En los años 90, las mujeres trans éramos consideradas criminales. En esa época existían operativos policiales dedicados a torturar, violentar y desaparecer a las personas de la diversidad sexual. Se llamaban “escuadrones volantes” y operaron hasta principios del año 2000.

Al recordarlo es inevitable pensar también en la huella de nuestras antecesoras que será perenne en la historia del Ecuador. La derogación del artículo 516 del Código Integral Penal, que tipificaba a la homosexualidad como delito, fue un hito memorable. Fueron las mujeres trans las que alcanzaron este logro para todas las diversidades: gays, lesbianas, bisexuales, intersexuales y más. 

Llevamos 25 años de no ser etiquetadas como criminales. Son 25 años en los que las mujeres trans hemos cambiado nuestra forma de construirnos. Hemos pasado de ser vistas como quienes solo están en las calles, en las peluquerías o en los hogares, a ser vistas como más activas en otros sectores. Hemos dejado la pena y la lástima atrás para buscar más visibilidad y respeto. 

Los nuevos liderazgos de mujeres trans militan para construir el proyecto de ley del cupo laboral trans, conquistar derechos con incidencia en instituciones para obtener salud integral y vidas dignas, y sindicalizar a las trabajadoras sexuales trans.

Estos derechos que parecerían básicos no terminan de cumplirse para nosotras. 

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A pesar que en el Ecuador haya existido una asambleísta trans o que en el gobierno actual haya un subsecretario gay, las necesidades de las mujeres trans no son incluidas en las agendas de los ministerios.

A nosotras también nos afectan los problemas de gobernabilidad del país. 

La crisis carcelaria y el crimen organizado han tenido consecuencias directas en nuestras vidas: una mujer trans murió incinerada en una de las masacres carcelarias por estar recluida en una cárcel de varones. Somos extorsionadas por las mafias, somos asesinadas en forma de sicariato por usar el espacio público. 

Mientras esto pasa, hemos perdido representatividad. Parecería que  la población de la diversidad sexual siente menos confianza e interés de pertenecer al gobierno, como lo confirman los datos de las próximas elecciones seccionales. Para 2023 en todo el país apenas hay cuatro candidaturas de personas sexo genéricas, mientras que en las elecciones de 2021 participaron en las candidaturas veinticinco personas identificadas en la comunidad LGBTIQ+.

Parecería que el camino avanza, pero a veces también se detiene. Sin embargo, a diario y desde nuestro cotidiano, tratamos de crear un entorno mejor para nosotras, para el cual necesitamos la sensibilidad en la sociedad. 

Ser una mujer trans significa recibir burlas porque supuestamente provocamos dudas en la gente que nos dice “es un hombre” o “mírale al maricón”. No soy hombre ni soy maricón. Soy una mujer trans. 

En el Ecuador, nuestra situación varía. No todas somos lo mismo. No todas atravesamos lo mismo. Algunas mujeres trans mantienen a sus familias, mientras que otras son despreciadas por sus familias. Todas las mujeres trans nos sentimos felices por albergar la feminidad. Vivir en discordancia con nuestros genitales es una perspectiva ajena a nuestra identidad. Amamos nuestros cuerpos. No consideramos que nacimos en cuerpos equivocados o que vivimos una lucha psicológica constante. 

Aunque nos celebramos, las mujeres trans nos enfrentamos a la violencia todos los días. Y esa violencia nos ha obligado a ser más valientes. 

En estos 25 años, hemos vivido en permanente protesta con marchas y plantones que nos han brindado la fortaleza, capacidad y experiencia para levantarnos en conjunto con movilizaciones sociales de otros sectores.

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Caminamos y trabajamos en alianza con los diversos feminismos. Abrimos nuestras siglas para que las personas con discapacidad y patologías neuronales también se puedan identificar dentro de las disidencias. Sostenemos las manifestaciones indígenas y campesinas porque su indignación también es la nuestra. Resistimos con las negras y migrantes porque fueron las precursoras de nuestra historia. 

Tal vez mucha gente asocia el significado de protesta con paro, cierre de vías, vandalismo, represión policial, disparos a quemarropa, pérdida de ojos, crisis económica. Pero la protesta para las mujeres trans es mucho más que eso. 

Nosotras tenemos nuestra propia forma de protestar, reivindicar y conmemorar la lucha trans. 

Es una protesta que no es tan visible para la sociedad. Nuestra esencia surge en los años 70 en los Estados Unidos cuando las personas racializadas y discriminadas por la misma comunidad, crearon e introdujeron salones de baile para competir de forma histriónica y premiar con trofeos sus talentos en el escenario.

Ese estilo de baile que practicamos las personas de la diversidad sexual hasta hoy se llama “vogue”, y en los años 80 trascendió la escena de diversidades gracias a algunos artistas que lo popularizaron, como Madona. 

Tal vez pocos comprendan qué significa crear un espacio donde las personas sexo genéricas tengan la libertad de usar altos tacones, maquillaje de colores, vestuarios con brillos. Para mí significa salir del clóset de una forma empoderada. No para realizar una práctica sexual. No. Sino para disminuir los índices de suicidio de personas disidentes sexuales que no tuvieron un espacio para proyectar su expresión de género, para crear un espacio libre y seguro donde puedan expresar sus afectos y amor, para levantar la voz y dar la batuta a las nuevas generaciones. 

En 25 años tal vez ya no esté viva. Y tal vez los patrones socioculturales y estereotipos impuestos a las trans de únicamente ser putas y delincuentes, cambien. Tal vez en el futuro cumpliremos nuestros sueños de ser doctoras, bailarinas, abogadas. etc.

Sin importar cómo sea el futuro, creo que nuestro sentimiento de furia no cambiará. Vivir en un mundo que nos ha despreciado también nos ha hecho hostiles. Para sobrellevar nuestra existencia también recurrimos al consumo de alcohol, de sustancias y a la fiesta como un estilo de vida. A veces entre nosotras surgen peleas, sin embargo, nos mantenemos unidas y en manada porque nos permite organizarnos entre nosotras. 

Tal vez una parte de la humanidad nos tenga miedo por esa furia, pero cuando nos conozcan a profundidad, van a encontrar también la ternura en nuestros corazones.

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Devy Grijalva
Comunicadora comunitaria y activista transfeminista.
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