Nací bien lesbiana. Demasiado lesbiana. Aunque suene un estereotipo, odiaba ponerme los vestidos que mi mamá quería —rosados y con florcitas. Odiaba el pomposo peinado con el que venía el vestido, el peinado que me duraba apenas cinco minutos. Odiaba las medias blancas que parecían manteles. Los aretes. Y las faldas. ¿Quién carajos le pone una falda a una niña? No me dejaban trepar libremente a las rejas de la escuela. No me dejaban perseguir a los compañeros. 

De niña, mi ropa favorita era la que lograba sacar a escondidas del clóset de mi hermano mayor. 

Vivía moreteada, despeinada, y queriendo convencer a mis hermanos de hacer cambalaches: las insípidas barbies que me daba mi abuelita, por sus increíbles GI Joes. Un trueque que parecería justo.

Quizás mi orientación sexual siempre estuvo al frente mío. Pero pasaron muchos años más para entenderlo.

Crecí y me volví una mujer “normal” que quiere hacer su vida romántica, sentimental y sexual como cualquier otra.

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Hice lo que se suponía que debían hacer las mujeres “normales”, como tener novios. Y lo intenté. Lo intenté tanto que casi marcaba novios como marcar entradas y salidas de un trabajo. Pero no ese tipo de trabajo al que vas inspirada a hacer algo que amas. No. Aquí no se me movía nada, ni el corazón. Claro que seguía palpitando, pero yo estaba muerta por dentro.

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Quizás suena muy dramático porque no estaba muerta. Pero sí estaba dormida. Y aunque suene metafórico se volvía literal. Uno de mis novios llegó a pensar que tenía narcolepsia porque cada vez que la situación se acaloraba, yo cerraba mis ojos y fingía un sueño súbito. 

A inicios de los 2000 ya era una delincuente (digo lesbiana). Pero todavía no lo sabía todavía. Me hubiera encantado ver el letrero gigante que diga “AHÍ NO ES”. Así: en mayúscula y en negrita. Me hubiera encantado tener a alguien que me lance una cachetada y me diga “amiga, date cuenta”. Pero creo que aún así, no me hubiera dado cuenta. Porque yo era terca, bruta, ciega, sordomuda. Pero más que nada ciega. 

Y quizás eso de cerrar los ojos, a veces me impidió verme también.

Pero no era ceguera. Era algo que no quería ver. Tenía una especie de atención selectiva y elegía no ver a pesar de que esa verdad estuvo frente a mí todo el tiempo. 

Creo que si hubiese podido escoger, hubiera decidido ser heterosexual. He fantaseado con una idea: yo camino por Guayaquil, y para huir del calor decido entrar a un local para aliviarlo con el aire acondicionado. Adentro, la vendedora, como quien pregunta mi talla de zapato, me dice: “Buenas tardes mijita, ¿qué orientación sexual desea?”

Y yo, viendo en una vitrina las diferentes orientaciones como si fueran accesorios, o helados, respondería: “Dame una heterosexualidad, por favor, pero con tacos, hebilla metálica y chispas de chocolate”. 

Lástima que las cosas no funcionan así. Ser hétera hubiera sido más fácil. 

Hubiera sido muy sencillo no tener que salir del clóset. Me hubiera ahorrado ver a mi familia alejarse de mí por años. Me hubiera ahorrado sentirme sola, sentir que no pertenezco a nadie ni a nada. Me hubiera ahorrado que en el trabajo me pidan que no muestre mi orientación sexual porque es un espacio estrictamente laboral, y dizque nadie tiene que enterarse lo que a una le gusta en la cama.

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Me hubiera ahorrado que un compañero de mi instituto me amenace con matarme, en seis ocasiones, por haber besado a una mujer frente a él. Me hubiera ahorrado los meses que pasé encerrada porque tenía miedo de salir a la calle. Me hubiera ahorrado que me boten de una discoteca por besar a una mujer. Me hubiera ahorrado que la abogada del registro civil me señale y me diga que dos mujeres no son una familia cuando peleaba por el matrimonio igualitario. 

Me hubiera ahorrado que me prohibieran el ingreso al Malecón 2000 por besarme con una mujer. Me hubiera ahorrado sentir que no pertenezco, que estoy sola, que no soy nadie.

Pero me hubiera ahorrado también ser yo.

§

Cerca de 2013 me pregunté a mí misma: “¿Mí-misma, estas cosas me pasan solo a mí, o a todas las lesbianas? ¿Acaso todas las lesbianas sienten que no pertenecen?” Han pasado nueve años y todavía no sé si más lesbianas se sienten como yo me sentía en ese momento. 

Por esa época, Facebook era la red social más usada y se empezaron a volver virales los videos de Coming Out en los que las personas salían del clóset frente a sus padres y lo grababan con una cámara escondida. Al final, todos se abrazaban y eran felices. 

Mi salida del closet fue un fiasco. Fue como salir de un lugar y en vez de pisar bien, ir trastabillando a cada paso. Ese día se me quedó grabada para siempre en una frase que me dijo mi papá: “vas a sufrir porque las personas gays sufren”. 

Y sí, las personas gays sufrimos. Pero no es que me duele mi lesbiandad. No es que me miro al espejo y sufro por ser lesbiana. No es que cada vez que veo a una mujer atractiva me duele el ojo por lesbiana. No es que cada vez que bailo con una mujer me duele la pierna por lesbiana. 

No. 

El resto nos hace sufrir. Nos hacen sufrir porque somos gays. Nos hacen sufrir por ser lesbianas, por ser trans, por ser diferentes. Nos hacen sufrir porque no somos como ellos o como ellas. 

Entendí que la respuesta para poder “pertenecer” no es esconder mi lesbiandad para que no me quieran matar en la calle. Al contrario, decidí estar ahí, presente, visible, esperando que algún día ninguna lesbiana más sienta que no pertenece. Que ninguna lesbiana piense que debe esconderse en un clóset. 

Porque al final del día, un armario cerrado será siempre un lugar oscuro al cual nadie pertenece. 

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Bethania Velarde
Estudió cine en el Incine y vivió 11 años en Quito; eso la convirtió en una guayaquiteña. Hace videos para Instagram como Bethania la del Vino en los que combina la cata de vino con comedia, sketches un poco feministas y un poco lésbicos. También hace minidocumentales sobre la comunidad LGBTIQ+ (entre ellos, Odalys fue escogido para el Festival Equis edición 2021).
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