Leila* fue reclutada por una red de trata a los 15 años para trabajar en un burdel en la ciudad costera de Guayaquil. Ahí, durante cuatro semanas, la adolescente fue obligada a dar servicios sexuales. “No me adapté y la dueña vio la cédula y me dijo que no podía continuar trabajando ahí porque no tenía la  mayoría de edad”, dijo Leila. Sus captores la llevaron a otro prostíbulo, donde estuvo cerca de tres meses. Leila es una de las cientos de víctimas que caen en las trampas de las redes de trata de personas en Ecuador, un crimen que sucede mucho más de lo que nos enteramos y que en el siglo XXI es considerado como una nueva forma de esclavitud.

La trata de personas sigue siendo un delito silencioso, que es muy difícil de detectar, por lo que sus cifras no son del todo claras. Daniel Rueda, presidente de Alas de Colibrí, una organización de defensa de derechos humanos, dice que identificar a sus víctimas es complicado. “No necesariamente están encerradas o encadenadas”, explica Rueda. “La víctima generalmente puede estar en la calle, haciendo sus labores diarias”, dice. 

La invisibilidad de la trata está atada al desconocimiento de lo que es: el reclutamiento, transporte, traslado, refugio o recepción de personas, “mediante la amenaza o el uso de la fuerza u otras formas de coacción, de secuestro, de fraude, de engaño” para su explotación sexual, laboral o de otra naturaleza. Karina Sarmiento, experta en migración y refugio, dice que la trata con fines de explotación incluye la prostitucion forzada, el turismo sexual o la pronografia infantil. La que tiene fines laborales, abarca el trabajo forzado, la servidumbre por deudas, el trabajo infantil o la captacion de personas para extraer o comercializar organos o material genético.

Leila pertenece a la dolorosa cifra de 665 casos de trata de personas en Ecuador registrados en los últimos siete años. Desde 2014, cuando se incluyó a la trata como delito en el Código Orgánico Integral Penal (COIP), hasta el 2021, ha habido 982 denuncias. Los años con mayor cantidad de denuncias son 2015 con 177 y 2016 con 179. En lo que va del 2021, la Fiscalía ha recibido 59 denuncias. De ese número, 57 se encuentran en investigación previa, uno en instrucción fiscal y uno en preparatoria de juicio. 

A estas cifras también podrían pertenecer el caso de las dos niñas venezolanas que desaparecieron en Quito y pocos días después fueron encontradas en Piura —el Ministerio Gobierno dijo que habrían huído por su propia voluntad y no mencionaron si se relacionaba con un caso de trata. O el caso de la niña Emilia Benavides, que fue secuestrada y luego encontrada muerta en una quebrada.

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Los casos que sí se han vinculado a la trata en los últimos meses son el de la adolescente de 15 años, rescatada de una red con fines de explotación sexual, y el de las dos adolescentes que fueron llevadas desde Ecuador hacia Colombia, donde habrían sido víctimas de trata de personas y explotación laboral.

José Iván Dávalos, Jefe de Misión de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), dice que la trata es un delito contra la persona. Esto significa que se está aprovechando a la víctima de su vulnerabilidad, falta de identidad y condiciones de desventaja “para cometer un delito y usar a esta persona como mercancía”, dice Dávalos, enfatizando que no se debe confundir la trata con el tráfico ilegal de personas —que consiste en la transportación pero con la anuencia de la víctima, de forma irregular, a través de pasos fronterizos internacionales. Sin embargo, ambos crímenes suelen estar estrechamente relacionados. 

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Las redes de trata funcionan como una cadena. El primer eslabón es la captación. Para eso, el engaño es un elemento fundamental a la hora de reclutar a las víctimas. Muchas de esas mentiras son ofertas laborales falsas, promesas que hacen que la víctima crea que va a ser apoyada, o que sus problemas económicos o familiares van a ser resueltos. 

En ciertos casos, incluso, les dicen que van a trabajar en un prostíbulo. “Pero les dicen que van a servir algunas copas, que después pueden elegir con quién pasar la noche”, dice Marcelo Colombo, titular de la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (Protex) de Argentina. Les prometen días de descanso y otros supuestos beneficios, que en su mayoría suelen ser siempre falsos. 

Otro eslabón son las redes sociales. Según el Ministerio de Gobierno del Ecuador, estos medios “facilitan captar a personas mediante el contacto directo, acceso a información personal, fotografías y vínculo social con sus víctimas”. Aceptar amistades desconocidas, subir fotografías o exponer problemas familiares o estados de ánimo, parecen acciones inofensivas, pero se convierten en armas principales de estas bandas para medir la vulnerabilidad de las víctimas. 

En el caso de Leila, ella conoció a Luis, un hombre que vivía en la ciudad portuaria de Guayaquil, en un viaje a Cartagena junto con unas “amigas mayores de edad, quienes eran trabajadoras sexuales”. Leila recuerda que Luis les dio dinero para viajar a Ecuador. Ya para entonces, la cadena se cerraba sobre ella: estaba completamente atada a la red. 

Pero el mismo día de su llegada a Guayaquil fue llevada al prostíbulo donde estuvo alrededor cuatro semanas. “Siempre había problemas, los borrachos siempre se querían matar, un feo ambiente, siempre había problemas”, recuerda Leila. 

El siguiente prostíbulo al que fue llevada queda en el norte de la ciudad. Ahí estuvo tres meses, desnudándose en shows públicos y privados. Estos últimos, en los que debía ir a una cabina con un solo cliente, costaban 21 dólares y ella hacía entre 3 y 4 por noche. “Acepté porque no tenía quién me apoyara con mi hijo”, dice Leila. Entre la necesidad, la desesperación y el desconocimiento, Leila creía no tener opciones.  

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Una noche de junio de 2019, Leila fue citada en un centro comercial. Ella pensaba que se trataba de un cliente pero resultó ser un agente que estaba investigando su caso. La adolescente ingresó a la casa de protección de la Fundación Alas de Colibrí al día siguiente, y la Fiscalía abrió una investigación en la que ella está señalada como la presunta víctima de trata de personas con fines de explotación sexual.

La mayoría de casos no terminan como el de Leila. Uno de los motivos para que este delito esté oculto es que muchas víctimas no lo denuncian. “El victimario lo que hace es ganar su confianza y luego someterlas de forma psicológica. Es muy complicado que la persona pueda darse cuenta en qué momento es explotada”, dice Rueda, enfatizando en que muchas de las víctimas no se reconocen como tales o no saben que lo que están viviendo es un delito. “Las víctimas en esa situación se retraen, dicen muchas gracias por haberme salvado pero yo no necesito testificar, yo no quiero rendir mi testimonio y esos casos lastimosamente no progresan”, dice Tomás Guayasamín, director de prevención de trata de personas y tráfico de migrantes del Ministerio de Gobierno del Ecuador.  

En otros casos, la víctima (o su familia) es amenazada, lo que les impide presentar una denuncia. En muchas ocasiones, el que explota suele ser su propia pareja. De los casos registrados, como el de Leila, la mayoría son con fines de explotación sexual: ocho de cada diez, según el Plan de Acción Contra la Trata de Personas en Ecuador. La mayoría de las víctimas son mujeres adolescentes y jóvenes, principalmente de la Costa ecuatoriana. 

Los otros dos casos suelen ser de explotación laboral. Como sucedió con el caso Furukawa, en el que campesinos afroecuatorianos, mestizos y migrantes trabajaban en las plantaciones de la empresa en condiciones laborales precarias. Incluso, muchos de los trabajadores nacieron y crecieron en las plantaciones.

La naturaleza sexual de la explotación de las redes de trata es una constante en todo el mundo. Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), el 50% de los casos identificados tienen ese fin. Sin embargo, en 2020 el trabajo forzado y la mendicidad han ido creciendo como motivo para este delito: del 34% en 2016 al 38% en el 2020. Según la Iniciativa Global contra la Trata de Personas (UNGIFT) el mercado global de la trata asciende a 32 mil millones de dólares —poco menos que el presupuesto general del Estado ecuatoriano.

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Las principales víctimas de la trata de personas son las mujeres, adolescentes y niñas como Leila, quien fue prostituida casi un año. Solo entre enero de 2017 y julio de 2021, el 99% de las víctimas de trata de personas con fines de explotacion sexual en Ecuador eran mujeres. En general, según el Mapa Interactivo de Trata de Personas y Tráfico Ilícito de Migrantes (Mitt), el 90% de quienes son blanco de este crimen son mujeres, niñas y adolescentes. Daniel Rueda dice que el motivo para que la trata afecta principalmente a mujeres es porque vivimos en una sociedad donde impera la desigualdad y “donde el cuerpo de las mujeres son objeto de compra y de venta”.  Karina Sarmiento explica que toda persona puede ser víctima, pero sobre todo aquellas que estén en situación de vulnerabilidad —más aún si son mujeres, niños y niñas. 

Un Informe Mundial sobre la Trata de Personas de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) dice que los niños y niñas son las víctimas más afectadas de la trata. El porcentaje de niñas tratadas con fines de explotación sexual pasó del 10% al 19% en los últimos 15 años. Mientras que el porcentaje de niños, mayormente utilizados para explotación laboral, pasó del 3% al 15%. 

En Suramérica, los patrones confirman la tendencia mundial: el 69% de las víctimas son mujeres. El 25% son hombres, el 5% son niñas y el 1%, niños. Las mujeres siguen siendo las principales víctimas de la trata de personas. La Directora Ejecutiva de la UNODC, Ghada Waly, dijo que millones de mujeres, niñas, niños y hombres en todo el mundo “están sin trabajo, sin escuela y sin apoyo social en la continua crisis de covid-19, lo que los deja en mayor riesgo de ser víctimas de la trata de personas”.

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Desarticular una red de trata de personas es más complejo de lo que parece. Leila ya no está en las manos del negocio de la trata de personas y se encuentra recibiendo ayuda en la Fundación Alas de Colibrí, que ayuda a las víctimas de trata. Pero ese es uno de los cientos de casos que es posible identificar. Karina Sarmiento explica que como todos los crímenes organizados, éste supone una cadena de interlocutores. “Cuando son bandas, se vuelve complejo: son difíciles de desarticular porque como todo crimen organizado están articulados como una cadena, entonces se safa una argolla de la cadena pero luego la cadena se vuelve a juntar con la siguiente”, dice. 

Lidiar con la trata es lidiar con un monstruo que se regenera constantemente. Guayasamín, del Ministerio de Gobierno, en cambio, no cree en la presencia de redes en el país. “La mayoría de los casos de trata provienen de familiares, parejas o personas del círculo cercano de las víctimas”, sostiene. Lo único cierto es que se da. Más de lo que imaginamos. También está claro que es muy poco lo que sabemos: la trata de personas cierra sus grilletes invisibles sobre cientos de mujeres todos los días. Es probable que nunca sepamos lo que viven, cómo fueron engañadas o si, como Leila, tendrán la oportunidad de ser rescatadas. 


*Leila es un nombre ficticio para proteger la identidad de la víctima