Un manuscrito es una radiografía no solo de la historia que una obra cuenta, sino de lo que llevó al autor a contarla. Mientras más pulso emocional perdura en el texto una vez que sale de la imprenta —después de la edición y un sinnúmero de revisiones del propio autor— la conexión con el lector puede ser eléctrica. Por ejemplo, es difícil leer a Philip Roth sin evocar una imagen similar a la real: escribe de pie siempre con la ventana —y el mundo— a su espalda. Según Librópatas, da vueltas y vueltas y no detiene su marcha hasta que la supernova creativa llega. De hecho, Roth asegura que camina medio kilómetro por cada página que escupe su máquina colocada sobre un pupitre elevado. Lo más parecido a presenciar ese proceso personal, y las neurosis que lo acompañan, es el estudio forense de la escritura: la grafología. Gracias a ella se puede ser voyeur. Se puede posar el teleobjetivo —mediante lecturas de manuscritos originales, hechas por especialistas y difundidas en Internet— sobre monstruos de la literatura como estos tres: Ernest Hemingway, Jorge Luis Borges y Emily Dickinson.

Corrección política epistolar versus combustible literario

La librería John F. Kennedy difundió una serie de cartas entre Hemingway y su amigo Gianfranco Ivancich, veinte años más joven que él. En esos intercambios, las letras son moldeadas como señoras gordas y bajitas. Nunca se sueltan  las manos. O más bien, casi nunca. Hemingway deja huérfanas las letras mayúsculas, especialmente las que abren oraciones. Mr. Holznagel, colaborador de Who2, recoge análisis que describen su letra como fuerte y, sin embargo, con bucles que hacen cuestionar la existencia de algún rasgo femenino. Por otro lado, Hemingway prefería escribir ebrio y quizás los bucles son producto del alcohol. Después de todo, él mismo dijo “un hombre no existe hasta que está borracho”.  Mientras más influencia etílica, los bucles y las señoras gordas son más erráticos, como en el manuscrito del cuento The Battler.

¿Cyborg o humano?

La mano de Borges era, en cambio, un condensador de palabras. Cada oración parece haber sido tomada por Bender, el robot doblador de Futurama, y comprimida hasta darle la apariencia de código binario.  “La proyección ascendente de la escritura sugiere que se trata de un individuo independiente —interpreta Emily Temple en FlavorWire—.  La escritura pequeña indica alguien inteligente, modesto (…) y con una gran habilidad para concentrarse”. Bueno, aún sin el análisis grafológico, ¿quién podría dudar de la concentración cromada del tipo que escribió Ficciones? La lectura de Temple también dibuja a un Borges, introvertido (eso revelarían los caracteres condensados), de gustos simples, que solo quiere cumplir con su trabajo y que podría ser “el tacaño de la oficina”. Si eso es cierto, María Kodama sí fue su true match.

La premeditación de la anarquía

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Los manuscritos de Emily Dickinson parecen recetas médicas. Son ilegibles, con subrayados recurrentes. Las letras, que son enormes y lucen como algún alfabeto oscuro. En conjunto, sus oraciones se ven como si hubiesen sido disparadas por un arma del Asgard de Thor que respeta solo sus propias reglas —y renglones—. Estos rasgos muestran, dice Temple al analizar el manuscrito de Wild Nights, una personalidad  “emocional y charlatana”, pero también controlada, orientada a cumplir metas y —paradójicamente, por el tamaño del molde— que busca atención. Dickinson también usa muchos bucles, que según Temple, indicarían sensualidad y hambre, algo muy congruente con el cóctel erótico que suele ser leer sus textos.

La idea de masturbar manuscritos para que eyaculen los secretos de sus autores tiene un fuerte appeal. Pero el valor del ejercicio es más lúdico que científico. La grafología es una pseudociencia por definición, una oportunidad que es como abrir el cajón de  ropa interior de un autor para tener una idea de su personalidad. De cómo se eregían sus ideas y, con ellas, las obras que, a diferencia del trazo de la tinta sobre el papel, perdurarán en el tiempo.