A veces le falta el aire.

Cuando Purita Valentina Pelayo sube a pie por las cuestas penitentes del Centro Histórico de Quito, con mascarilla, a veces se agita. El cuerpo le pesa. Las piernas le piden descanso.

—Digo: ¿Qué me está pasando? No sé qué será lo que me agobia, pero trato de darme fuerzas.

El gruñido estático del radio intercomunicador de un guardia se escucha a sus espaldas. Purita —artista, activista, pionera de la organización Coccinelle, gestora histórica de la despenalización de la homosexualidad en Ecuador— está en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC), en el barrio San Juan. 

Llegó antes de las 10 de la mañana. Desde noviembre de 2020, ella y las otras dos sobrevivientes de la represión, el rechazo, la negligencia médica, los asesinatos, la exclusión laboral que comandan la Fundación de Transfemeninas y Gays del Ecuador Nueva Coccinelle tienen ahí una oficina pequeña. “Un reducto que es nuestra sede operativa”, lo llama.

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Allí hay sillas, un escritorio, una computadora, fotos de archivo de su activismo y la conexión a internet que Purita no tenía en su casa de entonces, cerca del CAC, para conectarse a las llamadas conmigo.

— Venir hasta acá a veces se me hace difícil. Me trae malos recuerdos. Esto antes era una parte oscura, abandonada. Justo por aquí, por acá atrás, casi me mata un militar.

Las manos de Purita Pelayo

Las manos llenas de accesorios de Purita Pelayo. Fotografía de Michelle Gachet.

Precisamente desde aquí, donde casi la matan, Purita Valentina Pelayo recordará, cada viernes entre febrero y mayo de 2021 —con la voz como un caudal manso y a ratos desbordado— los juegos y las lecciones, los escapes y las detenciones, los dones y las desgracias —toda la maravilla y el espanto— de lo que ella misma llama, sin autoconmiseración: 

—El torbellino de mi vida.

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Pura, Purita. El nombre —su elección— nació del gusto, del candor con el que suena: Pura, Purita. Valentina, en cambio, era el nombre de su adorada abuela materna. “Una mujer realmente extraordinaria”, dice Purita Valentina, nacida en la cálida ciudad de Esmeraldas, el 24 de marzo de un año al que envuelve en discreción.

—Solamente te diría que nací bajo una fuerte lluvia de invierno costero, y que a ratos se acogía al vaivén de truenos y relámpagos— responde, teatral, ante la insistencia del año exacto.

Es la menor de cinco hermanos. Los tres mayores estudiaron en un colegio normal de Esmeraldas para formar profesores. Purita iba a la tienda por las calles despavimentadas del barrio para comprar lo que ellos necesitaban. Al volver, los acompañaba a hacer deberes. Entonces ella, también, quiso ser maestra: guiar. Quiso cumplir el sueño que Laura, su madre, estuvo cerca de lograr. Estuvo a punto de ser maestra, pero no continuó porque se dedicó a criarnos. Se frustró por esa parte. Pero también le encantaba cantar. Y a mí me gustaba cantar como mi madre”, dice Purita Valentina Pelayo con una risa que esconde rápido antes de tararear, espontánea, el inicio de Noches de Bocagrande.

Noches de Bocagrande
bajo la luna plateada
el mar bordando luceros
en el filo de la playa

“Me gusta disfrutar de los boleros del Caribe y degustar de una cerveza helada y un buen whisky”, me escribirá otro día por correo electrónico. “Tal vez al filo de un balcón, brizado por el aire de una playa cercana, observando las luces de un buque, al parecer, varado a lo lejos de algún muelle”.

Noches de Bocagrande fue el bolero con el que, dice, se presentó a un concurso en una radio de Esmeraldas. Tendría ocho, nueve años. Su madre no lo supo. Su madre no la escuchó. Purita Valentina Pelayo soñó enseguida en ser una estrella, actuar en cine y televisión. En el Colegio 5 de Agosto, donde estudió la secundaria, actuó en obras de teatro y se unió a un club de pintura.

Pero la pintura, sin saberlo, sería la ruta azarosa hacia un destino: una vocación. “Una vez acabé de pintar un cuadro a partir de una postal que me regaló una amiguita. Era el lago de Atitlán, de Guatemala”. Lo pintó y necesitaba que le diera el sol para que se secara y, recuerda, en la calle tardaba mucho. “Cogí y me fui hasta un cerro de Esmeraldas, donde estaba la misión comboniana de los italianos. Llegué y hablé con el director para que me dejara subir a la terraza para secar mi cuadro. Y él me dijo que claro, que encantado”. 

Los Misioneros Combonianos, fundados por el sacerdote italiano Daniel Comboni, llegaron a Esmeraldas en abril de 1955. Una de sus labores era enseñar catecismo. Purita Valentina Pelayo fue involucrándose de a poco con ellos y, a los quince años, se unió a la asociación de jóvenes. Cada domingo, como parte de sus tareas, acompañaba a los curas a la misa en la cárcel de varones de Esmeraldas. Eran visitas largas y seguidas, que la dejaban intranquila, descolocada. “Muchos presos eran personas que no tenían familia. Me acuerdo de uno que trabajaba vendiendo helados y lo habían acusado de un delito que supuestamente no cometió. Cuando lo visitamos con un cura, conversamos y me pidió, casi llorando, que lo ayudara a salir. Tenía 22 años. Eso me marcó y ahí supe lo valioso que era ayudar a las personas”.  

Su indignación empezaba a ser un pálpito, una sacudida, el ímpetu inextinguible que es ahora. Dice que, desde ese tiempo, aprendió a desenvolverse en las cárceles, a buscar abogados o intermediarios para liberar a los detenidos, a llamar a familiares y amigos. 

Entendió que la justicia podía reducirse a un cabildeo rancio y caro, y asimiló temprano los mismos mecanismos —entrar a las celdas, conseguir ayuda, rastrear a familiares— con los que años más tarde intentaría arrancar a sus compañeras travestis y transgénero de la violencia sistemática e impune de la policía durante los años de las desapariciones, los crímenes: el terrorismo perverso del Estado. 

§

El sueño siempre fue ser abogada. El destino: Quito. Años ochenta.

La capital y la democracia aún flamante del país prometían libertad, oportunidades, florecimiento. Y a momentos Quito le dio un poco de eso, pero para Purita Valentina Pelayo la ciudad-convento se volvió, sobre todo, una trampa, un desplante. Una tierra movediza y dolorosa. “Vine a Quito con una maleta llena de esperanza”, dice, sin esquivar la carga cursi de la verdad de quien recién llega, pero la desactiva pronto con la seriedad de lo aprendido. “Mi meta era estudiar Leyes, pero terminé aprendiendo a jugar con dos realidades para sobrevivir”. 

El día y la noche. 

Lo masculino y lo femenino.

La vida formal y la otra: más fértil, más versátil. 

Purita Valentina Pelayo transitó entre esos ámbitos por el campo minado de finales de los años ochenta. León Febres-Cordero era presidente de la República. La represión: su mandato tácito, explícito.

En el día, estudiaba Filosofía en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Uno de los curas combonianos le dio una carta de recomendación para entrar. Escogió Filosofía y Ciencias Políticas “para hacer algo”, porque no aprobó el examen de ingreso a Jurisprudencia. 

En los dos años y medio que se quedó en la carrera, dice, trabajó en la biblioteca de la PUCE, en la Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit y en un banco. Estudió Periodismo en la Universidad Central por un tiempo y participó en proyectos de desarrollo comunitario en el área urbana de Quito. “Pero me dediqué más a construirme en mis dos realidades diferentes, y esa dicotomía no me permitía concentrarme en un solo objetivo”, dice Purita Valentina Pelayo para explicar por qué todas esas posibilidades que parecían fines no dejaron de ser, apenas, comienzos.

Por la noche, se travestía —con las cejas espigadas, el pelo incendiado y la misma boca roja de ahora— y se reunía con las amigas que había ido conociendo en la ebullición, el riesgo, la incandescencia y el éxtasis del barrio La Mariscal, en el centro-norte de Quito. Con ese, su clan, bailaba, tomaba, conversaba y aprendía. Pero esos eran años —aún más— letales para las diversidades.

La despenalización de la homosexualidad, como escribe Purita Valentina Pelayo en su libro Los fantasmas se cabrearon, todavía «era un mito».

«En los años ochenta, cuando Quito se suponía estaba preparada para asumir y aceptar la vida y entorno de travestis y transexuales», cuenta en otras páginas, «reaccionó con violencia cuando comenzaron a aparecer con mayor frecuencia por sus calles».

§

Las Coccinelle, como organización, nacieron en La Mariscal. “Y por eso siempre nos concentramos ahí”, dice la voz amabilísima de Nebraska Montenegro —guayaquileña, 65 años, presidenta de la Nueva Cocinelle, activista imprescindible y amiga leal de Purita Valentina. “Nos reuníamos ahí cuando las compañeras paraban en las noches, porque en el día no se podía ni salir. Ni siquiera salíamos a un restaurante porque, en primer lugar, no nos atendían”, dice y el teléfono desde el que habla, se apaga. 

Purita Pelayo en 2021

El activismo continúa para Pulita Pelayo en 2021. Fotografía de Michelle Gachet.

Cuando vuelve a conectarse enseguida, se disculpa y dice que su celular está “viejito y falloso”. Y sigue recordando. “Claro que me detuvieron. ¡Ay, la cárcel era mi casa!”, dice. Todos los fines de semana que salía a la discoteca, cuenta, la arrestaban: un día, un mes, porque no tenía plata para pagar a los tramitadores. “Tenía que quedarme dos meses si no quería pagar ni un centavo”, recuerda Nebraska Montenegro.

Las amigas, las trabajadoras sexuales que eran quienes más amanecían en las cárceles —vejadas, torturadas— le habían enseñado a Nebraska, a Purita y a otras compañeras a no dar su nombre legal al momento de su detención.  

“Ellas siempre me defendían cuando llegaba la policía. Decían que yo no era una prostituta, que era solo una amiga, que yo no hacía los relajos y los escándalos que hacían otras. Al siguiente día, a veces, no las encontraba. Y era porque estaban presas. Entonces yo trataba de ayudarles o de hablar con alguna persona conocida, algún familiar”, dice Purita Valentina. Adoptar otra identidad era una táctica, una forma mínima de escape: de no dejar rastro. Tener otro nombre, un seudónimo, era también tener un traje para la vida rígida.

§

Purita Valentina, así, pasó a ser la noche. Y Alberto —Alberto Cabral— empezó a ocupar el día.

Pero ese nombre con el que la rebautizaron fue mucho más que un guiño artístico. Fue el blindaje con el que Purita Valentina Pelayo entró en una lucha que, por esos años, se creía impensable, imposible de ganar: la despenalización de la homosexualidad en Ecuador. 

“Purita, a quien yo conocí con su nombre propio, me vino a ver a la oficina y me dijo: «yo no puedo usar mi nombre porque vivimos bajo represión», y me preguntó qué nombre se me ocurría darle”, dice Alexis Ponce, fundador de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos del Ecuador (APDH) e impulsor de la despenalización de la homosexualidad en el país. 

“En ese tiempo había dos artistas enormes, inmensos, ya fallecieron: Alberto Cortés y Facundo Cabral. Ellos se presentaban en pareja siempre. Estaban por venir a Ecuador, y justo me acordé de ellos. Y le dije: «bueno, ahí está el nombre: ¡Alberto Cabral!» Y ese fue su nombre de guerra durante todo el proceso de la despenalización, entre los años 97, 98”, dice Ponce, quien al escuchar la palabra Cocinenelle evoca a Purita Valentina y a sus compañeras desde un pasado duro y victorioso. 

Ponce las enaltece hasta una cúspide que merecen, pero que aún no ocupan, y por la que el Estado —y la sociedad— todavía les debe tanto. Todo. “Cuando caminaban juntas eran como una giganta de veinte metros que iba gestando una subversión solo con su andar”, dice. Así de grandes se las veía

El suyo, sin embargo, no fue un nacimiento ni un crecimiento leve. Purita Valentina Pelayo lo sabe. “Les decía a las chicas: «Miren, tenemos derechos. Los indígenas, los trabajadores, los estudiantes se han organizado. Nosotras también tenemos que organizar la lucha por nuestros derechos, porque no somos una basura, como dice la policía». Unas me escuchaban, pero como que no les convencía”, dice Purita Valentina Pelayo. A muchas les costaba imaginar que ellas —peluqueras, meseras, trabajadoras sexuales— iban a conseguir algo de un sistema que las había —que las ha— relegado siempre “al frío, las tinieblas y las páginas de crónica roja”, como describe Purita Pelayo en su libro.  

Escépticas pero motivadas, se fueron uniendo pocas. De cinco integrantes pasaron a diez, a veinte. En su mejor momento fueron cuarenta en Quito. Empezaron a interesarse más personas de otras provincias. Cuando ya fueron una fuerza, tuvieron que buscar un nombre, un lugar. “Pensamos en llamarnos hasta las Panteras Rosas o Las Cenicientas”, cuenta Purita Valentina Pelayo, apenas riéndose.

Finalmente se nombraron Cocinelle en honor a la actriz y cantante transgénero francesa que, en 1958, fue la primera de su país en someterse a una cirugía de reafirmación de género en Casablanca, Marruecos. “Era medio difícil de pronunciar, pero lo elegimos en honor a ella, porque también sufrió bastante”, dice Purita Valentina Pelayo. La Asociación de Gays, Travestis y Transexuales Coccinelle fue reconocida legalmente en 1997.

Ese fue el año de las gestas.

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El 27 de agosto de 1997 se hizo la primera marcha en Quito para protestar por la violencia policial contra las personas con “una orientación sexual diferente” —escribe en  Los fantasmas se cabrearon— que eran consideradas “grotescas”.  

Cada miércoles de ese entonces, las Coccinelle plantaban sus cuerpos nocturnos en la Plaza Grande —sede del Palacio de Gobierno: el poder ejecutivo— para reclamar por sus vidas. En ese lugar, su clamor se juntaba al de otros, como el de la familia Restrepo Arismendi, que demandaban respuestas por sus hijos desaparecidos por la policía. 

Dos meses después, el 25 de noviembre de 1997, y luego de haber recogido ellas mismas —en la Plaza Grande, la Plaza del Teatro, la Universidad Central o la planta baja de la Corte de Justicia en Guayaquil— las firmas necesarias para presentar en el Tribunal Constitucional (hoy reemplazado por la Corte Constitucional), se derogó el primer inciso del artículo 516 del Código Penal del Ecuador, que penalizaba las relaciones homosexuales consentidas.  Ese año todas salimos a bailar, a comer, a festejar lo conseguido”, dice Nebraska luego de venderle una botella de cola a una clienta que ha ido hasta la Tienda Arcoíris, el negocio que montó con Purita Valentina Pelayo, en el sur de Quito. “Pero ahora no ya haríamos lo mismo”, dice. 

Por cansancio.

Por precaución.

Porque aún no alcanzan lo que esperan desde hace tanto para celebrar.

Un año después de la despenalización, en 1998, Coccinelle recibió fondos de la agencia de cooperación holandesa Hivos. Los fondos, cuenta Purita Valentina Pelayo, sirvieron para organizar talleres sobre salud sexual, ayudar a la comunidad y rentar una oficina en el segundo piso de una casa en la Plaza San Blas.

Purita Pelayo en la Plaza Grande

Purita Pelayo en la Plaza Grande, en Quito. Fotografía de Michelle Gachet.

Su superación, sin embargo, fue amargor y espectáculo para muchos. Éramos pan caliente para los periódicos, la tele, la radio. Todo el Ecuador se enteró de quiénes éramos. Los homosexuales ya tienen oficina, un presidente, decía la gente. Ya salen a los desfiles, dicen que ya van a portarse bien, que ya no van a hacer espectáculo. Decían hasta secretaria ya tienen”, cuenta, con una emoción que pendula entre el orgullo y la desdicha.

Pero todo eso que aparentaba un futuro, cierta dignidad, una vez más, se diluyó. “Los directivos de Coccinelle no estaban preparados para el manejo adecuado de los recursos económicos que mantenían en su cuenta como parte de la cooperación internacional”,dice Purita Valentina Pelayo en su libro

Las sospechas, las acusaciones internas del mal uso del dinero, las separaron. Unas migraron a Europa. Otras volvieron a sus provincias o se quedaron en Quito para hacer lo mismo de antes, lo de siempre: sobrevivir.

§

Coccinelle se disolvió en el 2000 y pasó a llamarse FEMIS (Fundación Ecuatoriana de Minorías Sexuales), pero en 2006 puso en pausa sus actividades por “factores insostenibles”, dice Purita Valentina Pelayo en su libro. Quiso dejar el activismo, “no volver la mirada atrás”, y empezó a hacer planes. 

Volvió a Esmeraldas, por sugerencia de su hermana. “Estuve un año y medio, no soporté”, dice. Regresó a Quito. Buscó trabajo. No consiguió nada estable. “Se podría decir que he vivido de la informalidad”. Ha vendido licor, “cositas”. Tuvo dos amores. Cuando no estuvo con ellos, se prostituyó “eventualmente, de manera extremadamente eventual”.

En medio de todo, su madre, su hermana, murieron.

Y aún sin las mujeres de su vida, con ese ahogo, Purita Valentina Pelayo tuvo que seguir.

Se mudó a vivir por el sur de la ciudad, abrió una pequeña tiendita. Y en esa misma tienda en la que vivía acompañada por el ruido y el smog de la estampida de buses que iban por la avenida Rodrigo de Chávez, se sentó a escribir: a invocar a los “fantasmas heridos en medio de la penumbra” a los que conoció.

En 2017, a veinte años de la despenalización, el año en que publicó Los fantasmas se cabrearon, crónicas de la despenalización de la homosexualidad en el Ecuador, en la pequeña tienda, me dijo que en el fondo, mientras lo escribía, siempre tuvo la esperanza de que, de alguna forma, estaría cumpliendo con los ideales de la  gente que —como dice al principio del libro— cayó bajo las ráfagas de la discriminación y la persecución. De toda esa gente que quiso saltar el muro de la libertad, de la igualdad, y que lo estaba haciendo por una gran causa.

La última vez que las Coccinelle estuvieron juntas fue hace doce años. La publicación del libro de Purita Valentina Pelayo motivó a que, quienes aún quedaban, se reagruparan. La Nueva Coccinelle reapareció en 2017 con once sobrevivientes: las últimas. Las que habían resistido a la represión, el rechazo, la negligencia médica, los asesinatos, la exclusión laboral: todo contra lo que siguen luchando.

La nueva Coccinelle

la Fundación de Transfemeninas y Gays del Ecuador Nueva Coccinelle en la Plaza Grande. Fotografía de Michelle Gachet.

Mientras la comunidad LGBTIQ+ celebraba el logro que ellas alcanzaron, las Coccinelle habían vuelto —habían tenido que volver, en la orilla de su vejez— para reclamar por sus muertas, por sus vidas. Por la dignidad que lograron para otros, pero que aún no se les ha reconocido a ellas. 

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Las mismas voces, la misma plaza, el mismo reclamo.

Peggy, guardia de estacionamiento. Ximena Maribel, peluquera. Carolina, trabajadora sexual. Ellas y unas pocas más, junto con Purita Valentina Pelayo y Nebraska Montenegro, han vuelto a la Plaza de la Independencia, frente al Palacio de Carondelet, cada miércoles. “Para exigir que el Estado ecuatoriano dé la cara por nuestros muertos y violentados; por esa reparación digna, legítima y justa a las sobrevivientes”, escribieron las Nueva Coccinelle en un comunicado el 18 de agosto de 2021. 

Piden reparación. Una pensión. Al menos un último tramo de vida digna. Cuando estamos en la plaza nos acordamos de muchas cosas. Da un poco de pesar porque hace años nos reunimos ahí muchas de las compañeras pidiendo justicia, pidiendo que se nos atienda, pidiendo que paren las persecuciones”, dice Nebraska Montenegro. “La nostalgia a veces nos invade porque la plaza antes estaba llena con las compañeras”, cuenta. Hoy, muchas ya han muerto.

El 17 de mayo de 2019, en el Día Internacional contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia, la Nueva Coccinelle, con el apoyo de la Fundación Regional de Asesoría en Derechos Humanos (Inredh), presentó en la Fiscalía una denuncia al Estado ecuatoriano por el delito de lesa humanidad y el de persecución a las víctimas de represiones policiales intensificadas desde la década de los 80 hasta la década del 2000. 

Desde entonces han pasado dos años. Y no mucho más. “La denuncia está en investigación previa. Y en el 2020 no se avanzó mucho. Aún no se habían tomado versiones. No se habían hecho informes, diligencias, porque estábamos todos encerrados por la pandemia”, dice Luisa María Villacís, asesora legal de Inredh. “Pero las compañeras siguen al pie de la lucha”, afirma Villacís. “Han dicho: «Nos estamos muriendo», «Ya estamos todas viejas», como dice la Purita. «Nos vamos a morir y no vemos justicia»”, dice. 25 años después: la misma deuda. 25 años después: la misma rabia. 25 años después: la misma impunidad.

Los fantasmas siguen cabreados. Los fantasmas, también, están cansados.

Óscar Molina V.
Quito, 1987. Periodista. Ha publicado en medios como Mundo Diners, SoHo, CartónPiedra, Revista Vanguardia, El Espectador (Colombia) y The Clinic Online (Chile). Editor y docente universitario. Tiene una maestría en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, España).