Lenín Moreno ha sido un personaje dual: durante la campaña electoral de 2017 el candidato del oficialismo se presentó como un hombre de consensos que tenía al diálogo como su principal herramienta, pero se mostró siempre como un político fiel al correísmo, con mínimas críticas a los errores en años pasados. Moreno, quien siempre manejó con extremo cuidado su forma de referirse a la “Revolución Ciudadana”, nunca dejó de alabar la gestión de su antecesor. Su propuesta de gobierno se basaba en el “cambio-en-continuidad”, una ambigua posición que creaba más dudas que certezas —tanto en oficialistas como en opositores—, sobre  el curso político del nuevo régimen. Sin embargo, en apenas tres semanas de gobierno, Moreno ha iniciado una frontal purga de funcionarios leales a Rafael Correa lo cual marcaría el inicio de una nueva disputa política al interior del partido.

En la campaña fue evidente el distanciamiento entre los candidatos del oficialismo: Moreno era el protagonista, mientras su binomio Jorge Glas redujo su presencia radicalmente hasta el punto de hacer contadas apariciones y escasas declaraciones públicas. Al cierre de campaña de la primera vuelta, por ejemplo, Moreno fue solo. Las dudas sobre el comportamiento ético del Vicepresidente eran consideradas por los estrategas de PAÍS como una amenaza al triunfo correísta.

La evidente incomodidad de Lenín sobre su binomio hacía pensar que, de ganar las elecciones, le daría un perfil más bajo y menos poderoso a Glas. Y así lo hizo: nada más posesionado, el nuevo presidente le restó seis encargos, todos relacionados a los sectores estratégicos (áreas en las cuales sucedieron los casos de corrupción que ponen una sombra sobre la figura de Glas. Pero, para sorpresa de muchos, ahora las cosas han ido mucho más allá: dos hechos dan un golpe de timón a las relaciones de poder dentro del correísmo. El primero, es la detención de Ricardo Rivera, tío del vicepresidente Glas; el otro, el allanamiento a la casa del Contralor General del Estado, Carlos Pólit, ambos dentro de la investigación de una red de coimas que involucra a la empresa constructora brasileña Odebrecht.

El contralor Pólit fue pieza clave de la gobernabilidad y estabilidad correísta durante una década, y Ricardo Rivera, además de tener grado de consanguinidad con el vicepresidente Glas, fue su hombre de confianza. Ambos gozaron —de distintas maneras— de la protección del correísmo: Pólit fue reelecto como contralor con un impresionante puntaje de 95/100, mientras que Rivera recibió durante la campaña electoral el férreo apoyo de Alexis Mera, ex Secretario Jurídico de la Presidencia, quien descartó tajantemente que el tío de Glas estuviese inmerso en casos de corrupción.

Que el nuevo gobierno inaugure su gestión atacando a actores clave de la década pasada envía un mensaje político muy potente: Lenín Moreno quiere desmarcarse, trata de demostrar que es distinto a Correa y que no está condicionado por el aparato correísta. La ruptura del espíritu de cuerpo que ha caracterizado al correísmo empieza ya a generar quiebre dentro del partido que gobierna al Ecuador hace más de diez años, y pone a prueba la fuerza política de Moreno: ¿podrá gobernar  y al mismo tiempo fiscalizar a sus excompañeros?

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Las tensiones al interior de Alianza PAÍS se evidenciaron desde la conformación del nuevo gabinete ministerial. En él están, actores como Augusto Barrera —quien responsabilizó a Correa por su derrota en las elecciones locales. O Fander Falconí, quien creyó que explotar el ITT era una grave traición ideológica al proyecto original de la autoproclamada Revolución Ciudadana. De la misma manera, la designación como Secretario de Aguas de Humberto Cholango —dirigente indígena y duro crítico de la política ambiental de Correa— también llama la atención. Además, el nuevo equipo de Ministros demuestra una nueva distribución del poder, incluso con notorias asimetrías regionales, donde la Sierra recupera importantes espacios de protagonismo frente a la Costa.

Los allanamientos y detenciones exacerban los conflictos entre viejos camaradas. La respuesta de Correa ante la crisis de su partido fue violenta, no dudó en criticar indirectamente a Moreno  (y buscó figurar como el artífice de los operativos contra funcionarios que el mismo protegió. A día seguido, el expresidente escribió un artículo de opinión en el diario estatal El Telégrafo criticando la política anticorrupción de Moreno y minimizando el momento político exponiendo públicamente la implosión de Alianza PAÍS.

El cisma del partido es el momento de Moreno: podría capitalizarlo políticamente, dándole la posibilidad de crear un relato político nuevo, reformista, que basado en la moralización del estado-partido fortalezca su liderazgo y le facilite gobernar. De a poco, va quedando atrás la imagen del político débil, sombra y dependiente de Rafael Correa. Pero no será un camino sencillo: los costos políticos frente a las facciones más cercanas a Correa serán altos y la relación con el legislativo podría complicarse. Sin embargo, el efecto político de las detenciones de correístas revisten a Moreno de legitimidad y fuerza, dos elementos que hace un par de meses parecían ser monopolio  de Rafael Correa.