Tanatólogo de tinta que escribe mentiras que piensa que son verdad. En la billetera guarda una estampita de Freud.

La casa del otro invisible

¿Qué tramamos cuando caminamos por la calle a través de las membranas gigantescas de gente?  ¿Sería posible suponer que hagamos caso omiso a la existencia del otro, cuando lo cierto es que nos rodeamos, entrelazamos, entrecruzamos con personas todo el tiempo?  Tanto puede ser así que, sin importar el sexo, la etnia o la religión del otro, un simple roce nos aterra, nos irrita, nos colma la paciencia.  Una suerte de narcisismo e instinto de supervivencia nos convierte en intolerantes al tránsito del otro, a su paso, al goce del otro . Por otro lado,  es indiscutible que a partir

|lunes 4 de noviembre de 2013 09:57|