Señor Lucio Gutiérrez, 

Le escribo esta carta abierta porque me preocupa volver a verlo en la papeleta electoral. Mi memoria, a diferencia de la suya, no es frágil y recuerdo con detalle su breve gobierno. 

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Pero antes de ahondar en eso, quiero contarle que yo nací en la década de la vuelta a la democracia, soy la cuarta de cinco hermanos. Crecí en una época en la que las noticias se miraban en familia y la sobremesa giraba en torno al acontecer político del país. Es más, mis primeros recuerdos políticos son de muy temprano en mi vida y pasan por la desaparición de los hermanos Restrepo en el gobierno de León Febres Cordero; la entrega de armas de Alfaro Vive Carajo en el gobierno de Rodrigo Borja; los apagones y racionamientos de luz, el “ni un paso atrás” y los escándalos de Flores y Miel, en el de Sixto Durán Ballén; la mochila escolar y la lecha Abdalac en ese meteórico paso de Abdalá Bucaram por la Presidencia de la República. De entonces, recuerdo también las noticias del multitudinario levantamiento indígena. Nunca había visto algo así.  La protesta era el resultado de la indignación y la rabia frente al abuso de poder y la caricaturización de la política. 

Quién iba a saber, en ese momento, que, un par de años después, la CONAIE y un grupo de militares comandados por usted, intentarían dar un golpe de Estado que lo convertiría en una figura visible. El trampolín perfecto para luego postularse a la Presidencia de la República. 

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Y hago este recuento porque la memoria histórica es imprescindible para no repetir aquello que hirió profundamente a la democracia. Y yo no me he olvidado de ese recorrido político que ha vivido nuestra joven democracia y su participación para debilitarla.

Cuando usted ganó las elecciones presidenciales en 2003, yo ya era una joven estudiante de derecho, interesada en la democracia, los derechos humanos, la transparencia. Sabía que a esas luchas quería dedicar mi vida. Por eso, presté atención cada día de su período presidencial. Por eso, no me he olvidado de su discurso de posesión: “Asumo sobre mis hombros una abrumadora deuda social y la responsabilidad de restaurar las heridas de un pueblo sufrido”, dijo. Deuda que, en lugar de saldar, incrementó con las medidas económicas que tomó su gobierno, como el alza de precios de los combustibles y reducción en el presupuesto del Estado. No me olvido tampoco de los parientes —suyos y de su esposa— que puso en altos cargos del Estado; ni de su hermana justificándose, que son una “familia exitosa”, dijo. 

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¿Cómo olvidar el homenaje a su cuñado Napoleón Villa, en el teatro Quitumbe o el bautizo del nieto de Villa en el Palacio de Carondelet?. Tampoco olvido cuando, con su beneplácito, los legisladores de su partido en complicidad con otros, se arrogaron facultades que no les competía y destituyeron de un plumazo a los jueces de la Corte Nacional de Justicia para nombrar a la llamada “Pichi” Corte. No me olvido de esa corte servil a su gobierno, constituida para traer de vuelta a Abdalá Bucaram. Aquel día en el que Bucaram —tras haber regresado de Panamá,donde estaba prófugo desde la caída de su gobierno en 1997—, recorría las calles de Guayaquil, acudí a la Plaza de la Independencia. Me paré frente al Palacio de Carondelet y expresé toda mi indignación: usted era cómplice del retorno de un sujeto nefasto para nuestro país.

¿Señor Gutierrez, usted ya se olvidó de todo eso? Con la perspectiva que dan los años, ¿usted sigue creyendo que su derrocamiento se debía exclusivamente a intereses de ciertos partidos políticos? 

Yo, como estudiante, en esa época me convertí en una más, de las tantas personas que, cada día con cacerola y cucharón en mano, salíamos a las calles para recordarle que estaba incumpliendo con su promesa de “refundar” la República. Yo fui una de tantas ciudadanas inconformes que protestó en su contra. Yo fui una “forajida”, como usted llamó despectivamente a quienes mostramos nuestro descontento con su gobierno. A mi, como a miles de otros quiteños, no nos ganó ni el cansancio, ni el duro clima de Quito. Las vigilias por la democracia lo valían. Éramos gente común, en las calles, motivados por la indignación. Allí, en las calles éramos todos iguales, fraternos y solidarios, llenos de valentía colectiva y profundo amor por nuestra patria. 


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Usted no escuchó entonces lo que los ciudadanos pedíamos a gritos. Y, en lugar de preguntarse qué estaba haciendo mal, mandó a la policía a reprimir las manifestaciones. Éramos mujeres, jóvenes, adultos mayores, gremios, desempleados, organizaciones sociales diversas y familias enteras que a viva voz gritamos: “¡Fuera todos!”. Queríamos que usted nos escuche y se de cuenta de que ya no íbamos a tolerar ni un atropello más a la democracia, que había cumplido apenas 25 años tras el fin de la dictadura a finales de los setenta.

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Señor Gutierrez, ha pensado ¿qué hubiera sucedido, si su actitud hubiese sido diferente? Un buen demócrata, una persona de honor y valor, debía escuchar, dialogar, buscar soluciones conjuntas, reconocer el daño que estaba causando y enmendarlo. Pero no, usted envió a sus emisarios para que nos repriman fuertemente, con gases lacrimógenos que nos ahogaban y que se quedaban como una espesa niebla que acompañaba, cada noche, la protesta. No me olvido tampoco del sonido de las botas de los policías, los golpes con toletes propiciados sin distinguir edad o condición. No me olvido que la gente nos lanzaba, desde las ventanas de los edificios, papel periódico para que improvisáramos pequeñas fogatas para mitigar los efectos del gas. Sentíamos dolor físico por los golpes y las caídas al intentar defendernos de la Policía; por el ardor en la piel que provocaba el gas; por el frío que calaba en el cuerpo empapado por la lluvia; por la irritación en la garganta tras tantas horas de gritar. Y el dolor también por el riesgo de perder la dignidad, la libertad y la posibilidad de transformación política. 

No había transporte público, los vehículos particulares no podían circular, teníamos que caminar largas distancias y en todo lado nos encontrábamos con policías y militares armados, y agresivos. Era 2003, no había redes sociales pero sí radios alternativas, micrófonos y megáfonos, para contarle al resto del país y al mundo entero lo que estaba sucediendo. Protestábamos con la icónica consigna: “Con Quito no se juega, carajo”. 

Yo no me olvido —y las familias tampoco— que usted lleva en sus hombros dos personas muertas y cientos de heridos. ¿Lo supo? ¿Le importó? O en su precipitada huída ya ni siquiera se enteró. O no le interesó afrontar las necesidades de un país que a gritos pedía, transparencia y democracia participativa, justicia, libertad de opinión, independencia de poderes y estabilidad económica. 

Hoy, las demandas no son muy distintas. Y usted, pretende solucionarlas pero cuando tuvo la oportunidad de hacerlo no lo hizo. Ahora se promociona portando un arma, acusando a los políticos de corruptos. Pareciera que nada ha aprendido en estos años. ¿Realmente cree que la solución a los problemas de violencia o inseguridad es una condena de cadena perpetua o la posibilidad de portar un arma para la seguridad personal, tal como lo propone en su plan de gobierno? ¿Ha reflexionado sobre el impacto que causó en la ciudadanía, más aún en niñas, niños y jóvenes ver a un expresidente portando una bazuca para “combatir la corrupción”?  

Como verá no solamente me preocupa su pasado político, lo que ya hizo —o dejó de hacer— en su gobierno si no lo que propone ahora.

 Los once puntos de su propuesta de Gobierno, reflejan una postura punitiva, no preventiva, judicialista y muy alejada de los derechos humanos. El hecho de que usted siga siendo el líder indiscutible del partido y que no exista renovación intergeneracional es quizás la explicación a que tampoco haya propuestas transformadoras. 

Considerar, en pleno siglo XXI, que se debe impulsar el servicio militar, en jóvenes de 18 a 24 años, muestra su más profundo desconocimiento de las juventudes y sus diferentes aspiraciones. Ser joven en la ruralidad es distinto que serlo en la urbanidad; ser joven no estandariza los deseos y los proyectos de vida. 

Pensar en una ley de armas, en un país en donde las distintas formas de violencias, femicidio, discrimiancion, xenofobia, son desgarradoras, demuestra que usted busca las soluciones simples a problemas complejos que requieren de entendimiento y respuestas estructurales. 

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Cuando habla de la “situación de la mujer” y proponer que “autoridades, iglesia, policía y sectores civiles”   trabajen de manera conjunta para erradicar la violencia intrafamiliar y maltrato infantil vuelve a mostrar su profundo desconocimiento sobre el tema y los sectores que deben involucrarse en la prevención de las violencias.

Usted lo que quiere, según lo que leo en su plan, es volver a 2003, cuando ganó las elecciones y gobernó tan mal que no pudo terminar su período. Ya, olvídelo. Tuvo su oportunidad y no pudo con el país. No pudo tampoco con quienes nos enfrentamos a usted en las calles. No nos calló. No nos callará.

Yo sigo siendo una forajida y no me olvido de usted. No me olvido de su gobierno. Y espero que, como yo, la mayoría de los ecuatorianos y ecuatorianas recuerden quién es usted y cómo fue su gobierno.