Me enteré de que era intersex cuando tenía 30 años. En mi casa nunca se habló del tema porque se le pidió a mi familia guardar “el secreto”. Recuerdo que en casa siempre había problemas con mi cuerpo que tenía una figura más femenina que masculina: con caderas que se fueron notando en la adolescencia y eran demasiado pronunciadas para una corporalidad masculina. Luego llegó el busto y los dolores abdominales muy fuertes. Todo esto me llevó a cuestionarme si mi cuerpo estaba bien y a buscar ayuda médica por dolores insoportables, sobre todo en mis testículos.

En las revisiones médicas, durante los chequeos y las pruebas de laboratorio, lo primero que me dijeron fue que tengo un desfase hormonal. Me explicaron que los hombres de mi edad tienen una relación de 9 a 12 por ciento de testosterona en sus cuerpos; yo tengo -2 y en disminución.

Estos resultados hicieron que me sentara con mi mamá para entender qué estaba pasando. Así fue que me contó que, cuando tenía cinco años, me sometieron a una serie de cirugías, e intentaron hacerme un tratamiento hormonal que ella decidió interrumpir luego de ver cómo sufría yo con las agujas. A ella, me contó, tampoco le explicaron con detalle por qué requería las intervenciones. 

En ese entonces los médicos le dijeron que con el tratamiento mi cuerpo sería “el correcto” pero no se percataron de que lo mío no se podía “resolver” con un par de intervenciones. 

Así, buscando respuestas, en uno de mis primeros controles de adulto, descubrí que tengo ovotestes: gónadas híbridas que poseen tejido ovárico y también testicular.

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Mi salud ahora está alterada por estas intervenciones tempranas. Mi médico ahora me ha explicado que tengo problemas de pérdida de sal. Tengo 45 años, principios de osteoporosis y un funcionamiento alterado de mi cuerpo: casi no puedo tomar agua porque mi cerebro considera que tengo agua en exceso en mi cuerpo. Esto me lleva a orinar muchas veces al día. La recomendación de mi médico es que no tome más agua de la que ya contienen los alimentos que como.

Debería empezar pronto un tratamiento pero no lo he hecho porque trabajo con niños y niñas pequeños y este procedimiento implica una crema en los brazos que impediría que pueda tener contacto con ellos porque la absorción de la hormona podría causarles daño en su cuerpo.  

Por estas razones sostengo que a 25 años de la despenalización de la homosexualidad en Ecuador, algunas poblaciones dentro del paraguas de derechos llamado Lgbtiq+, como los intersex, seguimos siendo invisibilizados. Nuestros problemas siguen siendo ignorados. Nosotros y nosotras no hemos llegado a la garantía plena de nuestros derechos.

Ser intersex significa que nuestros cuerpos —cromosomas, órganos reproductivos o genitales— no se encuentran dentro de los patrones sexuales binarios. Es decir, no somos parte de la norma que clasifica a las personas en hombres y mujeres. Y esta condición tampoco define nuestra orientación —si somos heterosexuales, homosexuales u otros— ni nuestra identidad —si somos trans, queer, u otros.

Esta falta de definición ha hecho que, históricamente, de forma violencia y arbitraria, alguien más decida sobre nuestros cuerpos. En estas operaciones, por ejemplo, si la persona tiene el clítoris muy grande, se lo corta para que “cumpla con el estándar” de un clítoris “femenino”. O si el orificio para orinar no está ubicado en la cabeza del glande, se interviene para que sea “un hombre normal”.

Estas cirugías se las  practican a los pocos días de haber nacido o durante la niñez, siguiendo la recomendación de algún especialista. Son cirugías que no consideran que nosotros también nacimos de “manera natural” al igual que el resto de seres humanos. Son cirugías que nos dejan secuelas emocionales y problemas que, a diario, afectan nuestra salud física y mental. 

En Ecuador, desde  el mismo Estado aún no hemos conseguido que haya ese entendimiento que va más allá de la condena de definirnos como “sexo hombre” o “sexo mujer”. Una definición imposible para nosotros y que ata nuestros cuerpos a un reconocimiento que no se adecúa a nuestra identidad. A nivel práctico esta falta de reconocimiento se da en los documentos de identidad (o eres hombre o eres mujer); cada vez que una persona lee en mi documento “mi sexo” me recuerda cada cicatriz en mi cuerpo por esas cirugías innecesarias a las que me sometí.

Estas operaciones en la infancia, como lo mencioné, causan consecuencias físicas como problemas renales. A eso se suma el desfase en la salud emocional porque la medicina se encarga de patologizar nuestros cuerpos, y lo hace incluso desde las políticas públicas. 

Un ejemplo de esto es el protocolo del Ministerio de Salud (MSP) que nos reconoce como personas con “desórdenes del desarrollo sexual”, un nombre que según el Ministerio no se puede cambiar porque es el término con el que se nos identifica desde la Organización Mundial de la Salud (OMS). Como es un nombre técnico, alega el MSP, ellos deben usarlo.

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Para este protocolo que fue desarrollado en 2016 las personas intersex no fuimos consultadas. Sin embargo, cuando se publicó, algunas le hicimos observaciones. Por ejemplo, rechazamos la cirugía de los cuerpos de niños y niñas intersex, solicitamos que hubiera consentimiento informado que nos permita a las personas intersex adultas elegir el género y construcción sexual que tendremos en nuestras vidas. 

Además, pedimos que se dé el acompañamiento adecuado a nuestras familias y servidores de salud para que no tomen decisiones sobre nuestros cuerpos. 

Con las sugerencias, el Ministerio sí hizo otro protocolo; está disponible para descargar en la página web del MSP pero es conocido por muy pocos profesionales. 

Si bien han pasado 25 años de despenalizar la libertad a nuestras formas de amar, los intersex esperamos aún que llegue un tiempo similar para conseguir  que se despenalice las estructuras sociales del binarismo. 

Un tiempo en que se despenalicen todas las barreras culturales y sociales que nos siguen castrando desde mantenernos en los anonimatos y en constante proceso de protección ante las diversas formas de violencia que sufrimos al no reconocerse nuestras corporalidad tan perfectas como las otras existentes dentro de nuestra sociedad. 

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Wilmer González
Activista intersexual y trans feminista. Es coordinador y vocero del Colectivo Intertulias - Círculo Cultural Intersex. También es docente parvulario. Tiene una licenciatura en Género y Desarrollo. Es fundador de Silueta Cuenca LGBTI, y del Observatorio de Derechos Humanos LGBTI del Azuay.
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