Cada vez es más difícil encontrar un espacio en el que se puede hablar sin ser juzgado. Por cualquier lado y en cualquier tema nos autocensuramos. Lo políticamente correcto se impone. Tengo que reconocer que, casi sin pensar, me embarqué hace rato en ese mundo de juzgar cuando alguien dice ciertas palabras que tienen su carga histórica y peso discriminatorio. 

Por ejemplo:

No digas “negro” sino “afrodescendiente”.

No digas “menor” sino “niño, niña y adolescente”.

No digas “loco” sino “persona con capacidad diferenciada”.

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No digas “viejo” sino “persona adulta mayor”.

No digas “preso” sino “persona privada de libertad”.

No digas “chino” sino “persona asiática”.

No digas “todos” sino “todes”.

No hables de feminismo si eres hombre.

No digas. 

No hables.

No.

No…

Hace poco leí un libro de Duncan Kennedy, un pensador que admiro mucho, sobre el abuso sexual y la vestimenta sexy. Más allá del contenido del libro, me impresionó las mil y una advertencias que hacía el autor para evitar la crítica feminista. Se justificaba por el hecho de ser hombre y por atreverse a hablar sobre la vestimenta de las mujeres. 

Entonces pensé que lo políticamente correcto coquetea con la censura. 

➜ Otras columnas de opinión

En 2012 me invitaron a participar en la apertura de un congreso internacional, en Cuba, sobre derecho y género. Me pareció un honor inmerecido. La invitación fue porque había compilado un libro junto con Judith Salgado y Lola Valladares: El género en el derecho. Ensayos críticos. Después de la charla, nunca me hubiera imaginado la crítica amarga que recibí de parte de varias mujeres por supuestamente haberme apropiado del discurso de género. 

En 2018, escribí el ensayo La paradoja de la media naranja, los desencuentros en lo cotidiano y en el derecho que recogía varios testimonios sobre las percepciones de la vida en pareja. El texto topaba también algo sobre feminismo. Las dos personas a quienes se les encargó hacer una revisión para aprobar el artículo dijeron que el texto desdibujaba el feminismo y que, para ser aprobado, debía contextualizar las afirmaciones contra el feminismo.

Yo no estaba escribiendo contra el feminismo sino que intenté plasmar, desde las voces de las personas, las distintas percepciones sobre el feminismo y su influencia en la vida social. Muchas afirmaban, por ejemplo, no ser feministas y estar en contra de las desigualdades en las relaciones de pareja (lo cual podría sonar contradictorio pero refleja una falta de comprensión sobre el feminismo, o un prejuicio contra ciertos feminismos).  

Para publicarlo hubo que recortarlo y hacerlo “políticamente correcto”.

De ahí en adelante me autocensuré. 

Dejé de escribir sobre el género a pesar de tener la profunda convicción de que el patriarcado es un problema de hombres y de mujeres. No niego que los peores efectos del patriarcado lo sufren las mujeres. Pero los hombres también vivimos las consecuencias del patriarcado. 

Ser “machos” implica aparentar fortaleza, no comunicar sentimientos (“no llores que eso es de maricas”), no mostrar vulnerabilidad, no mostrar nuestra “feminidad”, dejar de hacer y desvalorar roles de cuidado (el cuidado es la mejor forma para construir vínculos duraderos). Son cuestiones que nos hacen frágiles e infelices. 

Por otro lado, el feminismo es posiblemente la práctica y el discurso más emancipador y cotidiano que conozco. Cuando una mujer dice “no” o cuando un hombre decide darse tiempo para cuidar, son actos simplemente subversivos. 

A pesar de pensar todo esto, porque soy hombre me convencí de que el feminismo no debía ser “mi tema”. 

Pero a veces uno se encuentra con situaciones y personas que acaban diciendo lo que uno piensa, pero no se atreve a hacerlo público. Esto me pasó cuando fui a ver la obra teatral Mujeres de Cascarón, dirigida por María Beatriz Vergara, y representada por Ana Karina Castro (Nora), Daniela Hidalgo (Lucía) y Gabriela Gonzaga (Lili).

Y ahora, después de cuatro años, sentí que esta obra daba para hablar sobre eso que había callado, y que merecía la pena volver a escribir sobre un tema que nos compete a todos y todas. 

mujeres de cascarón

La obra Mujeres de Cascarón reflexiona sobre el feminismo «puro» y los enemigos del patriarcado. Fotografía cortesía de Diego Maldonado.

La obra comienza con tres mujeres feministas —Lucía, Lili y Nora— que se reúnen en una plaza pública para derrocar un muro y generar conciencia sobre el machismo. Llegan con carteles y consignas: “Mujeres en la lucha, hombres caretrucha”. Tienen claro que hay que cambiar al patriarcado y que se necesita luchar por ese cambio. Por eso están reunidas en la plaza. 

Cuando veía y escuchaba lo que decían y representaban, me dije: si esto lo hubiera dicho un hombre públicamente, lo hubieran cancelado en un segundo “por apropiarse de la causa”. Pero eran mujeres y estaban expresando sin tapujos lo que muchas veces hombres y mujeres piensan y sienten. No se censuraron, como lo hacemos los hombres que pretendemos ser “políticamente correctos” y por temor a una posible cancelación, dejamos las reflexiones sobre nuestros roles para espacios privados

La obra no ha dejado de hacerme pensar sobre las violencias, las máscaras, la comunicación para protestar, los traumas, el lenguaje inclusivo, las tensiones entre discurso y realidad. 

Pero aquí quisiera centrar mi atención en las representaciones de la obra, y el enemigo del feminismo que, según mi lectura, no es solo uno.  

Las representaciones

Lucía, Lili y Nora, paradas frente al muro en el que está la foto de una pareja, interpretan cosas distintas. En la fotografía, un marinero besa a una mujer enfermera —es la icónica imagen de una pareja al fin de la Segunda Guerra Mundial en Times Square, New York. Él la toma de la cintura con un brazo, y con el otro sostiene la cabeza de ella. Ella no abraza al marinero. 

Lucía y Lilli miran lo que ellas llaman “el símbolo de la infamia patriarcal, un ultraje y un ataque directo a la sexualidad de la mujer.” Nora, en cambio, interpreta ahí pasión, entrega, romanticismo. Sus dos amigas tienen que explicarle que lo que ven es un macho sometiendo a una mujer desvalida. Nora insiste en que cree que la mujer disfruta del beso. 

¿Cuál mirada es la correcta? 

Ambas. Y, al mismo tiempo, ninguna. Es una típica afirmación propia de la física cuántica: un fotón es materia y también, contradictoriamente, es una onda. El gato de Schrodinger está vivo y muerto al mismo tiempo. 

Seguramente quien tenga voz para decir qué pasó y qué sintió es la propia mujer que está siendo besada. Pero la foto da para ambas interpretaciones. Con esta puesta en escena y a lo largo de la obra, las tres mujeres apreciarán los discursos, las vidas propias y la lucha feminista desde sus diversas representaciones. 

Mostrarán que hay más de una manera de ser feminista. 

En otra escena, Lucía y Lili se sacan el sostén porque dicen que es una forma de reivindicar la libertad del cuerpo. Le piden a Nora que haga lo mismo. Ella no entiende por qué y le tienen que explicar. El sostén es un instrumento de control del cuerpo de la mujer que oprime y asfixia las glándulas mamarias, le dicen. Ella replica que las mujeres de los sesenta eran “hippies sucias”, que si algunas se sacan “las tetas llegan al piso”, y que sacándose la ropa interior no van a lograr la igualdad. 

Todas, siguiendo con las diversas representaciones, son al mismo tiempo feministas y patriarcales. Son “mujeres de cascarón”. 

ser feminista

En Mujeres del Cascarón reflexionan que no hay una sola forma de ser feminista. Fotografía cortesía de Roberto González.

En una escena, Lucía, cuando está derrocando el muro que está en el escenario con la fotografía de la pareja que se besa, se rompe la uña y, con un grito escandaloso, se queja de que gastó 25 dólares en la manicura. Lili le recordará que una auténtica feminista no está en pendejadas. 

Luego, Nora les cuenta a sus amigas que tiene un verdadero orgullo por su pasado como cheerleader. Lili, indignada, le dice que distinga entre ser feminista o porrista. 

Lili es lesbiana y no se atreve a decirlo. Calla porque, al final, dice que quiso ser hombre porque su padre siempre quiso tener hijos varones y consideró inútiles a las mujeres. Se considera una mujer incompleta. Sufrió abusos físicos y emocionales por parte de hombres, y más de una vez le dijeron “puta” para hacerla quedar mal. 

Nada es blanco y negro en la vida. Salvo los dogmatismos. 

La obra Mujeres de Cascarón recurre a escenas, monólogos y parodias para satirizar al dogmatismo en que puede caer el feminismo radical, y demostrar que la vida es compleja, que puede ser representada de muchas maneras y que los “purismos” son excesos, vengan de donde vengan. 

El enemigo en el patriarcado 

El enemigo del feminismo para Lucía y Lilli está afuera en cada hombre que pasa por la calle, que representa al machismo. Ellos son (somos) —se afirma varias veces en la obra— “malditas bestias trogloditas, hijos de puta”. 

Los hombres oprimen a las mujeres y éstas, atemorizadas, se quedan en la casa “en la cocina, lavando platos, barriendo la casa, limpiando pisos, tirando…”. Por eso las mujeres no se animan a juntarse a la protesta que les convocó para reunirse en la plaza. El enemigo también es el gobierno, que es curuchupa y siempre está formado mayoritariamente por hombres.

Todos los hombres, sin duda, para Lucía y Lili, somos “machos represores”. En una de las varias parodias —que son como ventanas que nos permiten hacer una radiografía de las múltiples manifestaciones del mundo patriarcal en el que vivimos— la mujer quiere salir a una marcha feminista. El hombre —representado por una de ellas en la parodia— encarna los peores estereotipos que los hombres tienen sobre las feministas: lesbianas, drogadictas, locas y revolucionarias. 

Finalmente, la mujer prefiere limpiar la casa, cocinar para los niños, lavar pañales y hacer “cuchi, cuchi” al marido. Él la desprecia y le dice que le aburre. 

El enemigo claramente, en un primer momento, somos obviamente los hombres. Pero ¿podría entenderse al “enemigo” de otra manera?

Para Nora, en cambio, el enemigo está a veces en nosotros y nosotras. No en el “otro” sino en una misma. Y esto lo va demostrando cuando contrasta la radicalidad del discurso de Lucía con la relación tóxica que ella tiene con sus parejas. 

En el monólogo de Lucía, la feminista más radical, entendemos que el modelo de amor que aprendió fue el de su madre. Su madre que por “amar demasiado” aguantó violencias, traiciones, humillaciones, noches sin dormir… “Un día me di cuenta que yo también era como mi madre”, dice Lucía. Más adelante, en plena manifestación, recibe una llamada al celular, y se nota el control de su pareja y el miedo que le tiene. Mostrando, a pesar de su feminismo radical, que reproduce un rol patriarcal.

También el enemigo, según la lectura de Nora, es la sociedad. Y la sociedad no está formada solo por hombres. En una de las parodias, las tres actrices, representan a las mujeres del barrio. Dicen lo que piensan del feminismo: tienen pendejadas en la cabeza, se casan entre ellas, usan consoladores, están por el aborto y en contra del sagrado matrimonio.  

En un momento las tres se imaginan el mundo al revés. Las amas de casa son chef. Las costureras, diseñadoras. Las peluqueras son estilistas. Las putas, hombreriegas. Las viejas son mujeres maduras e interesantes. 

La mujer hace el trabajo productivo y el hombre el rol de cuidado. 

¿El mundo al revés es la solución a esta sociedad inequitativa? La respuesta: “Es la misma pendejada patriarcal siempre”. 

En algún momento de la obra, las tres mujeres feministas se reconocen como “arrastradas machistas”, “solapada tortillera” y “mojigata”. 

Quizá lo que quieren decir es que no hay pureza en ninguna lucha y que reproducimos el patriarcado en más de un momento. De ahí que el feminismo, según la obra, no es una cuestión de mujeres contra hombres. 

El enemigo del feminismo, según lo que se critica en la obra, no es solo el hombre. Es el patriarcado y lo reproducimos, con mayor o menor conciencia, todos y todas: hombres, mujeres, feministas, la sociedad, el gobierno.

Reconocer que el patriarcado incidió en nuestra forma de mirar el mundo, tener actitudes patriarcales y más incoherencias que podrían pasar, no deslegitima en modo alguno a las feministas, al feminismo ni a su lucha. 

Derrocar el muro

El símbolo más importante, que ocupa el centro del escenario teatral, es el muro y su derrocamiento. Cuando, después de mucho esfuerzo y de haber resistido a la tentación de pedir ayuda a hombres, derrocan el muro y afirman que “echamos abajo el machismo”.

Lucía afirma, con orgullo, que “ya no seremos consideradas como inferiores, ni tontas, ni débiles. Conseguiremos mejores trabajos y podremos llevar la sexualidad que queramos. No tendremos que hacernos las dormidas cuando no queremos sexo. Ni mentir que nos duele la cabeza. Ni fingir orgasmos.” 

patriarcado

En una de las escenas de la obra, las tres mujeres derrocan un muro y dicen que es una forma de acabar con el machismo y patriarcado. Fotografía cortesía de Roberto González.

Nora, en cambio, con cierta nostalgia, piensa que ya nadie les cederá el asiento, no les abrirán las puertas, no les cargarán para cruzar el río. Ya no serán consideradas débiles.

Lucía y Lili creen que han dado un duro golpe al machismo y que, para ellas, se acabaron las manifestaciones, las marchas y las protestas. Se retiran.

Nora les dice que “aún tenemos mujeres oprimidas que reclaman sus derechos… chicas no se desanimen, esto es solo un símbolo… sin la lucha feminista nada tiene sentido”. La escena me recordó a Sancho Panza, cuando en el lecho de muerte de Aníbal Quijano (ya no Don Quijote, porque recuperó la razón) le pide que viva y que hay muchos “entuertos que desfacer”. 

Las “mujeres de cascarón” no solo dan golpes contra un muro. Dan golpes al patriarcado, a las violencias, a los roles de género, al radicalismo, a lo políticamente correcto, a la autocensura, a las parejas tóxicas, el amor tradicional, al control, a la represión sexual, a las vidas complejas y a los estereotipos. 

Al final, después de recordar que el feminismo tiene una tradición de lucha y resistencia, que viene desde las mujeres que fueron quemadas por brujas, las que fueron explotadas en la revolución industrial, las sufragistas que conquistaron el voto y las que ahora denuncian el acoso y el femicidio, reafirman la necesidad de seguir luchando. 

Reconstruyen el muro y en la pared aparece “Ni una menos.” 

El feminismo, como concluye la obra, promete cambiar el mundo y, como afirma Nora, “aunque quede yo sola, esta es mi lucha”.

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Ramiro Ávila Santamaría
(Ecuador) Constitucionalista andino, fat free, enriquecido con calcio y minerales, 100% natural.
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