
Sacar copias de llaves es confiar en un extraño
¿Por qué es vital pedirle a alguien que no conocemos un duplicado de las llaves que abren las cerraduras más importantes de nuestra vida?
Sacar copias de llaves es darle la bienvenida a alguien. Al auto. A la oficina. A casa. Quizá son para la persona que se mudará contigo. O tal vez son para quien hace el trabajo doméstico remunerado en tu departamento. O para alguien a quien puedes recurrir si te quedas puerta afuera de tu propio carro. Es, literal, un gesto de apertura; y es también un acto de confianza y sanidad social: en realidad no conocemos a la persona que hace los duplicados de las llaves en Quito, o en cualquier otra ciudad mediana o grande del país, pero confiamos en ellos.



Es parte de la vida moderna: tampoco conocemos al piloto del avión que nos transporta, al anestesista que nos duerme, al técnico que instaló el wifi. Pero confiamos en que la vida es más sencilla cuando dejamos en sus manos tareas específicas. No podríamos nosotros mismos extraernos la muela, o armar las declaraciones de impuestos que debemos, ni enlucir las paredes de casa. O sea, podríamos, pero a nuestra propia cuenta y riesgo.


Con los duplicados de las llaves es igual, aunque haya un matiz fundamental: en un país donde cada vez confiamos menos en los demás, poder seguir confiando algo tan íntimo como la herramienta que abre las puertas de nuestra vida, es una señal de esperanza.
Quienes hacen los duplicados de llaves se han ganado esa confianza porque, durante décadas, en su gran mayoría jamás traicionaron su juramento —implícito pero tan sagrado como cualquier otro—: quien duplica una llave no tiene memoria. Hace la copia en una máquina despistada, pues todo lo olvida. En uno de sus extremos se aprisiona la llave a copiar; en el otro, se coloca una llave sin bordes e inmaculada como un lienzo en blanco. En pocos segundos, con un par de movimientos del índice y el pulgar, se dibuja el patrón único que permite que la llave descifre la cerradura y abra. Fin.

Entre quienes ejercen este oficio en las calles y veredas quiteñas está el señor José Chorlango. Su puesto está en la avenida Gaspar de Villarroel, justo al frente de la intersección con la calle Isla Seymour y se llama Labrador, porque antes, pues, quedaba en El Labrador, mucho más al norte.



José Chorlango lleva treinta años haciendo copias de llaves. Habla mientras desarma una cerradura eléctrica. No pierde el hilo de conversación ni el pulso, ni regresar a ver. Dice que antes existían cursos formales para aprender su oficio, pero hoy son poco frecuentes. “Igual, esto se aprende en el día a día, haciendo”, dice. Hay cosas que no precisan de demasiados conceptos, sino de la predisposición de las manos, la mirada, la concentración y, con el tiempo, alguna maña que solo la experiencia permite.

Con el tiempo, explica, las llaves se han vuelto más complejas: ya no se trata solo de piezas metálicas planas, sino de perfiles de seguridad, dispositivos electrónicos y tags de acceso que también pueden programarse.


Su oficio ha incorporado nuevas tareas sin abandonar del todo las anteriores, desde que se dejó el copiado artesanal —limado, ajuste y prueba manual— cuando a finales del siglo XIX se masificaron las cerraduras de cilindro, como las desarrolladas por Linus Yale Jr. en 1861. Entonces surgió la necesidad de reproducir llaves de manera rápida y estandarizada. En las primeras décadas del siglo XX se consolidó el sistema técnico que sigue vigente hasta hoy: copiar una llave siguiendo el perfil de otra mediante un trazador y una fresa, base mecánica que el oficio nunca abandonó del todo, incluso con la llegada de tecnologías posteriores.



Es un conocimiento que se practica a diario en el quiosco cuidadosamente iluminado del señor Chorlango. “Si no veo, no hago bien la copia”, dice. Los cortes, el desgaste y las diferencias mínimas determinarán si la copia funcionará o no.
Es curioso. En otras partes del mundo, para sacar una copia de llave hay que tener una autorización expresa del dueño del inmueble. En el Reino Unido, por ejemplo, el cerrajero tiene acceso a una base de datos donde sabe si puede o no hacer una o más duplicados de llaves. En las veredas de Quito —y de todo el Ecuador— no hay contratos ni protocolos formales, solo un acuerdo breve entre desconocidos, a tal punto que muchos de ellos prefieren no ser retratados, ni dar su nombre. “Imagínese”, dijo uno, “dar el nombre para mostrar este puesto tan desordenado”. “Yo llevo veinticinco años aquí”, dijo otro sonriendo, “publicidad no necesito”.




