Durante décadas, miles de familias agricultoras en Ecuador sembraron sin certezas: no sabían cuánto costaba producir, cuánto iban a ganar ni si el mercado realmente quería lo que cultivaban. En muchas comunidades, la idea de que “siempre se pierde” acompañaba cada ciclo agrícola. Era una sensación construida por la falta de información y por años de vender a intermediarios sin poder negociar. Eso ha cambiado para cientos de agricultores que ahora conocen sobre la metodología SHEP.
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Este contenido es patrocinado por el Programa Mundial de Alimentos.
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SHEP son las siglas en inglés para Empoderamiento y Promoción de la Horticultura de Pequeños Productores. Es un enfoque que propone producir para vender, no vender lo producido. Y aplicarlo empezó a cambiar la realidad de los agricultores ecuatorianos. Lo hizo desde lo básico: con información, registros y decisiones tomadas desde el mercado, no desde la costumbre.
La metodología llegó a Ecuador gracias al apoyo técnico de la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA), y Chimborazo fue una de las primeras provincias en adoptar este enfoque a través de procesos de capacitación y acompañamiento técnico dirigidos a la agricultura familiar. Más adelante, con el respaldo del Gobierno de Japón, el Programa Mundial de Alimentos trasladó estos aprendizajes a otras zonas del país. En 2025, organizaciones de productores de Imbabura y Manabí empezaron a aplicar la metodología, y hoy más de 700 agricultores ya ven cambios en la forma en que planifican su producción, analizan el mercado y toman decisiones a partir de la información adquirida con SHEP.
El punto de partida: sembrar a ciegas
En varias provincias del país, la rutina era similar: sembrar lo de siempre, vender cuando apareciera un comprador y aceptar el precio que ese comprador pusiera. Muchas familias ni siquiera sabían si recuperaban lo invertido, porque no existían cuentas, registros ni comparaciones.
Ese modelo tenía dos problemas estructurales: la falta de información del mercado —precios, demanda, volúmenes, temporadas—, y la idea instalada de que la agricultura no era rentable.
Ambos factores giraban sobre su propio eje. Sin información, decidir era adivinar. Y con pérdidas repetidas, la desconfianza crecía.
La irrupción de un método: producir para vender
SHEP cambió esa lógica. En lugar de sembrar primero y vender después, propone entender primero qué necesita el mercado. Es una secuencia sencilla, pero transformadora: analizar precios y demanda→calcular costos reales → planificar siembras según rentabilidad → organizar ventas con información en mano.
El registro de datos —gastos, tiempos, rendimientos— se vuelve una herramienta central. Para muchas familias, es la primera vez que pueden ver, en números concretos, qué funciona y qué no.
Resultados que comienzan a sentirse
Aunque la implementación es reciente, tres impactos ya son visibles.
Cuentas claras para tomar mejores decisiones
En comunidades donde antes nada se anotaba, hoy las familias registran abonos, mano de obra, transporte, fumigaciones y volumen cosechado. Saber cuánto cuesta producir permite identificar pérdidas que antes parecían inevitables. Diversos estudios sobre gestión de fincas muestran que llevar registros detallados de costos de producción permite a las y los agricultores revelar “puntos débiles” del negocio y detectar pérdidas ocultas que antes se asumían como inevitables.
Ese cambio lleva a otro: elegir qué sembrar según información real y no por costumbre.
Ingresos que se estabilizan y ventas más ordenadas
Donde antes se vendía a cualquier precio, ahora se planifica la comercialización. Algunas asociaciones han logrado mejorar sus ingresos gracias a estudios de mercado que permiten sembrar en el momento adecuado y vender en el lugar correcto.
En ciertos casos, productores que ganaban montos mínimos en ferias locales han logrado multiplicar esos ingresos al negociar con nuevos compradores.
Una transformación inesperada: el liderazgo de las mujeres
En todas las zonas donde se está aplicando SHEP, la consecuencia más constante es el empoderamiento femenino.
Aprender a calcular costos, decidir qué sembrar y negociar ventas ha inspirado a muchas mujeres a tomar un rol central en sus organizaciones y en sus hogares.
Existen estudios que muestran que la independencia económica de las mujeres —entendida como la capacidad de generar ingresos propios y controlar recursos financieros— incrementa su participación productiva, autonomía en decisiones familiares y bienestar socioeconómico, beneficiando no solo a ellas sino también a sus familias y comunidades.
En varias comunidades, ellas administran ferias agroecológicas, dirigen asociaciones, llevan registros y participan activamente en la toma de decisiones.
Ese cambio también se refleja en lo cotidiano: mayor independencia económica, más voz en reuniones y más capacidad para negociar y defender precios.
Una transformación que cruza territorios
Aunque la realidad de cada provincia es distinta, el proceso comparte un hilo común: la información cambia vidas.
En la costa, las asociaciones están fortaleciendo su capacidad para negociar con compradores y elegir cultivos más rentables.
En la sierra centro, los grupos de mujeres aplican la metodología para planificar su producción y evitar pérdidas.
En el norte del país, productores que antes subsistían de ventas pequeñas ahora participan en cadenas de comercialización más sólidas, incluso abasteciendo programas públicos.
Este avance no ocurre de forma aislada. Desde 2020, la cooperación de la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA) ha priorizado el fortalecimiento de capacidades mediante programas de capacitación dirigidos a técnicos ecuatorianos. En ese marco, y como un hito de escalamiento institucional, en 2023 se formuló junto al Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) un proyecto piloto para Chimborazo, orientado a fortalecer el sistema de extensión agraria y mejorar la economía familiar de la Agricultura Familiar Campesina (AFC), con un énfasis específico en temas de género.
En paralelo, el Programa Mundial de Alimentos (WFP) formuló en 2023 un proyecto que inició su implementación en 2024 en Imbabura y Manabí, alineado a la promoción de sistemas agroalimentarios sostenibles y resilientes al clima. Su ejecución cuenta con el apoyo del Gobierno de Japón y la asistencia técnica de JICA, y articula acciones con gobiernos provinciales y organizaciones locales para fortalecer capacidades, prácticas sostenibles y procesos de comercialización. En total, este proyecto registra 713 personas beneficiarias en Imbabura y Manabí.
El objetivo compartido es que este enfoque no sea una experiencia puntual, sino una práctica sostenible para fortalecer la agricultura familiar en Ecuador.
Lo que viene: consolidar un nuevo modo de producir
SHEP no se limita a mejorar ingresos: apunta a construir sostenibilidad. El objetivo a futuro es claro: que producir para vender —con información, planificación y decisiones conscientes— sea parte estable de la agricultura familiar ecuatoriana.
Las asociaciones ya imaginan sus siguientes pasos: fortalecer ferias, crear marcas propias, organizar ventas colectivas, diversificar cultivos y convertir la planificación en una práctica habitual.
Por qué importa
La agricultura familiar sostiene la alimentación del país. Si quienes siembran tienen información, herramientas y autonomía para decidir, la cadena completa se fortalece: las familias productoras, los mercados locales y la seguridad alimentaria.
SHEP no es solo una metodología: es un cambio en la forma de mirar la agricultura.
Un proceso que devuelve claridad donde había incertidumbre y decisión donde había resignación.
Sembrar con información es sembrar con los ojos abiertos. Y eso, para miles de familias rurales, puede cambiar no solo una cosecha, sino su futuro.
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