Placeres

Pausa

Un extracto del más reciente libro de Sabrina Duque, ganadora de la Beca Michael Jacobs de crónica viajera 2018.
  • Volcánica de Sabrina Duque

    Portada de Volcánica.

En esos días de horror nos dio por leer poesía.

Empezamos a desempolvar los poemas que estaban olvidados, aquellos versos escritos en los tiempos en los que el Tacho Somoza dejaba muertos en la Cuesta del Plomo, en Managua. Tiempos en que arrancaban a los muchachos de sus casas. Tiempos en que desaparecidos, torturados, casa de seguridad, eran palabras de uso corriente.

Aquellos tiempos.
Estos tiempos.

Con el grito de “Ortega y Somoza son la misma cosa”, comenzó un juego de comparaciones, de apropiaciones, del retorno de canciones, versos, gritos de revolución… Volvieron los poemas de Ernesto Cardenal, los de Gioconda Belli. Ella escribió nuevas poesías para los jóvenes revolucionarios. Cardenal, a quien había encontrado un par de veces, muy encorvado y débil en su silla de ruedas, volvió a la militancia. Escribió una carta abierta al expresidente de Uruguay, Pepe Mujica, para denunciar los atropellos a los derechos humanos. Recordó también en un texto en Confidencial que su hermano, el jesuita Fernando Cardenal, había hablado de que quería volver a ver a los jóvenes tomándose las calles. Que él mismo había orado: “Señor, haz que volvamos a ser lo que fuimos”. Sentía que había sido escuchado. Repitió, como hacía en tiempos de Somoza: “¡Levántense todos. También los muertos!”

Volvieron las canciones de Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, los hermanos cantores de la revolución.

Carlos Mejía Godoy, el hombre que compuso la banda sonora de la revolución sandinista. El compositor de Nicaragua, Nicaragüita, una canción que debería ser el himno nacional del país. Un escritor al que conocía aún antes de conocerlo: yo era muy chica cuando mi mamá cantaba “Son tus perjúmenes, mujer” mientras hacía el almuerzo. Tuve que mudarme a Nicaragua y empezar a leer sobre la vida del señor a quien conocía como “tío de Luis Enrique, el príncipe de la salsa”, para enterarme de que los perjúmenes eran de Carlos Mejía Godoy, y que la canción lo había puesto de moda en España y lo había convertido en un ídolo. Y que había regresado a Nicaragua para luchar contra Somoza cantando. Por aquí y por allá, las personas me fueron contando que las canciones de los Mejía Godoy servían para informarse en tiempos de aquella dictadura familiar. Que Guitarra armada no era una canción cualquiera: si se le prestaba atención, era una guía para armar y desarmar los fusiles que se le quitaban a la Guardia nacional. Que La misa campesina, famosa entre muchos católicos, la había compuesto él y que era, además, un compendio de todas las músicas populares del país. que las gestas de la revolución de los setenta están todas en sus letras. Ahora, cuando otra familia ahoga a Nicaragua, Carlos Mejía Godoy volvió a componer. Sus viejas canciones habían sido usurpadas por el poder. Así que, aunque en las marchas ciudadanas sonaban sus viejos himnos, él compuso sobre los sacerdotes valientes, sobre Alvarito Conrado, sobre los estudiantes, sobre las madres de abril… Sus sobrinos, el salsero Luis Enrique, Perrozompopo, Carlos Luis y Frijol, formaron la banda Los Minúsculos, como Rosario Murillo llamaba a los manifestantes durante las primeras semanas. Y empezaron a componer y tocar en honor a la revolución de los nietos.



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Hasta que el acoso fue mayor y, en agosto, Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy volvieron a exiliarse.

Empecé a leer poesías que desconocía para intentar entender el horror.

Leí a Ernesto Cardenal. Leí Salmo 1, barricada, Salmo 5 y Muchachos de La Prensa. Leía y la piel se me erizaba al encontrar la repetición.

De veinte, de veintidós, de diciocho, de diecisiete, de quince años.
Los jóvenes matados por ser jóvenes. Porque
tener entre los quince y los veinticinco años en Nicaragua era
ilegal.
Y pareció que Nicaragua iba a quedar sin jóvenes.

En la lista de los muertos del día en que escribo esto, hay bebés asesinados en los brazos de sus madres. Hay niños de 12, 14, 15 años, muertos en las barricadas de Managua, Masaya y León. En la lista de muertos, la mayoría estaba lejos, muy lejos, de ser adultos. En la lista de 212 víctimas que la CIDH completó hasta el 19 de junio, no se registra la edad de 34. De los 178 restantes, 105 no habían cumplido 30 años.

Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano
ni delata a su compañero de colegio

Cuando empezó la Operación Limpieza —un nombre que 40 años antes ya había usado Somoza contra los guerrilleros sandinistas—, cuando los paramilitares del gobierno tomaron las ciudades y empezaron la cacería de los que protestaban, en las redes sociales publicaban los nombres de quienes habían defendido tranques, de los que habían salido a marchar. Publicaban sus fotografías. Fotos de sus casas. Sus direcciones.

Hablan de paz en las Conferencias de Paz
y en secreto se preparan para la guerra
Sus radios mentirosos rugen toda la noche
Sus escritorios están llenos de planes criminales
y expedientes siniestros

No sólo Cardenal me orientaba con su voz de hacía décadas. Un par de años antes de que los nietos se lanzaran a las calles, Gioconda Belli había escrito un poema sobre los árboles de Managua. Ahí decía:

Esos árboles-monumentos de nuestras tierras,
de verdes y sueltas cabelleras
durarán lo que dure mi vida,
la de mis hijos
y quizás la de mis nietos

Cuando los jóvenes comenzaron a tumbar los arbolatas, los Chayopalos, aquellas estructuras que el gobierno llamaba árboles de la vida —instalados por toda la ciudad desde 2013— hubo quien le llamara la atención a Belli sobre la premonición de aquel poema:

Los árboles eléctricos —las arbolatas—
en cambio, perecerán.
Una a una se apagarán sus luces.

Se corroerá el metal de sus troncos.
Sus esqueletos descascarados
serán vendidos como chatarra.
Terminarán tristes
en el cementerio de las cosas inútiles.

Una revista de investigación había publicado que entre la fabricación y el cuidado, cada árbol de lata costaba 20 mil dólares. Los periodistas de Confidencial habían contado aquella vez más de 130, sólo en Managua. Un nicaragüense gana 2 mil dólares al año, menos que en los años setenta.

El día del primer paro nacional empezaron a compartir en las redes sociales el poema Huelga, que Belli escribió en 1978.

Una huelga donde respirar no sea permitido,
una huelga donde nazca el silencio
para oír los pasos
del tirano que se marcha.

Durante esos días de protestas contra Ortega y Murillo, Gioconda Belli —poetisa premiada, novelista— escribió El relevo. Sus versos decían: “¿Cuántos tiranos alcanzan en una vida? / ¿Sabrá el de ahora lo que sentía el otro? / ¿recordará cuánta muerte sembró aquel / aferrado al poder? / el bombardeo de las ciudades / su hermano Camilo Ortega caído en Los Sabogales / (él era como uno de esos jóvenes asesinados en las protestas) / ¿Cuántos tiranos alcanzan en una vida?”

[…] nunca vuelvan a preguntarme si fue en vano la revolución. / Hay relevo. Los de antes ya no somos necesarios. / Se hereda el ardor contra los tiranos.”

Sabrina Duque
(Ecuador, 1979) Periodista y escritora. Finalista del premio Gabo de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Su primer libro, Lama, relata la historia de los sobrevivientes de la mayor tragedia minera de la historia, ocurrida en Brasil.