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¿Qué tramamos cuando caminamos por la calle a través de las membranas gigantescas de gente? 

¿Sería posible suponer que hagamos caso omiso a la existencia del otro, cuando lo cierto es que nos rodeamos, entrelazamos, entrecruzamos con personas todo el tiempo? 

Tanto puede ser así que, sin importar el sexo, la etnia o la religión del otro, un simple roce nos aterra, nos irrita, nos colma la paciencia.  Una suerte de narcisismo e instinto de supervivencia nos convierte en intolerantes al tránsito del otro, a su paso, al goce del otro .

Por otro lado,  es indiscutible que a partir de lo planteado no converjamos al terreno de lo político en el sentido schmittiano .  Existe una barrera imaginaria e imprecisa entre el uno y el otro, en una suerte de “amigo/enemigo”.  La tensión discursiva entre la gente, transeúntes –los que transitamos– o en las distintas formas de interrelación humana, está ahí.  Esa barrera imaginaria tensada que delimita el espacio del uno y del otro, no debe de ser invadida. Si sucede, ocurre lo que Schmitt bien describe como lo bélico y que podría representarse como una manifestación de odio.

Puede pensarse lo anterior también como una cuestión de políticas del propio cuerpo, de la individualidad de cada uno; quizá de la política que promociona un Otro  en función, ya sea de la promoción de las individualidades o la de formar conciencia de clase y establecer una lucha entre esas clases.  Por ahora, no estamos más en la corriente de un totalitarismo de la individualidad, sino la del totalitarismo de la individualidad del –Uno–  en el poder, en un culto a la personalidad de ese Uno. Esto quiere decir que nos relacionamos también en detrimento de lo que es dictado desde una posición de poder,  pudiendo desembocar así en separatismo, luchas de clases o idolatrías a ese –Uno– que gobierna procurando un olvido del otro.

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Nuestras relaciones sociales estarían atravesadas por el lenguaje en la medida que somos seres hablantes y hablamos del otro –y a partir del otro–. Al hablar del otro, al pronunciarlo, es que el otro existe. Sin embargo, lenguajear al otro desde nuestra habla ha sido sustituida por la que quizá sea ahora la única práctica de interrelación: la transacción.

Nuestras relaciones en el sentido de <transacción> pueden ser informáticas o monetarias.  Haciendo referencia a ese intercambio de dinero por ejemplo, donde el papel moneda, la cara de un sujeto en un billete, la entrega y recibo de dinero, ese dar y recibir, no dejan de tener una carga significante pero carente de sentido, simplemente están, por lo tanto vuelve impersonal, inhumanas las relaciones y, sin embargo, las condiciona. 

Es posible que lo denominado aquí como <transacción> tenga cierta similitud a la noción de semiótica maquínica de los códigos. Ya no son más nuestras relaciones humanas un asunto del lenguaje, sino de una suerte de codificación a-significante pero que subjetiviza igual y que mantiene enganchadas nuestras interacciones, al más y puro estilo maquínico . 

La palabra ha sido sustituida por la transacción.  Visto de otro modo, la palabra significa el empleo de tiempo y la transacción lo acorta.  Y la cuestión del tiempo es otro tema más del cual tratar, pero se sigue –al menos aquí– con la preocupación de la transacción, la misma que lleva a un sujeto olvidarse prácticamente de la existencia del otro y  lo que ello implica, y verlo nada más como un campo utilitario. 

¿Qué es lo que implica otro? El otro implica nosotros mismos en el sentido que no se puede pensar que el otro se encuentra aislado o separado de nosotros.  De la misma manera que las acciones del otro no son acciones aisladas entre sí. Son una serie infinita de causalidades que ese mismo otro además ignora.  Así, en el mismo sentido, ese otro es una serie infinita de co-relaciones que lo han llevado a ese lugar en el que nos encontramos con él.  Estamos ahí en ese momento preciso, claro está, pero, además, hemos estado anteriormente en la serie infinita de co-relaciones que han llevado a ese otro a ese momento preciso del encuentro con nosotros.

Cometemos el error de pensar que los objetos, las cosas en sí, el otro, además, son fenómenos objetivizables entre ellos. Un producto de la llamada posmodernidad. Se trata entonces de la deconstrucción de esa mirada, suponiendo que donde caminamos, ese suelo llamado mundo, es un espejo.  Lo que está frente a nosotros, somos nosotros mismos; no se trata para nada de misticismo. Es el acercamiento a la ética para con el otro, en el sentido levinasiano: el mundo queda devaluado, en tanto nos pensamos como alienados de este mundo y pensamos al otro, a la sociedad que concebimos como tal, como una aglomeración de objetos aislados los unos a los otros.
Todo lo que sucede en el mundo, nos está sucediendo. Es un efecto mismo de nuestras acciones.  No se trata de decir que existe una manera correcta de actuar hacia el otro o hacia el mundo, pero sí que somos responsables de lo que le pasa al otro o de lo que sucede en el mundo, por ende a nosotros. 

De la ética, partimos para hablar de la libertad. Libertad no entendida como el hacer lo que a uno le plazca, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino como la libertad de limitarse en hacer ciertas cosas.  Si logramos entender que no estamos separados el uno del otro y tampoco separados del mundo y que cualquiera de estos actos que afecten el afuera nos van a afectar directamente a nosotros no habrá códigos morales que nos aten.