En un intento por hacer del mundo un lugar más equitativo nació la economía violeta, un modelo creado para reducir la brecha entre hombres y mujeres en lo social, educativo, económico y político. “Busca dar un paso a un mundo más inclusivo donde todos alcancemos el bienestar: eso es economía violeta”, dice María Rosa Tapia, directora ejecutiva de Seminarium —empresa regional de capacitación para ejecutivos— y representante en Quito de la Organización y Promoción de la Economía Violeta (OPEV). El objetivo del modelo, dice Tapia, es establecer las “mismas reglas de juego” en el desarrollo socioeconómico para hombres y mujeres. Por ejemplo, en Ecuador, por cada dólar que reciben los hombres, las mujeres reciben en promedio 18 centavos menos. Es “violeta” porque representa la lucha feminista.

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Asignar colores a la economía no es un fenómeno nuevo. Por años esta división ha permitido clasificar las actividades productivas tomando en cuenta los elementos comunes de cada sector. La verde tiene como objetivo cuidar al planeta aprovechando al máximo los recursos, la naranja se enfoca en los ingresos que provienen de las artes y la cultura, y la azul se relaciona con los avances tecnológicos. Era solo cuestión de tiempo para que la economía impulsada por las mujeres escoja un color —violeta, emblemático de la lucha por la reivindicación de derechos de las mujeres. 

De la economía violeta se comenzó a hablar en Ecuador, recién en 2019. María Rosa Tapia dice que OPEV utilizó este concepto para impulsar “el crecimiento de la economía a través de la igualdad de género” en respuesta a la desigualdad socieconómica del país. Sin embargo, herramientas similares ya han sido aplicadas desde hace varios años con la economía feminista, que trata de incluir en el análisis económico la perspectiva de la mujer. Pero en realidad la economía violeta y la economía feminista son lo mismo, según la economista Diana Morán. La experta en desigualdades y género dice que este nombre podría ser una “estrategia comunicacional” para promoverla porque “cuando se usa la palabra feminista se asocia automáticamente a algo negativo”. Según Morán, no son cosas distintas sino es una nueva estrategia que comparte una visión con la idea original. 

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El modelo económico violeta promueve incorporar más mujeres en los cargos de alta dirección —como gerencias. También busca darles igualdad de oportunidades y condiciones a las mujeres dentro del mercado laboral —en Ecuador las cifras de desempleo para las mujeres han superado las de los hombres en más de dos puntos porcentuales los últimos siete años. Morán dice que la economía violeta parte del reconocimiento de que las brechas existen. “Nace de saber que los problemas económicos se agravan por el género de quien los enfrente”, dice. 

Eliminar la brecha de género involucra a varios sectores de la sociedad civil, las empresas privadas, ONGs, al Estado y hasta a la comunidad internacional. “Los actores involucrados en el funcionamiento de la economía violeta forman parte de un ecosistema”, dice Magdalena Ordóñez, docente investigadora de la Universidad Católica de Cuenca y candidata a doctora en ciencias sociales con mención en gerencia. Para que el desarrollo social y económico suceda en igualdad de condiciones, es necesario que ese ecosistema esté bien articulado. “Así será imparable”, dice María Rosa Tapia. Es responsabilidad de cada miembro de esa comunidad trabajar en conjunto para crear un ambiente sano, inclusivo y equitativo. Por ejemplo, que siguiendo las recomendaciones de organizaciones internacionales, el Estado promueva la participación económica de las mujeres con beneficios para las empresas y que los empleadores las contraten en igualdad de condiciones que los hombres. 

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La economía violeta es una manera de cumplir con los Objetivos de  Desarrollo Sostenible (ODS) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), metas que se espera lograr hasta 2030. El principal (y el más obvio) en el que trabaja la economía violeta es el quinto: la igualdad de género. Pero María Rosa Tapia dice que no es el único;  al involucrar tantos actores —gobiernos, empresas, fundaciones, entre otros— que deben trabajar juntos, la economía violeta también se relaciona con el ODS 1, que propone el fin de la pobreza y el 4 que promueve la educación de calidad. Al 1 porque al generar más oportunidades laborales para las mujeres es posible sacar de la pobreza a más familias, sobre todo las que tienen a una mujer como jefa de hogar; y al 4 porque la economía violeta también propone que haya más acceso a educación para niñas, adolescentes y mujeres considerando lo clave que es para  tener más oportunidades. 

También se relaciona con el ODS 8 que es el trabajo decente y el crecimiento financiero —por ejemplo en Ecuador el porcentaje de mujeres que no tiene empleo pleno es 10% mayor que los hombres que no lo tienen— y el ODS 10 que busca la reducción de las desigualdades. Tapia no descarta que la economía violeta sea el camino para conseguir otros de los 17 objetivos. Es decir, aumentar las oportunidades laborales, garantizar el derecho a la educación y eliminar la brecha salarial cambiaría tanto la estructura social que beneficiaría a todos.

La economía violeta va más allá de la inclusión financiera. Comienza con garantizar el acceso a educación de calidad para las niñas y adolescentes, lo que incrementa sus posibilidades de conseguir un empleo pleno cuando crezcan, e incluye el acceso a salud de calidad para todas para reducir la mortalidad materna y acceder a métodos anticonceptivos para prevenir embarazos no deseados. 

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En Ecuador, la participación económica de las mujeres (cuán presentes están en la vida laboral )  es uno de los parámetros peor calificados para el país en el Informe de la Brecha de Género Global de 2020 del Foro Económico Mundial. Este documento rastrea avances en las brechas relativas entre mujeres y hombres en las cosas que se tendrían que cambiar para eliminarlas. En educación, salud y empoderamiento político, Ecuador ranquea, en promedio, entre los primeros 50 países (de 153). En la evaluación de participación y oportunidades económicas —que toma en cuenta el porcentaje de mujeres que tienen trabajo, el tiempo que invierten en trabajo no remunerado del hogar en comparación con los hombres, la brecha salarial, entre otras cosas— tiene el puesto 74. 

La brecha entre hombres y mujeres es evidente cuando se analiza la situación laboral en Ecuador. En marzo de 2021 solo 3 de cada 10 ecuatorianas tenían un empleo pleno (ganaban más del salario mínimo y trabajaban 40 horas semanales). Las cifras para los hombres son más alentadoras: 4 de cada 10 tenían empleo pleno a esa misma fecha. Diana Morán dice que impulsar que las mujeres tengan más oportunidades laborales e independencia económica podría ayudar a reducir otro tipo de brechas. Por eso es necesario seguir impulsando iniciativas como la economía violeta. 

Con la limitada información que existe en Ecuador, el entonces gobierno de Lenín Moreno presentó el proyecto de Ley Orgánica de Economía Violeta. El pasado 8 de marzo de 2021, en el Día Internacional de la Mujer, el expresidente lo presentó en una transmisión en vivo. El documento completo fue entregado a la Asamblea Nacional poco más de un mes después, el 13 de abril. Con esa propuesta, el gobierno de Moreno —que terminó su período hace una semana— buscaba acercar al Ecuador a cumplir el objetivo de eliminar la brecha de género. 

Las cifras de empleo adecuado se han reducido considerablemente desde que comenzó la pandemia del covid-19. Pero incluso años antes de la crisis económica más fuerte que ha vivido el mundo, las diferencias entre los géneros ya eran notorias. Entre 2014 y 2019, las mujeres tuvieron, en promedio, entre 10 y 15 puntos porcentuales menos de empleo pleno que los hombres en el mundo. La OIT dice que esa diferencia se debe a que la mayoría del trabajo adicional no remunerado como el cuidado de los hijos y las tareas del hogar, recae sobre ellas. En Ecuador, apenas el 15% de los padres se encarga del cuidado de sus hijos. Las madres se encargan del resto y eso impide que puedan trabajar de la misma forma que lo hacen los hombres.  

Entre las propuestas que plantea el proyecto de ley está establecer deducciones especiales para las empresas por la creación de plazas de trabajo para mujeres, poner porcentajes mínimos para incluir pasantes de género femenino y paridad de género en los directorios empresariales. 

Además, espera eliminar prácticas discriminatorias como la desigualdad salarial. En Ecuador, por cada dólar que reciben los hombres, las mujeres reciben en promedio 18 centavos menos por hacer el mismo trabajo o por un trabajo de igual valor. 

El proyecto de ley también plantea una licencia de maternidad y lactancia compartida en la que la madre y el padre acordarán cómo distribuirán ese tiempo. La economista Diana Morán dice que esta es una de las propuestas más innovadoras de esta ley. Otras, dice Morán, ya están en otros documentos legales y no se aplican o deberían profundizarse, como eliminar la brecha salarial. El tratamiento de la ley ahora estará a cargo de la recién posesionada Asamblea Nacional. Hasta el momento, es apenas un pequeño paso hacia esa sociedad utópica en la que las barreras entre hombres y mujeres no existen —a la que, tal vez, llegaremos algún —si las cosas siguen como hasta ahora— lejano día: en más de 135 años.

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La economía feminista lleva años intentando eliminar la desigualdad de género. En América Latina el principal objetivo de quienes impulsan este modelo es que las mujeres tengan oportunidades de trabajo en iguales condiciones que los hombres. Una investigación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) —publicado en la revista de la Comisión Económica para América Latina (Cepal)— analizó el crecimiento económico y la desigualdad de género en América Latina y concluyó que cuando las mujeres tienen empleo mejora la economía individual, familiar y en general. Además, según el estudio, genera incrementos en el Producto Interno Bruto que podrían durar varios años. 

Sin embargo, cuando los esfuerzos están enfocados en un solo objetivo sin analizar el problema completo, esa solución parcial puede provocar otras brechas. El estudio de la Flacso dice que al incrementarse las horas que trabajan las mujeres, se redujo el tiempo que dedicaban al cuidado del hogar y de sus hijos. Eso causó que las familias deban gastar en estos servicios y comprometer su ahorro. Por eso, la Organización Internacional del Trabajo sugiere que simultáneamente se promueva la creación de sistemas de protección social y de cuidados estatales para que las mujeres puedan tener un empleo sin que impacte en la economía familiar. 

Esas soluciones integrales —que no generen más dificultades— solo se pueden tomar si se conoce la realidad de esa población, pero en Ecuador no hay los datos suficientes para identificar los principales problemas de la desigualdad de género y sus causas. “Tenemos que meternos de cabeza a que existan datos para poder presentar la realidad ecuatoriana y saber, basados en la data, claramente cuáles son las causas de esas brechas”, dice María Rosa Tapia. El estudio de la Flacso dice que una política de economía feminista que realmente mejore las condiciones laborales debe considerar las necesidades de las familias y cómo están ligadas a otras carencias.

No basta con saber el porcentaje de mujeres con pleno en comparación a los hombres. Tapia dice que es necesario saber los motivos por los que no lo tienen. Preguntar si fueron despedidas o renunciaron, si la decisión está relacionada con sus hijos, cuánto tiempo les tomó encontrar otro trabajo y otros detalles que muestren el problema en su totalidad. Esa información es clave para que las políticas de la economía violeta comiencen a cerrar esas brechas socioeconómicas que separan a los hombres y las mujeres.