Me educaron en casa durante ocho años, desde los once hasta la universidad, antes de que fuera una forma novedosa para que los padres estrictos presumieran su compromiso con la educación de sus hijos. Ahora, si millones de padres y familias de repente van a educar a los suyos en casa durante las próximas semanas (y, seamos honestos, muy probablemente más allá de eso), vale la pena pensar cómo hacerlo de forma fluida, saludable y lo más sabia posible.

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Aprender en casa es diferente a aprender en la escuela. Exige que reorientemos cómo pensamos sobre el aprendizaje en general, y cómo lo abordamos con nuestros hijos —y tal vez incluso con nosotros mismos. Históricamente, la educación ha sido competencia de los padres. Pero la pregunta de cómo los niños pasan el tiempo, aprenden y crecen, no debe dejarse solo a los profesionales y sus agotadores debates sobre las escuelas autónomas, los sindicatos, y los uniformes. Es una cuestión a la que la sociedad, como un todo, debería prestarle más atención.

La educación en casa es tradicional, radical, fortalecedora, frustrante, reveladora y, lo más importante, nada de lo anterior. Eso se debe a que, por naturaleza, depende en gran medida de las personas involucradas. Pasar largos períodos de tiempo con mis padres (soy hijo único) fue la parte más difícil —pero también la más positiva y formativa— de estudiar en casa. Encontrar mis propias motivaciones para superar los contratiempos fue lo más difícil. Examinar las ideas y los temas que despertaban mi curiosidad, lo más gratificante.

Por esta y otras razones, intenta no competir con tus amigos (en línea y fuera de línea) acerca de cuánto le gustan los libros a tu hijo. No solo es moral e intelectualmente perjudicial—les enseña las lecciones equivocadas sobre lo que es importante— sino que la educación en casa, en primer lugar, es una de las mejores oportunidades que tienen los padres para disfrutar de comparaciones más sustantivas e importantes. Intenta aprovechar esta oportunidad para hacer algo genuinamente alternativo.

Hay cuatro puntos esenciales que todos los que están experimentando con esta modalidad de educación deben tener en cuenta. Primero, se necesita tiempo para encontrar un ritmo. Esto puede parecer obvio, pero es poco probable que el primer programa (demasiado ambicioso) o el segundo (reducido) o incluso el tercero que se te ocurra, funcione sin problemas. Te darás cuenta de esto con todas las frustraciones, fracasos y molestias que tú y tus hijos van a experimentar.

Aprender qué funciona, muchas veces, requiere que primero descubramos qué no funciona y luego adaptarse. Como todos somos humanos, el cambio casi siempre es difícil. No solo tienes que imponer un horario ideal para tus hijos y luego frustrarte si ellos (y tú) no pueden cumplirlo. Para mí las matemáticas eran muy difíciles, así que durante meses las evité. Para al fin hacerlas, las convertí en lo primero que hacía cada mañana, y mi miedo disminuyó y mi comprensión mejoró. Todavía paso demasiado tiempo entendiendo la trigonometría. No solo vas a necesitar tiempo, sino también múltiples errores y resbalones para averiguar cómo organizarlo todo satisfactoriamente. Espera tener que experimentar, cometer errores y reordenar varias veces tus prioridades.

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En segundo lugar, habla con tus hijos sobre lo que quieren y lo que les funciona (Sí, quieren más televisión; pero no, eso no es lo que quiero decir). Muchos sistemas educativos se desprestigian debido a lo deficientes que son para solicitar, atraer y estimular el interés de los estudiantes.

A menudo, los estudiantes se desalientan de participar en su educación. Después de todo, ¿cuántos de ellos pueden elegir los libros que leen o qué ciencia exploran? Pregúntales qué les interesa y asegúrate de hacerlo repetidamente porque sus respuestas cambiarán mientras más aprendan. Tal vez simplemente quieran dormir más hasta tarde (lo que según las investigaciones sería bueno para su salud física, emocional e intelectual en todos los sentidos). Quizás están aburridos de la geometría y la trigonometría, que, sinceramente, a menudo se les enseña como si fueran agentes adormecedores (El álgebra suele ser más interesante antes de volverse demasiado rutinario en la escuela secundaria).

Preocúpate menos por las habilidades de plug-and-chug (es decir, que no los hacen pensar). En su lugar, muéstrales una noción de las ideas y pruebas en las que se basan realmente las matemáticas modernas (que no están por encima de la cabeza de nadie). Hay muchos libros recientes y accesibles como Amor y Matemáticas (2013) de Edward Frenkel y La compañía del amante de las Matemáticas (2017) de Edward Scheinerman. También pueden leer algunos cuentos clásicos y mostrarles cómo te afecta la Literatura que esperas que aprendan.

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Si encuentras que, en realidad, no te gustan las historias que elegiste, intenta explicarte por qué. Hacerlo les enseñará a tus hijos mucho más que cualquier novela para adultos jóvenes predecible, moralista y, francamente, aburrida y apropiada para su edad. Recomiendo los cuentos cortos de Isaac Bashevis Singer: claros, lúcidos, poderosos y de alguna manera apropiados e inapropiados para toda la familia.

En tercer lugar, y quizás el aspecto más difícil de la educación en casa sea la relación entre padres y estudiantes y los innumerables obstáculos que conlleva. Por supuesto, te has dado cuenta que es compleja— ¡estás tratando de hacerla al mismo tiempo que tu trabajo diario! Probablemente podemos echarle la culpa de nuestra adicción al trabajo a la cultura occidental, que separa en gran medida los roles de padre y profesor.

La educación en las escuelas de hoy se trata principalmente como la adquisición de hechos y técnicas. Después de todo, eso es lo que intentan las escuelas. Sin embargo, simples hechos y técnicas no son lo que moldea profundamente a la mayoría de las personas cuando son estudiantes, ni más adelante en sus carreras laborales. Más allá de la alfabetización básica y la aritmética, el aprendizaje más decisivo proviene de lo que los niños ven hacer a sus padres, ancianos y amigos, día tras día.

¿Qué libros y revistas dejas por ahí? ¿Qué temas e ideas discutes con tus amigos cuando los ves? ¿Cómo tratas a las otras personas con las que te encuentras y qué tipo de interacciones se desarrollan? Los niños aprenden principalmente mediante la emulación, y los ejemplos que proporcionas todos los días en pequeñas formas ya sea que seas abogado, dentista, enfermero o chofer de autobús. Los libros que tienes en la mesa de café, los sitios web que visitas y el trabajo que traes a casa y del que hablas, brindan más enseñanzas que la mayoría de las clases.

La educación de tus hijos depende menos del libro de ejercicios que elijas para ellos, y más de lo que hables en la cena. En mi casa, por ejemplo, la radio estaba encendida a menudo y sintonizada en toda clase de programas, desde Amy Goodman a la izquierda, hasta Rush Limbaugh, a la derecha, con muchas radios públicas nacionales en el medio. Aprendí más sobre política de esta manera de lo que podría haberlo hecho en una clase de Cívica de secundaria.

El cuarto y último punto es qué libros de texto o cuadernos de trabajo comprar. El primer libro de historia que me compró mi papá, ahora un viejo neoizquierdista, fue la irreverente obra de Howard Zinn, La otra historia de los Estados Unidos (1980). Fue un relato revelador sobre las depredaciones de los estadounidenses, y no pude soportarlo.

No odiaba su política, sino el tono monótono del texto. Mi padre, sin importar sus opiniones políticas, me animó a leer otros puntos de vista. En otras palabras, la historia partidista de Zinn fue estimulante precisamente porque era parte de una educación abierta. A veces, un poco de parcialidad y fervor es bastante saludable.

Como Estados Unidos, su educación es, en esencia, un experimento continuo. El rabino Lord Jonathan Sacks dice, en su introducción a El Koren Sidur (2009), que “la oración se trata menos de obtener lo que queremos que de aprender lo que queremos”. Para aquellos que generalmente confían la educación de sus hijos a otros, unas pocas semanas o meses de educación en casa es una oportunidad para alentar a los estudiantes a hacer algo nuevo, diferente e inesperado— para que aprendan lo que deberíamos querer para ellos y para nosotros.

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Como sociedad, nos hemos vuelto excepcionalmente malos a la hora de alentar a los estudiantes a ser idiosincrásicos e independientes. Estas cualidades no se miden mediante pruebas estandarizadas, pero son tan importantes socialmente como una vacuna para el covid-19. Estar atrapado en casa durante algunas semanas y meses, obligado a la educación en el hogar, es una perspectiva desalentadora, pero también una gran oportunidad para cultivar las virtudes de la independencia y el pensamiento original.


*Este texto fue publicado originalmente en Aeon.