La noche del 27 de julio de 2020 —en plena pandemia del covid-19—, Manuel*, un marino jubilado bajito y de canas escasas de 74 años, no podía dormir. Sentía que se ahogaba. Al siguiente día fue a su médico. “Me recetó y no me pasaba”, dice. Su doctor le dijo que esa falta de aire que sentía, podía ser ansiedad. Le recomendó que vaya al psiquiatra, que le recetó unas pastillas para dormir y para el dolor de su espalda, pero le dijo que debía ir a sesiones psicológicas. Era la primera vez que Manuel se planteaba la posibilidad de atender su salud mental. 

Cuando la cuarentena para evitar el covid-19 apenas iba disminuyendo, el miedo al contagio y la incertidumbre del futuro daban vueltas en la mente de Manuel. Como él, miles de personas temían salir a la calle y regresar a sus casas con síntomas de la nueva y peligrosa enfermedad. En esa época, al menos 7 de cada 10 personas necesitaba atención psicológica

Manuel salía a la calle camuflado como astronauta, con un tarro de alcohol en la mano, se rociaba cloro en todo el cuerpo a cada momento. Si salía en su carro, no le importaba la acumulación de calor por el picante sol de Quito y no abría las ventanas. 

Ese miedo llevó a Manuel a decidirse y un mes después, en agosto de 2020, empezó a tener citas con su psicóloga. Dyam Saltos, representante de la Organización de Psicólogos Ecuatorianos (Orgaepsi), dice que hay diferentes circunstancias por las que las personas han buscado atender su salud mental, durante y después de la cuarentena más severa que pasó Ecuador. La lista de trastornos, síntomas o malestares es infinita.

Al comienzo, dice Saltos, fue por el estrés postraumático causado por una situación muy impactante, el estrés laboral —conocido como burnout—, ansiedad, depresión por la soledad o el desempleo. “Eso fue lo que más surgió durante la pandemia”, dice Saltos. Su organización, explica, ha atendido a personas para que puedan saber cómo llevar procesos de duelo, adaptarse a los entornos virtuales, enfrentar las secuelas psicológicas que deja el covid-19. También ayudaron psicológicamente a mujeres que sufrían violencia por parte de sus parejas. 

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Desde el servicio público, el Ministerio de Salud (MSP) habilitó atención psicológica a través de la línea gratuita 171 opción 6. Ese teléfono fue atendido por al menos 300 estudiantes de los últimos semestres de la carrera de Psicología de varias universidades del país, evidenciando que el sistema de salud público no estaba preparado para atender los malestares psicológicos de los ecuatorianos en la pandemia. Ninguno de los estudiantes recibió un pago —una muestra de la precariedad en atención psicológica del país. 

Los pacientes que más han buscado ayuda psicológica son los jóvenes y adolescentes, dice Saltos. “Ellos acuden por el proceso de qué voy a estudiar en la universidad o terminando la universidad, cómo voy a encontrar trabajo”, cuenta la psicóloga. En la Orgaepsi, desde marzo de 2020 hasta marzo de 2022 se han dado al menos 56 mil atenciones, máximo cinco por persona, con alguno de los 357 psicólogos voluntarios de este servicio particular y gratuito. Antes de la pandemia, eran casi 30 psicólogos. “No existían atenciones sino que se trabajaba más como medio informativo”, dice Saltos. Como tantas otras cosas, la pandemia cambió esa rutina. 

flecha celesteOTROS CONTENIDOS SOBRE SALUD MENTAL

Forzados por la pandemia, los ecuatorianos parecemos entender algo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha dicho desde hace mucho: la salud mental es parte integral de la salud. Sin ese estado de bienestar, no se puede seguir una vida normal, trabajar o contribuir a la comunidad, dice la OMS. Saltos dice que alguien con depresión o ansiedad por más activo que sea, no va a poder desarrollar bien sus relaciones personales. 

Esta idea ha calado en un país donde la salud mental era un tabú, evadiendo la realidad de que es tan importante como la física —aunque es preciso un equilibrio entre ambas. Por la pandemia del covid-19, Manuel dejó de hacer ejercicio, que hacía todos los días en un parque cerca de su casa. “Era muy activo”, dice Manuel, como buen marino. Desde que se retiró, hace más de 25 años, no había parado de hacer arreglos domésticos, salir a pasear con su esposa, y compartir con sus nietos. La pandemia hizo que frene esa rutina. “Solo me sentía inquieto”, dice. Eso abonó a que su ansiedad aumentara. 

La atención psicológica debería ser tan normal como ir al médico general o al dentista. “Desde la primera sesión, empecé a sentir un cambio”, dice con su voz dulce y que genera confianza. Manuel cuenta que su psicóloga le mandó a ver unos videos y le dio indicaciones para hacer ejercicios de respiración para que vaya reconociendo sus sentimientos o pensamientos negativos para pausarlos y reemplazarlos por otro tipo de pensamientos. Eso hizo que poco a poco deje de tomar medicamentos psiquiátricos y su ahogo disminuya. 

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Manuel dice que antes de ir donde su psicóloga, todos los días tenía dolor de espalda o de estómago o en los dientes o en un pie o en el otro. “Pero con las sesiones, fui tranquilizándome”, dice. Fernando Cornejo, Director del Posgrado de Psiquiatría de la Universidad UTE, dice que las personas han ido identificando “cada vez más que la salud mental es un componente importante de su salud”. En el área de psiquiatría, dice, la pandemia también hizo que se aumenten las atenciones. 

Antes de que el coronavirus definiera nuestra vida, un psiquiatra que brinda atención particular, atendía a 70 pacientes mensuales: ahora recibe entre 100 y 120, dice Cornejo. Según él, cuando se identifica que hay una alteración recurrente, hay que buscar atención de un profesional de la salud mental: un psicólogo o un psiquiatra. Cornejo dice que en las consultas, será ese profesional quien decida si es necesario un complemento farmacológico controlado por un psiquiatra o solo será necesario el acompañamiento psicológico, como ha sido el caso de Manuel.

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Por un año y ocho meses, Manuel pasó encerrado en su hogar, con su esposa, y otros tres familiares. Apenas veía lo que pasaba en la calle desde la terraza de su casa. Hasta que llegó el día que debía ir a un centro de vacunación para recibir la primera dosis de la vacuna del covid-19. Era abril de 2021, había más gente en las calles y la relajación se comenzaba a sentir, pero Manuel aún tenía miedo.  

Manuel alzó el teléfono y le preguntó a su psicóloga, ¿qué hago?. “Yo decía no me voy, qué miedo”, recuerda. Cuenta que su psicóloga le dijo que haga lo que le hiciera sentir mejor. Él recuerda esas palabras como “un sabio consejo”. 

Lo pensó un rato y se puso la mascarilla y —siempre pensando en no tocarse la cara y ponerse alcohol en las manos a cada momento— salió a la calle. Lo mismo le pasó para ir a una cita médica presencial en el Seguro Social de las Fuerzas Armadas. “Me fui, no pasó nada”, dice ya sin temor en la voz. 

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Ahora, cerca de cumplir 75 años, Manuel dice que contarle a su psicóloga lo que siente, le ayuda mucho a estar bien con él mismo y con su esposa. Pero aún queda mucho por desmitificar. El psiquiatra Fernando Cornejo dice que a pesar de los aumentos de atenciones psicológicas “la salud mental todavía es un tabú”. Por ejemplo, aunque ya buscó ayuda y accedió a contar su historia para este reportaje, Manuel pidió que su verdadero nombre no se revele: normalizar la atención en salud mental es aún difícil.

Cornejo dice que es importante la “psicoeducación”, o sea, aprender a identificar las emociones, sentimientos, entender que las personas no solo tenemos un componente físico sino también tenemos un componente psíquico. 

Manuel dice que al comienzo tenía la cita psicológica cada ocho días. Luego cada 15 días y, finalmente, cada tres meses. En 2022, volvió, luego de seis meses de sentirse “muy bien, no sano completamente, pero mejor”, dice. Cuando ya comienza a sentirse enojado o con ira, enseguida hace las actividades de respiración que le enseñó su psicóloga y vuelve a estabilizarse. 

La última vez que buscó atención psicológica fue porque su hijo que vive muy cerca de él se había contagiado de covid-19 y estaba muy preocupado. La psicóloga Mariel Paz y Miño, directora de la Clínica de Salud Mental de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), dice que atender la salud mental tiene muchos resultados. 

Ir al psicólogo ayuda a tener una mejor calidad de vida: “las personas que están bien mentalmente pueden relacionarse mejor”, dice Paz y Miño. Ella dice que uno de los problemas que aún existen es que la gente no sabe dónde acudir. Por ejemplo, mucha gente no sabe que muchas universidades ofrecen servicios de salud mental gratuitos. Otras recurren a servicios particulares, donde una sesión puede costar entre 15 y 100 dólares. 

Otras veces pasa que las personas se decepcionan porque no consiguen una cita psicológica en el sector público. Ignacia Páez, gerenta de salud mental del MSP, reconoce la falta de atención del Estado en esta área. “Sí, es un obstáculo, porque me falta personal”, dice Páez refiriéndose a la falta de psicólogos y psiquiatras en los centros de salud y hospitales públicos del país. En 2020, el MSP tenía 3,8 psicólogos por cada 100 mil habitantes cuando la OMS recomienda 9.  Pero también afirma que hay un gran intento desde la gerencia que lidera para atender la salud mental. Páez dice que la línea 171 sigue activa —ya no todo el día, solo 10 horas. Ya no la atienden los estudiantes de psicología, sino 15 psicólogos que tienen un contrato y por lo que reciben una remuneración. 

El psiquiatra Cornejo dice que la atención psicológica es un derecho que se debe exigir. Ignacia Páez dice que presentó un proyecto de inversión y espera una respuesta de aprobación hasta junio de 2022. 

El proyecto consiste en comprender que este servicio es terapéutico. “Está bien poder verle a tu doctor de medicina general cada tres meses, pero si uno habla de salud mental el abordaje debe ser más continuo”, dice la autoridad. Páez dice que en el proyecto pretenden que el acompañamiento psicológico sea semanal, quincenal, dos veces por semana en centros de salud ambulatorios intensivos, donde haya psicólogos que trabajen con el paciente continuamente y también con la familia, “porque el alivio se logra de esa forma”, explica.

Por su parte, la Secretaría de Salud del Municipio de Quito trabaja desde el comienzo de la pandemia, en la prevención del estrés, ansiedad, depresión, consumo de alcohol y otras drogas, también en la atención de duelos o violencia, dice Mariuxi Riofrío, Coordinadora del proyecto Sistema Integral de Promoción de la Salud. Para complementar estas acciones, se necesita promocionar la prevención de enfermedades o trastornos mentales. En otras palabras, que los ciudadanos sepamos que debemos hablar sobre nuestras emociones, nuestros sentimientos y lo que nos incomoda.

Manuel lleva una rutina para ocupar su tiempo y no volver a sentirse como en 2020. Él comparte con su esposa la preparación de la comida, lava y plancha su ropa, retomó sus trabajos de carpintería en su casa. 

Otros días se dedica a arreglar una tubería o hace un arreglo de la electricidad. “Yo no tenía ánimo, pero volvió el ánimo con la guía de la doctorita”, dice Manuel. Me cuenta que su psicóloga le dijo que podía dejar la terapia cuándo quiera, pero él dice que, por ahora, quiere seguir, porque encuentra tranquilidad.  

*Manuel es un nombre ficticio, ya que el protagonista de esta historia pidió no ser citado con su nombre real. 

Mayuri Castro
Periodista de GK. Cubre educación, migración interna y los derechos de las mujeres. En 2021 ganó la Mención de Honor en Acceso a la Salud del Premio Roche por el reportaje El consuelo de un país en crisis recae en sus estudiantes de psicología. Fue parte del equipo de Mongabay Latam y GK nominado al premio Gabo 2021 en la categoría texto con el especial Mujeres en la Amazonía: lideresas indígenas que están cambiando el rumbo de sus comunidades.