La lucha de los últimos 50 años por los derechos de las mujeres es una historia de progreso.

Las mujeres y las niñas han derribado barreras, desmantelado estereotipos y fijado el rumbo hacia un mundo más justo e igualitario. Los derechos de las mujeres se reconocieron finalmente como derechos humanos fundamentales y universales a finales de los años 70. En todo el mundo hay cientos de millones más de niñas en las aulas. Y las líderes pioneras han roto el techo de cristal en distintas partes del mundo. 

Aun así, el progreso se ve amenazado, y la igualdad total se muestra aún como un horizonte lejano.  

Miles de millones de mujeres y niñas se enfrentan a la marginación, la injusticia y la discriminación porque las sociedades siguen estando configuradas por milenios de dominación machista. La persistente epidemia de violencia de género es una ignominia para la humanidad. Se calcula que, cada año, más de cuatro millones de niñas corren riesgo de ser sometidas a mutilación genital femenina

La discriminación contra las mujeres y las niñas sigue siendo legal en gran parte del mundo. En algunos lugares, eso hace que sea difícil para las mujeres tener bienes. En otros, permite que un hombre viole a su esposa con impunidad.

Mientras tanto, las crisis mundiales afectan a las mujeres y las niñas más que a nadie. Donde hay conflictos, desastres climáticos, pobreza o hambre, son ellas las que más sufren. En todas las regiones del mundo padecen hambre más mujeres que hombres. Tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo hay una reacción en contra de los derechos de las mujeres, incluidos sus derechos sexuales y reproductivos, que impide e incluso desacelera el progreso.  

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Las nuevas tecnologías, que tienen tanto potencial para deshacer las desigualdades, empeoran  a menudo esta situación, ya sea por la desigualdad en el acceso, por los sesgos incorporados en los algoritmos o por la violencia misógina, que va desde las deep fakes hasta el hostigamiento específico de ciertas mujeres. 

Al ritmo que vamos, no habrá igualdad jurídica total para las mujeres hasta dentro de unos 300 años. Esta igualdad incluye que puedan tener las mismas oportunidades que los hombres en todas las áreas de su vida como el matrimonio, la propiedad, el empleo, el acceso a la justicia. Hasta entonces tampoco se habrá terminado con el matrimonio infantil. Es un verdadero insulto que se avance a ese ritmo: no es posible que la mitad de la humanidad tenga que esperar siglos para gozar de sus derechos. Tiene que haber igualdad hoy. Eso quiere decir que hay que acelerar el paso. Y para eso se necesita ambición política e inversión; ambos son el tema del Día Internacional de la Mujer de este año.  

Necesitamos inversión pública y privada en programas para terminar con la violencia contra las mujeres, garantizar el trabajo decente e impulsar la inclusión y el liderazgo de las mujeres en todos los sectores de la economía, como también en las tecnologías digitales, la consolidación de la paz y la acción climática. 

También debemos apoyar con urgencia a las organizaciones de derechos de las mujeres que están luchando contra los estereotipos o normas culturales desfasadas y que se esfuerzan cada día por que se escuche a las mujeres y las niñas. Hoy en día reciben un mísero 0,1 % del gasto internacional en desarrollo. 

Eso tiene que cambiar.  

La inversión puede parecer muy ajena a la vida cotidiana de las mujeres. Sin embargo, hace falta inversión para que las niñas tengan las mismas oportunidades escolares que los niños. Hace falta inversión para ofrecer educación digital y desarrollar habilidades. Hace falta inversión para ofrecer servicios de guardería para que quienes cuidan de sus hijos —casi siempre madres— pueden realizar trabajos remunerados fuera del hogar. Y hace falta inversión para construir comunidades y sociedades inclusivas en las que participen plenamente mujeres y niñas de todos los entornos.    

Financiar la igualdad es lo correcto, pero también es rentable. Dar apoyo a las mujeres para que se incorporen en el mercado laboral hace crecer la economía, incrementa los ingresos tributarios y amplía las oportunidades para todos. 

Para conseguir la inversión que necesitamos en las mujeres y las niñas hacen falta tres cosas. 

En primer lugar, hay que aumentar la disponibilidad de financiación asequible y a largo plazo para el desarrollo sostenible y hacer frente a la crisis de la deuda que está asfixiando a muchas economías en desarrollo. Sino, los países no tendrán fondos para invertir en las mujeres y las niñas, así de simple. 

Necesitamos que se actúe de inmediato para dar un respiro a los países que tienen pagos de deuda inminentes e insoportables, y alentar a los bancos multilaterales de desarrollo a que movilicen un volumen mucho mayor de financiación privada a un costo asequible. A largo plazo, debemos reformar la arquitectura financiera internacional y hacerla mucho más receptiva a las necesidades de los países en desarrollo. 

En segundo lugar, los países deben priorizar la igualdad para las mujeres y las niñas, reconociendo que la igualdad no es sólo una cuestión de derechos, sino la base de toda sociedad pacífica y próspera. Para eso, los gobiernos tienen que atacar activamente la discriminación, destinar fondos a programas que apoyen a las mujeres y las niñas y asegurarse de que las políticas, los presupuestos y las inversiones respondan a sus necesidades. 

En tercer lugar, tenemos que aumentar el número de mujeres que ocupan puestos de liderazgo. Que haya mujeres en puestos de poder puede ayudar a que se invierta más en políticas y programas que respondan a las realidades de las mujeres y las niñas. 

La igualdad tendría que haberse alcanzado ya. Para terminar con el patriarcado se precisa dinero: es hora de ponerlo.

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António Guterres
Político, ingeniero físico y profesor portugués. Desde el 1 de enero de 2017 es el secretario general de las Naciones Unidas.
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