La temporada electoral empezó a tumbos para el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik (MUPP-18), el brazo electoral y político de la  Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie). El candidato presidencial del partido, Yaku Pérez Guartambel, fue elegido por su consejo político con 26 votos a favor. Su selección era el reflejo de la relación actual entre ambas agrupaciones: tuvo el apoyo de los coordinadores del partido, pero no de figuras del movimiento como Jaime Vargas, presidente de la Confederación. A casi un año del paro nacional, el movimiento indígena, que movilizó al país entero, no logra dirigir el camino de su propio partido.  

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Yaku Pérez es candidato a presidente del Ecuador pero ya fue designado manzana de la discordia del movimiento indígena. Poco después de haber sido elegido, por ejemplo, Leonidas Iza, dirigente protagónico de las movilizaciones del año pasado, lo llamó “políticamente inmaduro” y acusó a Pachakutik de antidemocrático. Él y Jaime Vargas declinaron su precandidatura en protesta al procedimiento del partido.

Son acusaciones infundadas. Pachakutik eligió a su candidato adhiriéndose al Código de la Democracia, que no permite organizaciones sociales como parte de una estructura política. Una cosa es la organización, que puede llevar a cabo sus propios procesos organizativos, y otra el partido, que debe someterse a las normativas del Código. Desde un punto de vista legal e institucional, Pachakutik siguió las reglas del juego. Y fue un triunfo contundente, de hecho: 26 votos a favor, 6 en contra y una abstención. 

Más allá de eso, el proceso mostró un divorcio en ciernes. Ambas organizaciones durante mucho tiempo han sido vistas como dos caras de la misma moneda reivindicativa de los derechos de los pueblos indígenas: una social, otra electoral. Ahora, sin dejar esa carga de defensa, parecen estar en una constante tensión que, llevadas en público, podría jugarles en contra a sus posibilidades en las votaciones de 2021.

Es una brecha que se estira en dos sentidos. Por un lado, el ideológico: Vargas e Iza abogan por una izquierda más radical, todavía apegados a lo más ortodoxo del marxismo clásico. Pérez Guartambel aboga por un enfoque ecológico, se muestra más conciliador y abierto al diálogo. En 2016 dijo que prefería a un banquero —refiriéndose a Guillermo Lasso— que a un dictador como Rafael Correa. Por otro, el político: mientras Iza se apoya en su cercanía a los mandantes o “las bases”, Pérez Guartambel ha sido más estratégico con los coordinadores del partido. Se movilizó por sobre todo con ellos. 

Para el economista Pablo Dávalos —quien fue candidato para la alcaldía de Quito para ese partido— Pérez demostró así su habilidad política. “A diferencia de otros líderes con mucha influencia, logró los resultados que quería a nivel de votos”, me dijo. “Es paradójico que la  Conaie sea capaz de movilizar al país entero, pero no logre lo mismo con su brazo político”, reflexionó. “Lo que hizo Pérez fue legal”, concluyó. Fue una movida que tensó la relación organización-partido, pero fue legítima y efectiva: el exprefecto de Azuay jugó a acercarse a los coordinadores, conversar y cabildear. Así ganó. 

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La jugada molestó a muchos  dirigentes de la Conaie como Jaime Vargas. Otros, como el escritor Atawallpa Oviedo —quién ha escrito y cubierto al movimiento indígena desde hace años— aceptan que las reglas y dinámicas internas en Pachakutik tienen falencias, pero distan mucho de ser antidemocráticas. Para Oviedo, es lo contrario: muchos de los choques intestinos del partido son gajes del oficio de un movimiento plural y diverso.  “Evidentemente hay problemas, gente que no responde a las características epistémicas del movimiento, asambleístas que han votado en contra de los intereses y postulados ontológicos de la Conaie”, me dijo. La representatividad conlleva el riesgo de las divisiones. 

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Cuando conversamos, Oviedo manejó con cuidado los términos “izquierda” y “derecha”. Para él, dentro de Pachakutik hay sectores que apelan a lo que llama una “alteridad política” —y no alternativa— que se emancipe de la polarización clásica entre diestra y siniestra. Para él, esa alteridad no significa ser “anti-izquierda”, sino cuestionar a la izquierda que describe como “colonizada y positivista”. Tampoco rechazó lo que motiva las críticas contra el partido. “Le falta coordinación, falta consulta a las bases y hay verticalismo”, dijo. 

Citó la elección de la artista guayaquileña Larissa Marangoni para que sea binomio de Pérez como un ejemplo claro de esas fallas: por apresurados no hicieron una investigación a fondo. Buscaban un perfil como el de ella, una costeña, “alternativa”, sin darse cuenta que había hecho publicaciones en Twitter criticando al movimiento indígena durante el paro de octubre de 2019. Tampoco vaticinaron su inexperiencia y poca piel política: a horas de ser criticada en redes, Marangoni renunció. La decisión pareció improvisada y, para algunos expertos, le costó aceptación y empuje a la candidatura de Pérez. Ese apresuramiento podría significar que Pachakutik pase de ser un serio contendor a un digno, pero insuficiente, tercer lugar en febrero de 2021. 

Hay otros que ven una oportunidad en el desliz. Podría ser la rendija por la que se cuele otro tipo de política al interior de Pachakutik, que fue creado como un mecanismo de representación política. Es llamativo: sus desacuerdos internos reflejan también los conflictos del movimiento social al que representa.

No es que las diferencias dentro del movimiento indígena sean nuevas. Lo que pasa es que antes los trapos sucios se lavaban en casa y ahora se están aireando en público. En Pachakutik no ganó ninguno de los hombres fuertes, ni más polarizadores y quizá las habilidades de Yaku Pérez podrían ser una oportunidad histórica. Marangoni fue reemplazada por otra mujer costeña, la científica Virna Cedeño.

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Ese cambio tiene el mismo espíritu que la elección de su predecesora: romper con la ideas de que el partido es un movimiento “étnico” que se conecte solo con el 7% de la población del Ecuador que se identifica como indígena. Con Cedeño en la papeleta, se mantiene la intención de apelar a otros sectores sociales. Específicamente, buscará atraer a la izquierda hastiada del correísmo que tampoco está dispuesta a dar un viraje drástico y aterrizar en la derecha socialcristiana o el neoconservadurismo de CREO.

Sobre ese argumento, Oviedo sonaba optimista. Dávalos también. Para Oviedo, esta es una gran oportunidad electoral de Pachakutik para ser gobierno por primera vez en la historia del Ecuador y ganar desde una filosofía indígena y cuya agenda le dé prioridad a lo ecológico sin dejar de hablarle al país en su conjunto. El economista Dávalos insiste en que hay un valor especial en las divisiones internas. “Sin candidatos fuertes para el Ejecutivo la política podría volver a la Asamblea, al debate”, dijo. En ambos casos, parece que Pachakutik está tratando de volverse más amplio y eso le está costando fracturas orgánicas. ¿Valdrá la pena el cambio de rumbo? Es difícil decirlo con certeza, pero las elecciones de febrero próximo serán un primer medidor de ese éxito.