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Apenas un 30% de los investigadores en el mundo somos mujeres. Son varias las razones que tratan de explicar por qué en las carreras científicas existe una brecha de género tan amplia. Una de ellas es la violencia intrínseca que, aunque no nos damos cuenta, la vivimos todos los días —no solo en la casa, en los espacios públicos sino también en la academia. 

En Ecuador se vive una cultura donde se tolera, incluso se celebra, el privilegio del hombre. Eso se refleja en la ciencia y la academia. De acuerdo con el estudio De la evidencia a la prevención: cómo prevenir la violencia contra las mujeres en las universidades ecuatorianas, el 49.7% de docentes y administrativos de las universidades en Ecuador han presenciado eventos de violencia contra la mujer dentro de la academia. 

En algunos de los casos, la violencia incluso deja a las mujeres fuera de su carrera científica. Estudios experimentales demuestran que cuando las mujeres alteramos la jerarquía masculina en la academia —sea porque cuestiona la autoridad, porque asume un rol de poder—, la respuesta hacia nosotras es abuso y violencia por parte de los colegas hombres que se sienten amenazados. 

Una de las formas más comunes de violencia dentro de la academia y la ciencia es el mansplaining, una práctica en la que un hombre interrumpe a la mujer, le explica algo a ella de una forma en la que cree que sabe y entiende más. En el mansplaining, el hombre toma una actitud condescendiente y paternalista, en la que acentúa su relación de poder. Este comportamiento causa que muchas mujeres duden de su experticia y se autolimiten. Las mujeres expertas en un área de la ciencia no estamos libres de escuchar lo que otros opinan, incluso o sobre todo cuando saben mucho menos de ese tema que nosotras. Para que la sociedad valide que sabemos de qué estamos hablando, tenemos que demostrar nuestra experticia. Entonces, en el imaginario social, la experticia tiene un rol masculino. 

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Otro comportamiento violento al que nos enfrentamos las académicas y científicas es el hepeating (él repite). Se da cuando una mujer sugiere una idea dentro de una reunión y esta es ignorada. Pero cuando un hombre propone la misma idea, todos la aceptan. 

El mansplaining y el hepeating son ejemplos de micromachismos que atentan contra la autonomía e identidad de las mujeres causando que no se sientan cómodas con sus carreras y que aumente el síndrome del impostor. Estas actitudes también evitan que más mujeres entren en áreas científicas o en otras áreas dominadas por hombres. 

Estos micromachismos hacen que para las mujeres sea mucho más difícil ganar reconocimiento por sus logros, y por eso siempre estaremos en una posición más baja que nuestros colegas hombres. Mientras avanza la carrera de las mujeres, será más difícil para ellas llegar a puestos de decisión. Estos obstáculos se reflejan en que hay menos mujeres en puestos de decisión, como directoras de proyectos e incluso primeras autoras en artículos científicos. Cuando se publica un artículo entre varios autores, tanto el primer autor como el último son los más importantes; el primero es quien lidera el artículo y el último es asignado al  director de la investigación. Usualmente las mujeres estamos en los puestos del medio. 

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El acoso de diferentes tipos también está normalizado en la ciencia de nuestro país. Definido como cualquier indeseada e inaceptada insinuación sexual, el acoso limita el ingreso  a la ciencia de mujeres talentosas y daña las carreras de otras. Según el estudio Acoso sexual en las universidades ecuatorianas: validez de contenido de un instrumento de medición, esta forma de violencia tiene el propósito “de interferir irrazonablemente en el trabajo de un individuo, en su actuación académica o intenta crear un ambiente laboral o académico intimidatorio, hostil u ofensivo”. 

En los espacios académicos, el machismo también promueve actitudes sexistas que pasan inadvertidas. La naturalización de estas agresiones hace que la violencia no sea percibida y esa es una de las razones por las que el porcentaje de denuncias es baja. Las mujeres hemos “aprendido” a vivir con las insinuaciones, bromas de doble sentido, petición de favores sexuales y a tomarlos como chistes.

En el caso de estudiantes, según el estudio La violencia de género en Ecuador: un estudio sobre los universitarios, un 56% de las afectadas por acoso no denunció, y muchas de ellas abandonaron sus estudios. Sobre este mismo tema, el estudio sobre violencia en las universidades publicado en enero de 2022, dice que el 79,7% de los estudiantes universitarios hombres justifica implícitamente la violencia contra la mujer, mientras que el personal docente y administrativo lo aprueba en un 47.7%. 

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Estos datos son alarmantes, pero demuestran lo internalizado que está la violencia contra la mujer, en nuestra sociedad y, sobre todo, en la academia. 

A esta normalización de la violencia se suma que si bien las universidades y centros de investigación, tienen políticas formales en contra del acoso, muy pocas las ponen en práctica. Cuando las aplican, los resultados son tibios o inexistentes. En algunos casos incluso permiten que los agresores vuelvan a ejercer sus funciones. También pasa que ciertas agresiones y comportamientos son minimizados por las autoridades, y los grupos o personas que los denuncian sufren retaliaciones dentro de la academia. 

Muchas investigadoras, entonces, viven a la sombra de una amenaza continua, y no todas están dispuestas a enfrentar esta situación. Al ver el impacto de este ambiente en su productividad y avance en su carrera científica, la dejan.

Ciertos espacios dentro del laboratorio, de la oficina o en el trabajo de campo no son seguros. Son espacios donde las mujeres somos subestimadas, menospreciadas, excluidas, e incluso amenazadas. Si la ciencia es la base para la innovación y el cambio, lo menos que podemos ofrecer a las niñas y las jóvenes mujeres interesadas en las ciencias es un ambiente seguro. 

Aunque las mujeres hemos ganado espacios en los últimos años dentro de la academia y la ciencia, la mayoría de las instituciones de investigación siguen dominadas y protegidas por hombres en el Ecuador. Esta mayoría ha promovido, en algunos casos, un ambiente tóxico para las mujeres en ciencias que necesita ser visibilizado y cambiado. 

Asimismo, varios intentos en popularizar la ciencia —en películas, series, libros, medios de comunicación— han reforzado los estereotipos al presentar a científicos hombres y extranjeros, como el caso de Carl Sagan , Albert Einstein, Neil deGrasse Tyson. Lamentablemente, en algunas ocasiones, las mujeres científicas no desean participar en estos procesos de divulgación debido a las inseguridades creadas por las actitudes negativas frente a las mujeres en un ambiente dominado por hombres. 

El machismo que se vive dentro y fuera de la academia genera barreras invisibles para muchas niñas y mujeres que se quieren dedicar a las ciencias. Pero estoy convencida que visibilizar estas sutiles y no tan sutiles formas de discriminación y violencia en contra de las mujeres es un paso importante para generar un cambio. 

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Claudia Segovia
Es licenciada en Biología Pura. Su maestría la realizó en Ohio University en Ambiente y Biología Vegetal y su PhD en el Departamento de Botánica de University of Florida. Ha trabajado en en la conservación y manejo de bosques de los árboles de papel (Polylepis). Es docente e investigadora desde hace más de 10 años. Durante su carrera se ha vinculado a diferentes grupos de Mujeres en Ciencia. Es fundadora de la Red Ecuatoriana de Mujeres Científicas (REMCI).

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