Una venezolana dice que los ecuatorianos parecen indios y un grupo de la sociedad enfurece. Su reacción se vuelca a la xenofobia, a criticarla, pero —aunque pocos lo quieran ver— confirma el odio de los ecuatorianos hacia los ecuatorianos. El video que se viralizó muestra a una ciudadana venezolana en una entrevista para El Quiteño, un medio local de la capital.

Con una ecuación lógica se concluye que, para esta opinión, indios equivale a cojudos y deja abierta la posibilidad de que lo primero sea aún peor.

Pero la conversación —en redes sociales, en reuniones— se ha volcado a criticar y discriminar, aún más,  a los venezolanos que viven en el Ecuador, cuando el verdadero debate debería ser sobre nuestra condición de ofendidos. Una ofensa es una confesión. Lo que te ofende te delata, pues es ahí es donde guardas tu rechazo. El semiólogo francés Roland Barthes decía que la interpretación de un texto es un nuevo enunciado. En otras palabras: la interpretación de aquello que escuchas, lees o ves, es un nuevo mensaje y te pertenece. Por eso, no hay nada de pasivo en ofenderse: tan responsable es quien pronuncia la ofensa como quien califica negativamente al mensaje.

En este caso, tomar indio como insulto es ofender al indio, es visibilizar un racismo que desborda en el país, pero que resulta invisible porque está naturalizado. El estudio El racismo en el Ecuador: un problema de identidad de José Almeida Vinueza explica el origen de este choque de fuerzas en los ecuatorianos. Aunque la investigación fue publicada en 1996 parecería que la conversación está más vigente que nunca.

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En octubre de 2016 Michael Arce le ganó un juicio a un militar a quien había demandado por delito de odio racial dentro de las Fuerzas Armadas. Arce, quién había entrado a la Escuela Militar Eloy Alfaro (ESMIL) en 2011, “sufrió hostigamientos y amenazas, violencia física, psicológica y moral, por su color de piel”, según escribió Juan Pablo Albán, su abogado defensor. Según Albán, el oficial instructor se refería a Arce, en presencia de los demás cadetes de su pelotón, como “negro vago”, “hediondo”, “negro hijo de puta”, “eres menos que las mujeres” o “ningún negro será oficial en mi ejército”. Cuando Albán escribió sobre el caso de su defendido, una serie de comentarios racistas circularon en las redes sociales que revelaron que en el Ecuador el racismo está lejos de desaparecer.

Aunque Arce marcó un precedente al ganar el primer juicio por crimen de odio en el país, es difícil ignorar las estadísticas sobre la percepción de racismo: según un informe del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) y del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el 52% de los encuestados cree que el color de piel define el trato que recibe una persona.

Almeida, en su estudio sobre racismo, escribe que el imaginario del Ecuador está compuesto por tres vértices: el blanco, el indio y el negro, “con el primero en la cúspide y los restantes en la base inferior”. Después explica que el mestizaje es un afán de “blanqueamiento” para acercarse a la parte superior. Y como nunca se llegará al ideal de pureza blanca —no somos europeos—, se acumula odio y frustración hacia la base del triángulo y se le culpa por no permitir al pueblo alcanzar ese ideal. En otras palabras, los negros e indios empeoran nuestra raza. “Por eso es que se dice que ‘no hay peor enemigo del indio o de negro, que aquél que ha dejado hace poco de serlo’”, escribe el autor.

En orden de prioridad, antes de incomodarse por actitudes y palabras de extranjeros sobre Ecuador, los ecuatorianos deben ocuparse de cómo usan las palabras cuando hablan sobre sí mismos. Sobran ejemplos de publicaciones en redes en los cuales, a propósito del comentario de la venezolana,  la palabra indio ya con connotación negativa, se compara con otro grupo de adjetivos. Por ejemplo @fredvb1961 posteó: “Eso comprueba que la chica se equivocó. No solamente son indios feos sino también son miserables de mala sangre”. Quizás en una búsqueda de defensa a la minoría racial, @Pableonardo, le dijo no al odio, pero de una manera contradictoria: “Las reacciones de los que se dieron por aludidos por eso de ‘indios feos’ los convierte en ‘indios, feos y ESTÚPIDOS’ #NoaLaXenofobia #NoAlOdio¨. Otra vez, quizás esta sin querer, un comentario cargado de racismo, iguala la palabra indios a estúpidos.

La crudeza del racismo y el abuso hacia los indios ecuatorianos retratada por Jorge Icaza en Huasipungo, es la misma crudeza que se perpetúa en el país todavía solo que no con golpes y maltrato físico sino con actitudes y palabras. Esta novela realista nos deja pistas de que la suposición de la supremacía “natural” de la raza blanca por encima de la indígena en el Ecuador es un comportamiento heredado y repetido desde tiempos de La Colonia.

La estadística del INEC de “te tratan como te ves” no solo es una cifra. En 2009, el futbolista Felipe Caicedo presentó una denuncia por discriminación racial al dueño de un restaurante en Guayaquil luego de que llamara a la Policía al suponer que el deportista era un delincuente. En la parrillada donde él estaba 15 policías entraron y, con un trato muy denigrante, le pidieron sus documentos y le preguntaron qué hacía ahí si ese sitio “no era para él”.

Los negros e indios siguen siendo menos para un sector de la sociedad ecuatoriana. Tomando en cuenta el poder de las palabras, molestarse públicamente por  la expresión indios es querer diferenciarse de ellos, es rechazarlos públicamente. Peor aún, es odiar la parte de cada uno que tiene esas raíces, es olvidarse de ellas. Es ser agresor y agredido.

Aunque parezca innecesario recalcarlo, los hechos demuestran los contrario: las palabras no solo tienen el significado que aparece en el diccionario. El pragmatismo descubrió que ellas significan lo que el entorno quiere que signifiquen. Indios y negros, en nuestro lenguaje, significan más que los nombres de dos razas porque, socialmente, nos hemos permitido llenar a esas palabras de connotaciones negativas. Vaciarlas de significados humillantes es indispensable. El desafío será romper los malos hábitos de un entorno que en lo único que no discrimina es en quién elige para discriminar.