En Barbie y Oppenheimer se enfrentan dos estudios: Warner y Universal. Son dos películas distintas que se estrenaron el mismo día en todo el mundo. Una es sobre la muñeca más icónica en la historia de la humanidad, y la otra es una biopic sobre el padre de la bomba atómica. Las dos tienen grandes méritos. Este es un versus de los dos filmes en los que repaso cinco de sus puntos más altos.

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Dirección

Barbie

Greta Gerwig acierta en todas las decisiones como directora. Desde dónde pone la cámara, cómo muestra un detalle, los recursos que usa, la puesta en escena de ese mundo de Barbilandia que no es más que una pesadilla rosada, caricaturesca y perfecta. Hasta los guiños que hace a todos los filmes que se nos puedan ocurrir —Matrix, 2001: Odisea del Espacio y Monty Python and the Holy Grail por ahí. 

Si bien hay un discurso clarísimo desde el inicio —con un mundo de Barbie donde las mujeres toman las decisiones y los Ken son relegados a un segundo plano—, Gerwig apuesta a la sátira como motor para contar una historia sobre la búsqueda de identidad o la lucha por los sueños. 

No inventa algo nuevo, pero sí lo cuenta de otra manera.

Oppenheimer

Christopher Nolan ha hecho su mejor película. Puso su foco en contar algo tan íntimo y a la vez gigante. Una historia personal sobre J. Robert Oppenheimer, la cabeza del Proyecto Manhattan, el físico que comandó al equipo que creó las primeras bombas atómicas. Las que se reventaron en agosto de 1945 en Hiroshima y Nagasaki y dieron por finalizada la Segunda Guerra Mundial. 

Nolan intenta contar esto como si fuera un proceso cuántico, salta de una línea temporal a otra, del color al blanco y negro. Pasa por la yuxtaposición de tomas. Hace que sus personajes hablen hasta los codos y, en otros momentos, que sólo sus gestos revelen lo que les sucede por dentro. 

Entre tantos personajes y nombres, para el espectador es como armar un mecanismo que tiene su truco. Se pueden escapar algunos nombres, pero no importa. Nolan incluye su primera escena de sexo en toda su carrera como director aquí —entre Cillian Murphy y Florence Pugh— y le da un valor psicológico importante y casi como si no dijera nada. 

Guión

Barbie

La primera pregunta sobre este tema luego de ver la película es ¿cómo se pudo dar la luz verde a un guión como este? Es decir, todo lo que pasa —las secuencias, esa reunión de escenas— es absolutamente ridículo, pero preciso. No hay nada que sobre en ese guión, firmado por la propia Gerwig y su pareja, el también cineasta Noah Baumbach. 

Los chistes están bien colocados y tienen la capacidad de abrir el abanico para sus espectadores: están los detalles para los centennials y para los millennials, todos por igual. Hasta de ese público que ha consumido las películas que esta dupla ha venido haciendo: el que solo ve cine arte y filmes de autor. 

En ese sentido, Gerwig y Baumbach han apostado por una historia sencilla: Barbie está cambiando, el cruce entre la realidad y Barbilandia está abierto y debe ir hasta el lugar de los humanos para tratar de entender qué está pasando antes de que sea demasiado tarde. Y al hacerlo —en compañía de un Ken hecho por Ryan Gosling, que no se roba ninguna película pero es capaz de brillar cuando debe hacerlo— las cosas se van a torcer en el mundo de las muñecas. 

Oppenheimer

El guión de Oppenheimer está escrito también por Christopher Nolan, y está basado en la monumental biografía de J. Robert Oppenheimer, titulada American Prometheus, escrita por Kai Bird y Martin J. Sherwin. 

Es imposible imaginarse la cantidad de escritura y reescritura que ese guión debió tener, tomando en cuenta lo que se ve en pantalla. Es evidente que Nolan sabe de física, de mecánica cuántica y no busca ofrecer una clase con lo que los personajes dicen, sino que es capaz de que esa mirada científica se traduzca en otras palabras e ideas en los diálogos. 

Un guión para una película de tres horas debe ser un bloque gigante, sobre todo por lo que sucede luego de los 120 minutos. En su última hora, Oppenheimer se convierte en una especie de drama legal de múltiples aristas, que va y viene entre dos procesos muy definidos, contrapuestos y en tiempos diferentes. 

A nivel de estructura, ese guión ha buscado replicar la observación de fenómenos cuánticos, desde el manejo del tiempo y el orden de las acciones. Eso es lo que realmente vuelve mágica la experiencia. Ya que los conceptos y las ideas que se empiezan a enunciar —como que todo va a depender del observador del experimento— permiten que las acciones tengan una resolución mucho más contundente. Incluso cuando regresa a una escena que salió antes, pero es vista desde otra perspectiva.

Elenco

Barbie

Decir que el casting fue preciso es insuficiente para hablar del casting que brilla, casi todo. Barbie consigue algo difícil: darle identidad a sus personajes, pese a que todos —o la mayoría— tengan nombres genéricos. Esto se debe tanto a la dirección como al trabajo de los actores y actrices. 

Hay tantas Barbies como Kens —¿o Kenes?—, pero cada uno sobresale en lo suyo, en el absurdo, y en eso que lo hace único. Margot Robbie resalta, sí. Y su arco como personaje es llamativo. No porque sea quien resuelva el día sino porque es parte de un mecanismo de muñecas mujeres que reflexiona sobre lo que son. Eso le permite a ella, incluso desde el temor, decidir sobre qué camino tomar.

Esta Barbie no tiene que rozar lo heroico para darle forma a la película, y Robbie lo refleja a cada momento, hasta en esos instantes de ingenuidad, cuando ella y Ken viajan al mundo real.

Eso sí, hay que hablar de Ryan Gosling. Hace lo que hay que hacer —muy cercano al Ken de Toy Story, por cierto— y si bien no es quien mueve el filme, es una locomotora de humor absurdo que contagia. Cuando Ken aparece, lo hace muy bien. Casi como alivio cómico de la película. Gosling siempre ha sido fabuloso para la comedia y es bueno verlo destacarse en ese espacio.

Oppenheimer 

Todo el mundo sale en esta película. Desde un Kenneth Branagh haciendo de Niels Bohr, hasta un Gary Oldmam maquillado para parecer Harry Truman. Es como si nadie hubiera querido perderse un espacio, aunque sea por segundos en pantalla, en esta película de Nolan. Incluso un Josh Peck, de fama por el show adolescente Drake & Josh, tiene sus minutos de metraje. 

Y hay un compromiso ahí, marcadamente masculino, desde luego.

Porque el cine de Nolan es mayoritariamente masculino y la figura de la mujer funciona como catalizadora de algo más importante. O como fuerza emocional de empuje. No hay que pedirle peras al olmo. Oppenheimer es una película de puros hombres porque retrata un tiempo en que la ciencia era eso. Eso es solo un dato

Sin embargo, la presencia de Emily Blunt como Kitty Oppenheimer rompe las expectativas. Es una furia en la pantalla. En cada escena que aparece no podemos observar a nadie más. Hay un imán en la forma en que mira y habla, en cómo remueve a su esposo —en los momentos más terribles— y en cómo se enfrenta a su alrededor. La escena que comparte con Jason Clarke es uno de los mejores intercambios que ha dado el cine de esta década entre dos personajes.

Pero si volvemos a lo que se espera de una película de Nolan, Cillian Murphy —una especie de Atlas sobre quien se sostiene el filme— es simplemente un monumento a lo que debe ser la actuación principal en una película. Es impresionante, ya sea por su pose, gestos, manera de hablar y de moverse. 

El Oppenheimer de Murphy es frágil y fuerte, tiene dudas y determinación, llora y celebra, construye una bomba y lee poesía. Cillian Murphy es sólo espectacular.

Tanto Murphy como Blunt van a ganar premios.

Ambientación

Barbie

Para la dirección de arte y vestuario de Barbie queda decir que es magnífica. En Barbilandia todo es rosado y con variantes pasteles de otros colores, mientras que el vestuario de los personajes lo completa. Todo está ligado a los diseños y tonos que se manejan en el universo de las muñecas y muñecos de la marca de Mattel. 

Hasta en el mundo real, si bien hay una necesidad de contraponer los espacios, hay terreno para el juego. Nada de lo que se ve en Barbie debe tomarse en serio para que, en medio de esa puesta en escena, se produzca la paradoja del discurso. Para que este tenga mucha más fuerza. Es como la envoltura de un regalo, lo que importa es lo de adentro.

Oppenheimer

En su puesta en escena, que muestra un mundo durante varias décadas del siglo XX,y en su vestuario, los elementos y espacios sirven como ilustraciones de lo que sucede con el personaje central. Con sus dilemas, tribulaciones, aciertos y terrores. Oppenheimer tiene una cantidad interminable de escenas que ha obligado a todo un equipo a saltar de una locación a otra y construir ese ambiente necesario. En interiores o exteriores.

En la escena de la prueba de la bomba atómica todo este trabajo rinde sus frutos. No solo es el montaje, es lo que esa edición muestra: los rostros de los personajes con protector solar, las gafas oscuras, los pedazos de vidrios que usaron para que el estallido no los afectara, los pantalones, las camisas, los chalecos, el tipo de casetas, los equipos, los botones para presionar. No hay nada que impida ese viaje en el tiempo. 

Es una secuencia de pura magia. Sin efectos especiales.

Música

Barbie

Mark Ronson y Andrew Wyatt se decantan por una banda sonora que celebra la parte pop y la comedia de la película, con un sonido más enfocado en lo sintetizado, en el loop, en lo electrónico. Alterando el sentido en la medida que las escenas lo van pidiendo. Al ser una película musical —muchos de los chistes se pierden en el doblaje, la verdad— y contener varias canciones que aparecen en la pantalla, el score gira alrededor de estos temas. Vale la pena prestarle atención a lo que hace Ryan Gosling con las canciones que le toca cantar: el cruce entre lo ridículo e increíble funciona.

Oppenheimer

El sueco Ludwig Göransson se encargó de la música de la película, con una sola indicación de Nolan: ir de la melodía más romántica y pura al horror más grande. Y eso es lo que se consigue. La banda sonora de Oppenheimer refuerza los temas de la película, sobre todo la culpa y el compromiso. Esa es la tensión que lo mueve todo. 

Por eso, los instrumentos de cuerda son los que adquieren protagonismo, colocando una armonía por encima de otra, para generar algo más fuerte. Una especie de comprensión del fenómeno de lo cuántico y lo que esto iba a generar, pero desde el sonido. 

Eduardo Varas 100x100
Eduardo Varas
Periodista y escritor. Autor de dos libros de cuentos y de dos novelas. Uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina según la FIL de Guadalajara. En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, que entrega la FIL de Guayaquil.
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