Un parasol es para todos
(Y quizá ha llegado de muy lejos)
Nada hay más cierto que en Quito el sol sale para todos: aquí, los índices de radiación llegan a extremos carcinógenos. Otras veces, el cielo se cae hecho granizo. Tan cerca del cielo como del melanoma, tan cerca de dios como de la pulmonía, el parasol-paraguas es artículo de primera necesidad callejera: lo necesita el que vende chochos, el que compra fritada, el equilibrista del semáforo y el señor que organiza los taxis. Están en muchas partes, para no decir que en todas. Pero todos los puntos cardenales quiteños muestran ese toldo medio arcoiris, que se abre y corta la luz, como si fuese un prisma defectuoso.
Han estado ahí siempre, tanto, que son de aquellas cosas en las que nunca reparamos. ¿Por qué tienen esos colores? ¿De dónde vienen y cómo se popularizaron?
Aunque no lo creamos, los parasoles multicolores que pueblan Quito pertenecen a una familia globalista aunque hayan adquirido identidad local: el verdadero glocal. Su patrón rojo–azul–amarillo–verde no nació conceptualmente en un taller a 2800 metros del nivel del mar, sino dentro de la gigantesca maquinaria industrial asiática que desde los años noventa produce parasoles baratos para comercio ambulante y playa.
En China, estos objetos tienen incluso una categoría comercial propia: 摆摊伞 (“paraguas para puesto en la calle”) o 地摊伞 (“parasol de calle”). En las grandes plataformas chinas de comercial electrónico, se venden con descripciones explícitas que combinan tres elementos: el uso (“puesto de calle”), la función (“parasol exterior”), y el color (“arcoíris”). 摆摊专用…彩虹伞 米 significa “paraguas arcoíris para vendedores ambulantes (arroz)”.
No parece un capricho cromático, sino un estándar industrial pensado para que los vendedores ambulantes potencien su presencia y maximicen sus ventas. El parasol en la vereda es una coqueta herramienta de marketing urbano, que llama la atención y ofrece un poco de hornado, un platito de mote, un cevichochito y, además, de yapa, el alivio de la sombra.
Porque aquí el sol pega (¿y la lluvia? También), y por eso la sombrilla es indispensable. Umbra es sombra en latín y ella, un diminutivo: sombrilla en español, umbrella en inglés, parasol para cuando el sol en su cenit no tiene rival y paraguas para cuando el humor climático de Quito cambia de un momento a otro y la gente corre a escampar.
No podemos decir que todas las sombrillas multicolores de nuestra ciudad hayan llegado físicamente desde Asia. Tampoco hemos visto a una elegante señora aterrizar en nuestras calles colgadas de una, pero las que sí vienen del Lejano Oriente, entran con una partida arancelaria que abarca paraguas, sombrillas y quitasoles. Y aunque no dudamos que haya muchos de producción artesanal, es imposible que compitan con la producción masiva, lineal y continua de la gran maquinaria china.
No podemos decir que todas las sombrillas multicolores de nuestra ciudad hayan llegado físicamente desde Asia. Tampoco hemos visto a una elegante señora aterrizar en nuestras calles colgadas de una, pero las que sí vienen del Lejano Oriente, entran con una partida arancelaria que abarca paraguas, sombrillas y quitasoles. Y aunque no dudamos que haya muchos de producción artesanal, es imposible que compitan con la producción masiva, lineal y continua de la gran maquinaria china.
El parasol es hermoso porque es como lo habría imaginado un niño: Un palito, media bolita, muchos colores. Cuando gira, por algún motivo, uno sonríe. Y cuando se queda quieto, sobre la carreta o la caseta, parece que sonríe de medio lado y nos guiña. Tienen un aire de adulto que no ha perdido la actitud inquieta de cuando era pequeño, pero sabe que tiene que portarse serio porque, pues, la mayoría de veces, el parasol multicolor está en el trabajo.
Aún así, su actitud simpática y relajada se impone. Uno lo ve y piensa que las mejores cosas de la vida son gratuitas —como la sombra— y que, cuando más se lo necesita (por lluvia ultravioleta o líquida), un parasol es para todos.