Rosa Chalá se paró frente al pleno de la Asamblea Nacional. Llevaba un vestido amarillo y blanco, una especie de pañuelo de tonos rojos, el pelo recogido, unos lentes de marco café, y estaba descalza. 

— Hoy me presento ante este pleno con los pies descalzos, no por ostentar la dignidad de consejera de Participación Ciudadana y Control Social, sino como una afrodescendiente de cimarrones.

Cimarrón es un término colonial para referirse a los esclavos que se escapaban y vivían en libertad, lejos de las ciudades, en comunidades conocidas como palenques. Chalá, que había entrado al pleno casi una hora antes, empezaba así un alegato de defensa propia: estaba ahí porque, al igual que otros tres miembros del CPCCS —José Tuárez, Walter Gómez y Victoria Desintonio— debía presentar sus descargos en un juicio político que había iniciado como tres: el propuesto por Fabricio Villamar (independiente), el propuesto por Jeannine Cruz (CREO) y el iniciado por Raúl Tello (BADI). Unificados en un solo proceso, los cuatro consejeros eran acusados de incumplimiento de funciones, falta de probidad —y, en el caso de Tuárez, supuesta falsificación de documentos. La Asamblea debía decidir si los censuraba y destituía.

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Chalá, vicepresidenta del CPCCS, habló después del cura José Tuárez, presidente del organismo. Después de su referencia a sus antepasados, Chalá improvisó una broma.  

— Muy buenos días. Bueno, como ya están comiendo ustedes, ya será buenas tardes. Y no invitan el sánduche. Pero bueno, vamos.

Un silencio incómodo llenó la sala y solo se quebró por la risa breve de la propia Chalá, y un murmullo entre los asambleístas que, en efecto, habían recibido un jugo de cartón, una fruta y una barra energética. Todo guardado en una funda plástica que adornaba sus curules. 

Chalá siguió su defensa. Dijo que se pretendía menoscabar su integridad personal y la de los afroecuatorianos que se pronunciaron en marzo de 2019. La Vicepresidenta del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social leía su discurso con cierta dificultad —como si estuviera nerviosa o como si hubiese sido la primera vez que lo tenía en frente.  

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— El filósofo español, Fernando Savater, uno de los últimos existencialistas, como Niet-che (Nietzsche) El Anticristo,  como Gé-se (Hesse), El Lobo Estepario, como Kaf-ka (Kafka), El Proceso, como Sastré (Sartre), La suerte está echada, o Milan Condura (Kundera), La inoper… La insoportable levedad del ser. Digo Savater en su obra Ética para Amar… para Amador, se avergonzaría del ultraje del que soy víctima. Así como el escritor laureado colombiano García Márquez de escribir esta infamia de la que soy objeto: el décimo tercer cuento peregrino, recuerden, señores asambleístas y grandes lectores, que son únicamente doce. 

Chalá continuó diciendo que se estaba “cometiendo una injuria”. Pidió que no se discrimine su etnia ni a los pueblos que la eligieron. Que no es advertencia, dijo, pero que se guardaba la potestad de reclamar lo que consideraba un “derecho violado” ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y los daños y perjuicios de los que, asegura, es víctima.

Esa amenaza —de forma velada o frontal— la hicieron, también, Tuárez, Gómez y Desintonio.

§

Antes, mientras los consejeros entraban al pleno de Asamblea, Mae Montaño, asambleísta independiente, se ponía de pie, exigiendo que se le dé la palabra.

—Estamos en medio de un juicio político, asambleísta Montaño, le vamos a dar la palabra cuando estemos en el debate. No mezclemos los temas.

Dijo César Litardo, presidente de la Asamblea. Montaño insistía, alzando tanto la voz que se la escuchaba con el micrófono apagado. Quería pedir una reconsideración de la votación de la tarde anterior, martes 13 de agosto de 2019, en la que se había decidido el juicio político contra de la exministra de Salud, Verónica Espinosa. Montaño lo había propuesto y le habían faltado dos votos para censurar a Espinosa. Tuvo 89 a favor, 27 abstenciones y 21 ausencias. 

Mientras el presidente Litardo ignoraba a Montaño, un rumor crecía en los curules de la oposición. Frente a ellos pasaba el polémico sacerdote José Tuárez, presidente del CPCCS. Tuárez, que hace unas semanas ha renunciado al clériman característico de los curas, caminaba hacia el podio del pleno de traje oscuro, camisa blanca y corbata roja. Al saludar, recalcó que se trataba de un “infundado, ilegal e inconstitucional juicio político.”

— No permitamos que se desobedezca la voluntad popular, atacando una función del Estado que surge de las urnas.

Dijo que, como los asambleístas, los consejeros también son representantes del pueblo ecuatoriano. Que ha sido víctima de un linchamiento mediático. 

 — Incluso se metieron con mis perros. Un canal de televisión dijo que a mis pobres animales no les daba de comer cuando cada uno pesa 37 kilos.

Después de hablar de sus mascotas, y la atención mediática que tuvieron, Tuárez habló de un bloqueo económico al presupuesto del CPCCS. Según él, eso implicó el despido de cien trabajadores, que les ocultaron los archivos del Consejo de transición, que su candidatura fue objeto de análisis minucioso, y que a pesar del “acoso y la persecución”, durante el mes y medio que llevan en sus funciones, han trabajado. Que antes de ser fraile fue ciudadano, inscrito en el “Registro Oficial”, dijo en un lapsus, que intentó corregir de inmediato. Que siempre se mostró como sacerdote y que eso no implica ser representante de una organización religiosa. 

— Ahora estoy con corbata para que no insulten a los pobres curas. Nunca usé sotana. Hay que diferenciar entre la camisa con cuello que la puede usar cualquier humano. De hecho, en varias películas o series lo utilizan. 

Luego, por esta explicación, el asambleísta socialcristiano, Henry Cucalón le diría:

— El que viene acá a darnos clase de ecomoda, de cómo se tiene que vestir, el señor con sotana o sin sotana es un farsante completo.

Algunos asambleístas aplaudirían la estridencia de su discurso que empezó con cuestionamientos al CPCCS como organismo y continuó personalizando la crítica:

— Estos funcionarios representan la peor forma de demagogia y de populismos. Los mismos, que encabezados por su Presidente, un claro y manifiesto desequilibrado a tiempo completo, caricatura de la caricatura que es el Consejo de Participación Ciudadana, el mismo que tuvo la desfachatez de venir a repartir bendiciones en vez de venir a rendir cuentas. 

Raúl Tello, asambleísta del BADI, intervendría en el pleno, con cuestionamientos similares hacia el CPCCS y a los consejeros enjuiciados políticamente. Su intervención llevaba apenas dos minutos y medio cuando varios legisladores del bloque correísta, autodenominado de la Revolución Ciudadana, se levantaron a su costado izquierdo, con una larga pancarta —sostenida por tres legisladores, en la que se podía leer, escrito en letras negras: 

“Sepultureros de la democracia y de la voluntad popular”. 

Llevaban además un ataúd en negro, con una cruz blanca pintada en el centro de la tapa y la palabra Constitución, escrita en rojo, a los costados.

Ante la interrupción, Tello cruzó los brazos, fijó la mirada en el centro de las protestas y juntando los labios, sacó la lengua, la metió, la volvió a sacar, bajó la mirada, bajó los labios, e intentó continuar increpando a los consejeros. No pudo seguir. César Solórzano, quien para esa hora presidía la sesión, llamó la atención a los legisladores, exigiendo que dejen hablar a su colega. Tello, moviendo el índice acusador y dirigiéndose a los legisladores correístas, les gritó.

— ¡Así como yo los respeto a ustedes cuando intervienen, les ruego que no me interrumpan!

Más que un ruego, parecía una orden. Una orden ignorada porque los asambleístas correístas gritaban también sus consignas. 

— ¡Aprendan a respetar!

Gritó Tello, y volvió a cruzar los brazos sobre su pecho, mientras algunos asambleístas lo aplaudían. 

— ¡Quienes sepultaron la Constitución, quienes trapearon el piso la Constitución que ellos mismos aprobaron, quienes trapearon con las leyes de este país, son los que ahora claman por la vigencia de la Constitución cuando nadie está violentando la misma!

Tello recordó los enlaces sabatinos del presidente Correa. Dijo que quienes allí se atrevían a poner un cártel, eran sacados con la fuerza pública. Que se creó un ambiente de impunidad. Que se persiguió a tantos ecuatorianos por pensar diferente, continuaba con unos pocos aplausos de fondo. 

El ataúd, la pancarta y las consignas seguían a un lado del pleno. 

— Miro por aquí que circula un ataúd. Bien traído ese ataúd que seguramente representa a los asesinados durante el gobierno anterior.

Tello continuó hablando pero su intervención se había alejado del juicio político. Dijo que el intento del CPCCS fue crear violencia y anarquía para pescar a río revuelto. Dijo que el organismo era “la última opción para quien está siendo procesado por haber sido jefe de la banda de delincuentes que asaltaron este país y que se llevaron la plata que hoy necesita nuestro pueblo”. Litardo, que había retomado la conducción de la sesión le interrumpió y le pidió limitarse al tema que se estaba tratando.

Más aplausos por un lado. Más gritos por el otro. Tello, sin inmutarse, siguió. 

— ¡Cínico! 

Le gritaban desde el lado correísta.

— ¡Los cínicos son otros!

Respondía él. 

— Señor asambleísta, referirse al tema que estamos tratando y dirigirse a esta presidencia cuando haga su intervención.

Litardo intentaba mediar en medio de los gritos.

— ¡Le ruego me respeten!

Insitía Tello, desbordado.

— ¡Ahí están los compinches! 

Gritó una asambleísta en el fondo. 

— Les ruego, señores asambleístas. Tratemos de seguir con el respeto que se merecen todos, por favor.

Insistía Litardo.

Los cuatro consejeros, en el fondo de la sala, de frente a los legisladores, detrás de Litardo, parecían elementos decorativos. Silenciosos, sin gestos, casi sin movimientos. 

— Señor Presidente, les ruego que respeten mi intervención.

Insistía Tello, intentando moderar el tono de su voz, pero conservando un tono desafiante. 

—Y si alguien tiene algo que decirme que lo diga de frente, no hay problema, luego de esta sesión.

Casi media hora más duraría la intervención de Tello. Le seguiría Fabricio Villamar, quien fue el primero en plantear el juicio político —específicamente en contra de José Tuárez— y quien cuestionó que se pretenda cambiar la mayoría supuestamente afín al correísmo en el CPCCS por una eventual mayoría favorable al gobierno. 

— Creo que es necesario recordarle al pleno que hace poco más de un año, cuando mi colega Mae Montaño levantó un cartel, el Presidente de la Asamblea ordenó a la fuerza pública que se lo arranche.

Dijo al iniciar su intervención. Se refería a la sesión del 25 de agosto de 2017, en la que se autorizó el enjuiciamiento al entonces vicepresidente de la República, Jorge Glas, que terminaría con su condena por asociación ilícita dentro de la trama Odebrecht. 

En esa ocasión, Mae Montaño entró a la sesión con un cartel en el que se veía una caricatura de Bonil que representaba a Jorge Glas y otros implicados en el caso Odebrecht. José Serrano, entonces Presidente de la Asamblea, le ordenó a la escolta legislativa que se lo quite pero ella no lo permitió. 

— El día de hoy yo no quiero convertirme en esa gente que provocó esos desatinos. Creo que es necesario garantizarles su libertad de expresión. Creo que, además, es necesario garantizarles su inmensa tendencia al ridículo.

Dijo Villamar apoyado por unos pocos aplausos.

— Al mismo tiempo, creo que es necesario garantizarles su sentido de premonición. Les ruego, guarden el ataúd, porque el que lo usará solo volverá con los pies por delante o con una bala metida, si es que cumple con su palabra porque en los juicios por peculado, concusión y cohecho lo están esperando. Al menos Alan García tenía palabra. 

De un lado del pleno, salieron más aplausos. 

Continuó Villamar. Dijo que el CPCCS era una “institución perversa”.

— Es necesario decirle al interpelado, para que nos entendamos en los términos que, supongo, él comprende, que este es su juicio final. Que ha hecho del “no mentirás” una burla. Quiero recordarle que antes, en esta Asamblea, nosotros ya destituimos a alguien que nos encontraba en los corredores y solía decir: dios le bendiga. Y vean colegas, si esto fuera una película de terror, debería llamarse El cura sin cabeza

Otros asambleístas también hablarían en algo que, más que un juicio, parece otro acto de la tragicomedia legislativa del Ecuador. La correísta Gabriela Rivadeneira recordaría la cantidad de votos que obtuvieron los conejeros enjuiciados políticamente, recalcando que son números superiores a los de muchos asambleístas que están planteando el juicio —olvidando o queriendo olvidar que el método de asignación de escaños para los candidatos a la Asamblea es distinto que aquel que se usa para los candidatos al CPCCS.

— ¿Es en serio que venimos a hablar de democracia? Pues bueno, les contaré a los fósiles de la política que les apesta la democracia que viene del pueblo, a los fósiles políticos que en vez de argumentos utilizan insultos, violencia y demagogia.

Moviendo los brazos, modulando su voz para mostrarse sarcástica, mientras juntaba sus manos sobre el pecho, una sobre la otra, continuó:

— Quiero agradecer a los interpelantes porque han desnudado por completo las verdaderas intenciones de este show político traído a la Asamblea Nacional. 

Se quejó del show quien es parte de la bancada que llevó un ataúd a la Asamblea. La música de fanfarria podría salir en ese exacto momento y mostrar los créditos de la comedia.

Pero aún faltaba. La exministra de Salud, Verónica Espinosa, que se libró, por dos votos la tarde anterior, fue censurada en un pedido de reconsideración de la votación hecho por Mae Montaño. Este es un procedimiento usual en la Asamblea Nacional, que suele darse inmediatamente después de una votación. En el caso de Espinosa tuvieron que pasar 24 horas para que haya los votos necesarios para censurarla. El Presidente César Litardo, por ejemplo, que votó en favor de la censura en la primera votación, se arrepintió en la segunda, en la que votó en contra. El alivio, a Espinosa, le duró un día. 

Los resultados de la jornada son largo conocidos, y eran los esperados. Es irrelevante que la sesión haya durado nueve horas —lo que la mayoría de los ecuatorianos trabajan en una jornada normal, de lunes a viernes— y que los cuatro consejeros (y de yapa, la exministra de Salud) terminaran censurados, lo verdaderamente importante, lo que queda, es la reiterativa voluntad de la Asamblea del Ecuador, sin importar bando o afinidad, de hacer de todo un show, una morisqueta democrática que se ha vuelto normal en una sociedad que parece carcomida por una irrefrenable vocación por el espectáculo.