Cuando el mítico músico y activista radical nigeriano, Fela Kuti, convocó en 1964 a audiciones para conformar su banda, no sabía que estaba a punto de convertirse en una leyenda de la música africana. Tampoco sabía que el Afrobeat —un estilo que combina jazz, funk y soul con highlife y otros ritmos de África Occidental— trascendería las fronteras de Nigeria y se popularizaría alrededor del mundo. Luego de escuchar a Tony Allen tocar la batería en la audición, Fela Kuti le preguntó: “¿Cómo es posible que seas la única persona en este país que puede tocar así jazz y highlife?”. Desde ese momento, Allen pasó a ser un elemento imprescindible de la primera banda de Afrobeat.

La capacidad polirítmica de Tony Allen y los sincopados patrones rítmicos que caracterizan su estilo hacen difícil entender lo que está pasando al escucharlo tocar. No resulta sorprendente, entonces, que el 9 de febrero de 2017 el Teatro Sucre se llenara de aficionados y curiosos en una empírica búsqueda de la verdad sobre lo que se dice (y se inventa) del nigeriano, quien luego de sentar las bases del Afrobeat hace cuatro décadas, no ha hecho sino consolidarse como uno de los bateristas más influyentes de la música contemporánea.

Cada año, el festival Ecuador Jazz reúne por una semana en el Teatro Sucre a gran parte de la clase creativa de Quito. En esta ocasión las cabezas de cartel fueron Tony Allen Quartet y el guitarrista norteamericano Bill Frisell. La noche de Allen atrajo a hombres y mujeres de todas las edades. Escuché conversaciones en al menos cuatro idiomas europeos, la distinguida audiencia se revelaba inmersa en su propia performance de elegancia.

Aunque hubiese hecho sentido que Allen tocara Afrobeat en el Teatro Sucre —debido a que los festivales de jazz se han convertido en el hogar la música no-occidental, ahora conocida como ‘world music’— el nigeriano ha venido a un festival exclusivo de jazz, en esta ocasión, para tocar jazz. Tal es el caso, que presentó un tributo a uno de sus referentes musicales, Art Blakey, baterista norteamericano y líder de la banda The Jazz Messengers.

“Él es mi ídolo. Su manera de abordar la percusión y el jazz fue distinta a la de otros bateristas de la época”, me dijo en la Alianza Francesa, después del concierto. De hecho, en sus inicios en los 60, cuando Allen tocaba jazz en Lagos, Nigeria, se lo conocía como el Art Blakey nigeriano. “Yo intentaba copiarle, pero estaba consciente de que nunca llegaría a tocar como él”, dijo mientras explicaba que no se trata de imitar ni superar a otros, sino de partir de la inspiración en alguien como Blakey para crear un estilo propio. “Creo que me tengo que superar a mí mismo. No voy a competir con lo que estuvo allí antes”.

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Al concluir la tercera canción, se tomó unos minutos para disculparse con la audiencia. “No sé si saben, pero no soy alguien que habla mucho”, dijo antes de contar que este es un proyecto de jazz y dejar claro que cuando él habla de jazz, habla de jazz ‘à la Tony Allen’. Es decir que rompe todos los protocolos del género y desafía las normas que lo sostienen. “Mi enfoque se centra en capturar a todos. Entonces todos ustedes, a partir de este momento, son libres de hacer lo que quieran”.

Aún cuando el saxofón, el piano y el contrabajo fueron irreprochables, el insistente e incisivo ritmo de la batería de Allen dominó el espectáculo. Parecía que el nigeriano utilizaba las baquetas para acariciar a su instrumento. Nunca la golpeó con demasiada fuerza. La sutileza de su estilo fue solamente comprensible cuando vi su rostro que no parecía uno de un baterista en acción, sino de un relajado señor de 76 años complaciéndose en ameno diálogo con sus platillos y tambores.

Luego de casi dos horas de música, quedó claro que incluso al tocar las canciones de su héroe, resultó imposible para Tony Allen no imponer su propia métrica. “Lo que cambié del estilo de Art Blakey en el concierto fue el uso del hi-hat (pieza esencial de una batería, consiste en dos platos que se pueden tocar con un pedal o con una baqueta); mis patrones son muy distintos”, me dijo en nuestra conversación luego del recital. De hecho, la magia de Tony Allen se materializó cuando, a pesar de estar acompañado de tres músicos de hard-bop jazz —un estilo intencionalmente indomable, poco bailable y más bien técnico, tanto en su complejidad como en su velocidad— logró que unos cuantos sacudieran sus esqueletos.

Dice un viejo mito que Tony Allen puede tocar un ritmo diferente, al mismo tiempo, con cada una de sus cuatro extremidades. Dice el mito, también, que cuando Allen abandonó la emblemática banda de Fela Kuti, África 70, fue necesario contratar dos bateristas para reemplazarlo. Por esa razón, Fela Kuti dijo que “sin Tony Allen no habría Afrobeat”. Pero Allen parece haber superado la época dorada junto a Fela, en la que componían, tocaban, grababan y militaban inagotablemente en Kalakuta Republic, una comuna donde los músicos y sus allegados habitaban bajo sus propias leyes, ajenas a las del Estado nigeriano.

Desde aquel día en el que Allen dejó África 70, se dedicó a dispersar su estilo junto a todo tipo de músicos. Desde Damon Albarn, líder de las bandas británicas Blur y Gorillaz, hasta Ernest Ranglin, aclamado guitarrista jamaiquino, pionero en el reggae-jazz. “Cuando me invitan, voy. Independientemente del tipo de música. No puedo tocar Afrobeat si la música no es Afrobeat, pero puedo tocar algo que vaya con la música”. Después de todo, Allen ha demostrado que su obstinada creatividad y sus exorbitantes habilidades no tienen límites, tal como su insaciable necesidad por hacer música.

Tras una estrepitosa ovación de pie, Tony Allen y sus músicos abandonaron el escenario. Pero las palmas no dejaron de golpear hasta que la banda regresó para despedirse con una colorida melodía que supo abreviar que ni la exquisitez ni el virtuosismo residen en la complejidad o en la habilidad, sino en las sutilezas del ingenio. “Siempre trato de satisfacer a todos, no tengo límites porque la música no tiene límites”, dijo Allen en diálogo tras el concierto. “Es mi primera vez en Ecuador. Fue una audiencia muy cordial.”