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Carmita Cajías es ama de casa y vive en Turubamba, un barrio del Sur de Quito que está lleno de culebreros callejones y calles estrechas. Carmita vive ahí desde hace más de 30 años y nunca ha tenido problemas con el agua que llega a su casa. “Es buena el agua, no viene con impurezas”, asegura. No es la única que cree esto: la encuesta de percepción ciudadana de la iniciativa Quito Cómo Vamos, dice que el 82% de los quiteños están satisfechos con la calidad del agua de su ciudad. Sin embargo, no todos saben por qué el agua de Quito tiene ese nivel, ni de dónde viene, ni por qué sus fuentes son tan importantes y hay que cuidarlas. 

El agua de Quito es una de las mejores del Ecuador: es segura para beber, cocinar, lavar los platos, lavarse las manos y los dientes, y bañarse. El informe de calidad de vida de Quito Cómo Vamos dice que su calidad es casi del 100% (exactamente, 99,96%). Según la Empresa Pública Metropolitana de Agua Potable y Saneamiento (EPMAPS), es el promedio más alto de todo el país. 

No solo que es buena, sino que abunda. Carmita Cajías, con el maquillaje impecable y su corto cabello dorado que se ilumina con la luz del sol, dice que nunca tiene problemas con la cantidad que llega a su casa y que incluso “desde hace muchos años que no le cortan el agua como lo hacían antes”. Esa abundancia podría costarnos caro en el futuro: los quiteños, dice el informe de Quito Cómo Vamos, consumen cerca de 200 litros de agua al día —el doble de lo que la la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda para garantizar que se satisfagan la mayoría de las necesidades básicas sin desperdiciar el recurso. “Esto sucede”, explica Silvia Salgado, coordinadora del programa de recuperación de la cobertura vegetal del Fondo para la Protección del Agua (Fonag) “porque no entendemos que el agua que consumimos no solo sale de la llave y la desperdiciamos como si fuera un recurso renovable”, dice Salgado. En realidad, no lo es. 

Las fuentes de agua de la capital

Quito tiene 20 plantas de tratamiento de agua donde se almacena, potabiliza, filtra y se hace la cloración del agua que consumimos en la ciudad. Pero el agua de Quito no tiene una calidad del 99,96% por sus complejos procesos de potabilización. La razón principal está muy por encima nuestro, literalmente: son los páramos.

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Los páramos son ecosistemas únicos del norte de los Andes: solo hay en Ecuador, Colombia, Venezuela, y Perú. En Ecuador, los páramos ocupan el 7% de todo el territorio nacional y una de sus características principales es proveer agua a los valles y comunidades que los rodean. Claudia Segovia, investigadora de ecosistemas altoandinos de la Universidad de las Fuerzas Armadas Espe, explica que los páramos pueden hacerlo porque han sabido adaptarse a condiciones extremas. 

Estos ecosistemas están ubicados a más de 3 mil metros sobre el nivel del mar —la altura en Quito es de 2.850 metros sobre el nivel del mar—, soportan temperaturas extremadamente bajas, y absorben una gran cantidad de radiación solar. Esas condiciones, explica Katya Romoleroux, directora del Laboratorio de Botánica Sistemática de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), han permitido que en los páramos aparezcan varias especies de plantas endémicas que funcionan como esponjas que captan, retienen, y conducen agua. Por eso, dicen las científicas, los páramos son esenciales para que a las ciudades no les falte agua. 

Además, los páramos juegan un rol importante en la purificación del agua porque son una fuente natural. Los estudios dicen que se ha comprobado que el agua que viene de los páramos es de tan buena calidad que es la fuente primaria de provisión de agua de las comunidades que se encuentran a su alrededor.

En Quito, el 90% del agua viene de los páramos que alimentan cuatro sistemas de captación: La Mica, Papallacta, las Conexiones Occidentales, y las Conexiones Orientales. Bert De Bièvre, secretario técnico del Fonag, explica que los páramos que sustentan estos sistemas son el del cerro Atacazo al sur, el del Pichincha al oeste, y el del volcán Antisana, en el borde que divide a la provincia andina de Pichincha y la provincia amazónica de Napo. Otro 2% del agua viene de glaciares, y el resto proviene de ríos y lagunas como el río Pita en el valle de Los Chillos y la laguna La Mica del Antisana, explica De Bièvre. 

En el pasado, cuando Quito era una ciudad más pequeña, cuenta De Bièvre, el agua que abastecía a la ciudad venía principalmente de los páramos del Atacazo y el Pichincha y llegaba a la planta de El Placer, en el centro histórico, desde donde se distribuía a los hogares. Sin embargo, conforme ha ido creciendo la ciudad y el deterioro de estos dos páramos se ha intensificado, ahora, solo el 25% del agua que consumen los quiteños viene de ellos. En la actualidad, la mayor parte del agua de la ciudad (el 75%) viene del Antisana. 

Pero Quito sigue creciendo, el agua no es un recurso renovable y los páramos están deteriorándose cada vez más por las actividades humanas —en especial, las que desembocan en el cambio climático. Si este deterioro avanza, las consecuencias podrían ser devastadoras para los quiteños que se han acostumbrado tanto a tener a su alcance excelente agua potable —y a usarla dos veces más que lo que deberían. 

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¿Qué pasaría si se perdiesen los páramos?

Claudia Segovia dice que los páramos son ecosistemas bastante frágiles y sensibles a cualquier cambio. La ganadería, los cambios de uso de suelo para la agricultura, y los incendios provocados por las personas, están poniendo en riesgo su funcionamiento. 

Además, los cambios de temperatura causados por el cambio climático, dice Segovia, pueden afectar a varias especies y consecuentemente desestabilizar el ecosistema. Si los páramos se pierden, dice la científica, los efectos directos serán que habrá menos agua y, la que haya, será de inferior calidad. 

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La ganadería, por ejemplo, cambia la capacidad que tienen los páramos para retener agua. Priscilla Muriel, docente investigadora de la escuela de biología de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), explica que el pisoteo del ganado le quita a los suelos de los páramos los espacios de aire que tiene para capturar agua, que terminan compactándose. Silvia Salgado, del Fonag, dice que eso es como si una esponja se secara permanentemente. En el páramo, los suelos podrían erosionarse e incluso llegar a desertificarse. 

La capacidad de estos ecosistemas para captar agua también cambia cuando hay incendios, o cuando se empiezan a usar los suelos para sembrar cultivos. La científica Katya Romoleroux explica que la quema de las plantas de los páramos puede incluso llegar a secar los ríos que dependen de esos páramos, a los que el fuego les quita toda su capacidad de almacenar y conducir agua. 

Pero una de las mayores amenazas para los páramos es el cambio climático. Sus consecuencias no solo podrían limitar la cantidad de agua disponible sino también la cantidad de alimentos. La bióloga Muriel dice que no se puede saber exactamente cómo el aumento de la temperatura promedio de la Tierra afectará a la producción del agua de los páramos porque no hay datos suficientes para hacer un modelo que lo estime. Sin embargo, Muriel explica que por ejemplo si la temperatura aumenta en zonas donde hay plantas que están acostumbradas al frío, estas van a ser desplazadas por plantas de zonas más bajas que no tienen la capacidad de almacenar agua. Eso cambiaría para siempre al páramo y nos pondría a los seres humanos, en grave peligro. 

Además, según Priscilla Muriel, el cambio climático y las actividades humanas también van a afectar a los polinizadores —aves, mamíferos e insectos— que viven en los páramos y que son esenciales para la estabilidad de los cultivos que se siembran en los Andes. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés), los polinizadores inciden en el 35% de la producción agrícola a nivel mundial. Pero si los páramos se deterioran, las poblaciones de estas especies van a decrecer, los cultivos perderán a sus polinizadores y consecuentemente, habrá menos producción alimentos para la población. El hambre golpeará con fuerza nuestras casas. 

El cuidado de los páramos

En la actualidad, el Fondo para la Protección del Agua (Fonag) tiene varios programas que ayudan a cuidar los páramos y el agua de la ciudad de Quito. El Fonag nació en el 2000 como una estructura legal de fideicomiso para ayudar a la conservación de las fuentes de agua quiteñas. Ahora, 21 años después, el Fondo continúa funcionando para cumplir con su misión.

Silvia Salgado coordina el programa de recuperación de la cobertura vegetal y explica que lo que se está haciendo es restaurando algunas zonas de los páramos que están degradadas para que puedan recuperar sus propiedades de almacenamiento de agua. Salgado dice que como parte del programa, están sembrando por ejemplo, plantas nativas de la zona para que la recuperación del ecosistema funcione adecuadamente.  Otro programa de este Fondo es el de gestión del agua que trabaja en conjunto con la Empresa Pública Metropolitana de Agua Potable y Saneamiento (EPMAPS), generando datos y estudios para poder tomar decisiones informadas sobre la manera en que se gestionan los recursos hídricos de la ciudad. También hay un programa de educación ambiental. 

Las acciones individuales también son importantes. Los expertos coinciden primero en que es necesario crear conciencia sobre la importancia de los páramos para Quito, sobre todo cuando se relaciona con el acceso al agua. Silvia Salgado dice que aunque no todos conozcan o estén en los páramos es “vital que reflexionemos sobre el rol que juegan en nuestro día a día”. También que es importante que tomemos acciones concretas para empezar a manejar mejor el agua y reducir su alto consumo. Sin embargo, la encuesta de percepción ciudadana de Quito Cómo Vamos dice que solo el 10,8% de los quiteños ahorra agua para ayudar a cuidar el medioambiente de la ciudad. 

Eso tiene que cambiar, dicen los expertos. La huella hídrica de los quiteños es muy alta y con los efectos del cambio climático amenazando sus fuentes, es necesario que la gente conozca de dónde viene el agua que consume, que tome conciencia, que sea más responsable con la forma en la que la usamos. “¿Cómo no vamos a cuidar el agua si es vida?”, se pregunta Carmita Cajías. Con su voz reconfortante, dice que algunas de las cosas que los quiteños pueden hacer para conservarla es cerrar el grifo cuando no se está usando, lavar los trastes usando tinas o baldes, y no usar más de la necesaria para cocinar o limpiar.

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