El presidente Guillermo Lasso dio una entrevista la noche del 12 de octubre a Carlos Vera. Durante las dos horas que duró la conversación, el Presidente demostró las grietas que tiene su discurso sobre la libertad de expresión por la que dice haber luchado desde sus inicios políticos.

Sin embargo, las expresiones que usó durante la entrevista son contradictorias a ese compromiso. A los veinte minutos de iniciada la conversación, le dijo a Vera: “Me parece que amaneció alterado y continúa alterado”.

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Lasso hacía alusión a un video viral en el que se ve al entrevistador insultar, al aire, a un trabajador de la radio, Alonso Lara. El episodio se había viralizado la misma mañana de la entrevista con Lasso y había ocurrido dos días antes, en un programa sobre  la gestión de la Alcaldesa de Guayaquil, Cynthia Viteri.

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Poco después, cuando Vera le increpó sobre la inseguridad en el país y la decisión de nombrar a Diego Ordóñez frente a la recién creada Secretaría de Seguridad. Lasso le respondió: “Serénese porque el problema es muy serio y no se arregla ni con risas ni con sarcasmos ni queriendo arrinconar al Presidente”, olvidándose de que su rol como Presidente no es el de increpar al periodista si no de darle respuestas. 

El Presidente de la República que dice que su compromiso es defender la libertad de prensa, continuó con expresiones que pretendían descalificar las preguntas del periodista: “Usted no sabe nada de administración pública y, con todo respeto, sus opiniones no son válidas en este tema”, le dijo, cuando Vera lo cuestionó sobre el gasto social de este gobierno. 

Lasso se mostró molesto por las preguntas que confrontaban su discurso de aumento de la inversión social, construcción de escuelas y hospitales y mejora en la situación económica con la realidad —señalada por Vera— de que la gente no encuentra medicinas en los hospitales o es asesinada por la inseguridad en las calles. Su actitud parecía la de un mandatario que espera aplausos, no críticas.

“Esto es un teatro donde usted plantea intrascendencias”, le dijo a Vera cuando éste cuestionó que, a pesar de los logros enumerados, la gente está descontenta.  

Su molestia incrementó cuando Vera le enseñó la portada de un diario. “El dolor es insoportable, no me dan ni paracetamol”, leyó enseñando un reportaje del periódico. “Ese el drama en el hospital IESS Ceibos de Guayaquil. ¿De qué sirve el orden económico si no hay medicinas?”, preguntó Vera.

 “Présteme, présteme”, le respondió Lasso. “Esta es la típica noticia de los medios de comunicación: escandalizar. Pretenden arrinconar al gobierno y al Presidente de la República”, respondió Lasso y acto seguido, se quejó de que “no informan el nuevo sistema de entrega de medicinas que ya ha atendido 80 mil recetas”. Esa queja se repitió. Que los medios no informan que terminó de construir el hospital de Bahía o que entregó “casas gratis”. 

Y esa, quizás, es una de las mayores confusiones del Presidente de la República: pensar que los medios y los periodistas están para ser cajas de resonancia del gobierno o para felicitarlo porque cumple con su plan de gobierno

medios de comunicación ecuatorianos

El presidente Guillermo Lasso en la entrevista en la que criticó a los medios de comunicación ecuatorianos. Fotografía tomada de la cuenta de Twitter de la Segcom.

Sí, el periodismo debe informar. Eso no significa que la prensa debe convertirse en la agencia de relaciones públicas de este o cualquier otro gobierno. Significa que, de acuerdo a su línea editorial, cada medio y cada periodista es libre de investigar, informar y publicar lo que considere mejor. Eso no significa que va a convertir en un hecho noticioso cada actividad que tiene el Presidente de la República. Para eso está la propaganda.

Tampoco significa que el periodista debe dejar de lado su mirada crítica para complacer al Presidente o a su gobierno. Acusarlo de “insidioso” por hacer preguntas que a él lo incomodan es no entender —ni de lejos— el rol de un buen entrevistador. 

Puede o no gustar el trabajo de Carlos Vera —esa es otra discusión— pero el Presidente no puede acusarlo de “insidioso” o de que “no entiende nada” —como lo hizo en repetidas ocasiones— porque no le gustan sus preguntas. 

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Esa visión no es digna de un demócrata porque, en esa visión, una prensa “respetable” es una prensa complaciente. Y, del otro lado, pensar que, como prensa, hay que ser “benevolente” con un candidato o un político determinado, no solo que no le hace bien a la democracia, tampoco le hace bien al periodismo. 

Dice mucho también del primer mandatario que pretenda posicionar la idea de que hay dos países: uno, el que describe la prensa; otro, “el de la realidad”, como dijo en la entrevista. Vivimos ya bajo un gobierno que, durante una década, se dedicó a atacar a la prensa y a los periodistas, a posicionarlo como los enemigos, los que hacen daño al país y aquellos a los que no solamente no hay que creerles, sino también, a quienes hay que combatir. 

Al pretender señalar que la prensa describe un país que no existe —para “arrinconarlo” y hacerlo ver mal— Guillermo Lasso no solamente desconoce la valía de un ejercicio periodístico riguroso y responsable para una democracia, sino que también estigmatiza a quienes ejercen esa labor. 

No se da cuenta entonces —en el mejor de los casos— que esas palabras, dichas desde el poder de Carondelet, pueden convertirse en amenazas, en golpes, en pedradas, o en balas para los periodistas que están en las calles, cubriendo noticias, haciendo entrevistas, informando, cuestionando y arriesgando incluso su integridad. 

En un contexto de tanto riesgo para la prensa —días antes de que Lasso use estas expresiones, el canal RTS en Guayaquil fue baleado y hubo amenazas muy graves a diario Extra— el mandatario debería medir sus palabras. Debería también recordar que desde el sillón presidencial, sus palabras pesan mucho más.

Su defensa de la libertad de expresión y de prensa no puede ser solo un discurso bonito o un hecho aislado; al contrario, si su compromiso es serio, sus palabras no pueden contribuir al estigma a los periodistas, y su respaldo a ese derecho sagrado en cualquier democracia —la libertad de expresión— tiene que ser irrestricto. 

Tiene que estar por encima de los gustos y opiniones que un mandatario pueda tener sobre uno o varios periodistas o sobre uno o varios medios. 

Para demostrar que su compromiso con la prensa es real, el Presidente no puede volver a usar las expresiones utilizadas con Carlos Vera, tampoco puede volver a tratar a un periodista de “insidioso” por cuestionarlo o menospreciar su conocimiento para evadir una pregunta. 

Cuando la prensa incomoda, cuando menos gusta, cuando más cuestiona, es entonces cuando se ve si, realmente, el hombre que se sienta en Carondelet, tiene un espíritu democráta. Porque es fácil defender a una prensa complaciente; el verdadero reto es defender también a la prensa más incómoda. 

Tampoco estaría de más que el Presidente esté dispuesto a ofrecer entrevistas así de largas a otros periodistas —es la segunda entrevista que le ofrece a Vera en un año—, que, con seriedad, rigor y responsabilidad puedan cuestionarlo sobre esos temas que tanto le incomodan. 

Maria Sol Borja 100x100
María Sol Borja
Periodista. Ha publicado en New York Times y Washington Post. Fue parte del equipo finalista en los premios Gabo 2019 por Frontera Cautiva y fue finalista en los premios Jorge Mantilla Ortega, en 2021, en categoría Opinión. Tiene experiencia en televisión y prensa escrita. Máster en Comunicación Política e Imagen (UPSA, España) y en Periodismo (UDLA, Ecuador). Es editora asociada y editora política en GK.
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