Por un pequeño balcón, una luz amarilla se cuela en la sala de Ana Cristina Barragán. Desde un sillón morado que combina con sus medias, habla del cine que le interesa hacer: mostrar sus personajes en primeros planos, profundizar en sus relaciones que bordean lo permitido, revelar de a poco la complejidad de sus heridas. Hiedra, su tercera película, encarna esas tres ideas que, juntas, se han convertido en su impronta, que nos permite a los espectadores saber a quién pertenece un filme sin ver los créditos.
“Cuando escribo, trato de no repetirme intencionalmente porque siento que ahí se pierde la honestidad. Pero las cosas que me importan están en todo lo que hago”, dice la cineasta quiteña que, en septiembre de 2025, se convirtió en la primera ecuatoriana en ganar el premio a mejor guión en la categoría Horizontes del Festival de Venecia, uno de los tres más prestigiosos del mundo.
Esta tarde de octubre, con el Pichincha y el cielo azul de fondo, Ana Cristina Barragán, también directora de Alba (2016) y La piel pulpo (2022), repite lo que ha dicho en decenas de entrevistas desde que volvió de Venecia, pero que es necesario recordar: el premio es un paso importante para seguir haciendo cine.

Ana Cristina Barragán dice que cuando está a punto de quedarse dormida, surgen ideas que luego escribe al levantarse. Fotografía de Diego Lucero para GK.
Hiedra, que se estrenará en Ecuador en marzo de 2026, no es el tipo de película con la que crecimos la mayoría de ecuatorianos o la que se proyecta en las salas comerciales. Tiene encuadres íntimos, diálogos cortos, silencios cargados y momentos para contemplar. Se aleja de los superhéroes, los saltos de terror o las escenas de amor romántico.
La película se centra en dos personajes de mundos dispares: Azucena, una treintañera con actitud adolescente que se acerca, sigilosa, a Julio, un adolescente que vive en un orfanato que pronto deberá abandonar porque cumplirá 18.
Juegan, corren, ríen y sus diferencias se esfuman en cada encuentro que también comparten con la familia de Julio: los otros adolescentes que tampoco fueron adoptados.
El acercamiento de los protagonistas, lento y confuso, sus miradas y los silencios conmueven pero también incomodan. Una tensión que no angustia permanece hasta casi el final, cuando todo se suelta.
En esta conversación con Barragán, en su departamento al norte de Quito, la cineasta habla sobre su premiada película, su forma de hacer cine y sus próximos proyectos.
Cuando vi Hiedra pensé: “se nota que es una película de Ana Cristina”. ¿Cómo te hace sentir que los espectadores podamos reconocer tu cine?
En general, las películas que me gustan y me traspasan son las que siento que tienen una mirada única.
Cuando pienso en Lynne Ramsay y sus películas, digo qué bestia está ella ahí. No en el sentido de ego, sino porque muestra algo tan particular. En el cine comercial, que también me gusta, hay muchas películas que las pudo haber hecho Pepito o Juanita porque no hay algo particular.
Entonces es lindo que reconozcan mi cine porque a mí me pasa con otros directores que me gustan. Cuando veo ese cine, pienso “lo hizo esta persona porque ese es su mundo interior”.
¿Y cómo crees que es tu mundo interior, ese que muestras en el cine?
Me importa estar súper cerca, en los primeros planos, cerca del cuerpo. Hablar de las heridas de antes que se revelan en los personajes en el presente. O la intimidad de estos lazos tan fuertes que bordean el límite de lo que tenemos establecido.

El cine de Barragán es identificable por sus planos íntimos y silenciosos en los que es posible comprender a los personajes. Fotografía de Diego Lucero para GK.
Antes, con mis dos primeras películas, hablaba de lo que yo conocía porque me daba pudor hablar del otro. En Alba hablé de muchas cosas cercanas a mí. En La piel pulpo, aunque sea un mundo distópico, también.
Eso cambió en Hiedra.
¿De qué manera?
En Hiedra es la primera vez que digo “quiero poder investigar sobre otro mundo que me resulta muy importante, urgente” y hablar de él con la misma intimidad y respeto. Ese es el universo de los niños que no son adoptados.
Eso implicó un nivel de investigación de cuatro años, de contacto con un hogar de niños, de visitas a casas de acogida, de conversaciones, de muchas cosas para poder retratar ese universo.
Y me pareció lindo poder hacerlo, respetar su misterio, pero también hacer mucha investigación. Por ejemplo, entender el estado de estrés postraumático que, aunque yo no lo haya atravesado, es parte de entender a los otros.
Aunque es un universo duro y complejo, en Hiedra hay escenas muy tiernas, como la de Julio dando un biberón a un bebé, o Azucena leyéndole un poema a su abuelo.
La ternura es algo bien importante para mí en esta peli porque son capas que se fueron dando cerca del rodaje o en las últimas versiones del guion. Y el camino fue tomar la decisión de no tenerle miedo a la ternura.

Un afiche de Cría cuervos, la película española de 1977 del director Carlos Saura, descansa apoyado en una pared de la sala de Ana Cristina Barragán. Fotografía de Diego Lucero para GK.
Hay un paralelismo entre ellos, Azucena y Julio, como personajes cuidadores. Quería mostrar que aunque han sido abandonados, de distintas formas, también cuidan o están tratando de aprender a cuidar.
Las escenas del abuelo y Azucena están inspiradas en la relación con mi abuelo que es Gil Barragán. La gente lo conoce como este político, constitucionalista, pero yo tuve un nivel de intimidad muy fuerte con él, de leerle poemas todo el tiempo, hasta los últimos días.
Y claro, esa escena que dices que es tierna, está inspirada en él, entonces es súper íntima.
¿Por qué le tenías miedo a la ternura?
Porque siento que hay ciertos tipos de cine de autor que tienen miedo de lo cursi. A mí también me da miedo lo cursi, pero no quiero tenerle miedo a la ternura.
Por ejemplo, la escena de Julio dando un biberón a un bebé quería que esté en la justa medida para no decir “ah, qué bueno que es este personaje” sino mostrar esa sensibilidad en él.
Aunque tal vez haya ciertos tipos de cine de autor más fríos, elegantes o desde otro lugar, a mí sí me interesa la ternura.
Si tuvieras que decir en una palabra qué es la película Hiedra, ¿cuál sería?
(Luego de una larga pausa dice:) entumecimiento.
El otro día un crítico brasilero, a quien le gustó bastante Hiedra, me dijo que toda la película era caliente y se sentía como un volcán que iba a explotar. Y me pareció bacán porque yo también lo siento así desde otro lugar, como que hay algo medio entumecido, como un desmayo.
¿Por qué se llama Hiedra?
La hiedra es una planta que crece sin ser deseada, que es hermosa y tóxica y que a la vez se aferra a la pared. Insiste en sobrevivir y crece como en la neblina, en la oscuridad. Es una planta que sobrevive. Y también obsesiva.
Y por otro lado esta peli tiene que ver con esta atmósfera de Quito, con estos espacios abandonados y con la idea que esta planta crece en esos espacios. Se me viene a la mente una sensación de Quito neblinosa. La hiedra me hace acuerdo a esta ciudad. No es que sea un símbolo de Quito, pero a mí me hace acuerdo.
Esta es una película muy distinta a las que están en las carteleras de nuestros cines, ¿qué le dirías a la gente para que vayan a ver Hiedra?
Siento que desde niños nos han acostumbrado a un tipo de cine. A una sola posibilidad de cine, que es con el que yo también crecí, por ejemplo, de Disney. Cuando vas creciendo, ves más cine de acción, en el que hay estímulos y diálogos todo el rato. Y todas las cosas están explicadas. Entonces, está bien que exista ese tipo de cine, pero lo extraño es que no tengamos la posibilidad de ver otras cosas en Ecuador.

Ana Cristina Barragán en la sala de su casa, en Quito, habla sobre su última película Hiedra. Fotografía de Diego Lucero para GK.
Por eso, cuando ves otras cosas, a muchos les resulta lento, raro, quizás se pregunten “¿por qué no está pasando algo? ¿Por qué no me explican o por qué no dicen?”. En la sala, yo confío en la sensibilidad del espectador, en que él complete lo que la película no dice.
A mí me interesan las películas que te dejan días pensando, que tienen algo que no logro terminar de entender.
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Después de ver Hiedra, me quedé pensando en la película durante semanas. Pensando en por qué Azucena tiene siempre una actitud infantil. Pensando en qué significan los conejos que aparecen de manera repentina. Pensando en la posibilidad de que en momentos los personajes estén dentro de un sueño.
Los sueños son importantes para Ana Cristina Barragán.
Dice que muchas de las imágenes de su película las escribió en ese borde entre estar dormida y despierta. “En ese momento se me venían full ideas, que fueron una base para escribir después. Se me venían en ese estado, y cuando me levantaba, me acordaba y las escribía”.
Esas ideas son una mezcla de su experiencia, su vida, y de lo que quería transmitir con el personaje de Azucena. “Quería mostrar esa sensación ácida de que a los 30 años todas las heridas de la infancia y de la adolescencia desembocan. Es una sensación de crudeza que hace que la película no sea muy controlada en muchas cosas”.
Esa fluidez y aparente falta de control del guión de Hiedra fue premiada en Venecia donde Barragán no solo recibió su premio sino también estrenó su película. Para que un filme se estrene ahí debe pasar una serie de filtros y procesos: hay que enviarla, esperar, esperar, esperar, recibir la respuesta de que está short listed y seguir esperando porque eso no significa que sea seleccionada.
Cuando lo es, lo que ocurre en la ciudad flotante es el estreno mundial, es la primera vez en el mundo que la gente ve la película.
Por eso es tan especial.

Una planta morada combina con el sofá de la sala de la cineasta Ana Cristina Barragán. Fotografía de Diego Lucero para GK.
Solo dos largometrajes ecuatorianos se han estrenado allí: Ratas, ratones, rateros de Sebastián Cordero, en 1999, y Hiedra.
“Cuando me enteré que entramos a la categoría Orizzonti, que es una de las dos oficiales, nos quedamos como locos. Era como estar en una película”, dice Barragán y recuerda que le costó digerir la noticia. Cuando llegó a Ecuador, su mamá le contó que en su trabajo le aplaudieron cuando se enteraron, que una amiga le dijo “mi hija también quiere llegar lejos”, que cuando se reunió con otros directores y directoras ecuatorianos todos estaban felices.
“Al final, es un premio para el país”, sonríe.
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Ana Cristina Barragán, ahora de espaldas al volcán y los rayos que insisten en colarse a su sala, pasó las últimas semanas de 2025 viajando para presentar su película en una lista de festivales a nivel mundial que sigue creciendo: Río de Janeiro (Brasil), Morelia (México), Vancouver (Canadá), entre otros.
En 2026 seguirá trabajando en su próximo proyecto, Amapola y, si encuentra el tiempo, incursionará en clases de actuación.
En una silla café, Barragán repite que le interesan las películas que la dejan pensando, las que uno cree que olvidó pero regresan en forma de imágenes en un momento en que no lo esperas.
Con Hiedra, lo ha logrado.
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