Escritora.

De ludopatía, espejos rotos y princesas sin sostén

El Cine Inca fue mi niñera.  Mi mamá tenía un, digamos, afecto especial por los naipes y nosotros, mi hermano Francisco y yo, pasábamos las tardes en el cine que quedaba, convenientemente, a la vuelta del casino, digo, la casa del tahúr, digo, la amiga, de la ludópata, digo, mi mamá.  Allí, en esa sala enorme y oscura con muebles de cuerina roja, que olía a años de hot-dog, sudor, cola de manzana y canguil hecho en casa —venía en una funda pequeñita, de papel de despacho, sin marca—, vi, sentí y comprendí todo lo que es importante en la

|viernes 18 de diciembre de 2015 03:17|