Después de que su marido la deja y la vida que consideraba perfecta se derrumba, Midge Maisel descubre que no quiere ser madre (aunque tiene dos hijos), y que su verdadero sueño es ser comediante. Midge hace esa reflexión durante los primeros episodios de la primera temporada de The Marvelous Mrs. Maisel, frente al público de su set de comedia. La serie está ambientada en 1958, época en la que las reglas sociales dictaban que su papel de ama de casa y madre perfecta debían ser su única aspiración. A través de su humor —directo, agudo e inteligente— reflexiona sobre su nueva vida y lo que queda de la anterior. Lo hace de tal forma que sus dudas son tan naturales que probablemente resuenan con muchas de las mujeres que vivimos 60 años después. 

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The Marvelous Mrs. Maisel es la más reciente creación de Amy Sherman-Palladino, conocida por crear, escribir y dirigir Gilmore Girls en el 2000. Años antes de Midge Maisel, Lorelai Gilmore ya desafiaba los estereotipos que rodeaban a otros personajes de la época: abandonó a su familia rica para criar a su hija bajo los principios que ella consideraba correctos, era una madre soltera adolescente que se esforzó por construir su negocio independiente y nunca dejó que ningún hombre —incluyendo a su padre— le dijera cómo vivir. Con Midge Mailsel, Sherman-Palladino confirmó una vez más que los personajes que protagonizan sus historias son multidimensionales, desafiantes y complejos. 

Las crudas admisiones de Midge Maisel provocaron que críticos y parte de la audiencia la acusen de ser una “mala madre”. Rachel Brosnahan, la actriz que la interpreta, admitió en Twitter que su personaje “no va a ganar el premio a madre del año” y que es muy privilegiada al tener personas dispuestas a cuidar a sus hijos mientras ella se dedica a la comedia de stand-up. Sin embargo, Brosnahan le preguntó a los críticos por qué no acusaron a Don Draper de Mad Men o Walter White de Breaking Bad de ser malos padres por perseguir sus ambiciones. Lo importante, dijo Brosnahan, es distinguir entre una mala madre y una mujer afortunada que tiene un sistema de apoyo que le permite seguir sus sueños. 

Además, el enfoque de la serie es la carrera de Midge como comediante, no las horas que pasa con sus hijos. Brosnahan dijo que seguramente su personaje sí los está cuidando, pero eso pasa detrás de la pantalla porque a la audiencia no le interesa verlo. Las críticas no ven a Midge como alguien que está aprendiendo a ser comediante, sino como una madre que abandonó a sus hijos por preferir su carrera. 

La representación de las mujeres y cómo se trata el liderazgo femenino en la televisión y los medios importa. En 2019, la organización Plan Internacional y el instituto Geena Davis para el Género en los Medios publicaron el estudio Cambiemos el guion que mostraba la percepción de más de 10 mil mujeres adolescentes y jóvenes en 19 países sobre los roles de los personajes femeninos. La investigación llegó a la conclusión de que —en cualquier parte del mundo— el contenido de los medios tiene una influencia significativa en la forma de pensar y en cómo definían el lugar que tenían en la sociedad.

Personajes como Midge Maisel no abundan. Cuando las entrevistadas en el estudio Cambiemos el guion veían a alguien como ellas en roles secundarios o inexistentes, pensaban que esa era la ley de la vida y perdían la ambición de ser las protagonistas de su propia historia. Elle-Máijá Tailfeathers —escritora, directora y productora canadiense de origen canadiense— se pregunta “¿cómo puedes imaginarte a ti mismo haciendo algo si no puedes verlo?”. La representación, dice Tailfeathers, es especialmente importante para las personas que —como ella— “existen en los márgenes”. Según un estudio de la Universidad de San Diego, esas figuras tienen más probabilidades de estar en pantalla cuando hay mujeres involucradas con la capacidad de tomar decisiones en la producción.

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En los últimos seis años la cantidad de proyectos creados, escritos, producidos o protagonizados en su mayoría por mujeres ha aumentado consistentemente. El mismo estudio de la Universidad de San Diego identificó que en los programas de televisión transmitidos entre 2019 y 2020, el 31% de las personas que trabajan en posiciones de liderazgo detrás de escena eran mujeres. De esos, el 28% tuvieron creadoras y el 39% productoras. Su participación en estos roles se ha incrementado un 6% en promedio desde 2014. Midge Maisel es solo un ejemplo de ese cambio. 

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Hay productoras —como Hello Sunshine, de la actriz Reese Witherspoon— que se comprometieron a  contar historias con mujeres fuertes como protagonistas. Dos de sus producciones más exitosas son Big Little Lies y Little Fires Everywhere, series que Whitherspoon produce y protagoniza. Al igual que las de Sherman-Palladino, las dos series incluyen personajes que rompen con los estereotipos o representaciones convencionales y plantean incómodas y necesarias discusiones. 

La calidad de las historias se puede calificar con varios métodos. La principal y más básica es el test de Bechdel. La prueba, creada en el cómic Unas lesbianas de cuidado de Alison Bechdel, fue diseñada para evaluar la brecha de género en las producciones artísticas. Las reglas para pasarla parecen sencillas: deben aparecer al menos dos personajes femeninos que hablen entre ellas sobre algo distinto a un hombre. Big Little Lies, The Marvelous Mrs. Maisel y Little Fires Everywhere la pasan con éxito. Sin embargo, varios episodios de clásicos como The Office o Seinfeld fallan en al menos una de las condiciones del test. 

Las cinco protagonistas de Big Little Lies podrían fácilmente quedarse en estereotipos de clase alta estadounidense —si fuera producida por otro equipo probablemente eso sucedería. Pero están construidas de tal manera que ahondan en crisis y complejidades que las vuelven incómodas, falibles y, de cierta forma, cercanas. 

Está la madre que dejó su carrera por el “hombre perfecto” y que lidia con su violencia todos los días, la empresaria exitosa que sueña con que su hija sea feliz, la segunda esposa joven y atractiva que tiene un pasado de abuso infantil, la esposa perfecta que tiene un amante y una pésima relación con su hija, y la joven recién llegada al pueblo que ama a su hijo, pero odia las condiciones en las que lo concibió. Son personas con problemas reales, complejos y, en algunos casos, muy graves. La serie, igual que la vida real, no plantea una discusión en la que la respuesta deba ser simplificada a lo que un determinado código moral prescribe que está bien o mal.


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Algo similar sucede en Little Fires Everywhere, la historia de dos madres —de distinta clase social, raza y profesión— que están dispuestas a hacer lo que sea para proteger lo que consideran importante. Para Mia —Kerry Washington— es recordarle al mundo que la hija que concibió para otra familia es “solo suya”. Para Elena —Whitherspoon— es proteger la imagen de familia perfecta, aunque dañe a su hija menor en el proceso. No hay buenos ni malos, solo personajes que son en iguales cantidades desagradables y exquisitamente realistas. 

Los personajes de Big Little Lies, The Marvelous Mrs. Maisel y Little Fires Everywhere no comparten una personalidad que les encaja a todas por igual. “Es importante sentir que, por fin, en la televisión se está viendo la realidad y no el ideal. Aunque esta sea una realidad bastante adornada: con mujeres guapísimas y ricas”, dice Estefanía Arregui, codirectora del festival de cine feminista EQUIS. Estas mujeres tampoco están dedicadas exclusivamente a arreglar a los hombres o a ser un puente para que ellos desarrollen una mejor personalidad. Una de las entrevistadas en el estudio Cambiemos el guion dice que esa representación “es muy dañina” para los hombres y mujeres porque transmite ideas equivocadas sobre cuál es el papel de cada uno en la sociedad. El estudio concluye que, además de aumentar la cantidad de mujeres en la pantalla, los personajes deben representar correctamente las distintas realidades que vivimos.  

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Los personajes femeninos son más propensos a ser sexualizados. Cambiemos el guion concluyó que es cuatro veces más probable que aparezcan con poca ropa o totalmente desnudas en pantalla. Es cierto que las mujeres, al igual que los hombres, somos seres sexuales, pero hay una gran diferencia entre presentarlas como objetos y mostrar cómo disfrutan su sexualidad. Series como Fleabag —creada, escrita y protagonizada por Phoebe Waller-Bridge— y Sex Education —creada por Laurie Nunn— incluyeron a la sexualidad y el placer femeninos como uno de los principales ejes de sus historias. 

En los primeros 5 minutos del piloto de la serie, Fleabag —interpretada por Waller-Bridge— le cuenta directamente a la audiencia —su confidente— que acaba de afeitarse todo el cuerpo antes de recibir a un hombre con el que estaba teniendo sexo casual. Él es solo uno de los intereses sexuales que Fleabag tiene durante las dos temporadas de la serie. 

La vida sexual de Fleabag es un cambio a la narrativa negativa que describe el estudio Cambiemos el guion.  La experta en género María Pessina dice que en la serie de Waller-Bridge el sexo se ve desde el placer femenino, un gran desconocido en el mundo público. La audiencia ve todos esos encuentros desde su perspectiva, ella les cuenta a los espectadores lo que le gustó, lo que no y por qué. Al chico de ese primer episodio, por ejemplo, se lo recuerda por su especial interés en el sexo anal. 

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El acercamiento de Fleabag al sexo es similar al de la doctora Jean Milburn, una de las protagonistas de Sex Education. Milburn es una mujer divorciada de 40 años que disfruta mucho de los encuentros casuales y ha dedicado su vida profesional a solucionar los problemas sexuales de otros.  Jean Millburn y los otros personajes de la serie discuten sobre orgasmos, aborto, relaciones entre personas del mismo sexo, acoso, virginidad y los fetiches con la franqueza con que se habla entre amigos y confidentes —pero nunca en televisión. 

El tratamiento del sexo de Fleabag y Sex Education escandalizaría a muchos en Ecuador, un país en el que la educación sexual ha sido satanizada por grupos conservadores. Por años, se ha enfocado en la fallida filosofía de la abstinencia y no en convertirse en una herramienta útil de conocimiento. Las entrevistadas en Cambiemos el guion coinciden en que los ejemplos positivos de mujeres viviendo su sexualidad en sus propios términos —como Fleabag o Jean Milburn— son escasos. Sin embargo, la mayoría están conscientes de que la etiqueta “objeto sexual” está asignada a muchos de los personajes de los programas y películas que ven. 

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La necesidad de las mujeres de verse representadas correctamente en pantalla no es reciente, ha sido una discusión de décadas. En 1985, la socióloga Gaye Tuchman analizó los medios de comunicación masivos y concluyó que “aniquilaron simbólicamente a las mujeres”. 

En el contenido que Tuchman analizó, eran ampliamente ignoradas o presentadas en roles estereotípicos como víctimas o consumidoras. Los resultados la preocuparon porque la constante repetición de imágenes negativas solo podían incentivar que se conserve su posición de subordinadas en la sociedad. 

Diez años después de la investigación de Tuchman, en la Conferencia Mundial sobre las Mujeres de 1995, 189 miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) reconocieron el rol que tienen los medios en cambiar los estereotipos que influyen cómo pensamos y actuamos. 

Los países concluyeron que debía existir más igualdad de género en las producciones, especialmente en posiciones de liderazgo frente y detrás de escenas. La discusión de la conferencia en 1995 giró en torno a cómo las percepciones de los roles masculinos y femeninos en el cine y la televisión deben ser repensados para alejarse de los clichés, una tarea aún pendiente.

A principios de los 2000, abundaban los dramas de adolescentes de clase alta como The O.C., Gossip Girl y One Tree Hill. En su mayoría, los personajes de estas series representaban estereotipos: la guapa, el deportista, la nerd, el rebelde de buen corazón y la chica fácil. La experta en género María Pessina dice que esas series ofrecían “una mirada del sueño americano en el que todos quieren ser blancos, bellos y exitosos. Es decir, lo que no es real para más del 90% del mundo”.  Algunos de esos estereotipos continúan en series más recientes como Gloria, la esposa trofeo latina en Modern Family o Patty, la chica que está dispuesta a matar por ser la más guapa en Insatiable

Aunque algunos personajes insisten en fortalecer cánones dañinos, las audiencias están poco a poco menos dispuestas a aprobarlos. Jenny Pontón, experta en estudios de género, dice que los movimientos sociales como Time ‘s up, Mee Too o Vivas Nos Queremos y las redes sociales han contribuido a evidenciar los problemas de desigualdad y violencia física y sexual que viven las mujeres a diario. Por eso, la respuesta de la audiencia ya no incluye la indiferencia o complicidad con la que trató esos problemas en el pasado. Es el inicio del cambio cultural.

Cambiemos el guion incluye testimonios de miles de mujeres a nivel mundial que lo piden. Una joven canadiense dice que quiere ver a las mujeres “haciendo cosas para ayudar a la sociedad y a la gente de su alrededor”. Otra, de Vietnam, dice que no se deben enfocar en “en su historia de amor o sus familias, también en sus carreras, sueños y ambiciones”. Y una holandesa quiere ver a mujeres negras fuertes —como ella— en posiciones de liderazgo. 

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La solución a la que llega el estudio es clara: es necesario que más mujeres se hagan cargo detrás de la cámara. “Confía en ellas para compartir experiencias femeninas diversas e interesantes.”, dice una cineasta vietnamita. Si tienen acceso al proceso de toma de decisiones, pueden crear protagonistas femeninas más complejas que acompañen a Fleabag, Midge, Jean, Mia y Elena a cambiar el guion.