Guayaquil es un evento urbano conflictivo, fascinante e incomprendido; caracterizado por los grandes contrastes que lo componen.

Hablar de Guayaquil es hablar de una ciudad territorialmente más grande que Bogotá, pero con apenas 2’278.000 habitantes; es decir, la tercera parte de quienes habitan en la capital colombiana.  El 75% de su actual extensión es o se originó inicialmente como invasiones o arrabales. Actualmente, los barrios informales componen más de la mitad de su territorio.  Los dos focos principales de desarrollo informal  tienen  -cada uno- un tamaño mayor al de la ciudad de Cuenca.  Eso nos pone en porcentajes semejantes a ciudades ubicadas en India, Brasil o Pakistán. Paralelamente,  mientras aún existen sectores en críticas condiciones de insalubridad, con insuficiencias en servicios públicos, e indicadores bajos de calidad de vida, hay zonas donde no se deja pasar más de un día sin reparar un bache o un poste de luz.

Vivimos entonces en una ciudad dual, donde se atienden unos barrios, acorde con las exigencias de sus pobladores, y a otros se los ignora durante décadas.  Estos contrastes ocurren actualmente,  en un gobierno municipal que lleva ya doce años administrando la ciudad; y que fue antecedido por ocho años de gestión municipal afín a la presente. Resulta entonces inevitable, que nos preguntemos el porqué de dichos extremismos en la obra municipal, luego de 20 años bajo la administración de la misma ala política.

Dicha respuesta se compone de varios factores,  los cuales trataremos de analizar a continuación.

La primera causa para tal comportamiento municipal se explica en la equivocada valoración moral que se le da al fenómeno de la migración interna;  es decir,  durante las últimas décadas, se ha visto como una carga pesada a quienes llegan desde el interior del país a Guayaquil, en busca de mejores oportunidades laborales.  Tal actitud resulta irónica, si revisamos que el papel que ha jugado Guayaquil, como foco emergente de la economía nacional. La prosperidad guayaquileña se ha sostenido durante siglos  -precisamente- por la mano de obra proveniente del campo y de otras ciudades.

Tal visión conlleva al segundo factor, que es una planificación urbana deficiente, que no se interesa en anticiparse al crecimiento poblacional, producido por la migración.  En lugar de preparar una ciudad para recibir a los migrantes internos, se dificulta su asentamiento dentro de la misma. Los servicios básicos se conceden a cuenta gotas,  a quienes perseveran en hacer su vida en Guayaquil, a pesar de las condiciones adversas.

La ampliación de la infraestructura de servicios básicos está condicionada además por el cálculo político.  El sentido común de todo planificador urbano apelaría a una serie gradual de intervenciones focales, que abastezcan de una vez a determinados sectores,  con todos los servicios básicos. Sin embargo, resulta políticamente más conveniente el intervenir de manera parcial en los sectores más necesitados. La estrategia de proveer a un barrio sólo de agua potable, y reintervenir el mismo sector, luego de varios años,  con la implementación de aguas servidas,  es un mecanismo eficaz para la obtención de votos.  Así se da la impresión de una operatividad constante, a pesar de que esto pueda significar un derroche de recursos operativos. No hay que ser un erudito para entender que abrir una calle tres veces es menos conveniente que abrirla una sola vez.

Por su parte,  las autoridades locales sienten que sí están cumpliendo con la labor de atender a todos los ciudadanos, al generar y mantener determinados espacios públicos.  En su visión urbana, entienden como espacio público a los hitos y nodos establecidos en la ciudad ya formalizada.  Ello explica que la regeneración urbana   -que no es otra cosa que la adecuación de instalaciones públicas- se focalice en zonas  como el centro de la ciudad, el barrio del Centenario y Urdesa;  mientras que áreas como Monte Sinaí y Balerio Estacio no son atendidas, y los Guasmos o el suburbio suroeste son atendidos en una intensidad  menor a la requerida.

Es así como se logra un aire de gestión local positiva, aunque la realidad  bajo la lupa nos demuestra que se trata de una serie de obras expiatorias, mínimas y específicas,  destinadas más a ser vistas y publicitadas, que a solucionar nuestros problemas de manera definitiva.

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John Dunn
Cuestionador incorregible, cínico y dibujante. Arquitecto con licencia para ejercer la iconoclastia. Máster en Planificación Urbana por la Universidad de Auburn, Alabama.
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