En plena cuarentena Mónica*, una adolescente de 16 años de Guaranda, en la Sierra central ecuatoriana, logró enviarle un pedido de auxilio a la psicóloga de su colegio vía chat. Ella, su mamá y sus hermanos menores eran maltratados por su hermano mayor, un hombre de 26 años con problemas de alcoholismo. No era nada nuevo, pero ahora, sin ir a la escuela y con un toque de queda vigente en todo el país, escapar de la violencia era casi imposible. Anahí Almeida, asesora nacional de género de Plan Internacional —oenegé que promueve la igualdad para las niñas en 75 países— dice que en Ecuador hasta 2019, cuatro de cada diez niñas, niños y adolescentes vivían violencia extrema en sus hogares y que, durante la emergencia, las niñas y adolescentes están más expuestas, dice. “Ahora en el aislamiento social están mucho más expuestas”, dice Almeida. No solo es la agresión propiamente —es la aumentada capacidad de encubrirla y el reducido margen que hay para detenerla.

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El repertorio brutal que enfrenta una niña o adolescente al estar encerrada con su agresor estriba de la violencia psicológica a la física y sexual —aunque también incluye otras formas como una excesiva carga de actividades domésticas o ser privadas de comida. Es una verdad incómoda: el hogar no siempre es el lugar seguro que, se supone, debería ser. Catalina Martínez, directora para América Latina del Centro de Derechos Reproductivos, dice que el 64%, de los casos de violencia sexual contra niñas y adolescentes denunciados fueron cometidos por personas cercanas: familiares, padres o abuelos. 

En un país donde el hacinamiento en los hogares sigue siendo un problema, dentro de casa no hay a dónde escapar de las agresiones. “Muchas niñas y adolescentes no tienen un espacio propio, una habitación o un lugar para resguardarse, duermen en espacios compartidos y esto hace que no estén protegidas”, dice Almeida. En la cuarentena lo que era ventaja se contrae y lo que es peligro se desborda. 

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El encierro blinda a los agresores y aísla a sus víctimas. “La distancia social ha limitado su acceso a las redes de apoyo que les podrían brindar protección como los vecinos, los amigos o parientes”, dice María Caridad Araujo, Jefa de la División de Género y Diversidad del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). En el caso de Mónica, un mensaje oportuno a la psicóloga del colegio permitió identificar la agresión. Pero antes de la cuarentena, para Mónica habría sido mucho más fácil y seguro contar lo que sucedía al ir a la colegio. 

El aislamiento social no solo impide que vayan a sus centros de estudios, sino que ha interrumpiendo la rutina de la niñez y adolescencia. Anahí Almeida dice que las restricciones de movilidad para prevenir el covid-19 hacen que la violencia que ya se vivía antes de la emergencia se profundicen. En especial porque las opciones de buscar auxilio son muy limitadas, “las posibilidades que se sienta segura son mínimas o nulas”, dice. 

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El 76% de todas las víctimas de violación sexual en América Latina son niñas. Las expertas temen que esa cifra aumente mientras dure el aislamiento social, lo que también podría desencadenar en embarazos de niñas. América Latina es la única región del mundo en donde el parto de las niñas ha aumentado cada año. Según Martínez, anualmente alrededor de 60 mil niñas menores de 14 años de edad se convierten en madres.

En una emergencia sanitaria como esta, algunas áreas de la atención primaria de los servicios de salud como la atención maternoinfantil o la salud sexual y reproductiva rápidamente son de los primeros que sufren recortes presupuestarios, dice María Caridad Araujo. En una carta firmada por más de 100 organizaciones defensoras de los derechos de las mujeres y las niñas de América Latina se pide a los gobiernos tomar acciones respecto a la vida de las niñas y las adolescentes, garantizarles un método anticonceptivo de emergencia o la interrupción del embarazo. 

El documento dice que para una niña el riesgo de morir durante el embarazo y el parto es hasta cinco veces mayor que para una mujer adulta. Experiencias pasadas en el mundo alertan sobre lo que podría pasar en nuestra región luego de la pandemia. Una de las consecuencias del virus del Ébola en África occidental entre 2014 y 2016, fue el aumento de los niveles del trabajo infantil, el abandono, el abuso sexual y los embarazos en adolescentes.

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La psicóloga del colegio de Mónica denunció lo que estaba pasando. Logró obtener una orden administrativa para que el hermano mayor de Mónica saliera de la casa. Pero el problema podría ser mucho más complejo cuando se levante la cuarentena, muchas niñas y adolescentes no regresarán a las escuelas y colegios porque, dice María Caridad Araujo, algunas tendrán que quedarse apoyando en las tareas de cuidado e incluso trabajando para paliar la crisis económica que ya se padece. “Vamos a retroceder en materia de analfabetismo y eso tendrá efectos diferentes en las niñas y adolescentes”, dice Araujo. “La política pública no puede ser ciega y debe dar soluciones”. De acuerdo al último censo sobre educación en el Ecuador, hay más mujeres que hombres  que no saben leer y escribir.

La cuarentena también ha provocado que el trabajo del hogar aumente para las niñas y las adolescentes. Ya lo hacían, ahora lo hacen aún más. “Ha sido así hace muchísimo tiempo de manera injusta y discriminatoria”, dice Martínez. “Cuidamos el hogar, cuidamos de nuestros hermanitos, cuidamos de los hombres. Es el tipo de discriminación que hemos sufrido siempre”, dice. Almeida dice que las adolescentes al estar más tiempo en la casa, asumen todo el día las actividades domésticas, “no hay un horario para dedicarse al trabajo no remunerado del hogar y hacen una jornada única todo el tiempo”, dice. Según Plan Internacional la cuarentena no solo aumenta la carga de las actividades del hogar para las niñas y mujeres sino que las afecta emocionalmente porque en ciertos casos deben responsabilizarse del cuidado de los familiares enfermos.

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La psicóloga de la escuela de Mónica está trabajando para que la adolescente mantenga su estabilidad emocional y —cuando termine el aislamiento— pueda dar su testimonio en el proceso judicial. Hoy Mónica está mejor pero hay miles de niñas y adolescentes que siguen en riesgo. 

Ese riesgo se da porque las niñas son dos veces vulnerables: por su género y edad. La pandemia ha significado para muchas familias pérdida de trabajos, problemas emocionales, estrés, desesperación por el encierro. Almeida explica que las emociones que generan distintas situaciones en el hogar se descargan en quienes más indefensas quedan: las niñas. 

Al permanecer todo el día en la casa, las crisis se agudizan. “Pero ninguna de estas situaciones son justificación para violentar a las niñas o adolescentes”, dice Almeida. Hay factores que provocan violencia como el consumo de alcohol —como en el caso del hermano de Mónica— que aumenta la propensión para la violencia. 

Quizá uno de los mayores riesgos sea, también, la indiferencia y la minimización de la violencia. Muchas personas creen todavía que la violencia contra niñas y adolescentes son cosas que se deben resolver “casa adentro”, que son “problemas familiares” y no lo que en realidad son —muestras de una forma de violencia social y de género que debe ser abordadas y resueltas. 

De lo contrario, la próxima vez que haya que adoptar una medida de drástico aislamiento, las niñas y adolescentes volverán a enfrentarse al doloroso dilema de tener que encerrarse para evitar un contagio exponiéndose a los efectos de la pandemia, silenciosa y mucho más antigua, de tener que sufrir violencia en sus propios hogares.


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