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D’La Calle es un viaje por el mundo en una ferretería

Cuando el chef me dijo que la coliflor que me ofrecía era divertida, supe que había llegado a un lugar especial.
  • Reseña restaurante D'La Calle

D’ La Calle es un restaurante que funciona en una ferretería. Suena extraño, pero es aún más extraño que un restaurante que funciona en una ferretería sea tan bueno que pueda arreglarte un mal día. 

Era un viernes de febrero en el que nada me había salido bien. Me desperté tardísimo, el gas del calefón se acabó y descubrí que una colonia de hormigas había decidido mudarse a mi casa. Cuando salí a almorzar me costaba imaginarme que mi día sería salvado y redimido por aquel lugar de toldito amarillo, el de la ferretería, el que tanto me habían recomendado, en la calle Tomás de Berlanga, un barrio muy barrio del norte de Quito. 

Estaba nerviosa porque no sabía qué esperar. Estaba haciendo algo que no hacía hace mucho: comer sola en Quito. Además temía que comer en una ferretería fuese un recurso un tanto esnobista, un truco sacado de un barrio hipster de Brooklyn para atraer clientes cool

Pero desde que llegué, me di cuenta que no era así. Lo noté de inmediato: el barrio, la vecindad, la amistad se sentían en el ambiente descomplicado y jovial del restaurante. D’La Calle funciona ahí porque es el único lugar que su chef, Rafael Mora, consiguió: era la bodega de la ferretería de su papá, que Rafael adaptó para que sea su restaurante. 

Estar en un lugar poco convencional no sería suficiente motivo para cambiarme el día. Lo verdaderamente increíble de D’La Calle no es dónde queda, sino lo que sirve: platillos inspirados en el streetfood de Asia y Latinoamérica, reversiones con ingredientes locales de todo lo que se puede comprar en la calle, platillos que tienen potencia de sabor. La carta cambia cada mes y, cuando fui, la inspiración eran platos de México, Perú, China, Japón y Ecuador.

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Me senté en la barra frente a la cocina al lado de dos amigos del chef que más parecían parte del equipo por su acogida y buen humor. Enseguida Rafael notó mi presencia y recitó como un poema toda su carta. Escuchar el repaso de todas sus opciones fue como estar sentada en un avión a punto de despegar: la emoción ante lo desconocido crecía.

Ordené unas gyozas (unas empanadas de trigo populares en Asia) rellenas de cerdo y camarón cubiertas por una salsa de maní y tamarindo y una cerveza que, admito, no debí ordenar: 8 grados de alcohol a la hora del almuerzo en un día laborable no es una buena idea. O tal vez sí.

Las gyozas no tardaron en llegar. Al probarlas, todo lo malo del día empezó a desvanecerse. Las notas ácidas del tamarindo, la cremosidad del maní y el relleno de las gyozas sumado a la cerveza y la charla con mis nuevos amigos rompieron con la rutina de un Quito que conozco treinta años y no me da muchas oportunidades de hablar con desconocidos, ni de explorar como cuando salgo de viaje.

Gyozas rellenas de cerdo y camarón cubiertas por una salsa de maní y tamarindo.

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Pero lo mejor fue el plato fuerte. Fue recomendado por el chef que usó la palabra “divertida” para describir a su coliflor sichuan. De todas las opciones del menú, era la que menos me emocionaba porque, pues, era una coliflor. Pero como nunca había escuchado a alguien usar ese adjetivo para describirla, me aventuré.

La coliflor vino frita con trozos de costilla de cerdo y vegetales en salsa sichuan. En el primer bocado entendí qué quiso decir Rafael Mora con divertido: una pepita de pimienta sichuan explotó en mi boca, lanzando juegos pirotécnicos en mi paladar. Picor, frescura y un ligero hormigueo en mi lengua que ayudaba a que la suavidad de la carne de cerdo y las texturas crujientes de la fritura de la coliflor se intensifiquen.

Mi temperatura corporal comenzó a subir, como el ritmo de los tambores que sonaban por los parlantes ambientales del local. Descubrir esos sabores en un vegetal fue como aterrizar por primera vez en un país que no habla tu idioma: excitación repleta de nerviosismo inesperado. Quería que el mundo lo supiera, así que partí un pedazo y se la compartí a mi vecino. Suspicaz porque pues, era una coliflor, la probó. Su sorpresa fue doble: comió del plato de una extraña y descubrió la versatilidad del vegetal.

Coliflor frita con cerdo y vegetales en salsa sichuan.

§

— ¿Si te vas a comer un heladito?, me preguntó Rafael Mora. Lo escuché desde la estratósfera a la que había volado en coliflor.

En ese punto no solo quería uno sino dos, tres, cuatro heladitos para que el viaje de mi paladar continuara. Ordené helado de piña con ají panca (peruano, rojo, pequeñito y arrugado), y cenizas de chile para iniciar el regreso a Quito. La acidez de la piña, el picor del ají y el toque de cenizas de chile me elevaron unos metros más arriba cuando los sabores se mezclaron en mi lengua, todavía hormigueante. Mientras terminaba el helado, iba volviendo a tocar Tierra. Sentía que en algún momento debía presentar mi pasaporte, retirar mis maletas y llegar a casa con mucho que contar.

Helado de piña con ají panca y cenizas de chile.

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La comida de D’La Calle me hizo sentir el rush de ser joven, descomplicada y olvidé todo lo que me molestaba. Sin exagerar: me arregló el día. Ir a D’La Calle es, sin duda, viajar: el hermoso quemeimportismo de no saber a dónde ir pero ir, hacer amigos donde sea y quién sea, salir de la rutina y dejarse llevar para descubrir cosas nuevas.

Ya en mi auto, de vuelta al trabajo, subí el volumen a la música y miré a Quito con otros ojos. Estaba lista para regresar.

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Directora de arte y gourmand oficial de GK. Dirige Quiero Comer, desde donde, cada sábado, cuenta historias sobre una receta (y nos cuenta cómo preparala).