No sé qué me molesta más: que el arroz no me guste o las preguntas de por qué no me gusta. Yo sé, suena extraño decir que el arroz me da igual en una mesa de diez personas que lo comen con vehemencia, en un país en el que es casi un símbolo patrio, pero lo siento, no me puedo quedar callada.

— Qué rara eres…

Nunca he sido fan del arroz: no lo disfruto por chimborazos, ni lo como a diario. El arroz no es indispensable en mi vida y de hecho, ni siquiera sé muy bien cómo prepararlo: que lo enjuagas primero para quitarle el almidón, que si va con aceite o que no, que le echas ajo que no, que qué sé yo.

Una ca-ri-shi-na dirían no sabe preparar arroz. 

Una “carishina”, en kichwa, es una mujer que actúa “como hombre” —suponiendo que la preparación de los alimentos es sólo responsabilidad nuestra. Por supuesto, es un rezago de nuestra cultura machista: hay infinidad de gente que no sabe cocinar arroz, ni nada. Pero qué importa: la mala cocina puede ser patrimonio de todos. Su derrota, también. Yo siento que pierdo mis batallas en esa guerra: unas veces el arroz me queda tan sobre cocido y pegoteado que es una sola masa, y otras, los granos tan duros que pueden romperme un diente.

— ¡Qué barbaridad! Esto está incomible.

— Perdón. ¿Quieres un pan?

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El arroz me cae mal. Me cae pésimo porque me guiña el ojo cada vez que es preparado por alguien más: ahí sí lo puedo comer en infinitas cantidades. El arroz de la fonda en la orilla del río Amarillo, que en una olla grandota y despintada, baila bien con el seco de pollo. El de Don Jinmy en la playa, suavecito como un colchón, es el par infalible del pescado a la plancha que todavía sabe a mar. El arroz de la casa de mis abuelos en Zaruma, que queda bien hasta con aire pero lo prefiero con un poco de queso derretido.

—Sírvame una olla entera, abuelito. Se me hizo agua la boca.

El problema no eres tú, arroz, soy yo.

¡Buen provecho!

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Arroz blanco

arroz blanco

Ingredientes:
Arroz
Agua
Aceite (opcional)
Sal (opcional)

40 MINUTOS

Lava el arroz muy muy bien. Debes lavarlo hasta que el agua que se le escurra esté casi transparente. Esto eliminará el exceso de almidón.

Después de escurrido, pon el arroz en una olla con agua. Dos tazas de agua por cada una de arroz. En la Costa, la medida es una a una.

Echa sal y, si quieres, aceite al gusto.

Tapa la olla y ponla a fuego lento hasta que el agua se elimine por completo. Verás que el arroz está suave y humeante. Toma entre 25 (en la Costa) y 35 (en la Sierra) minutos.

PD: Si te gusta el cocolón déjalo unos cinco (en la Costa) a diez minutos (en la Sierra) más.