La cuerda floja de los pasos cebra
Ninguneados, los pasos peatonales no son una vitrina para que los autos y motociclistas escojan al pato al que le van a acelerar y asustar, como si esto fuera Duck Hunt.
Forrest Gump dijo que la vida era como una caja de chocolates, pero a veces se parece más al intento de cruzar un paso cebra —en Quito. Automovilistas que creen que es opcional frenar ante ellos, conductores que se enojan cuando los peatones cruzan, transeúntes que cruzan por la mitad de la calle porque como que da lo mismo, caminantes que agradecen con una mano arriba la bondadosísima acción de frenar en un paso cebra para que puedan cruzar, los pasos peatonales pintados en nuestras calles son meras referencias cromáticas del deber ser; están ahí, convertidos en meros trazos de paisaje. Si las señales de tránsito son un lenguaje, los pasos cebras son letra muerta.
Algunos brillan, recién pintados, otros se descascaran como un fresco viejo, otros son verdes y amarillos, rojos y blancos, adornados con diseños que no logran que se usen. Ninguneados, los pasos peatonales son un reflejo de la forma en que la ciudad se ha construido: privilegiando al auto, rechazando al peatón, a su pequeña humanidad, a su carnal fragilidad, a su insignificancia en una sociedad donde cada vez importa menos ir que llegar.
No sabemos bien cuándo se habrán pintado los primeros en Quito, pero seguro fue pasada la mitad del XX, siglo de maravillas modernas, porque el paso cebra es un invento reciente. El tradicional —líneas blancas paralelas sobre asfalto gris— nació en el Reino Unido en los años cincuenta, cuando los ingenieros buscaban una señalización de alto contraste, bajo costo y lectura inmediata para reducir atropellos.
La idea británica era como casi todo lo británico: simple, desabrida y muy útil —máxima claridad, mínima interpretación, un estándar uniforme replicable en cualquier ciudad. Las líneas resultaban más visibles de día y de noche y se volvieron el modelo internacional del Convenio de Viena, un tratado sobre señalización vial firmado en 1968 que unificó las reglas y señales de tránsito para que cualquier conductor entienda la vía sin importar el país —entre ellos, el Ecuador y, por supuesto, su capital.
En las últimas décadas surgieron en Quito variaciones como cruces verdes, siluetas humanas, flechas laterales y diseños llamativos, en una aplicación de un concepto llamado traffic calming, un enfoque de diseño urbano que busca reducir la velocidad de los vehículos mediante intervenciones físicas o visuales que obligan al conductor a prestar más atención. Como muchas otras cosas en el Ecuador, el concepto se incorporó, adaptó y… no sirvió para nada: seguimos agradeciendo como un gesto extraordinario el simple respeto de la ley, que dice que en los pasos peatonales el carro para y el ser humano cruza. Simplísima y siempre ignorada regla.
Nada cambiará mientras el gran triunfo de la adultez sea sacar una licencia para conducir un auto y no aprender a manejarse uno. Después de todo, un paso cebra es una promesa de que hay espacio para todos y que no hay algunos simplemente pintados en el asfalto.
No es una vitrina para que los autos y motociclistas escojan al pato al que le van a acelerar y asustar, como si esto fuera Duck Hunt. Tampoco es el lugar designado para descargar la rabia del día en insultos contra alguien que lo único que está haciendo es cruzar por donde debe, al paso que le parece.
Si eso no cambia, no importa cuántos colores, diseños y formas les pongamos: los peatones seguiremos siendo saltimbanquis sobre cuerdas flojas callejeras, y cruzar la calle seguirá siendo como una caja de chocolates: uno no va a saber qué le va a tocar… las costillas.