Las manos de la madre sacan de un armario profundo, camisetas y uniformes deportivos intactos. Cada prenda está colgada en un armador. La madre los lleva en el aire, y los pone sobre la cama de dos plazas con un cobertor crema y liso, como recién tendido. Un olor penetrante y cálido copa el aire, la luz sutil traspasa unas cortinas blancas. Es la habitación de Álex Quiñónez, el atleta esmeraldeño de 32 años que fue asesinado la noche del 22 de octubre de 2021 en un barrio de la convulsionada Guayaquil. 

Las camisetas, los uniformes, los pantalones, un par de gorras, pueblan la cama. Álex Quiñónez ya no está para vestir esas camisetas de la selección de atletismo del Ecuador o de las marcas que lo auspiciaron. Nunca usará el enterizo tricolor que recibió para los Juegos Olímpicos Tokio 2020. Nunca pudo estrenarlo por una sanción internacional que recibió. Doña Ana Quiñónez, una mujer de ojos resplandecientemente negros, piel oscura, tersa y uniforme, esboza una sonrisa y reparte carcajadas como quien reparte rodajas de sandía en medio de la nostalgia. Dobla y aprieta contra su pecho las camisetas de su hijo, el campeón. Doña Ana Quiñónez suspira. zapato de Álex Quiñónez

La mamá sigue sacando la ropa del armario. Sacude el polvo de los zapatos deportivos verde y naranja fosforescente con los que su hijo corrió en la prueba final de 200 metros planos en los Juegos Olímpicos Londres 2012, en la que terminó séptimo y lo convirtió en el hombre más veloz de Ecuador. Ana Quiñónez saca otros zapatos negros y nuevos, con las suelas sin rastro de polvo. Álex Quiñónez iba a usarlos en las olimpiadas Tokio 2020 pero nunca pisaron la arena asiática. De la oscuridad del armario también sale un uniforme de la Academia Naval Jambelí, colegio del que se graduó su hijo. Álex Quiñónez, el campeón, ya no está.  

En la habitación de paredes celestes y franjas blancas solo queda el olor del perfume que usaba. Dice su familia que es como si él estuviera allí, como si apenas se lo hubiera rociado en el cuerpo. “Este dolor no va a pasar nunca. Yo camino, ando, vengo, pero no. Es algo que me tapa la respiración y me deja sin aliento”, dice doña Ana. Álex Quiñónez ya no está. No está ese cuerpo menudo, largo y vigoroso que dormía en esa cama, que jugaba videojuegos hasta la madrugada, el cuerpo mesomórfico con espalda ancha triangular que se terciaba medallas con facilidad. Ya no retumban las risas y la voz de Álex Quiñónez, el más veloz. 

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Ana Quiñónez posa para un retrato mientras cuenta los logros de su hijo. Fotografía de Vanessa Terán Collantes para GK.

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Álex Quiñónez corría como un guepardo. Jorge Casierra y Roberto Erazo, sus primeros entrenadores, dicen que se dieron cuenta del potencial atlético de Quiñónez por su forma de pisar. “Su pie rebotaba en el piso”, dice Casierra, un hombre menudo, lleno de vitalidad y de voz amigable. Jorge Casierra se emociona. Dice que una persona que no sabe de atletismo no se daría cuenta de ese detalle en la pisada. “Es algo imperceptible”, dice. Pero ambos entrenadores lo notaron. 

En la sala de su casa, en Esmeraldas, una ciudad pobre del norte costeño de Ecuador, con casas pintadas de color fosforescentes, otras con balcones que parecen desbordarse de las fachadas, el profesor Roberto Erazo, conversón, el cabello de canas juguetonas, dice que un día hace más de tres lustros, él y Casierra fueron a ver un partido de un intercolegial de fútbol en la categoría 14 años. “Siempre ha sido nuestra característica ubicar en las escuelas y colegios los talentos de nuestra disciplina”, dice Erazo. Lo que era un scouting de rutina se convirtió en una revelación.

Desde la tribuna, vieron resplandecer las piernas veloces de Álex Quiñónez. Sus pies apenas acariciando la cancha, yendo tras la pelota. Casierra tuvo una premonición: ese chico iba a competir a nivel mundial.

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Decenas de adolescentes entrenan atletismo en el estadio Folke Anderson, donde Quiñónez comenzó su carrera. Fotografía de Vanessa Terán Collantes para GK.

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Cuando se terminó el partido de fútbol, Casierra y Erazo invitaron a Álex Quiñónez a que participara en otro campeonato intercolegial: el de atletismo. “Al principio no quería, pero se presentó y ganó la prueba de 400 metros”, dice el profesor Roberto Erazo. Dos meses después, Quiñónez entró a la Selección de Atletismo de Esmeraldas para participar en el campeonato nacional prejuvenil en Ambato 2004. Ese fue el inicio de Álex Quiñonez, el campeón de Esmeraldas. 

Erazo continua. En Ambato, una ciudad centroandina del Ecuador, no le fue tan bien. Pero volvió a Esmeraldas motivado para seguir moviendo sus piernas y sus pies en la pista del estadio Folke Anderson, donde empezó a evolucionar el guepardo en el que se convertía. Dos años después, Quiñónez obtuvo una beca de estudios para deportistas en la Academia Naval Jambelí, una institución educativa particular que becó a 42 promesas deportivas esmeraldeñas. En enero de 2009, se graduó como bachiller de la Jambelí pero por problemas económicos de su familia se retiró del atletismo. “En vez de motivarlo, cultivarlo o ayudarlo, nosotros no podíamos cumplir muchas cosas con él, ya era atleta de otro nivel”, dice el profesor Erazo. Desde mediados de ese año hasta mayo de 2011, cuando sus entrenadores lo convencieron de volver a las pistas, vivió en Guayaquil. 

El chico que de niño quería ser futbolista conquistó pistas atléticas alrededor del mundo. Atleta viene del griego antiguo αθλος (athlos), que significa competición. Álex Quiñónez era un competidor. Se paraba en la línea de salida y siempre destacaba. En toda su vida deportiva ganó al menos 300 medallas, recibió docenas de trofeos y diplomas. 

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Cuando volvió a las pistas, su objetivo era estar en los Juegos Olímpicos Londres 2012. Para que un atleta llegue a la máxima competencia de los deportes del mundo debe pasar lo que se conoce como “el ciclo olímpico” en el periodo de cuatro años entre olimpiadas. 

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En un soporte de madera que ya no aguanta el peso, están colgadas las medallas de Álex Quiñónez. Fotografía de Vanessa Terán Collantes para GK.

Quiñónez participó en los Juegos Bolivarianos, donde solo compiten deportistas de Bolivia, Perú, Panamá, Ecuador, Colombia y Venezuela, luego en los Juegos Sudamericanos, una competencia de atletas de la región sur y en los Juegos Panamericanos que incluyen a deportistas del continente americano. 

El profesor Jorge Casierra, quien hasta ahora entrena a adolescentes en el estadio Folke Anderson, explica que en todos esos juegos la Federación Internacional de Atletismo pone marcas bases que el deportista tiene que cumplirlas. Para participar en Londres 2012, los atletas debían cumplir la prueba de 200 metros en 20 segundos y 50 centésimas. Álex Quiñónez, el hombre más veloz de Sudamérica, bautizado así por el Ministerio de Deporte de Ecuador, corrió en 20 segundos y 49 centésimas. Quiñónez lo logró con sus piernas y brazos largos moviéndose como una orquesta. Así obtuvo su puesto en Londres 2012. 

En el atletismo hay pruebas de velocidad, resistencia, salto, marcha y combinada. Las pruebas de velocidad se subdividen en 100, 200, 400 metros planos, los relevos o postas. Quiñónez era especialista en la prueba de velocidad de 200 metros planos. 

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En el interior del estadio Folke Anderson hay una leyenda “Apoyando al deporte”. Sin embargo, decenas de deportistas no han recibido apoyo integral del Estado. Fotografía de Vanessa Terán Collantes para GK.

El profesor Roberto Erazo dice que trabajaron duro para que Álex Quiñónez sea experto en la prueba de velocidad de 100 metros, pero dice “es una prueba más técnica y no pudimos hacer ese desarrollo”. Pero orgulloso añade que Quiñónez tiene un récord nacional en la prueba de 100, 200 y 400 metros. “Va a ser difícil que por muchos años un atleta rompa sus marcas”, remata. 

Ya clasificado al sueño olímpico, Álex Quiñónez viajó a Londres, Reino Unido, como parte de la delegación olímpica del Ecuador. Casierra lo acompañó. El más veloz de Sudamérica en la prueba final de 200 metros corrió al lado del viento: el jamaiquino Usain Bolt, que ganó la prueba con la marca de 19 segundos y 32 centésimas. Quiñónez llegó séptimo con la marca de 20 segundos y 57 centésimas. “Esa fue una de las carreras más duras de toda mi vida”, dijo Álex Quiñónez en una entrevista para la televisora Ecuavisa. La prueba final tuvo a Ecuador, a Esmeraldas, a la Guacharaca, el barrio donde creció, ahogados en nervios. 

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Las calles del barrio La Guacharaca se encienden por el movimiento de los vecinos jugando naipes. Fotografía de Vanessa Terán Collantes para GK.

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La Guacharaca es un barrio levantado en una montaña de Esmeraldas. Tiene casas modernas de cemento y viejas construcciones de madera. Después de La Guacharaca no hay otro barrio y dicen que hay un bosque propiedad de los militares. En el barrio suenan parlantes con vallenatos, trap o salsa choke, un género musical original del Caribe colombiano, el favorito de Álex Quiñónez para bailar en las fiestas familiares. Niños pequeñitos juegan pelota en las calles y rugen motos que pasan veloces. La gente saca la cabeza por las rejas de sus ventanas sin vidrios para que circule el aire en la caliente Esmeraldas. 

En La Guacharaca, que también es un ave, nació y creció Álex Quiñónez al cuidado de su tía Cruz Antonia Quiñónez y su abuelita, mientras doña Ana trabajaba cuidando ancianos o familias en Guayaquil. Luego de su logro en las Olimpiadas de Londres de 2012, el gobierno nacional le regaló una casa valorada en 80 mil dólares al otro extremo de Esmeraldas, en el barrio la Tolita 2, para él y su familia: su madre doña Ana, su hermana mayor, Kathiuska Arboleda, y su sobrino Adriano. 

La habitación de Álex Quiñónez en esa casa está deshabitada. “Nadie duerme en ese cuarto, pero es como si estuviese aquí en la casa”, dice su hermana Kathiuska Arboleda, una mujer robusta, con una larga cabellera afro trenzada, la piel hermosa como la medianoche y la voz que raspa. 

Kathiuska Arboleda tiene los ojos tristes. Ya no está su hermano menor, con el que jugaba a la lucha libre, al que le hacía broma tras broma, al que protegía como lo hacen las mamás guepardos con sus crías. Kathiuska Arboleda recuerda que su hermano las ponía a correr cuando tenía una competencia, cada vez, ella y su madre le ayudaban a empacar a contrarreloj. 

Luego de las competencias atléticas, Álex Quiñónez siempre volvía a La Guacharaca. Se reencontraba con Álex Ordóñez, su tocayo y mejor amigo. Se veía con Kevin Castillo, que lo recuerda entre risas mientras cuenta que cuando jugaban carnaval —que en el Ecuador significa echarse mutuamente agua o lo que se encuentre— nadie podía alcanzar a Álex. Se juntaba con el Tin, que no dice mucho pero se le humedecen los ojos al recordar a Álex Quiñónez, el hijo dilecto de La Guacharaca. 

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El Tin recuerda a su amigo mientras mira un collage de fotos en un puesto de comida en las que está Quiñónez. Fotografía de Vanessa Terán Collantes para GK.

Vianka Castillo Prado, de grandes labios que en estos días no sonríen, era la novia de Álex Quiñónez desde hacía dos años. “Él era como un niñito, era demasiado ingenuo. Era muy tímido, ir a comprar le daba vergüenza”, recuerda Vianka sentada en la sala de la casa de la Tolita 2. 

En la Guacharaca también vive Andy, el hijo mayor de Quiñónez y al que no pudo darle su apellido. Hace pocos años, Álex, el más veloz, se había enterado que tenía un hijo mayor. El atleta también fue papá de dos niñas: Alexia y Aitiana. Alrededor de una mesa vieja de madera en una esquina de La Guacharaca, sus amigos y vecinos juegan barajas, en medio de la bulla lo recuerdan. Dicen que era la única competencia en la que siempre perdía. 

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Cuando Álex Quiñónez nació era un niño feo. Luego de tres días de labor de parto en su casa, el 11 de agosto de 1989, doña Ana dio a luz a un niño con las piernas torcidas y muy delicado. Apenas lo recuerda se frunce, se toca la cadera como si pariera de nuevo. 

Doña Ana dice que su hijo siempre fue un niño bien cuidado por todos porque le costó nacer. “Lo llevaron a pesar y ese muchacho era bien gordito”, recuerda. Ella tuvo que dejar Esmeraldas para irse a trabajar a Guayaquil. Se llevó a sus dos hijos, llegaron a vivir en el barrio Cristo del Consuelo. En esa ciudad ella trabajaba en casas ajenas, trapeando, barriendo, cocinando, arreglando. Álex jugaba a la pelota y Kathiuska le cuidaba las espaldas. 

Años después, Álex Quiñónez y Kathiuska Arboleda volvieron a La Guacharaca al cuidado de su familia materna. Álex no se apellidaba Arboleda, como su hermana, porque dice Doña Ana, que cuando le pidió al papá ir a inscribir al niño feo recién nacido, él no quiso y le respondió con groserías. “Me considero demasiado mujer para trabajar y sacar adelante a mis dos hijos”, recuerda que le dijo iracunda a su entonces pareja. Cuando Álex Quiñónez era ya más adulto que adolescente, su mamá consideró que debía cambiarse de Quiñónez a Arboleda. “Para qué quiero ningún apellido, si me pongo Arboleda van a decir quién es ese. Déjeme con mi Quiñónez que soy grande”, le dijo su hijo. 

A Alex Quiñónez no siempre lo llamaron con el nombre escrito en su cédula: Alex Leonardo Quiñónez Martínez. Fue ardillita, pellejito, flaco para su hermana Kathiuska. Mi chiquitito, mi morito engreído o mi amor lindo para su mamá. El Clon para los vecinos de La Guacharaca. Alex Vicente, cuchareado, chimbilaco para su prima Juliana Ángulo o para sus amigos. Álex Quiñónez, “El más rápido” como el título de la canción que le compuso en 2012, su amigo y vecino, el rapero Waldokinc El Troyano. ¡Qué rápido corre ese nene, nadie lo detiene! 

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El Clon ya no está. La última vez que Vianka Castillo sintió a su novio, fue con un beso en su frente cuando se despidieron en la mitad de una calle. Era la noche del 22 de octubre de 2021, que transcurría calmada en medio de la algarabía de los barrios guayaquileños. Alex Quiñónez y Vianka Castillo vivían juntos en Colinas de la Florida, un populoso barrio al noreste de Guayaquil. 

Él decidió salir de su casa a comprar hamburguesas para cenar. Le dijo a ella que la llamaría cuando estuviera cerca de la casa para ir por las papas. Pero ella se adelantó y encontraron a medio camino. Álex Quiñónez le entregó la comida y hablaron sobre qué tomar. “Ya pues ándate”, le dijo y le dio el beso. Ella no quería irse sola a la casa. Pero terminó por aceptar. Recuerda que tomó la comida y empezó a caminar. 

Vianka Castillo posa para un retrato mientras cuenta sus recuerdos con su novio. Fotografía de Vanessa Terán Collantes para GK.

De repente, escuchó lo que le pareció eran juegos pirotécnicos. “Pero yo veo que la gente comienza a gritar, una chica dijo es que mataron a dos chicos parece que uno es tu tío”, le dijo. Ella corrió. Pero su tío estaba vivo. Ella lo vio venir, intentando que no viese el cuerpo de Álex Quiñónez, que yacía boca abajo en el filo de la vereda. “Yo ahí lo abrazaba, lo besaba, y no me dejaban alzarlo”, dice con su voz empapada de dolor. Esa noche también fue asesinado Christopher Arcalla, un cantante de música urbana, quien recibió 15 tiros. Álex Quiñónez fue impactado con nueve. 

Kathiuska Arboleda estaba en Esmeraldas, intentando prender una parrilla para vender alitas asadas fuera de su casa, pero al mismo tiempo había intentado todo el día hablar por celular con su hermano. No respondía ni él ni Vianka Castillo. Sonó su teléfono y vio que en la pantalla aparecía Wilmer Castillo, el suegro de su hermano. “A ver ñaño dime, toda la tarde he tratado de comunicarme contigo”, contestó. “Le acaban de disparar a Alex, parece que está muerto”, le dijo Castillo. Su hermana escuchó gritos y llantos a través del teléfono. Álex Quiñónez, el más rápido, el chico de La Guacharaca, se volvía eternidad.

Álex Quiñónez fue velado por apenas tres horas en el sur de Guayaquil, donde vivió parte de su infancia. Su prima Juliana Ángulo dice que no podía ser velado más porque el cuerpo ya no resistía las altas temperaturas de la ciudad. Fue trasladado a Esmeraldas para ser sepultado en el cementerio general en la zona de los personajes destacados de la ciudad. 

El cuerpo prodigioso de Quiñónez fue acompañado por una procesión de esmeraldeños en una mañana calurosa hasta su tumba. Reposa junto a los restos de Luis Vargas Torres, político y militar en la Revolución Liberal. 

En la madrugada del 23 de octubre, las viscosas redes sociales comenzaron a especular que la muerte de Quiñónez estaba relacionada con bandas delictivas o con drogas. “Lo único que quiero es que no se pongan a hablar mal de mi compa, él no se metía con nadie”, dice enfático su mejor amigo, Álex Ordóñez. Las autoridades comenzaron una investigación para saber las razones del asesinato y detener a los culpables, pero no ha avanzado. 

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Juliana Ángulo, Kathiuska Arboleda y Vianka Castillo visitan la tumba de Álex Quiñónez en el cementerio de Esmeraldas. Fotografía de Vanessa Terán Collantes para GK.

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No competir en Tokio 2020 fue el comienzo del declive. Vianka Castillo dice que su novio lloraba todas las noches y se despertaba para tomar agua. Había dejado de comer a montones como lo hacía, hablaba de lo que le pasó en Tokio como si relatara una alucinación. El 26 de julio de 2021, el Comité Olímpico Ecuatoriano confirmó que el atleta no participaría en la prueba de 200 metros porque recibió una sanción del Tribunal Arbitral del Deporte (TAS por su sigla en inglés) al no reportar por tres veces su ubicación para realizarle pruebas antidopaje. 

Los deportistas élite del mundo, como fue Álex Quiñónez, son monitoreados por la Agencia Mundial Antidopaje (AMA). El objetivo es que los deportistas rindan en las competencias sin la necesidad de sustancias que mejoren artificialmente su desempeño. El profesor Jorge Casierra dice que la AMA en cualquier momento y de forma sorpresiva llega donde están los atletas concentrados o entrenando a hacerles pruebas antidopaje. Para eso, los atletas a través de una aplicación en su celular con GPS y un PIN o clave, deben reportar su ubicación geográfica de entrenamiento. Álex Quiñónez no reportó su ubicación por tres veces en el lapso de un año. 

El profesor Jorge Casierra dice que la ley deportiva no es para nada flexible. Nada. En el 2021, Quiñónez se cambió de ciudad de entrenamiento por dos veces y no reportó a la AMA esos cambios. “Si usted en tres oportunidades no comunica automáticamente ellos sospechan de que está haciendo un acto ilegal”, explica el profesor Casierra. La tercera vez que Quiñónez no reportó su ubicación fue antes de las Olimpiadas en la capital japonesa. Para ese reporte estaba encargado su manager Alberto Suárez. El atleta estaba en Florida, Estados Unidos, pero Casierra dice que Álex Quiñónez le contó que tuvo que viajar repentinamente a Barcelona, España. Ese cambio de ubicación no fue reportado a la AMA. Luego de esa tercera falta, comenzó el proceso de penalización. 

Aún sabiendo eso, Quiñónez viajó con la delegación ecuatoriana a Tokio. El Ministro de Deportes ecuatoriano, Sebastián Palacios, un hombre largo y de rostro jovial, dice “siempre había expectativa de que pueda existir algún tipo de excepción. Y, por eso Álex viajó. Álex era uno de los principales opcionados para lograr una medalla olímpica”, dice Palacios. Pero la notificación de la suspensión llegó y el Tribunal decidió la suspensión temporal por dos años a Álex Quiñónez. Una apelación redujo la suspensión a 12 meses. Álex Quiñónez no iba a poder participar en ningún evento deportivo desde el 26 de julio de 2021 al 26 de julio de 2022. 

La tristeza se le notaba en la cara. “Quería pedirles disculpas por todo lo que está pasando, no sé ni cómo explicarlo”, dijo soltando un suspiro y  refregándose los ojos en un video publicado en las redes sociales. Con la sanción encima, el atleta también perdió auspicios de empresas privadas y no pudo participar en los Juegos Olímpicos para los que se había preparado desde 2018. Quiñónez había dejado el atletismo por problemas familiares y económicos entre el 2015 al 2017, cuando ya era considerado un deportista de alto rendimiento. Ir a Tokio representaba su triunfal regreso a las pistas mundiales. 

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Ana Quiñónez atesora los zapatos con los que compitió su hijo y los que no pudo usar en Tokio 2020. Fotografía de Vanessa Terán Collantes para GK.

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Luego de lograr el séptimo puesto en los Juegos Olímpicos Londres 2012, Quiñónez ingresó al Plan de Alto Rendimiento, un proyecto creado para impulsar a los mejores deportistas de todas las disciplinas y prepararlos para los juegos olímpicos. 

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En el plan de rendimiento, los deportistas ocupan alguna de las siete categorías para recibir incentivos económicos. Quiñónez estaba en la categoría Tokio 2020 en la que recibía 7 remuneraciones básicas unificadas. Según Palacios, eso sumaba 3 mil dólares mensuales. “En total, recibió 157.860 dólares desde 2013 hasta 2021”, dice Palacios. Para sus ex entrenadores Jorge Casierra y Roberto Erazo, esa cantidad es mínima comparada al potencial atlético que tenía el chico de La Guacharaca. Erazo dice que al menos se debió invertir un millón de dólares para que él pueda cubrir sus necesidades personales y familiares y se enfoque en entrenar. Además de que tras él haya un equipo compuesto por un fisioterapeuta, deportólogo, nutricionista, psicólogo. Hoy, el Plan de Alto Rendimiento tiene 0,11 de esos profesionales por cada atleta. 

El Plan de Alto Rendimiento otorga derechos pero también exige que se cumplan deberes. Uno de esos es que el deportista debe aportar voluntariamente su afiliación a la seguridad social. También debe cumplir con un cronograma de entrenamiento o no incurrir en infracciones graves o muy graves. 

Al concluir los Juegos Olímpicos Tokio 2020, el Comité de Calificación y Evaluación de los deportistas del plan de alto rendimiento se reunió para hablar sobre los resultados de ese evento. Ahí, dice el ministro Palacios, se trató la suspensión de Quiñónez. El plan de alto rendimiento ordenaba excluir a Álex Quiñónez por los mismos 12 meses que duraba la suspensión dictada por el TAS.  Esa suspensión le quitó el incentivo mensual que recibía y todos los demás derechos que tienen los más de 300 deportistas que están dentro del plan. “Es increíble y es inaudito que no podamos mantener a un deportista en el plan, pero la ley es la ley, y había que cumplirla”, dice Sebastián Palacios, sentado tras su escritorio amplio y despejado en Quito. 

Pero no todo era tan malo. Quiñónez iba a poder seguir entrenando con el apoyo de la Federación Ecuatoriana de Atletismo en Quito. Su mamá, doña Ana, dice que estaban comprando muebles y adornos para que su morito engreído y su novia Vianka Castillo se vayan a vivir a la capital para que él siga con su preparación. Ninguno de esos planes se cumplieron. Quiñónez no volvió a las pistas. 

Un dolor profundo carcomía a Álex Quiñónez. El tiempo que pasaba en su habitación de paredes celestes con franjas blancas, lloraba desconsolado, escondido de su mamá. Nunca le contó lo que sentía, pero Vianka Castillo dice que estaba frustrado por la suspensión que recibió y que no le permitió competir en Tokio. “Qué sería el dolor tan grande que él tenía, lo calló hasta lo último”, dice doña Ana. Vianka Castillo dice que ese dolor era porque su sueño olímpico se desvaneció por un error del manager. 

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Kathiuska Arboleda observa un poster de su hermano, en un pasillo de la casa. Fotografía de Vanessa Terán Collantes para GK.

No era la primera vez que Quiñónez tenía un problema con los gestores de su carrera. Luego del logro en Londres 2012, Casierra y Erazo enviaron oficios al gobierno nacional para impulsar más la carrera de Quiñónez. Sus pedidos fueron aceptados: el gobierno les daría dinero para viajar juntos a Lérida, España. 

Allí, en un centro de alto rendimiento, Quiñónez iba a comenzar un entrenamiento exhaustivo, lejos de las distracciones que representaba Esmeraldas: las fiestas constantes, los irregulares horarios de sueño y alimentación. Además, el ex marchista y campeón olímpico Jefferson Pérez —dedicado a la industria deportiva— iba a firmar con Álex Quiñónez un contrato de representación. 

Pero apenas se estaban instalando, llegó desde Ecuador un hombre llamado José Nobrega de la empresa de impulso deportivo Lateral Sport Entertainment, que dijo, era el representante de Álex Quiñónez, nombrado por su familia. 

El profesor Roberto Erazo afirma que Nobrega le ofreció a Álex Quiñónez, conseguir auspicios más ambiciosos de los que ya tenía, generar un millón de dólares anuales y crear la fundación Álex Quiñónez. 

Ese día, Nobrega convenció a Quiñónez de volver a Ecuador para planificar su futuro. Todos regresaron al país. Lateral Sport apenas duró seis meses en la vida de Quiñónez, dice Roberto Erazo, pero la empresa lo niega. “Tiene el dato errado, no teníamos pensado trabajar con él [Quiñónez]”, respondió, escueto, José Nobrega por correo electrónico. 

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Hoy, Álex Quiñónez está transformado en colibrí, en golpes o sonidos raros en la casa, transformado en voces o sombras que aparecen en sueños. Eso dicen y creen su prima Juliana, sus amigos, su madre y su hermana. El más rápido de Esmeraldas, de Ecuador, de Sudamérica apareció un día mientras doña Ana fregaba la ropa en la terraza de su casa. Doña Ana vio una luz resplandeciente alrededor de un colibrí blanco que volaba junto a ella. “Como que dijo aquí estoy”, dice su mamá con ilusión. 

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Su mamá cuenta que Álex se le presenta como un colibrí. Fotografía de Vanessa Terán Collantes para GK.

Todos los días o la mayoría, trata de ir al cementerio, de acariciar su tumba, de cambiarle las flores, aunque no le gustaban, dice, ella siempre le pone unas frescas. Un día por su tumba, también vio otro colibrí café que revoloteaba, pensó de nuevo que era su hijo, el campeón. 

Doña Ana, con una lista de achaques provocados por la vejez, dependía económicamente de Álex. Sin él, su vida y su salud son una incertidumbre. El Ministro de Deporte, Sebastián Palacios, dice que el gobierno está comprometido a darle una pensión vitalicia.

Palacios explica que eso se podrá hacer porque fue aprobada la Ley de Desarrollo Económico. Esa nueva ley establece que a criterio del Presidente se podrá entregar un beneficio económico temporal o vitalicio para los herederos, cónyuges de personas que prestaron servicios relevantes al país como méritos culturales, deportivos o internacionales. Ahora solo falta que a través de un decreto ejecutivo firmado por el presidente Guillermo Lasso se asigne esa pensión. Otros de los compromisos es ayudar a la familia a obtener las escrituras de la casa recibida en el 2012 o apoyar a cobrar un seguro de vida que tenía Álex Quiñónez. 

La tristeza se esconde entre risas en la casa de Doña Ana. La casa no está vacía, salen y entran amigos de su hijo, se hacen bromas entre sí. “En el cielo ha de estar haciendo bulla”, dice su amigo Kevin Castillo. Doña Ana baja y sube las gradas, está lavando la ropa y preparando lasaña para venderla con una de sus sobrinas. 

En un momento se detiene y muestra el altar a su hijo: una antesala con la pared derecha tupida de medallas y credenciales de los juegos deportivos a los que asistió, mesas pulidas de madera abarrotadas de trofeos, diplomas y fotografías, otra pared profunda empapelada con fotografías de Álex sonriendo mientras era laureado. Hay un ambiente solemne y casi religioso cuando su mamá mira el altar.

Álex Quiñónez no volverá a la habitación con paredes celestes con franjas blancas. Ya no se escucharán sus risas o sus gritos al jugar videojuegos hasta la madrugada. Su mamá y su hermana no estarán apresuradas armando una maleta para que su campeón se vaya a una nueva competencia. Álex Quiñónez hoy es un tatuaje en forma de ángel con las alas desplegadas en la piel de su novia, de su hermana, de sus amigos y cuantos quieran encarnarlo. 

La antesala, o mejor dicho el altar, da a la habitación celeste. Doña Ana dobla la ropa que saca de los cajones, regresa los armadores al armario formando una fila de recuerdos y nostalgia. Cierra las puertas del armario. Oscuridad de nuevo.

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El nombre de Álex Quiñónez está tatuado en la clavícula de su hermana Kathiuska Arboleda y de al menos otras tres personas. Fotografía de Vanessa Terán Collantes para GK.

Mayuri Castro
Periodista de GK. Cubre educación, migración interna y los derechos de las mujeres. En 2021 ganó la Mención de Honor en Acceso a la Salud del Premio Roche por el reportaje El consuelo de un país en crisis recae en sus estudiantes de psicología. Fue parte del equipo de Mongabay Latam y GK nominado al premio Gabo 2021 en la categoría texto con el especial Mujeres en la Amazonía: lideresas indígenas que están cambiando el rumbo de sus comunidades.