La rutina del terror 2019-07-10T22:16:53+00:00

La rutina del terror

10 de julio de 2019

Después de casi dos décadas de silencio, cinco mujeres relatan cómo, cuando eran niñas de entre 8 y 13 años, su profesor de gimnasia olímpica las tocaba, contra su voluntad, durante y después de sus entrenamientos.

Un día, cuando tenía ocho años, Salomé Torres vio en televisión a las acróbatas del Cirque du Soleil dar trampolines, saltar y volar entre cuerdas. “Yo quiero hacer eso que hacen ahí en el circo. ¿Qué es lo que tengo que hacer?”, le preguntó a su padre. Su papá y su mamá buscaron un lugar para que su segunda hija pudiese practicar gimnasia olímpica. Dieron con un gimnasio al norte de Quito, dirigido por Alcides Patiño, un reconocido entrenador de la ciudad. Entre agosto de 2002 y julio de 2004, Salomé Torres y su hermana pasaron las tardes de lunes a viernes y las mañana de los sábados, entrenando ahí. Diecisiete años más tarde, Torres recuerda esos diecinueve meses como la peor etapa de su vida.

Tres meses después de haber entrado al gimnasio, Torres dice que su profesor cambió. “Comenzó a portarse muy cariñoso, y a decirme que me quedaba muy bien esa licra verde y que debería ponérmela más seguido”, dice. Durante los entrenamientos, recuerda que, con la excusa de impulsarla en algún ejercicio y cerciorándose de que no hubiese otras alumnas cerca, Patiño le tocaba el trasero o le ponía la mano en su vulva. 

Otras veces, recuerda, él le pedía que lo acompañase a su departamento, que queda en la planta baja del gimnasio, y la llevaba a su cuarto. “Al principio me tocaba el trasero, pero lo hacía por encima de la ropa” dice Salomé Torres, hoy de 25 años. “A medida que fue pasando el tiempo me tocaba el trasero y la vagina, y metía sus manos dentro de mi licra para acariciarme. A veces metía las manos porque le daba la gana pero había otras veces que me preguntaba ‘¿Puedo tocarle por dentro?’”. Cuando terminaba, recuerda, el profesor le decía “Ya, solo quería eso”. Otras veces le decía “¿Cuándo me va a dejar tocarle otra vez?”. Según el Código Penal del Ecuador, que una persona, en contra de la voluntad de otra, la obligue a hacer un acto de naturaleza sexual sin penetración, es un delito denominado abuso sexual. 

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Salomé Torres dejó de ir a la gimnasia a los diez años. Su madre, Ximena Caiza, recuerda que cuando iba a volver a inscribir a sus hijas, Salomé le dijo “es que no queremos volver, Alcides es malo”. Ximena y su esposo Rubi pensaron que quizás el profesor le había gritado. No se imaginaron lo que pasaba. Su hija se demoraría poco más de cuatro años en contárselos. 

Al igual que Salomé Torres, hay otras cuatro mujeres que dicen haber sufrido tratos similares o peores de Patiño: Stephanie Altamirano, de 29, y Karen Barbosa, de 24, Verónica, de 28, y María, de 25. Verónica y María prefirieron mantener sus nombres verdaderos en reserva. Las cinco no se conocen todas entre sí. Los tocamientos, coinciden, ocurrieron durante el entrenamiento y a solas con él, en la sala donde guardaba las zapatillas para entrenar, y en su casa. Solo terminaron cuando sus padres, por distintos motivos, las sacaron del gimnasio. Hoy, sus familias les creen. 

Padres de mujeres abusadas por profesor de gimnasia Alcídes Patiño

Óscar Altamirano y Mery Herrera, padres de Stephanie, y Ximena Caiza y Rubi Torres, padres de Salomé. Fotografía de José María León para GK.

Después de dos décadas, Patiño sigue dando clases en el mismo gimnasio privado, donde el ojo vigilante del Estado no mira.

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El último día que Salomé Torres asistió al gimnasio fue el más feliz de su vida. Pensó que todo terminaría ahí. Pero muy pronto se obsesionó con cómo llevaba el pelo —debía estar recogido, pulcro—, con bañarse tres veces al día —para no sentirse sucia, apestosa—, con que los hombres la vean en la calle —se ofendía, les mostraba el dedo medio. Se enfermó de anorexia, bulimia y la parálisis de sueño. También empezó a cortarse los brazos.

En 2008, cuando Salomé tenía 14 años, empezó a recordar, vívida y frecuentemente, lo que Patiño le hizo. Lloraba sin motivo aparente. En ese momento, cuatro años después de su último día en el gimnasio, decidió contarle a sus padres lo que había pasado.

En un papel blanco, con la letra redonda, les escribió una carta que dejó en la mesa del comedor antes de irse al colegio. La carta, de carilla y media, lleva escrita en la esquina derecha la fecha: 5 de diciembre de 2008.

“Es muy duro que les diga esto por medio de una carta pero es la única forma con la que me atrevo a hacerlo, tal vez al principio no me crean porque nunca se lo imaginaron tampoco…no sé ni siquiera por dónde empezar y la razón por la que ahora odio, detesto, repudio la gimnasia, es la razón por la que ¡ODIO! el nombre Alcides, es asqueroso…este señor es un maldito pedófilo…odiaba ir al gimnasio todos los días, era una tortura”.

Ximena Caiza, mamá de Salomé Torres

Ximena Caiza, mamá de Salomé Torres. Fotografía de José María León para GK.

“Me quedé frío”, dice su padre, Rubi Torres, y se queda en silencio. Esa misma semana buscó ayuda. En su grupo de amigos con los que trotaba, había un abogado, Andrés Romero. Desesperado, le pidió su consejo. Rubi Torres —el pelo con canas, la voz firme y los ojos tristes— dice con un poco de vergüenza que no tenía idea dónde ir, ni qué hacer.

Romero, que se especializa en temas civiles y no penales, le sugirió presentar una denuncia ante la Junta Metropolitana de Protección de Derechos de Niñez y Adolescencia, un órgano administrativo que, en teoría, vela por los derechos de los menores de edad en Quito. Trece días después de que su hija le entregara la carta, Torres presentó un escrito denunciando lo que había pasado. Mencionó el nombre del entrenador y su número de teléfono, adjuntó copias de su cédula y la de su esposa Ximena, una copia de la carta que les entregó su hija, y un mapa y croquis de la ubicación del gimnasio.

El 22 de enero de 2009, la Junta dispuso que Patiño no podía acercarse ni mantener algún tipo de contacto con Salomé Torres, y que la adolescente reciba ayuda psicológica. Una semana después, el 2 de febrero, la Fiscalía, acusaría recibido de un oficio de la Junta que decía

“Remítase copias debidamente certificadas al Ministerio Fiscal por presunto abuso sexual irrogado a la adolescente Salomé Torres Caiza, por el señor ALCIDES PATIÑO, Instructor de Gimnasia Olímpica de conformidad con el art. 68 inciso segundo del Código de la Niñez y Adolescencia”.

Qué pasó después de que un funcionario de la Fiscalía marcara el oficio con un sello que decía “fe de presentación” es difícil de reconstruir.

Rubi Torres recuerda que el abogado Romero lo citó para ir a la Dirección Nacional de Policía Especializada para Niños, Niñas y Adolescentes (Dinapen). Romero dice que allí le hicieron una evaluación psicológica y médica a Salomé Torres. Rubi Torres no lo recuerda. Lo que recuerda es que su abogado le dijo que habría una audiencia, y le preguntó si quería ir, pero Torres se negó. “Luego me llamó por teléfono y dijo ‘sabes que él (Patiño) dice que por su naturaleza de entrenador tiene que tocar a las niñas, por seguridad’”, dice Torres. Romero dice que nunca hubo audiencia. Sostiene que le aconsejó a Torres contratar un abogado penalista. Rubi no recuerda esa sugerencia.

En junio de 2019, la Fiscalía, después de cinco meses de insistencia, respondió que el caso por presunto abuso sexual en contra de Alcides Patiño se había archivado.

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Los gimnasios privados, como el que habrían sido agredidas las niñas, están en un limbo regulatorio. Junto a los talleres de acuarela, los conservatorios de música, las clases de baile, las lecciones de natación y tantas otras actividades privadas a las que asisten los niños, escapa de cualquier regulación o control por parte del Estado. “La supervisión que hacemos en el Ministerio de Educación es a todos los espacios que están asociados a nosotros”, dice el subsecretario de Innovación y Buen Vivir, Diego Paz. Pone como ejemplos los bachilleratos complementarios de colegios públicos, como para formarse como técnico agropecuario, técnico industrial o técnico deportivo. “Pero los cursos privados [fuera del sistema público] no necesariamente cuentan con el aval del Ministerio”.

El Ministerio, dice Paz, regula actividades extracurriculares dentro de las escuelas y colegios —por ejemplo entrenamiento de fútbol o sesiones de flauta, después del horario regular. Las que son fuera de las instituciones educativas públicas no tienen vigilancia ministerial.

El gimnasio donde las cinco mujeres dicen que ocurrieron las agresiones no solo es un espacio educativo, sino también deportivo. “Si son privados [y no están registrados formalmente], la Ley del Deporte no nos ayuda a poder hacer un seguimiento a estos establecimientos”, dice el subsecretario de Asuntos Deportivos, Eduardo Monge. Con la ley, dice, se reconoce la autonomía de estos lugares. La Secretaría del Deporte (que hasta junio de 2018 era un Ministerio) solo regula los establecimientos que tienen personería jurídica. Si no la tienen, están fuera de su radar.

Según información enviada por la Secretaría del Deporte, “luego de una búsqueda exhaustiva en el Archivo Central” no se encontró documentación del gimnasio de Patiño. Esto lo dejaría libre, también, de cualquier vigilancia de la Secretaría del Deporte.  El subsecretario Monge explica que cuando un club tramita su personería jurídica, se realiza una visita en la que se verifica las condiciones físicas del lugar, pero después no se hacen visitas periódicas. Dentro de los requisitos, tampoco está verificar el perfil psicológico de los profesores que trabajan en esos sitios privados. “Hay un sinnúmero de organismos en el país y la capacidad operativa no nos alcanzaría para estar en todo el espectro nacional”, dice Monge, “por eso trabajamos con federaciones ecuatorianas. Nos apalancamos en ellos para poder hacer inspección”.

Una de las federaciones en las que según Monge se apalancan es la Concentración Deportiva de Pichincha. Según su presidente, Aníbal Fuentes, ellos no hacen inspecciones de espacios deportivos aunque tengan personería jurídica en la Secretaría del Deporte.

La Concentración es como una matrioska de la organización deportiva: encapsula a la asociaciones que, a su vez, están hechas de clubes. Pero lo que sucede en los clubes no está bajo el paraguas supervisor de la Concentración —ni del Ministerio. Por la respuestas de Paz, Monge y Fuentes parecería que ninguna institución hace un control efectivo de que los niños, niñas y adolescentes estén seguros en estos espacios privados.

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Después de la denuncia fallida en la Fiscalía, Salomé Torres intentó, por su propia cuenta, llamar la atención sobre lo que le había pasado. Cuando tenía 18 años, fue al gimnasio con una amiga y en la pared de enfrente, escribió un grafitti negro Alcides Patiño es un pedófilo, tengan cuidado. El profesor no vio a Salomé escribiéndolo. El graffiti fue borrado dos días después. Los siguientes cinco años fueron de recaídas. Anorexia. Bulimia. Depresión.

En julio de 2017 vio en Internet que Patiño seguía promocionando sus clases para niñas de entre 8 y 16 años. Escribió una carta —donde contaba lo que le había ocurrido—, la fotocopió, y fue dos días seguidos al gimnasio, a la hora de salida, a entregarles la carta a los padres y madres de las alumnas. La puso en los parabrisas de los padres de familia; otras, las entregó en sus manos. Ellos, recuerda Salomé Torres, no querían recibir la carta. Mientras un padre de familia le preguntaba “¿por qué no hablaste en ese entonces?”, Patiño se le acercó y le gritó.

— ¿Qué es esto? ¿Qué está diciendo de mí? Me está calumniando, le voy a poner una denuncia.

—¿No se acuerda de mí?

Según Salomé Torres, Patiño, temblando —quizás de rabia, quizá de nervios— le contestó que “no tenía idea quién era ella”, y regresó al gimnasio.

Salomé Torres, en un último intento por contar lo que le había ocurrido y esperar que algo pasara, el 1 de febrero de 2018, escribió su testimonio en un grupo cerrado de Facebook llamado Mi primer acoso, no callamos más. El grupo fue creado un año antes y sirvió para que miles de mujeres ecuatorianas contaran los acosos, abusos, violaciones que habían sufrido y callado durante demasiado tiempo.

Tres días después, Stephanie Altamirano la llamó para contarle que había pasado por lo mismo.

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Stephanie Altamirano empezó a entrenar cuando tenía ocho años. Dice que no recuerda la fecha exacta cuando Patiño habría comenzado a tocarla, pero sí cómo ocurrió. Dice que estaba en un trampolín intentando hacer un flig-flag, un ejercicio donde tu cuerpo salta para atrás. “Antes de hacerlo sentí cómo la mano del entrenador pasó de mi espalda a mis glúteos”, recuerda Stephanie. Inmediatamente, dice, lo regresó a ver intentando encontrar respuestas. Él le sonrió casi esperando sellar una especie de complicidad. Aterrada, dice Stephanie Altamirano, tuvo que repetir el ejercicio durante horas. Cada vez que lo hacía, él la tocaba. Desde ese día, dice, en casi todos los entrenamientos, cuando las demás niñas estaban haciendo otros ejercicios, el entrenador lo volvía a hacer.

Un día antes de irse a casa, recuerda, Patiño le pidió que finja que se le había quedado la lonchera porque quería darle un chocolate. “Yo le tenía mucho miedo,  así que no tuve otra opción que hacer exactamente lo que me pidió”, dice Altamirano. “Cuando fui me dio un chocolate y me besó en la boca. Me quedé tiesa”.

Las agresiones, dice Stephanie Altamirano —los ojos grandes, la piel muy blanca—, se volvieron más frecuentes e invasivas. Le pedía que se separase del grupo y, lejos de todos, la tocaba. “Me pedía que baje a su oficina a probarme nuevas zapatillas porque las mías ya estaban muy viejas y allí era cuando introducía sus dedos en mi vagina y mi ano generándome un profundo dolor. Con el tiempo me penetraba con más dedos y con más fuerza. Varias veces yo lloraba del dolor. Este tipo intentaba calmarme y me decía que estaba muy bonita ese día, que no llore, que solo quería tocarme un poco. Al final me agradecía”, dice Stephanie Altamirano. Recuerda que llegaba a su casa muy adolorida, a veces no comía, no hablaba con nadie. Solo se iba a dormir. Según el Código Penal, la introducción por vía vaginal o anal de dedos, es una violación.

La prima de Stephanie, Karen Barbosa, entró a la gimnasia antes de los siete. Dice que no tiene recuerdos muy claros de sus primeros años allí, pero sí desde los diez hasta los quince, cuando finalmente dejó de ir. Karen Barbosa tiene 24 años, durante ochos años entrenó en el gimnasio de Patiño. “Primero solo me tocaba las nalgas, los senos, era intencional pero hacía que parezca que no era intencional. Era durante los ejercicios, pero no solo una empujada sino una agarrada”, dice con una voz delgada que se pierde al otro lado del teléfono.

Desde que tenía 13 años, continúa, le pedía que bajase a su casa. “Sabía intentar besarme, tocarme, pero nunca hubo penetración”. Salomé Torres recuerda que Karen no quería ir a las clases. “Solía hacer berrinches y pataleos cada vez que le recogíamos de la casa para ir al gimnasio. Solía cogerse de la puerta. Lloraba muchísimo. Algunos días llegaba al gimnasio con los ojos hinchados”, recuerda.

Verónica, una de las jóvenes que prefirió mantener su nombre en reserva, tiene 27 años y un recuerdo similar. Sentada en un centro comercial de Quito, junto a su madre, habla de lo que le pasó.

Un día, dice, Patiño le pidió que bajase al cuarto de las zapatillas para probarse unas nuevas. En el estrecho espacio, con repisas de puertas de vidrio como vitrinas y decenas de pares de zapatillas blancas, había una banca. “Mientras yo me probaba las zapatillas, él cerró la puerta y se sentó. Me hizo darme la vuelta, yo me quedé de espaldas a él, me bajó la licra y, por atrás, me metió la mano debajo del calzón, y me sobó”, recuerda Verónica.

Cuando terminó, dice, Patiño le habría dicho que era “un cariñito”. Al siguiente día, cuando su mamá la fue a dejar al gimnasio, ella no se quiso bajar del auto, empezó a llorar y le dijo que no quería volver. Según Verónica, le contó a su madre lo que había pasado. Los padres de Verónica y una tía que es psicóloga fueron al gimnasio a increpar a Patiño. “Él nos dijo que solo había sido una palmadita”, dice la madre de Verónica, y le dice a su hija que ella nunca supo que la había tocado como hoy lo describe.

María, de 25 años, tampoco quiso dar su nombre real. Por llamadas telefónicas y mensajes de WhatsApp dijo “yo sufrí abuso sexual de ese profesor, pensaba que era la única que había sufrido, me hacía muchas cosas feas”. Dice que le contó a su mamá lo que sucedía, pero ella no le creyó.

Después de algunas conversaciones, María dejó de contestar, pero su nombre es mencionado por todas las jóvenes entrevistadas. Salomé Torres recuerda que María, de nueve años, siempre abrazaba al entrenador y que él la humillaba en los entrenamientos. Verónica dice que le daba coscachos, le gritaba y María lloraba. “Ella siempre hablaba de sexo y algunas veces la encontramos masturbándose en los equipos de gimnasia”, recuerda Torres. Sofía Torres dice que María se iba a estirar más lejos de las otras chicas, y ahí se tocaba los genitales. Si un niño o niña se masturba varias veces al día —dice el libro De la oscuridad hacia la luz, de la psicóloga Mónica Jurado— es un síntoma de un posible abuso sexual.

Durante décadas, cada una de ellas pensó que había sido la única. Hoy, cada una de ellas piensa que son muchas más.

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Cuando las hijas de Carla Ayala tenían 11 y 10 años, las inscribió en el gimnasio de Patiño. Y cada vez que podía, las acompañaba a los entrenamientos. “A todas las niñas las ponía en fila para darles los giros en las colchonetas o camas elásticas. En el momento que daban el giro, Alcides les cogía la colita para facilitarlo. No me agradaba el tema”, dice. “Un día mi hija Nicole me dijo ‘Ma, el Alcides nos está tocando’ y yo ya no las volví a enviar nunca más”.

Mery Herrera, madre de una de las víctimas de abuso sexual de Alcídes Patiño

Mery Herrera, mamá de Stephanie Altamirano. Fotografía de José María León para GK.

A diferencia de Nicole, que le contó a su mamá lo que le había pasado, Stephanie Altamirano nunca se lo dijo a nadie. Mery Herrera, su madre, se enteró hace dos años lo que su hija había sufrido hace diecinueve.  Lo hizo en el consultorio de la psicóloga de Stephanie donde ella citó a sus hermanos y padres para contárselo. “Es devastador pensar que todos esos años estuvo sola”, dice Herrera, “empecé a preguntarme a qué rato se me pasó todo, por qué no nos contó, por qué le pasó”.

Los días y semanas siguientes a esa tarde en la consulta con la psicóloga, Herrera empezó a recordar actitudes de su segunda hija que le llamaban la atención. “No controlaba esfínteres y llegaba de la escuela mojada, empezó a ser agresiva, no quería que nadie la toque, si alguien le decía algo reaccionaba con golpes. No quería abrazos ni caricias. Solo se dejaba abrazar de mí”, recuerda Herrera. Ella pensaba que eran celos de su hermano, que había nacido dos años antes.

Desde la escuela, continúa Mery Herrera, le llegaban quejas de que Stephanie era muy agresiva y grosera con sus compañeros hombres. Su madre pensaba que se defendía bien. Eso, pensaba, era algo bueno.  Daniela Alvarado, una psicóloga clínica que ha trabajado con adolescentes y mujeres víctimas de violencia sexual, dice que estas agresiones se muestran en el cuerpo —en enfermedades y síntomas—, en emociones y formas de relacionarse con los otros, y en comportamientos y conductas. Según Alvarado,  la incontinencia, anorexia, bulimia, trastornos obsesivos compulsivos, y la depresión son alertas que no se pueden obviar porque podrían tener causas graves —incluido el abuso sexual.

Rubi Torres, padre de Salomé, una de las mujeres que denunciaron abuso seuxal de Alcídes Patiño

Rubi Torres, papá de Salomé. Fotografía de José María León Cabrera para GK.

Rubi Torres recuerda a su hija de ocho años como un niña feliz. Alegre. Juguetona. Despreocupada. A los diez, dice, empezó a ser una niña triste. A los catorce dejó de comer. Rubi Torres y su esposa pensaban que era rebeldía adolescente y la llevaron a tres psicólogos. No sabían que la anorexia podía ser un indicador de violencia sexual.

Otra madre que se enteró tarde de lo que su hija sufrió es Lilian Andino. Recién a inicios de 2019 conversó con su hija Karen. Enterarse de hechos como estos, obligan a los familiares a rebuscar en su memoria. Lilian Andino dice que en varias ocasiones su hija le pidió no ir al gimnasio. “Mi hija lloraba y me decía ‘mami no me quiero ir’, y yo soy una madre de temperamento muy fuerte, tenía que trabajar y no quería que se quede viendo televisión, y decía ‘muchacha malcriada que quiere vagar, que vaya a la gimnasia’”, dice Andino. “No le permití en su llanto expresarse y preguntarle qué pasó. Tampoco puedo culparme porque no sabía”.

Sofía Torres y su hermana Salomé tienen tres años de diferencia. Cuando Salomé le contó lo que Patiño le hacía, pocas semanas antes de escribirle la carta a sus padres, Sofía empezó a cuestionarse cómo, si es que iban a entrenar juntas, no se dio cuenta de lo que le pasaba a su hermana.

En ese ejercicio de memoria, hay un evento que ella juzgó como berrinche y hoy lo entiende como desesperación. Sofía Torres cuenta que tuvieron una presentación en una escuela y se habían mandado a hacer unas mallas de gimnasia. Cuando la costurera que les había tomado las medidas llegó con las mallas enteras, les dijo que se las prueben pero sin la ropa interior, porque se marcaba. “Salomé no quería probarse el body, no quería que nadie se le acerque. Ella estaba en el baño del cuarto de Alcides, y Alcides en su cuarto. Dijo que se probaría si su entrenador salía y se quedaba sola con la costurera. Así lo hizo”. Cuando las madres, padres, hermanas de las mujeres que dicen haber sido víctimas de Patiño buscan entre sus recuerdos, encuentran respuestas a preguntas que se hicieron hace décadas.

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Alcides Patiño iba a recoger a algunas niñas que no podían ir al gimnasio porque sus padres trabajaban. Interrumpía los entrenamientos para llevarlas a su departamento, en el piso de abajo, para ver películas, series, documentales. A veces, las mismas niñas le pedían que les cuente algún acontecimiento histórico. “Él fue como un segundo papá para mí”, dice Nury Barbosa, la hermana mayor de Karen que estuvo seis años en el gimnasio.

Un año, Patiño compró una alcancía donde las niñas debían poner monedas cada vez que llegaban tarde o cometían una falta. En diciembre, rompieron la alcancía, se repartieron entre todos el dinero, él incluido, y jugaron al amigo secreto. A Patiño le tocó Salomé Torres. “Me dio un espejo con una cajita para guardar cosas como maquillaje y me dijo ‘para que usted pueda verse en el espejo y se vea tan bonita como yo la veo a usted’”, dice. Salomé Torres pensaba que tenía algo escondido,que a través de él, Alcides podía observarla. 

Unas niñas lo admiraban. Otras lo respetaban. Todas le tenían miedo. “Nosotros nos dejamos llevar por una mente mucho más despierta, con experiencia. Él no solo nos daba clase de gimnasia sino que nos enseñaba de cultura general”, dice Nury Barbosa. A diferencia de su hermana Karen, ella no recuerda que Patiño la haya tocado. Y al igual que Sofía Torres no entiende cómo descuidó a su hermana menor. A Nury Barbosa le cuesta aceptar que, casi frente a ella, su hermana seis años menor fue tocada así.

Nury Barbosa dice que Patiño tenía una personalidad explosiva. Que les gritaba mucho. Les exigía demasiado. Verónica dice que Patiño les decía que no vayan a la playa, que el descanso era malo. “Era muy muy exigente, yo después competí a nivel panamericano y me di cuenta que el de él era un régimen demasiado exagerado”, recuerda Nury Barbosa. Dice que si hacía un ejercicio mal o sin ganas, la obligaba a subir y bajar 150 gradas corriendo.  Julia, una mujer que entrenó en la misma época que Karen, Salomé y María, no fue agredida pero prefiere no decir su nombre, recuerda que los castigos eran excesivos: “Te mandaba a hacer cien cabos y cuando decías ‘terminé’ te decía cien más. Había niñas que lloraban del cansancio”.

Lilian Andino, la madre de Karen y Nury Barbosa, dice que al menos una vez al año, los padres de familia se reunían con sus hijas y Patiño. “Los hombres tomaban whisky, las mujeres algo más suave como vino”, dice. El padre de Salomé, Rubi Torres, nunca fue a esas reuniones que menciona Andino. La relación con Patiño, dice, era cordial. Recuerda que al mes que sus hijas Salomé y Sofía salieron del gimnasio, Patiño lo llamó. “Hola Rubi, cómo está, cómo así ya no vienen las niñas’, me dijo, y le respondí porque ya no quieren ir, y me preguntó ‘pero qué le han dicho’ y yo le dije que nada, que simplemente no querían ir. Me dijo ‘bueno’ y colgó”, dice, y se lamenta no haber sospechado algo en ese momento.

En enero de 2018, una mujer llamada Belén Sánchez acompañó a una niña a sus clases de gimnasia con Patiño. Recuerda que la niña se quejó de  la forma en que trataba a las alumnas. La niña le dijo “mi profesor es súper exigente y súper bravo, es un energúmeno’”. Además, Sánchez dice que le molestó “la falta de espacio para los padres de familia, que deben quedarse en las gradas, que es súper incómodo”. Patiño es un hombre que da clases de lunes a sábado, vive abajo del gimnasio. Tiene, además, un negocio de venta de implementos deportivos. Según Verónica, a veces veían juntos la serie de televisión Los Simpsons y él, decía, se identificaba con el señor Burns, el malvado dueño de la planta nuclear del pueblo ficticio de Springfield.

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En la página web del gimnasio, junto a la descripción de los servicios que ofrece —gimnasia olímpica y trampolinismo, cursos vacacionales y permanentes— dice “afiliados a la Asociación de Gimnasia del Pichincha”. La Asociación de Gimnasia del Pichincha, según su propio coordinador, Juan Abad, está suspendida desde hace dos años. Para que una asociación de naturaleza deportiva esté vigente es necesario que tenga al menos tres clubes adscritos que tengan actualizados sus estatutos. Esto no se cumple desde el 2017 para la Asociación de Gimnasia de Pichincha, a la que el gimnasio de Patiño dice pertenecer.

Luego de recopilar los testimonios de las cinco mujeres —Stephanie Altamirano, Salomé Torres, Karen Barbosa, Verónica y María— sus padres —Rubi Torres, Ximena Caiza, Mery Herrera, Óscar Altamirano, Lilian Andino, la mamá de Verónica—, una madre de familia —Carla Ayala— tres jóvenes que asistieron al gimnasio de niñas no fueron abusadas pero dicen haber visto al entrenador tocar a sus compañeras en los entrenamientos, le pedí una entrevista a Patiño para tener su versión sobre los hechos. “Respecto yo nada tengo que decirle, absolutamente nada. Yo tengo esto con mis abogados, he hecho justamente una denuncia porque es una mentira, una farsa terrible. Tengo denunciado en la Fiscalía”, dijo, no respondió más preguntas, y colgó. 

La Fiscalía, vía correo electrónico, confirmó que, hasta el 8 de julio de 2019, no existe ninguna denuncia donde Patiño aparece como denunciante. Patiño tampoco respondió un correo electrónico donde se le insistía en la necesidad de que dé una versión para esta investigación. Sus antiguas alumnas, incluso las que no se conocen entre sí, creen que, como ellas, hay otros casos en el mismo gimnasio.

Investigación y redacción: Isabela Ponce Ycaza.

Edición: José María León.

Dirección de arte: Daniela Mora.

Ilustración: Paula De la Cruz.