En memoria de Jaime Veintimilla

La bicicleta está en la mitad de la calle. Una llanta está torcida. Un zapato negro está a pocos metros. Más adelante un bus público parqueado. Decenas de policías. Los autos van despacio. Buscan el cuerpo y seguramente la sangre. El tráfico endemoniado de todos los días empeora por el accidente. Son las ocho de la mañana del 1 de abril de 2022.

Al rato sabemos que hay un muerto. Las redes sociales arden. Se buscan culpables. El ciclista porque circula por un carril exclusivo, confunde ciclo vía con Ecovía, pierde el equilibrio, no tiene educación vial, es imprudente como todo ciclista, no respeta las señales ni las leyes de tránsito. El busero porque no respeta a los ciclistas, se va encima del pedalista sin problema, acelera innecesariamente siempre, hace malas maniobras, pasa peinando a los ciclistas, maneja mal y apurado, intimida en lugar de respetar, pita como locos y bota el bólido.

No hablemos de responsabilidad individual. Hablemos del sistema de movilidad de Quito y de la responsabilidad que tiene el Municipio para prevenir este tipo de muertes innecesarias y dolorosas. 

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En Quito se puede ciclear. Incluso si uno es un trabajador común o funcionario público (lo hice siendo subsecretario de un ministerio y también siendo juez). La distancia, la lluvia, la noche se superan con músculos, ropa adecuada y una buena iluminación.  

El ciclismo urbano es parte de mi definición como ciudadano. Cicleo desde el 2005. Sus beneficios son innumerables. 

En términos personales, contribuye a tener una vida más saludable y a disfrutar de la ciudad de formas diferentes. Estoy convencido que es la mejor alternativa para el problema de la movilidad local.

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En términos sociales y ambientales, una bicicleta más puede significar un auto menos en la calle o un asiento más en el transporte público. Es menos carbono a nuestra ya muy contaminada atmósfera, menos tráfico en una ciudad como Quito, saturada de autos (como Guayaquil y Cuenca), y menos personas estresadas al volante. 

Por estas y otras razones, el Municipio de Quito, en el 2017 expidió una ordenanza en la que se declaró que la bicicleta y la caminata son “modos de transporte sostenibles, preferentes y de interés público” porque aportan a preservar el ambiente, promueven el crecimiento y la redistribución económica, incrementan la accesibilidad, mejoran la salud y la calidad de vida de las personas. 

Además, determinó que las personas que se movilizan de estas formas “merecen una debida protección y garantía para su uso y acceso”. Por su parte, la Constitución reconoce el derecho a la ciudad, que implica espacios públicos sustentables y a que se incentive y facilite el transporte no motorizado —“en especial mediante el establecimiento de ciclovías”.

Sin embargo, si uno mira cómo se ha organizado la movilidad en nuestras ciudades, el vehículo a motor es el que tiene el privilegio. Quito está diseñada para los automóviles. Las calles, los puentes, los redondeles, los túneles, las mejoras, las inversiones casi siempre tienen que ver con nuevas calles, diseñadas para descongestionar vías que terminan congestionando otras. 

Quito no da más. Entramos en el círculo vicioso de más carros, más tráfico, más ruido de pitos y motores, más contaminación, más gente neurótica al volante, más accidentes. Más muertes. Tenemos que cambiar de modelo no solo porque estamos contribuyendo a hacer una ciudad invivible sino porque se hace insegura y peligrosa. 

Aunque todas las personas tenemos igual derechos, parecería, por el comportamiento de cierta gente, que si se está en la burbuja de metal y vidrio (autos o buses), se tiene más privilegios y que la calle es exclusivamente del automotor. 

Cruzar la calle caminando por un paso cebra sin preocuparse de que lo atropellen, es imposible. Ahora, imaginen lo que es subirse a una bicicleta. Si bien he reconocido que ayuda a la salud y a moverse sin estar atorado por el tráfico, también tengo que reconocer que hay un mundo de riesgos: taxis, buses y motos cierran el paso, puertas que se abren, huecos y sifones sin tapa en las calzadas, personas que insultan y roban. También debo reconocer que quienes cicleamos algunas veces lo hacemos de forma imprudente: sin cascos, sin luces, en contravía, subimos veredas y hacemos algunas movidas con las que provocamos miedo a peatones y conductores. 

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La solución a este problema pasa por reconocer derechos, difundirlos, respetarlos y hacer una ciudad, desde su diseño y planificación, para la movilidad sustentable: caminar, ciclear o movilizarse en transporte público. En ese orden. La última rueda del coche la tendrían los automóviles privados, que ahora son los privilegiados.

En la lógica de los derechos, tienen responsabilidad quienes tienen más poder frente a los “débiles”. En este sentido, el gobierno nacional y local frente a las personas, los automotores frente a los peatones y ciclistas, los ciclistas frente a los peatones. 

Las normas dicen que las personas ciclistas tenemos derecho, entre otros, a “transitar por todas las vías públicas del país”, a circular “por las mismas vías por la que circula el resto de vehículos”, a tener “derecho preferente de vía o circulación”, a que los vehículos estén a 1,5 metros (lo ordena la Ley Orgánica de Transporte Terrestre, Tránsito y Seguridad Vial, 175, su reglamento, y una ordenanza del Municipio de Quito de 2017). Estos derechos simplemente no se respetan. 

bicicleta en Quito

Hay normas que dicen que los ciclistas tienen preferencia pero no se cumplen. Fotografía de la cuenta de Twitter de la AMT.

Falta cumplir los derechos reconocidos, implementar las políticas locales y educación. 

Una de las estrategias es desincentivar el uso del auto, con medidas como la ampliación del pico y placa, el aumento del costo por el uso del auto (subir impuestos por movilización, aumentar tarifas para el parqueo, incrementar impuestos por huella de carbono). 

Estas medidas debe ser paralelas a la mejora del transporte público.Otra estrategia es incentivar la caminata y la bicicleta. Hay que convertir más calles en peatonales, aumentar el tamaño de las veredas, multiplicar los parques y zonas verdes, construir más ciclovías, hacer que caminar o ciclear sea una experiencia segura, promover el respeto de cuestiones tan básicas como un paso cebra. 

A todas luces, la ordenanza de 2017 no ha sido suficiente. Requerimos la reglamentación a la ley de transporte, además, para que tenga un alcance nacional. 

En marzo de este año, se publicó una ley en Argentina para promover y fomentar el uso seguro de la bicicleta como medio de transporte sustentable y saludable. La ley, entre otras normas, garantiza seguridad vial, campañas de concientización y sensibilización, la valorización de conductas de respeto para personas que renuevan sus licencias de conducir vehículos de motor, la creación de ciclovías, la información georeferenciada de sus ubicaciones para promover su uso.

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Algunas veces, en esta Quito motorizada, es una cuestión de sobrevivencia —o de cálculo de menor riesgo— circular por veredas o por la vía de buses municipales. Ante la insuficiencia de ciclo vías, no queda otra. 

Uno debería sentirse seguro en cualquier vía. Cuando se está en el dilema de ir por una calle llena de autos o una vía exclusiva de buses, que pasan cada cierto tiempo, no hay opción: el más seguro es el carril de buses municipales. 

Pero ahí también se puede morir.  

El 1 de abril la persona que murió era una querida y apreciada: Jaime Veintimilla. Trabajó varios años en la comunidad de la Universidad Andina Simón Bolívar como conserje, guardia de seguridad y asistente de docentes. Padre de familia, emprendedor, militante político. Como otros tantos en la universidad, además, ciclista. 

Por Jaime, por todas las personas que ha ofrendado sus vidas al optar por una movilidad diferente y por Quito, no nos bajaremos de la bicicleta. Seguiremos peleando y pedaleando para que el municipio no se quede en la retórica de que el ciclismo es el mejor medio sustentable para la movilidad. 

Ojalá cuando alguien decida contribuir a la movilidad de la ciudad montándose en su bicicleta, ésta no sea una decisión temeraria y no corra el riesgo de morir. 

Ojalá también que, en lugar de criticar a los ciclistas, tengamos un poquito más de empatía y respeto por alguien que se arriesgó por una movilidad sustentable. 

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Ramiro Ávila Santamaría
(Ecuador) Constitucionalista andino, fat free, enriquecido con calcio y minerales, 100% natural.