mujeres que atienden a pacientes de covid-19

Fotografía de David Diaz Arcos.

Andrea Proaño, paramédico

Entre mayo, junio y julio de 2020, Andrea Proaño, paramédico de un hospital público de Quito, sintió que la ansiedad la consumía. Proaño tiene el cabello rizado y entrecierra levemente los ojos cuando sonríe, y dice que a pesar de su formación, tenía incertidumbre de lo que pasaría este año de pandemia. Ha intentado mantener estables a cientos de personas con covid-19 en la ambulancia en que trabaja. Hasta llegar a un hospital, les conecta a un tanque de oxígeno y los nebuliza. Dice que lo más difícil de su trabajo siempre ha sido mantener a un paciente en estado crítico por demasiado tiempo en la ambulancia. En el vehículo solo pueden darle un tratamiento temporal y alguien que está muy grave necesita hospitalización. 

“Cuando empezamos a atender y transportar pacientes con covid-19, todos teníamos miedo de contagiarnos”

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Fotografía de David Díaz Arcos para GK

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Cuando la pandemia comenzó, Andrea Proaño y su equipo pasaban más de ocho horas con un enfermo de covid-19 en la ambulancia, recorriendo la ciudad tratando de encontrar un hospital que tuviera camas disponibles para acogerlo.  “Se acababan los tanques de oxígeno de la ambulancia. No teníamos dónde nos reciban a los pacientes”, recuerda. 

En uno de sus turnos en febrero de 2021, se le acabó el oxígeno que recibía una mujer con covid-19, hasta que por fin encontraron un hospital para ingresarla. Eso le ha pasado decenas de veces. “Lo que podemos hacer por un alguien con covid-19 es bastante limitado”, dice resignada.

Pero no todo ha sido angustia. Proaño recuerda que acompañó de regreso a casa a un hombre que superó el covid-19 después de estar sesenta días hospitalizado —la mitad, en terapia intensiva. En el camino, en la ambulancia, él le contó que vio a mucha gente morir alrededor suyo, vio a médicos llorar porque se acababan los tanques de oxígeno y otros medicamentos, y porque tenían que elegir a quienes tuviesen más posibilidades de sobrevivir. 

Como todos los trabajadores de la salud, Andrea Proaño tuvo que separarse de su familia para evitar contagiarlos de covid-19 por los largos turnos que debía cumplir en primera línea. “Tengo una hija de 4 años, ella se ponía mal cuando estaba lejos de mí”, dice. Cada cuatro días, en el pico de la emergencia sanitaria, Proaño trabajaba más de 24 horas en medio de su tristeza, miedo e impotencia. “Hasta los días de  descanso tenía miedo de abrazar a mi hija”, recuerda. 

El 25 de febrero de 2021, casi un año después de recorrer Quito en la ambulancia, Proaño recibió su primera dosis de la vacuna contra el covid-19. 

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Fotografía de David Diaz Arcos.

Mayra Cóndor, enfermera 

Mayra Cóndor, enfermera de un hospital público quiteño de ojos claros y veinte años de experiencia, recuerda que ayudó a un agonizante a despedirse de su hija. El hombre estaba internado por covid-19 y ya no quería estar puesto el oxígeno. Su esposa e hija también estaban hospitalizadas. “La hija lloraba en la puerta, me decía déjeme ver a mi papá, déjeme despedirme”, dice Cóndor. “Le dije pase”. La hija entró. Cóndor le propuso rezar juntas para que su padre descansara en paz. “Nunca me olvidaré. Falleció pero escuchó cerca a su hija”.

En los días más intensos de la pandemia, Mayra Cóndor fue comisionada al área de epidemiología del hospital. Ahí organizaba y capacitaba a los doctores y enfermeras para hacer cercos epidemiológicos para mantener aislados a los pacientes con síntomas del entonces nuevo coronavirus y pacientes que tuvieron contacto con personas que dieron positivo al virus. 

Llegó a hacer turnos de 24 horas controlando que los médicos, las enfermeras y todo el personal se colocara y sacara de forma correcta los equipos de protección personal. Entre marzo y abril de 2020, en los hospitales ecuatorianos hubo una fuerte escasez de mascarillas, guantes, gorros quirúrgicos y batas para los médicos —en muchos casos, ellos mismos tenían que comprarlos. 

Cuando los casos de covid-19 aumentaron, Mayra Cóndor pasó a trabajar al área de cuidados intermedios. “Ahí el trabajo más que de miedo, era de esperanza”, dice. “Ver que un paciente se recupere después de tanto tiempo con oxígeno es alentador”, dice Cóndor, quien vive con su madre y su hijo de 16 años. Al llegar a casa, se aislaba. Sus familiares la ayudaban a desinfectarse y le pasaban la comida a su cuarto. “Era muy complejo llegar y no poder abrazarlos o conversar como antes”. 

“Ver que un paciente se recupere después de tanto tiempo con oxígeno es alentador para cada una de nosotras”. 

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Fotografía de David Díaz Arcos para GK

Mayra Cóndor hoy trabaja en un área administrativa porque la atención a pacientes con covid-19 está más controlada. 

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Gabriela Pulla

Fotografía de David Diaz Arcos.

Gabriella Pulla, médico general 

Gabriela Pulla es médico general de la Cruz Roja Ecuatoriana. Vive cerca del Centro Médico que la organización tiene en Quito, por lo que solía ir y venir al trabajo caminando. Pero cuando el covid-19 frenó al mundo en seco en marzo de 2020 y encerró a buena parte de la humanidad, el trayecto se convirtió en un desierto urbano: silencio inmenso, sin carros ni peatones. “Extrañaba el ruido de la ciudad”, dice Pulla. “Era como caminar en un desierto, no había nadie, te daba miedo”, recuerda la médico de 30 años. 

En ese momento, Pulla y un reducido grupo de cuatro compañeros empezaron un proyecto científico para encontrar una “técnica específica” para hacer las pruebas rápidas de detección de covid-19. 

Pulla y sus compañeros trabajaron su investigación en el Centro Médico de la Cruz Roja. Estudiaban y leían sobre pruebas de detección desde las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche. Trabajan bajo presión. “Éramos la única compañía que teníamos”, dice. Si lograban encontrar una forma de hacer las pruebas rápidas de forma más eficiente, podrían hacer algunos ensayos con  trabajadores de la Cruz Roja para luego aplicar esa técnica en  las brigadas de salud que comenzarían a recorrer el país persiguiendo al coronavirus. Su investigación concluyó que era mejor no hacer las pruebas rápidas extrayendo la sangre del dedo índice, sino de la vena del brazo, para obtener mejores resultados. 

“Era como caminar en un desierto, no había nadie, te daba miedo”. 

A finales de abril, cuando el covid-19 colapsó el sistema de salud, Gabriela Pulla y sus compañeros viajaron a Guayaquil, la ciudad más golpeada por el coronavirus en ese momento. Ahí comenzaron a hacer las pruebas rápidas aplicando el procedimiento que desarrollaron en su investigación. Cada día tomaban y procesaban al menos 500 muestras. Pulla dice que, a diferencia de las pruebas rápidas que se toman pinchando el dedo índice (y que tiene una producción de falsos positivos de hasta un 50%), las que se hacen sobre sangre intravenosa junto al procedimiento de centrifugado previo y el casette de prueba tienen hasta un 95% de efectividad. Pulla asegura que hacer las pruebas con esta técnica ha permitido detectar a muchos pacientes de covid-19 asintomáticos.

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Fotografía de David Díaz Arcos para GK

Después de Guayaquil, también viajaron a tomar pruebas a la provincia costera de Esmeraldas, y las amazónicas de El Puyo y El Coca, así como en otras ciudades ecuatorianas donde la Cruz Roja tiene oficinas.