Stranger Things es una serie sobre un grupo de amigos que crecen. Es también la historia de otra dimensión —el UpsideDown— llena de criaturas que intentan cruzar a la dimensión donde viven los humanos. Hay una niña con poderes, científicos con secretas intenciones y una conspiración soviética en plena Guerra Fría. Todo pasa en la única, extraña y agitada década de 1980, en un poblado ficticio: Hawkings, Indiana.

Pero Stranger Things es más que una serie. Tocó algo en espectadores en todo el mundo. Es quizás la serie insignia de Netflix. La que, por ejemplo, en el mes de estreno de su temporada tres, en 2019, era vista por 64 millones de suscriptores a nivel mundial. 

¿Cómo llegó Stranger Things a ser lo es ahora: un fenómeno de la cultura popular? 

Intentemos una respuesta. 

Stranger Things comenzó mucho antes del 15 de julio de 2016, cuando salió al aire su primer episodio.

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Por qué nos encanta Stranger Things

Fotograma de una escena de la cuarta temporada de Stranger Things. Fotografía cortesía de Netflix.

En un momento, como todo, fue solo una idea. Era de dos hermanos gemelos. Matt y Ross Duffer, se llaman. 

Nacieron en 1984, así que crecieron en una época en la que el cine y la televisión se decantaba por las historias más extrañas: extraterrestres, fantasmas, monstruos, asesinos seriales que nunca morían, búsqueda de tesoros y luchas contra vecinos que en realidad eran vampiros.

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Los ochenta fueron una década extrañísima, sin duda. Los videojuegos iniciaron su expansión, las películas se podían ver en casa porque se alquilaban en cassettes y los copetes eran, al parecer, el único peinado posible —las fotos de tus padres te darán pistas de esto—. Ah, y sí, no había Internet en las casas. Y esa extrañeza se iba a filtrar en la serie que crearían a sus 30 años.

Fue entonces que los Duffer Brothers —el nombre artístico de la dupla, que ha jurado y recontra jurado que siempre trabajarán juntos, de esa forma— pensaron que querían armar una serie. La desarrollaron mientras trabajaban en cosas de otras personas —como la serie Wayward Pines—. La presentaron a varias cadenas.

Los rechazaron en cada lugar al que fueron, hasta que el productor y director Shawn Levy leyó el guión del piloto y el tratamiento para una temporada y se volcó a ayudarlos. Netflix cayó en el embrujo. El resto es historia. 

La historia que inventaron los dos hermanos gemelos se volvió algo más grande de lo que pudieron haber imaginado.

El secreto de estas cosas muy extrañas

Hay varias razones por las que la serie funciona. Especialmente en un rango etario de 18 a 49 años. 

Una es la nostalgia de la que está cargada la ambientación y la puesta en escena de la serie. Es fácil encontrar referencias a varios clásicos del cine ochentero. Desde The Goonies, hasta Alien, pasando por A Nightmare on Elm Street

Hay muchos elementos y situaciones que tienen un punto de partida reconocible y que convierte a Stranger Things en una especie de compendio y homenaje preciso de lo que pasaba hace 40 años. La nostalgia vende. Arrancar de este punto ha sido un acierto.

Por qué nos encanta Stranger Things

Eduardo Franco, Noah Schnapp, Finn Wolfhard y Charlie Heaton en una escena de la cuarta temporada de Stranger Things. Fotografía cortesía de Netflix.

Todo lo que se ve, lo que hacen y visten los personajes está ligado a una estética y a un espíritu de una época que sigue estando presente en productos culturales. Tanto que el renacimiento de canciones de esa década —Running up that hill, de Kate Bush, o Master of Puppets, de Metallica— está muy ligado a su uso en escenas importantes de la serie. Temas que han empezado a ser consumidos por un público cuyos padres eran niños cuando fueron lanzados originalmente. Canciones que adquieren otro sentido, gracias al relato en el que aparecen.

El uso de los ochenta no solo es estético. Los Duffer decidieron incluir a la Guerra Fría como contexto histórico que —tal como pasó en Red Dawn, la película en la que la Unión Soviética invade Estados Unidos y un grupo de jóvenes se convierte en la fuerza de choque para acabar con la invasión— flota en todas las temporadas. 

Ya sea para que la personaje de Eleven —la chica con poderes— sea usada para hacer contacto con los soviéticos extrasensorialmente y obtener sus secretos; o porque los soviéticos intentan abrir un portal hacia el Upside Down para usarlo como arma, o porque su territorio es utilizado en el desarrollo del arco argumental de Hopper —uno de los adultos de la serie— que toda la cuarta temporada debe encontrar la manera de escapar de un gulag en Kamchatka.

Sí, pasan muchas cosas en esta serie.

Pero no solo es la mirada hacia atrás la que sostiene a Stranger Things. Así como pasa en la saga de Harry Potter, aquí tenemos a un grupo de niños y adolescentes que han ido creciendo en nuestra pantalla. 

Encabezados por Millie Bobby Brown (Eleven) y Finn Wolfhard (Mike), el grupo de amigos que vive en Hawkings son la base de la historia. Sus relaciones, sus problemas, sus puntos de encuentro y de desencuentro. 

Stranger Things es también una historia de crecimiento. No hay manera de no identificarse con muchas de las cosas que les suceden a estos chicos. Ellos son los “underdogs”, los menos populares de la escuela, los que son víctimas de bullying… Sin embargo, son los que han salvado, hasta el momento, a todos por al menos cuatro ocasiones.

También es importante que los Duffer se permitan, dentro de esta narrativa, indagar temas LGBTI en adolescentes. Como sucede con el personaje de Robin (que interpreta Maya Hawke, la hija de Uma Thurman e Ethan Hawke) o con Will Byers (Noah Schnapp), uno de personajes centrales y que en la primera temporada es secuestrado por las criaturas del Upside Down. 

Robin es lesbiana y lo mantiene en secreto: solo se lo ha contado a Steve, su mejor amigo y, probablemente, el personaje que mejor se ha desarrollado en todas las temporadas. Está enamorada de una amiga con la que toca en la banda del colegio. Con Will, en cambio, la serie ha dado guiños sobre su orientación sexual; pero no es sino en la cuarta temporada en la que todo parece estar más sobre la mesa. 

Claro, no hay que olvidar que los 80 fueron una época que normalizó la homofobia a todo nivel, ya sea como insulto —el “marica” como la peor de las afrentas—, como recurso de comedia o como mecanismo de rechazo, sobre todo por la asociación equivocada que se hizo entre homosexualidad y VIH.

En la serie, Will no lo dice, no lo confirma. Pero hay gente que se da cuenta, porque Will sufre. En una escena, en el último episodio, su hermano mayor, Jonathan (Charlie Heaton) trata de acercarse a él y decirle que no se preocupe, que todo va a estar bien y que él no podría hacer nada que estuviera mal. Que siempre lo querría. Es uno de los momentos más hermosos de aceptación y cariño que nos ha dado la televisión.

La calidad de ahora

Por qué nos encanta Stranger Things

Sadie Sink interpreta a Max, una de las protagonistas de la serie. Fotografía cortesía de Netflix.

Dar con la clave de lo que hace de Stranger Things lo que es, es dar con su tono de horror y misterio. Todo se va desarrollando con una estructura de gran película por cada temporada. La serie se beneficia del formato de Netflix, que no es como de una gran cadena: ocho episodios son suficientes para contar un arco argumental bien desarrollado. 

Este enfrentamiento entre niños, jóvenes y adultos en contra de los seres del Upside Down consigue darle a lo terrorífico su cuota de cercanía. Ya desde Spielberg —a quien los Duffer le deben todo— sabemos que con los niños se pueden dar grandes historias de ciencia ficción, aventura y misterio —sí, hablo de ET— y los realizadores de la serie han llevado esto al extremo. 

Porque —tal como la saga de Harry Potter— la oscuridad ha ido creciendo a medida que las temporadas han avanzado. Ya para la cuarta, el horror está ya directamente frente a los espectadores.

Porque, como antesala del final —la serie se terminará en su quinta temporada, que se estrenará en 2024— la cuarta ha conseguido narrativamente algo poderoso. Quizás sea el punto más alto de Stranger Things

Los Duffer han encontrado la forma de redondear todo lo que ha pasado en la serie hasta ahora, a través de un arco argumental que muestra a Eleven de nuevo como niña pequeña y que permite observar la creación de un villano impresionante, como nunca ha tenido el programa: Vecna, interpretado por Jamie Campbell Bower. 

Por qué nos encanta Stranger Things

Joseph Quinn interpreta a Eddie Munson, uno de los personajes más queridos de esta temporada. Fotografía cortesía de Netflix.

Los creadores de la serie separaron a los personajes, e incluyeron un par más de nuevos integrantes (Joseph Quinn, como Eddie Munson y Eduardo Franco, como Argyle) y construyeron coralmente una historia con un ritmo preciso. 

En estos episodios saltaron de un lugar a otro todo el tiempo, lo que permitía que el avance sea simultáneo. Sin embargo, pese a la calidad de esta cuarta temporada, hay algo que decae en los últimos dos episodios —que no fueron estrenados al igual que los siete anteriores, sino dos semanas después. Todo se vuelve predecible y el ritmo se entorpece hasta el punto en el que hay un epílogo de casi 30 minutos que deja en claro lo que se vendrá. 

Ya todos terminan juntos en Hawkings y tendrán que enfrentarse a los seres del Upside Down que han conseguido pasar de su dimensión a la otra. Sí, un gran final para mantenerte esperando por lo que vendrá. Incluso a pesar de que la misma serie haya trastabillado en su camino y que nos haya hecho entender que un tropezón no es caída.

Eduardo Varas
Periodista y escritor. Autor de dos libros de cuentos y de dos novelas. Uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina según la FIL de Guadalajara. En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, que entrega la FIL de Guayaquil.

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