
Platitos hechos de aire
"No hay ciudad en esta casa donde no se haya guardado algo en una tarrina de plástico: todos fuimos el nieto que abrió la tarrina de helados en la heladera de la abuela solo para descubrir que era caldo de pollo congelado"
Omnipresente y ligera, la tarrina desechable es uno de esos objetos que fue solución y ahora son un dolor de cabeza ambiental. En Quito están en todas partes porque la comida callejera en Quito está en todas partes. Transportan delicias para todos los gustos. Sirven para servirse al paso, rápido, algún tentempié de vereda: hornado, fritada, papas con cuero, tripa mishqui con papas, mote sucio, motepillo, empanada, choclopillo, salchipapas, papipollos, cevichochos.


También albergan platos más elaborados que se sirven todos los días en veredas, parques y boulevares de esta ciudad: encebollado, ceviche de camarón, ceviche mixto, ceviche de concha, ceviche de pescado, arroz con menestra y carne, chaulafán, tallarín con presa, tallarín sin presa, guatita, librillo, caldo de gallina, de pata, de manguera —en fin, se entiende la idea.

Unas son de plástico PP (polipropileno) pero la gran mayoría son de blanco espumaflex —o, técnicamente, poliestireno expandido (EPS)—, un material ligero como la conciencia ambiental de quienes las usamos y descartable como los juicios de valor que no toman en cuenta precio, ligereza y practicidad.
La tarrina es una favorita del vendedor y del comensal quiteño porque es conveniente. No solo es portátil, sino muy barata. Se compran al por mayor. Las de espumaflex cuestan entre cuatro y ocho centavos cada una; las de polipropileno entre cinco y diez. En un cevichocho de un dólar, su costo araña apenas una pequeña fracción del precio final. Quizá por eso la tarrina es menos un envase y más una corona: no tiene rival.

Resuelve, además, porque las de espumaflex retienen el calor por dentro y no lo transfieren hacia afuera: las microburbujas de aire atrapadas en su estructura dificultan la conducción y la convección y conservan la comida calientita sin quemarnos las manos. Son, de cierta forma, el primo popular de tu termo Stanley. Podemos llevarlas en la mano mientras esperamos al trolebús. Paramos brevemente mientras caminamos a la universidad para darle un bocado a la comida . Para los quiteños, una tarrina vuelve toda comida para llevar.



Sean de plástico o de espuma, son al mismo tiempo especie invasora y endémica del paisaje urbano quiteño. Vemos tarrinas en cada cuadra y en cada esquina, diversas tamaños y formas: redondas, pequeñas, cuadradas, cajetonas, con tapa y sin tapa, y hay unas que hasta tienen un bordecito de repulgue prensado sobre el borde que no hace mayor diferencia: lo que importa es lo que lleva dentro de la tarrina.

A las más resistentes, les damos más de un uso. No hay ciudad en esta casa donde no se haya guardado algo en una tarrina de plástico: todos fuimos el nieto que abrió la tarrina de helados en la heladera de la abuela solo para descubrir que era caldo de pollo congelado. Así nos forjamos también el carácter en estas partes de los Andes.



A las de espumaflex, en cambio, las vemos acumuladas en basureros públicos, o directamente tiradas en la calle o en el parque (¿qué nos cuesta buscar un tacho de basura?) porque no resisten más que una servida.
Entonces los elementos hacen su trabajo: se fragmentan en diminutas partecitas: los temidos microplásticos, que volverán a nosotros, quiteños o no, y seguirán viniendo en estas tarrinas hasta que encontremos una solución igual de práctica.




