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Misoginia en la Secretaría de Salud

Siete funcionarias y exfuncionarias de la Secretaría de Salud del Municipio de Quito acusan al secretario Lenin Mantilla y su equipo más cercano de maltrato. 
  • Mujeres denuncian al Secretario de Salud

    Varias funcionarias y exfuncionarias de la Secretaría de Salud denunciaron malos tratos mientras cumplían sus funciones. Ilustración de Paula De La Cruz para GK.

En agosto de 2019, Ana* fue elegida para un cargo técnico en la Secretaría de Salud del Municipio de Quito. En una de las primeras reuniones que tuvo con Lenin Mantilla, Secretario de Salud, planificaban un concurso intercolegial en el que los estudiantes participarían haciendo videos para la prevención del embarazo adolescente. “Él quería que a la entrada del coliseo se pongan unas piernas abiertas para que la entrada sea una vagina con vello púbico”, dice Ana, mientras sus dedos dan golpes suaves sobre la mesa. Ella, una profesional con experiencia de casi treinta años en salud y derechos sexuales y reproductivos, intentó explicarle a Mantilla que no era una buena idea pues “afectaría la imagen del Municipio”. 

— ¿Cómo así me dice eso?, dice que le gritó el Secretario. 

— En primer lugar porque eso cosifica a la mujer.

— ¿Cuál cosificar a la mujer? ¡Usted ha sido feminista, y por esa razón, por feminista saqué otra persona de aquí!

Ana dice que Mantilla dio un golpe sobre la mesa. Era 23 de octubre de 2019 y los días de Ana en la Secretaría de Salud estaban contados.

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Lenin Mantilla fue nombrado Secretario de Salud del Municipio de Quito por el Alcalde Jorge Yunda en junio de 2019, apenas iniciada su administración. Mantilla es un médico de 50 años y fue, además, gerente del Hospital Eugenio Espejo entre 2015 y 2017. 

A inicios de 2020, el concejal de Concertación —un partido de oposición al alcalde— Omar Cevallos, entregó a Yunda un informe de al menos diez presuntas irregularidades que Mantilla habría cometido como Secretario de Salud en los siete meses que llevaba en funciones. Entre ellas, el informe mencionaba escuetamente quejas de acoso laboral. “Solo Dios sabe todo el dolor y daño que me han causado”, es uno de los testimonios incluidos en el documento. 


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En el informe de Cevallos, los nombres de los trabajadores estaban protegidos, al igual que  en este reportaje por pedido expreso de funcionarias o exfuncionarias, como Ana, una de las siete mujeres con quien hablé sobre lo que se vive en la Secretaría de Salud del Municipio de Quito desde la posesión de Lenin Mantilla. Son mujeres en distintos cargos directivos, técnicos y administrativos que coinciden en que el ambiente de trabajo es hostil, que el Secretario y su equipo les decían “mediocres”, “ineptas” e, incluso utilizaban el término “feminista” como insulto.

Las  siete accedieron a dar su testimonio para este reportaje. La mayoría ya no trabaja en la Secretaría pues terminó renunciando o sus contratos ocasionales no fueron renovados.  Como condición, pidieron que su identidad se mantenga en reserva: “No quiero decir mi nombre porque no quiero que esto me perjudique más de lo que ya me ha perjudicado”, dijo una de ellas. Una octava trabajadora corroboró varios de los episodios descritos por las otras, pero no quiso contar su historia. 

Las mujeres con las que hablé tienen mucho miedo de que se sepan sus nombres. Repitieron que no quieren ser identificadas, que no confían en la Justicia y que temen el poder que tiene Lenin Mantilla. Les preocupa, también, que si revelan su identidad, se les vuelva difícil conseguir trabajo, estigmatizadas como “conflictivas”. 

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Ana renunció dos meses después de haber empezado a trabajar en la Secretaría, a través del Sitra —un sistema documental digital utilizado por el Municipio de Quito. Pero además, imprimió su renuncia y la entregó el 31 de octubre. El documento tiene una sumilla que Ana dice es de la secretaria de Mantilla. 

Cinco días después, en un oficio dirigido a la administradora general del Municipio, Mantilla pidió la “desvinculación” de Ana tras una supuesta evaluación. En el documento no se dice si los resultados del examen fueron negativos. Ana dice que está impugnando el acto administrativo de la desvinculación por ser posterior a la fecha de la renuncia. Contacté a la Secretaría de Salud para tener su versión sobre lo sucedido, pero su director de comunicación, Jaime Zuleta, se negó a dar una entrevista si no se le revelaba los nombres de las mujeres que alegaban el maltrato. El martes 26 de mayo, a través de un mensaje de WhatsApp a Lenin Mantilla, insistí en el pedido de entrevista pero no obtuve respuesta.

Antes de su renuncia, los choques entre Ana y el personal de Mantilla aumentaron. En una reunión con sus asesores el 24 de octubre de 2019 para definir el nombre del concurso intercolegial de video para la prevención del embarazo adolescente, uno de ellos propuso titularlo “Tantra” en alusión al nombre de un motel quiteño, según Ana. En la misma reunión se discutió  también el premio para el ganador del concurso. “No hay que pensar mucho, en el colegio que gane sí ha de haber varones”, dijo otro de los asesores “al primer lugar démosles la man más buena de Tierra Canela”.  Ana dice que todos se rieron a carcajadas, y que las pocas mujeres en la sala bajaron la mirada sin decir nada. 

— Ese era el tipo de diálogos que se mantenían ahí. No eran diálogos profesionales, dice.

El concurso, finalmente se hizo. Una nota publicada por Quito Informa, un medio municipal, el 31 de octubre de 2019 —último día en que Ana trabajó en la Secretaría— convocaba a los estudiantes a inscribirse entre el 5 y el 12 de noviembre. El nombre del concurso no fue “Tantra”, como lo había sugerido uno de los asesores de Mantilla, si no “Cachas, sí pasa”. El mismo medio publicó el 12 de diciembre que se premió al Colegio Intiyán. En un evento se entregaron los premios a los finalistas. Contrario a la sugerencia de uno de los asesores del Secretario, tampoco se entregó a una mujer de Tierra Canela, sino “trofeos, cámaras de video y drones, donados por farmacéuticas y empresas privadas”, según el artículo del medio.

En esa misma reunión,  se discutió la posibilidad de contratar un influencer para la campaña de prevención del embarazo adolescente. Alguien, que Ana no recuerda, propuso el nombre de una persona que se habría burlado de los pueblos indígenas. Ana dijo que si hacía burlas de minorías étnicas, no era recomendable contratarla porque el Municipio de Quito debía alejarse del racismo y promover la no discriminación. 

— A mí no me interesan los racismos, a mí me interesan los likes y si esta mujer me da 1 millón de likes, eso es lo que a mí me importa, le respondió gritando Lenin Mantilla con un golpe sobre la mesa, dice Ana. 

Ana fue marginada. En la semana posterior a esa reunión, dice, ya no le daban transporte como a cualquier otro funcionario para movilizarse a asuntos de trabajo. También dice que la gente del departamento de comunicación de la Secretaría la ignoraba, que otros empleados le repetían una y otra vez que ella no era del agrado de Mantilla.

El 30 de octubre estuvo enferma y no fue a trabajar. Cuando regresó, su jefe inmediato le dijo que Mantilla había reclamado por su ausencia. “Tú sabes muy bien que el doctor Mantilla no te quiere, ya te ha visto y en varias reuniones te ha dicho que tú no le agradas, que tú no le gustas” le dijo su jefe. “Quédate este mes de noviembre a ver si demuestras que puedes hacer algo pero no te garantizo que cualquier día de noviembre el doctor te bote”, le dijo. 

— No aguanté más, cuenta Ana. Y eso que soy un hueso duro de roer pero el maltrato se fue haciendo permanente.

Ana regresó llorando a su oficina y presentó su renuncia. 

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Despedirlas, dicen las siete mujeres, era —y sigue siendo— una amenaza reiterada. Lucía, una funcionaria que aún trabaja en la Secretaría y pidió no revelar detalles de nuestra conversación para no ser identificada, recuerda que a finales de septiembre de 2019, Mantilla pidió la renuncia de todos los funcionarios de libre remoción y de los trabajadores con contratos ocasionales. 

— Hace eso para usarlas cuando a él le convenga: si alguien le cae mal utiliza la renuncia que le pidió y lo bota, dice otra funcionaria de la Secretaría, a condición de anonimato.

Una persona que aún trabaja en la Secretaría (y que también pidió la reserva de su nombre), dijo que Mantilla siempre está amenazando con despedirlas. “No es que le dice a una persona específicamente pero lo grita por los pasillos, se queja del trabajo de alguien sin decir su nombre, grita reclamando algo sin decir contra quién es” dice esta persona. “Entonces todo el mundo está con la angustia permanente de a quién va a botar o a quién va a gritar”, dice.

Una funcionaria que estaba embarazada se negó a presentar la renuncia , dice un extrabajador de la Secretaría. En lugar de su dimisión, la mujer le entregó una explicación escrita de por qué no cumplía con la orden de poner su renuncia. En Ecuador, la legislación garantiza que las mujeres embarazadas no sean despedidas. Mantilla reaccionó encolerizado: “Entró a la oficina, le gritó, dijo malas palabras, le lanzó unos papeles en la cara”, dijo una persona que presenció el hecho. 

Otra persona que estaba ahí grabó un audio que, dice, corresponde a Mantilla. 

— Por la confianza te hubiera ratificado, porque te merecía, no estas pendejadas que me das, le gritó, en alusión al documento en que se negaba a renunciar. 

Al menos tres personas presenciaron la escena. Una de ellas —que también pidió mantener su nombre en reserva— dice que Mantilla movía los brazos “con mucha violencia”, mientras increpaba a la funcionaria embarazada que lo miraba sentada en su escritorio, atónita y enmudecida. 

En otra reunión, en la que había al menos tres personas, Mantilla se habría quejado en el mismo sentido:

— A mí no me gustan las mujeres, peor las embarazadas. Ya tuve malas experiencias con embarazadas, no se puede trabajar así, dice una de las personas presentes. 

Una de las siete mujeres con las que hablé, dice que esa animadversión era aterradora. 

— Si no se mide con una mujer embarazada, no se va a medir con nadie. 

Mantilla ordenó que la embarazada que se negó a entregar su renuncia fuese reubicada en un corredor estrecho. “Le puso a la entrada, en una mesa diminuta, a vista del todo el mundo. La chica es alta, se veía que estaba incómoda”, dice una persona que vio el traslado de puesto y que también pidió no ser identificada Cuando Mantilla pasaba por ahí, dice otra persona, la ignoraba o soltaba comentarios agresivos. 

— Ay, por qué tengo que aguantar gente indeseable que no la quiero tener aquí.

Mientras esto ocurría en la Secretaría de Salud, el alcalde Jorge Yunda firmaba, el 3 de diciembre de 2019, el “Acuerdo por un Quito sin Violencia de Género” con la idea —al menos en el papel— de comprometer a las instituciones municipales a velar y hacer respetar los derechos de las mujeres. 

Yunda decía que era su interés “seguir luchando para bajar y erradicar todo grado de violencia, en nuestra ciudad y en el país”. Decía, además, que no se trataba solo de leyes, sino de “conciencia, educación y cultura”. Sus palabras e intenciones —si es que son genuinas— parecen no haber calado en la Secretaría de Salud de su municipio.

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Diana llegó a la Secretaría de Salud para ocupar un cargo directivo y pronto empezó a tener problemas con Lenin Mantilla y su equipo más cercano. En su oficina consoló a varias compañeras que llegaron llorando después de altercados con Mantilla. 

Ella también terminó en lágrimas. Tras un evento organizado conjuntamente con un ministerio, al que Mantilla calificó de “mediocre”, le gritó sin darle explicación alguna sobre por qué se quejaba. “Me dijo que no estoy comprometida, que nunca hago lo que él espera, que él no está contento”, dice. 


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Después, dice Diana, entraron a una reunión con otros quince funcionarios de la Secretaría de Salud y del equipo de comunicación del Municipio. “Entré desenfocada por lo que él me acababa de decir y en la reunión, él empezó a burlarse de mí frente a todos”, dice. Sin mencionar su nombre pero mirándola, Mantilla reiteraba que tenía un equipo “mediocre”, que él quería “brillar”, contó. Dijo, además, que no quería que vaya cualquier medio de comunicación a cubrir sus eventos, que él quería en sus eventos a grandes televisoras. Mantilla habría dicho, también, que Diana era la encargada del proyecto pero que “como ella no es nada comprometida, no sé si seguirá”. Luego, Mantilla, dice Diana, habría insistido en su incomodidad con las mujeres. 

— Es que como son tan feministas no se puede. Estoy harto de que sean tan feministas, remató Mantilla, según Diana. 

Ella recuerda, también, la incomodidad de la gente en la reunión. Ana estaba también ahí  y recuerda que Mantilla “se puso bravo, golpeó la mesa, le gritó y la trató mal”. Recuerda también que Diana subió a su oficina llorando.

Al día siguiente, Diana le reclamó a Mantilla por su trato. Él le dijo que no entendía por qué la gente se molestaba con su “sinceridad”. Fue el último día de trabajo de Diana pues fue la única a la que le aceptó la renuncia que había pedido a todo el equipo.

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Paula trabajó también en la Secretaría. Aunque inicialmente accedió a hablar sobre el ambiente de trabajo en la Secretaría, luego se retractó. La última vez que hablamos fue a mediados febrero de 2020. Al final, dejó de contestar las llamadas y los mensajes pero durante los breves intercambios que tuvimos dijo que no quería que la identifiquen porque tenía miedo de Lenin Mantilla. 

— Paula vino llorando a mi oficina varias veces, dice Diana.

Quienes hablaron conmigo coinciden en que el trato diferencial y negativo de Mantilla era con las mujeres. Diana dice que en una ocasión le pidió un permiso médico. “Yo tuve un cáncer y tenía que hacerme unos exámenes”, recuerda. El secretario Mantilla le reclamó: “siempre pides permiso”, le dijo, aunque era la primera vez que Diana se lo pedía. A un colega hombre, al mes de haber empezado en su puesto de trabajo, le dio una semana de vacaciones, cuenta Diana. 

Era algo común, dicen quienes trabajaron con él. A las mujeres solía pedirles que lleven a funcionarios hombres a reuniones importantes para que las “acompañen”, aunque fuesen de rangos inferiores. 

También le daba importancia a ciertos rasgos estéticos en las mujeres, algo que no ocurría con los hombres. Para una campaña de protección de la radiación solar, algunas funcionarias de la Secretaría de Salud se tomaran unas fotos. Cuando él las vio, Diana recuerda que dijo:

— ¡Uy mira esas caras, no, no, sáquenme esas fotos!

Olga, una funcionaria que trabajó varias décadas en el Municipio, fue testigo de los gritos de Mantilla a una funcionaria a la que acusaba de no haber acatado una orden. Dice que es la primera vez que se encuentra con un Secretario de Salud tan violento y con una  reiterativa actitud displicente hacia las mujeres. 

—En esta administración les ha gustado traer a mujeres voluptuosas, vestidas provocativamente y quienes pasamos de los 40, 50 años ya somos descartables. Como muebles viejos, dice, incómoda, en una breve conversación telefónica que mantenemos, insistiendo en la reserva de su nombre. 

Ana coincide en que Mantilla buscaba ciertos atributos físicos en las mujeres de su equipo. 

— Él tiene mucha fijación por lo estético. Le agradaba que las personas sean muy top model, dice Ana.

Una mujer que había sido tratada de “inepta” en varias ocasiones fue finalmente despedida. Tras algunas semanas, un asesor de Mantilla la habría contactado para pedirle que firme una carta de renuncia preparada por el despacho de Mantilla y simular que la funcionaria renunció. 

El último párrafo de la renuncia, preparada por la Secretaría y fechada 3 de febrero de 2020, se deshace en halagos y agradecimientos para Mantilla, reconociéndolo por “su ejemplo, integridad, liderazgo innato y exigencia de la eficiencia laboral”. Si lo hacía, le dijo, los pagos que tenía pendientes por su salida de la Secretaría, serían agilizados.  La mujer se negó a firmar. 

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Tres funcionarias del programa de prevención de consumo de drogas, Rosa —en un cargo directivo— y Luisa y Camila, en cargos técnicos, sufrieron tratos hostiles con dos subalternos de Mantilla.

Rosa tuvo enfrentamientos con Xavier Pozo, director encargado de prevención de adicciones, cuando el titular, Diego Riofrío, estaba de viaje. Pozo acusó a Rosa de “alborotar el gallinero” por conversar con funcionarios que no trabajaban bajo su dirección. En otra ocasión, Camila, una técnica contratada por Riofrío, dejó su oficina para buscar a Rosa pero no la encontró. Mientras la esperaba, Pozo le gritó que regrese a su oficina pues no tenía nada que hacer en una dirección en la que ella no trabajaba.  

A Luisa, los directores, le pusieron un apodo, Maléfica, porque consideraban que era “muy seria”. 

A Camila la asaltaron en el trolebús mientras regresaba de dar un taller en un colegio del centro norte de Quito. Para robarle, la empujaron al interior del trole y se golpeó en varias partes del cuerpo. Cuando pidió permiso para ir a presentar una denuncia en la Fiscalía, se lo negron. 

Unos días después, se sintió mal y tuvo que ser hospitalizada. Dice que los médicos le dijeron que se le habían inflamado las venas del útero. Mientras estaba con permiso médico por cuatro días, dice que la llamaban con insistencia para que regresara a trabajar. Cuando volvió, se enteró de que su contrato había sido terminado.

Cuando Camila pudo hablar con Diego Riofrío, el director de prevención de adicciones y la persona que la había contratado, él le dijo que su problema no era su desempeño, “tú eres muy buena trabajadora, el problema es con quién te relacionaste”. Se refería, según Camila a Rosa y Luisa, quienes estaban tachadas de “conflictivas”. 

Al resto del personal del program de prevención de consumo de drogas se le sugirió que “tome distancia” de ellas. Sus superiores, cuentan, les fueron quitando funciones. La frase: “si no te gusta, las puertas están abiertas”, se la repetían casi a diario, dicen. A todas les terminaron sus contratos al finalizar el año. 

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Para este reportaje, contacté primero a la directora de comunicación de la Secretaría de Salud y le pedí un pronunciamiento del secretario Mantilla, de Diego Riofrío y Xavier Pozo, sobre las acusaciones en su contra. La funcionaria nunca  me contestó. 

Dos semanas después volví a buscarla y me dijo que ya no trabajaba con Mantilla. Contacté por WhatsApp al nuevo director de comunicación, Jaime Zuleta, y me pidió el “banco de preguntas” para Mantilla. Le expliqué que la entrevista sería sobre los testimonios de las trabajadoras y que, por política editorial, no enviamos preguntas a ningún funcionario público. 

Me llamó por teléfono. Primero dijo que estaban dispuestos a dar la entrevista pero luego insistió en que le dijera los nombres de las mujeres que habían dado sus testimonios. “No hay nada aquí. Es un simple comentario”, dijo. Tras explicarle por qué es necesaria tener la versión de Lenin Mantilla, dijo:

El señor secretario es una persona que inclusivemente pasa afuera, y no conoce a todo el personal.

Zuleta dijo también que si no le entregaba la información, no nos podía dar la entrevista porque no existía “formalismo”.  Además, hizo una advertencia:

— Yo lo único que le digo, y usted debe saber, es que el atentar contra la honra y el honor, el buen nombre de las personas es para que también nosotros interpongamos acciones legales.

El 6 de marzo de 2020, el mismo día que el Director de Comunicación de la Secretaría de Salud se negaba a gestionar la entrevista para hablar sobre los testimonios de las mujeres que aparecen en este reportaje, la Secretaría de Salud inundaba su cuenta de Twitter con anuncios en fondo rosado en los que pretendía felicitar a la mujer por el 8 de Marzo. 

* Todos los nombres son protegidos.

María Sol Borja
Periodista. Ha publicado en New York Times y Washington Post. Fue parte del equipo finalista en los premios Gabo 2019 por Frontera Cautiva. Tiene experiencia en televisión y prensa escrita. Máster en Comunicación Política e Imagen (UPSA, España) y en Periodismo (UDLA, Ecuador). Es editora asociada y editora política en GK.