterio, pero en los últimos años una nueva forma de pensar sobre el código ha surgido: un cambio de una actitud en la programación de arriba-abajo a un esfuerzo de abajo-hacia-arriba para que las computadoras diseñen su propio camino”. Es decir, aprenden por sí solas. 

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Du Sautoy dice que es la trasgresión de un viejo mantra del mundo computacional: “no puedes extraer más de lo que le pones”, explica, recordando a la Máquina Analítica de Charles Babagge, analizada por Ada Lovelace, matemática británica del siglo XIX, considerada la primera estudiosa del código. 

La aceleración de esta forma de trabajo, explica Jorge Carrión en Solaris, es lo que se conoce como “aprendizaje profundo, que ahora constituye la tendencia principal en inteligencia artificial”.  

Con ese aprendizaje, las grandes plataformas de la producción cultural y popular están diseñando sus productos. “Las artes, las narrativas ya no se pueden entender sin programas, interfaces, instrumentos, inteligencias artificiales. La creatividad será algorítmica, o no será”, dice la ficticia inteligencia artificial, copresentadora de Solaris junto a Carrión.

A propósito de este cambio en la creación cultural, la socióloga Fabiana Solano escribió en el medio argentino El Destape que no es algo nuevo. “En realidad las plataformas hoy en día se convirtieron en medios masivos de comunicación que nos proponen contenidos o recomendaciones como antes lo hacían las radios o MTV”, dijo Solano, citando al sociólogo y científico de datos Hernán Escudero.  

Pero la potencia de cómputo ha cambiado el ritmo y el volumen con que se hacen esas recomendaciones y proyecciones. “Escudero explica que el algoritmo en principio genera un análisis del audio a partir de la traducción del sonido o las ondas a datos, esencialmente porque las computadoras no entienden de palabras o emociones, sino que entienden de números”, dice Solano. Escudero le explicó que, por ejemplo, Spotify tiene una interfaz en la que se ofrecen datos sobre las canciones. Como “la “bailabilidad” de un tema, el ratio de la proporción de instrumentalidad con respecto a lo cantado, o el género al cual se identifica, etc”, cita Solano.  

El director de la productora 432 Hertzios, Nicolás Madoery, le dijo a Solano que “la estrategia es apuntar a generar tracks que le hablen a la mayor cantidad de gente posible, lograr una comunicación muy fuerte y que tengan un mood que funcione bien para una gran cantidad de cosas. El caso de Bad Bunny o J Balvin es eso”.

Todo quien haya trabajado con proyectos de escucha social en redes, sabe que es posible comprender ese mood —ese sentimiento. Cuando hacemos análisis de reacciones a noticias que circulan en redes sociales y medios de comunicación, precisamente gracias a inteligencias artificiales, podemos clasificar cómo la gente ha reaccionado: positivo, neutro, negativo. En el caso de la música, le dijo Escudero a Solano, “el algoritmo detecta ciertas características y las clasifica. Las canciones que permiten poner varios moods interpelan a mayor cantidad de audiencia”. 

Así es como se crean grandes estrellas hoy. 

Como dice Carrión en Solaris, así es como al mismo tiempo esos datos sirven para analizar la conducta de escucha o visualización de sus millones de usuarios y ofrecerles más contenido similar, y para que las plataformas determinen cómo será más probable que su contenido sea el próximo hit o blockbuster del año.

Recuerda eso la próxima vez que te llegue tu resumen del año de Spotify o el próximo 31 de diciembre cuando, entre tragos, estés gritando la célebre línea de Bad Bunny: “y empezar el 2023 bien cabrón/ contigo y un blunt”. 

Entonces, qué mismo: ¿vamos a divertirnos, llorar y bailar lo que “piensen” unos robots?

No. 

No por lo pronto. Ese “pronto” es más bien un “tarde”. No, por lo tarde: falta mucho para que una inteligencia artificial, incluso las más poderosas, pueda imaginar que es un producto de la conciencia.

Quiero dejar esto claro, porque podría dar la impresión de que mañana Vargas Llosa o Dostoievski podrían ser reemplazados por su equivalente algorítmico. Falta mucho para eso. 

Para ser el gran maestro peruano o el genio ruso, no bastan las formas que hoy tienen los algoritmos. Es un alivio para todos quienes piensan que algún día podrían ser azotados por un tiránico robot, que traicionó a sus creadores. 

La última vez que escribí sobre los algoritmos en nuestra vida, una lectora de la hamaca genuinamente experta en esta área, me recomendó algunas lecturas. Una de ellas fue un libro maravilloso: Otras mentes: el pulpo, el mar y los profundos orígenes de la conciencia

En él, su autor, Peter Godfried-Smith, un filósofo de la ciencia, explica la creación de la conciencia a partir de esas criaturas fantásticas que son los pulpos. En él, Godfried-Smith explica que la conciencia “no irrumpió de repente en el universo ya totalmente formado”. 

La percepción, la acción, la memoria —todas esas cuestiones se introdujeron en la existencia de precursores y casos parciales, explica. “Supongamos que alguien pregunta: ¿Realmente perciben las bacterias su ambiente? ¿Recuerdan las abejas realmente lo que sucedió? Estas preguntas no tienen simples respuestas de sí o no. Hay una delicada transición de las mínimas formas de sensibilidad hacia el mundo de las más elaboradas”, explica Godfried-Smith. Y no existe razón, sostiene, de pensar en divisiones drásticas. 

En algún punto de esa evolución gradual, la conciencia como la conocemos hoy se formó. Se seguirá moldeando. Les llevamos cientos de millones de años de ventaja —al menos 600, que es el punto en que compartimos nuestro último antepasado común con los pulpos— en ese camino. 

Es una conexión y una separación importante, porque desde que dejamos ese ancestro común, tanto los humanos como los octópodos (a los que pertenecen los pulpos) formamos sistemas neurales complejos. Si podemos hacer contacto con ellos, “no es una historia compartida, no por un parentesco, sino porque la evolución construyó mentes dos veces. Esto es, probablemente, lo más cercano que estaremos de conocer un alienígena inteligente”, dice Godfried-Smith. Si la evolución de los modelos computacionales podría llegar a ese punto, está por verse. Parece muy lejano, en todo caso.  

No es irracional pensar que algún día sucederá. Pero quizá debamos imaginar una Tierra futura donde los seres dominantes no sean las máquinas, sino criaturas marinas de ocho tentáculos, gobernando un planeta donde alguna vez la especie dominante fueron unos primates. No sería la primera vez que este recodo insignificante en el Universo cambia de regentes. 

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José María León Cabrera
(Ecuador, 1982) Editor fundador de GK. Su trabajo aparece en el New York Times, Etiqueta Negra, Etiqueta Verde, SoHo Colombia y Ecuador, entre otros. Es productor ejecutivo y director de contenidos de La Foca.