Placeres

Cambiar para ganar

En Moscú ganó el más consistente de los dos finalistas de la Copa del Mundo 2018. Francia derrotó 4-2 a Croacia en el último encuentro de la competencia que enfrentó a las dos escuadras de mejor juego colectivo. Francia ganó porque supo cambiar respecto de su historia reciente.
  • Francia campeón del mundo

    El equipo de Francia celebra luego de ganarle a Croacia 4-2 en la final del mundial de fútbol, en Rusia. Fotografía del Kremlin marcada como de reutilización sin fines comerciales


UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

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Rusia 2018 fue un Mundial distinto: predominaron los goles de pelota parada, ninguno de los semifinalistas fue Alemania, Brasil, Argentina o Italia, lo determinante fue la efectividad y no la posesión del balón y, sin duda, el VAR transformó (para mejor) las decisiones arbitrales. Su campeón es, también, distinto: Francia no jugó el juego vistoso y ofensivo que les Bleus han ofrecido en las últimas cuatro décadas, sino que aplicó una lección aprendida de su derrota en la final de Alemania 2006: tuvieron una versión francesa de Italia.

La emergencia de Francia como potencia empezó en los ochentas. Si bien en Suecia 1958 alcanzaron el tercer lugar de la mano de los 13 goles de Jules Fontaine —el máximo artillero histórico en una sola cita mundialista—, la historia francesa en las Copas del Mundo era chata, reservada para un plano secundario. Alemania, Italia e Inglaterra eran las potencias europeas dominantes.

En España 82, eso cambió. El cuarto puesto en 1982, el tercero en 1986, el campeonato de 1998 y el vicecampeonato de 2006 son la evidencia de que Francia lleva cuatro décadas en la élite del fútbol global.

La receta francesa para el éxito ha sido un juego elegante y al ataque, guiado siempre por un mediocampista estrella: Michel Platini en 1978, 1982 y 1986, Zinedine Zidane en 1998, 2002 y 2006. Cuando ese diez faltaba, el fútbol francés no florecía. Forjado en la tradición de las victorias napoleónicas, Francia siempre precisó de un mariscal de campo.

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Fue un ejercicio en progresión que alcanzó su máxima expresión con el Mundial que jugó en casa. No obstante, los resultados mundialistas —a los que sumaron las Eurocopas de 1984 y 2000— no fueron suficientes para cambiar la narrativa que se instaló en el imaginario global: los franceses pueden ser los mejores, pero tienen lagunas mentales que los llevan a perder la cabeza y los juegos.

Ocurrió en el Mundial de 2002, cuando se convirtieron en el primer campeón vigente en quedar eliminado en la primera ronda del mundial siguiente. O, literalmente, cuando en 2006 un insulto del defensa italiano Materazzi hizo que Zinedine Zidane borrara de un cabezazo toda la magia que regaló en el Mundial alemán.

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Otra leyenda futbolística que golpeaba a los franceses era su deficiencia defensiva: las derrotas frente a Alemania en las semifinales de 1982 y 1986, y la final perdida en 2006,  mostraron cómo Francia perdía cuando chocaba con equipos mejor organizados defensivamente.

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Solo en las selecciones de 1998 y 2000, Francia logró congeniar buenos esquemas defensivos con presión en toda la cancha y la artillería pesada de atacantes veloces, alimentados por el genio de Zidane. Pero desde que Zizou se retiró —tras la derrota en 2006—, si bien los franceses tuvieron muy buenos jugadores —referentes en varias de las mejores ligas europeas—, la historia que los acompañaba mostraba una tras otra su fragilidad como equipo: se quedó en la fase de grupo en Sudáfrica 2010. A eso había que sumarle el peso de la generalmente aceptada falta de fortaleza mental francesa.

La historia comenzó a cambiar desde la llegada de Didier Deschamps en 2012. Campeón del mundo en 1998 como jugador, la prioridad defensiva de Deschamps —mediocampista de contención en su época dentro de la cancha— se convirtió en el parámetro para moldear al equipo desde el principio, modificando la tendencia histórica a un juego más vistoso y ofensivo. Si bien Francia perdió ante la solidez alemana en cuartos de final de Brasil 2014, la base del equipo y el concepto de juego prendió en un grupo joven, que encontraba en Deschamps a la experiencia de un campeón. Las condiciones estaban dadas, pero parecía como si faltara un giro de timón definitivo.

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Ese golpe sucedió en 2015, cuando el delantero del Real Madrid Karim Benzema fue vinculado al chantaje sexual que sufrió otro futbolista francés, Mathieu Valbuena. Deschamps decidió no volver a convocar a Benzema mientras estuviera al mando del equipo francés. “Hice un análisis no sobre un individuo, sino sobre un grupo. El colectivo siempre ha estado por encima. Luego elegí únicamente en función de lo que creo que es bueno para la selección francesa. Siempre he actuado así. Decidí y asumo mi decisión”.

El mensaje de cero tolerancia con los desmadres dentro y fuera de la cancha, caló en un equipo joven y con enorme potencial, pero que padecía una tendencia al individualismo. Jugadores clave como Paul Pogba —que encarna a la perfección esa peligrosa mezcla entre calidad y divismo— sabían que con Deschamps tenían que estar alineados con un plan de juego que privilegia el juego colectivo, la marcación y la entrega total. De hecho, el Pogba de la selección francesa, que se ha destacado en el Mundial ruso por la marca y la concentración durante los 90 minutos, es uno muy diferente al Pogba del Manchester United, que en la última temporada ha sido duramente criticado por sus inconsistencias deportivas y emocionales.

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La victoria francesa de 2018 es un triunfo aplazado: perdió la final de la Euro 2016 ante Portugal, en un resultado más bien extraño. En ese torneo, el juego francés ya mostraba la evolución en la que privilegia mayor fortaleza en el ámbito defensivo, al punto que parece la versión a nivel de selecciones del Atlético de Madrid de Diego Simeone: dándole posesión de pelota al rival, cerrando espacios, pero atacándolo en transiciones fulminantes, sumamente efectivas. En el Atlético, el ‘cholo’ Simeone ha modernizado el juego italiano, adaptándolo a las exigencias físicas del siglo XXI: todos, incluidos delanteros, tienen que defender y cerrar espacios.

En ese sentido, Deschamps fue el más cholista de los técnicos en Rusia 2018. Sobre todo porque cuenta con una base defensiva que probablemente sea la mejor a nivel global, a la que se suman delanteros eximios para contragolpear en velocidad. Al excelente Hugo Lloris, portero del Tottenham inglés, lo acompañan los dos centrales de los mejores equipos del orbe: Samuel Umtiti del Barcelona y Raphaël Varane del Real Madrid.

Francia tiene a uno de los laterales del Atlético de Madrid, Lucas Hernández, que cubre el carril izquierdo con ferocidad y técnica. N’Golo Kanté, del Chelsea, es probablemente el mejor volante de contención del planeta. Con solo un metro sesenta y ocho centímetros de estatura, Kanté es una muralla contra la que los rivales rebotan, facilitando la recuperación de la pelota. A ello se suma la excelente labor de defensa del tándem Paul Pogba-Blaise Matuidi que muta a un ataque preciso y rápido cuando el balón regresa a su posesión. De ello se aprovecha, en ataque, el otro tándem: Kylian Mbappé —la estrella del París Saint Germain y mejor jugador joven del Mundial ruso— y Antoine Griezmann, el temible delantero del Atlético. Griezmann es, probablemente, la mejor representación del alma de la Francia de Deschamps: marca, toca con criterio, acierta en los tiros libres y de esquina con precisión de cirujano.

De los botines de Griezmann se gestaron —o lograron— más de la mitad de los goles franceses en el Mundial. Quedó claro en la final contra Croacia. En el primer tiempo, Francia tuvo solo dos ocasiones de gol, y las dos se concretaron: centro de Griezmann para el autogol de Mandzukic; penal ejecutado por el francés. En todo el partido, Francia anotó 4 de 7 tiros.

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Cuando Croacia intentó empatar, al principio del segundo tiempo, las transiciones generaron oportunidades que, como contra Argentina, cambiaron el juego en un parpadear. La dinámica de transición que se vio hasta el error de Lloris que provocó el segundo gol croata, mutó al juego de defensa a ultranza que le cerró todos los espacios a los croatas. Deschamps mostró que el cholismo es una escuela que, bien interpretada, logra alegrías mundiales.

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El cambio de Francia fue efectivo, pero no exento de crítica. Al final de su partido de semifinales, los belgas Eden Hazard y Thibaut Courtois acusaron a los franceses de jugar un fútbol feo y amarrete.

Al poco tiempo Griezmann les recordó a los dos, que han jugado en equipos que siguen (o han seguido) esquemas similares a los franceses: Hazard y Courtois son jugadores del Chelsea y Courtois tapó para Simeone en el Atlético de Madrid.

Puede que el fútbol que practica Francia no deleite a los puristas, pero ha servido para ganar una segunda Copa Mundial. La receta ha sido  consistencia y juego de conjunto aplicado.

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La Copa del Mundo llegará a Francia en en un momento particularmente difícil para el país. Ha sufrido el crecimiento de la extrema derecha del Frente Nacional, la crisis de los refugiados y los ataques terroristas.

Deschamps supo que el triunfo de 1998 fue un bálsamo que unió al país tras su selección y significó un momento de encuentro único, que valoró como ninguna otra ocasión la diversidad de origen que hace a Francia lo que es hoy. La selección francesa de 2018 es el epítome de ese valor con la predominancia de 15 jugadores de origen africano, más otros con ascendencia española, portuguesa, caribeña y filipina.

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Lo que mostró la Francia campeona de 2018 fue un mensaje trascendente: los cambios de esquema de juego —y de la sociedad— pueden ser increíblemente efectivos y aglutinantes, si van de la mano con un propósito común. La selección francesa encontró ese propósito. Ojalá el país, a partir de este triunfo, también encuentre el suyo.

Nómade geográfico e intelectual, ecléctico y disperso. Barrabrava de causas perdidas frugal en lo cotidiano y botarate con los amigos. Incansable buscador de libros