Placeres

Mateo Kingman le pierde el miedo a perrear y se transforma sin dejar de ser él mismo

Serpiente. Roca. Obsidiana. Cósmico. Portal. Universo. Útero. Son las palabras que Mateo Kingman más usa en Astro, su nuevo álbum. ¿Cómo se formó un disco que junta reggaetón, trap, elementos de la canción latinoamericana y lleva en sus letras los aprendizajes del curanderismo?

Existen dos formas de escuchar Astro. La primera es intuitiva, contagiándose por las cosquillas que generan sus beats, que a veces coquetean con el tun-pa-tun-pa-tún del reggaetón, y las secuencias rápidas del trap y la música electrónica. En la primera forma los pies son los primeros en moverse, les siguen la cabeza y los brazos, usando a la música como guía. La segunda es más analítica: sumergiéndose en sus letras, entendiendo la batalla que Mateo Kingman tiene consigo mismo al inicio del disco para después pasar un portal (simbólico, hecho canción) hacia lo interior, a lo que no se ve y, al final, renacer -contento, liviano- en el mundo terrenal. En la segunda forma, uno se conecta con las canciones a través de la vulnerabilidad y las emociones que muestra Mateo Kingman canción tras canción. 

Era finales de 2017 y Mateo Kingman, que nació un 9 de diciembre 27 años atrás, decidió viajar, rodearse de naturaleza y alejarse, durante 15 días, de Quito. Quería embarcarse en un proceso íntimo, del que prefiere no dar muchos detalles, pero en el que viajó, también, a su interior. 

De ese viaje físico y emocional regresó a la ciudad siendo el mismo por fuera y otro por dentro. El mismo: fuerte, el pelo cortito, la mirada penetrante y la voz con un tono meditativo y ritmo pausado. Otro: más liviano, capaz de domar sus miedos, más maduro, la mirada, aún penetrante, con otros alcances. Regresó, incluso, con otra voz al cantar —más melódica, más segura de sus palabras.  

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En esos días de alejamiento de todo y todos y acercamiento a sí mismo, la escritura fue su forma de desahogo. De regreso, se dio cuenta de que había formado, sin querer, la base y el concepto de su segundo disco. La catarsis que reposaba dentro de sus libretas eran canciones que aún no tenían melodías. Para trabajarlas llamó a quien lo ha acompañado desde el inicio de su carrera —iniciada un par de años antes de lanzar su álbum debut Respira, en 2016— el productor Ivis Flies. 

Flies hizo música con la banda La Grupa que sonó con fuerza en Ecuador desde finales del siglo XX hasta los tempranos dos mil. Flies, también, ha producido discos y sencillos de músicos y proyectos locales como Toño Cepeda, De Taitas y de Mamas y Río Mira. Es cofundador del sello AYA Records, primo hermano de ZZK (Argentina), y que tiene a Mateo como parte de su familia de artistas. Ese viaje y ese llamado produjeron Astro, un álbum en el que Kingman y Flies utilizaron muchos sintetizadores y beats de los que es difícil escapar: son, por sus repeticiones, contagiosos, pegajosos. En Astro, Mateo Kingman le perdió el miedo a perrear. 

Sus letras cuentan una historia de dolor, de liberación, de cierre de ciclos, de renacimiento. Mateo Kingman ha hablado en sus redes sociales de Astro como el viaje y, también, como el viajante y el obsequio simbólico que le queda después de todo su intenso proceso de búsqueda. 

Pero, ¿qué buscaba? Escuchadas con atención, en sus letras hay algunas pistas. En Umbral, canción con la que abre el disco, Mateo recita una suerte de oración, un pedido, no se sabe a quién o qué, pero dice “quiero tejer un camino que recorra todo mi ser. No para ver el destino, sino para poder ver” También canta que quiere “Develar miedo y dichas. Serpiente cósmica, abrázame fuerte. Vámonos juntos, vamos ya”. 

La serpiente es un animal, un símbolo importante en todo su disco. Mateo Kingman la nombra 11 veces. Roca, obsidiana y piedra son otros de los elementos de los que habla. Los menciona 25 veces. Según Kingman, en el mundo del curanderismo (práctica ancestral popular, sobre todo, en Latinoamérica, en el que se utilizan plantas para sanar, no solo el cuerpo, sino también el alma) se dice que “hay que ser una roca por dentro, y una serpiente por fuera”. Obtener esa solidez, esa fortaleza interna y esa flexibilidad externa para cambiar simbólicamente de piel, como una serpiente en la realidad, es lo que busca en Astro. Ese es el hilo conductor del disco. 

El compositor, nacido en Yaruquí, una pequeña parroquia a las afueras de Quito, pero que vivió gran parte de su vida en la ciudad amazónica de Macas, al sur del Ecuador, es antagonista y protagonista en su nuevo disco. Sus miedos y sus limitaciones son a quienes debe vencer. Sus conocimientos y sus aprendizajes son sus guías. 

Ese viaje, ese conflicto, esa batalla interna, esa iluminación se plasman en las canciones de su segundo disco. Lúmina e IO, por ejemplo, reflejan el miedo que siente el viajante —llámese Astro, llámese Mateo— al escarbar en su interior. Emesis y Puerta de Sal representan un salto figurativo al vacío del ser, entregarse al dolor, darse por vencido ante un sentimiento que ya está ahí y contra el que no tiene sentido luchar.

Hacia la mitad del álbum llega la celebración del viajero. Tejidos tiene cadencias de reggaetón y es uno de los temas más alegres, sonoramente hablando, de Astro. Mateo Kingman celebra, quizás, que en su mente ya no hay tanta confusión. “No hay pensamientos, solo claridades”, canta. “Tu cuerpo y mi cuerpo se deslizan, woah”.  

Último Aliento es una canción fuertemente inspirada en la canción latinoamericana. El amor por esta música se sembró en Mateo Kingman desde que era chico. Su madre, cuando lo arrullaba, solía cantarle canciones de Mercedes Sosa y Simón Díaz. A Díaz, icónico compositor venezolano, Kingman lo homenajeó reinterpretando un verso de su canción Tonada de luna llena. “Luna, luna llena menguante” canta en Dame tu consuelo, parte de su primer disco, Respira.

Último aliento tiene varios elementos de la canción latinoamericana: sencillez, sentimientos, una historia cantada acompañada de una guitarra. La letra es una despedida a su abuelo y un acompañamiento a su padre. La música, hermosa y simple, se siente como una caricia melódica que matiza un duelo. “Escribí esta canción cuando mi abuelo estaba por morir. Quise acompañar a mi padre en este proceso, por eso le escribí un verso en la canción.” explica Kingman. Además, dice que el tema representa un cierre de ciclos. “Yo no tenía la frase final de la canción y, cuando murió mi abuelo, la toqué en la intimidad de mi familia, frente a mi padre, mi madre y hermanos, el verso final surgió espontáneamente”, recuerda. Entonces cerró la canción, un ciclo con su abuelo, otro con la relación con su padre. “Me di cuenta que le tengo mucho amor a mi papá” dice con una una sonrisa emocionada que rompe la expresión seria de su rostro.

Gustavo Santaolalla lo acompañó en esta canción. Santaolalla, músico y productor argentino, es reconocido por ser parte de la banda Bajofondo y por haber ganado dos premios Oscar. Que haya colaborado con Mateo Kingman es tirar un puente entre públicos: los que escucharon y escuchan a Santaolalla desde finales de los sesenta y quienes escuchan a Kingman desde 2016. 

Esta colaboración se tejió desde que ambos se conocieron en un mercado musical en México, donde Santaolalla conectó con la música de Kingman, la elogió en redes sociales y en las entrevistas que dio en ese país a medios locales. Cuando Santaolalla dio un concierto en Quito, en septiembre de 2018, invitó a Mateo Kingman a abrirlo. “Es como un sueño para mí que Gustavo, quien prácticamente ha musicalizado gran parte de mi vida, sea ahora un hermano y tripulante de esta nave” dijo Mateo en sus redes sociales antes de estrenar la canción. Último Aliento llegó, a finales de junio de 2019, junto a un video poético, en blanco y negro, dirigido por la cineasta Ana Cristina Barragán.

Casi cerrando el álbum está Religar que, de hecho, fue el primer sencillo de Astro. Mateo Kingman lo presentó a finales del 2018 y marcó un nuevo comienzo en su carrera. Para él representó un “cambio de piel”. Pasó de hablar acerca de pájaros y su experiencia viviendo en la selva en su álbum debut Respira, a hablar de serpientes y rocas en Religar. Trajo nuevos sonidos, una nueva madurez lírica y vocal y un vídeo protagonizado por adolescentes, también dirigido por Ana Cristina Barragán. En Religar, el coro se construye sobre una melodía electrónica que gira en una espiral. Tiene, también, colores muy pop y Kingman hasta inventa verbos “rócame la eternidad, obsidiáname la noche” pide en el coro.

Lucero es la única canción que habla, explícitamente, del amor. “Lucerito, lucerito. Navaja de las penumbras. Claro lucero del día. Arrulla la madrugada” dice su estribillo. “Imagínense que están en un desierto, y ven a un ser pequeñito que espera al amanecer. Y es un amanecer imponente, con un sol gigante, eso es Lucero. Es el amanecer del disco. La noche ya pasó” explica, sobre la canción.

Para finalizar, llega el tema que le dio el nombre al disco: Astro. Después de experimentar tanta intensidad, el tema, de cuatro versos, trae un sentimiento de alivio, un respiro, un suspiro y no queda más que decir…

“Te lavaste la mirada, te quedaste sin vestidos.

Te envolvió la madrugada, tu sonrisa está elevada.

Ahora que no tienes nada, puedes ser como la brisa.

Y tus ojos se han quitado el velo, lucecita reparada”.

Astro es un disco construido con tantas influencias que, relatado, podría parecer contradictorio. Pero Mateo Kingman lo hace funcionar: junta en él al reggaetón, trap, influencias de la canción latinoamericana y lleva en sus letras los aprendizajes del curanderismo de un viaje real e introspectivo. Y nos enseña que uno puede aprender —y desaprender— tantas cosas nuevas y viejas sin dejar de ser uno mismo y estar, para siempre, cambiado. 

Carla Vera
Periodista que usa a la música como un puente.