La vida de los otros

¿Qué quería decir Einstein cuando dijo “Dios no juega a los dados”?

La frase del célebre físico es repetida una y otra vez, y aparece lo mismo en sobremesas, discusiones y alegatos. Pero el contexto que le da verdadero significado suele ser desconocido.
  • dios juega a los dados

    Albert Einstein y Niels Bohr en 1925


UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

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Albert Einstein escribió en Diciembre de 1926: “La teoría produce un buen caso, pero no nos acerca al secreto del Viejo. Estoy del todo convencido que Él no juega a los dados”.

Einstein estaba respondiendo a una carta del físico alemán Max Born. El corazón de la teoría de la mecánica cuántica, según Born, latía de forma aleatoria e incierta, como si sufriera de arritmia. Si, antes de la cuántica, la física se trató siempre de hacer esto y obtener aquello, la mecánica cuántica parecía decir que cuando hacemos esto, obtenemos aquello solo con cierta probabilidad. Y en ciertas circunstancias podríamos obtener lo otro.

Einstein no estaba convencido. Su insistencia de que Dios no juega a los dados con el Universo ha resonado durante décadas, tan familiar y elusiva en su significado como E=mc2. ¿Qué quiso decir Einstein? ¿Y cómo concebía a Dios?

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Hermann y Pauline Einstein eran judíos ashkenazi no practicantes. A pesar del secularismo de sus padres, a los nueves años Albert descubrió y abrazó el judaísmo con considerable pasión y, por un tiempo, fue un obediente judío practicante. Según la tradición judía, sus padres invitaban a un académico pobre a comer cada semana, y de un empobrecido estudiante de medicina Maz Talmud (luego Talmey), el joven e impresionable Einstein aprendió sobre las matemáticas y la ciencia. Consumió los 21 volúmenes de los alegres Libros populares de ciencia natural (1880) de Aaron Bernstein. Talmud luego lo dirigió hacia la Crítica de la Razón Pura (1781) de Immanuel Kant, de donde migró hacia la filosofía de David Hume. De Hume había un paso relativamente corto hacia el físico austriaco Ernst Mach, cuya vertiente filosófica estridentemente empirista de ver-es-creer demandaba un rechazo total a la metafísica, incluyendo las nociones de un tiempo y espacio absoluto y la existencia de los átomos.

Pero este viaje intelectual había expuesto, sin piedad, el conflicto entre la Ciencia y las Escrituras. A los 12 años, Einstein se rebeló. Desarrolló una aversión profunda al dogma de la religión organizada que duraría toda su vida, una aversión que se extendía a toda forma de autoritarismo, incluyendo cualquier tipo de ateísmo dogmático.

Esta dieta juvenil y pesada de filosofía empirista le serviría bien a Einstein unos 14 años más tarde. El rechazo de Mach de un tiempo y espacio absoluto ayudó a moldear la teoría especial de  la relatividad de Einstein (incluyendo la icónica ecuación E=mc2), que formuló en 1905 mientras trabajaba como un “experto técnico de tercera clase” en la Oficina de Patentes Suiza en Berna. Diez años más tarde, Einstein completó la transformación de nuestro entendimiento del tiempo y espacio con la formulación de la teoría general de la relatividad, en la que la fuerza de la gravedad es reemplazada por el espacio-tiempo curvado. Pero a medida que se volvía más viejo (y sabio) empezó a rechazar el empirismo agresivo de Mach, y alguna vez dijo que “Mach era tan bueno en mecánica como desdichado en filosofía”.

Con el paso del tiempo, Einstein evolución hacia una posición mucho más realista. Prefería aceptar el contenido de un teoría cienífica realista como una representación eventualmente verdadera de una realidad física objetiva. Y, aunque no quería tener ninguna participación en la religión, la creencia en Dios que cargaba desde su breve coqueteo con el judaísmo se convirtió en la base sobre la que construyó su filosofía. Cuando le preguntaron sobre las bases de su ciencia realista, explicó “No tengo una expresión mejor que “religioso” para esta confianza en el carácter racional de la realidad y en que sea asequible, al menos hasta cierto punto, al razonamiento humano”.

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Pero el de Einstein era un Dios de filosofía, no de religión. Cuando, muchos años después, le preguntaron si creía en Dios, respondió: “Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la reglada armonía de todo lo que existe, pero no en un Dios que está preocupado con el destino y obras de la humanidad”. Baruch Spinoza, un contemporáneo de Isaac Newton y Gottfried Leibniz, había concebido a Dios como idéntico a la naturaleza. Por ello, fue considerado un peligroso hereje, y excomulgado de la comunidad judía de Amsterdam.

El Dios de Einstein es infinitamente superior, pero impersonal e intangible, sutil pero no malicioso. Es, también, firmemente determinista. En lo que a Einstein importaba, la “reglada armonía” de dios se establece a través del cosmos por la estricta adherencia a los principios físicos de la causa y el efecto. Por ende, no hay espacio en la filosofía de Einstein para el libre albedrío: “Todo está determinado, el inicio tanto como el final, por fuerzas sobre las que no tenemos ningún control… todos bailamos una tonada misteriosa, entonada a la distancia por un músico invisible”.

Las teorías especial y general de la relatividad dieron una una nueva y radical forma de concebir el espacio y el tiempo y sus interacciones con la materia y la energía. Estas teorías son totalmente consistentes con la “reglada armonía” establecida por el Dios de Einstein. Pero la nueva teoría de mecánica cuántica, que Einstein había también ayudado a fundar en 1905, contaba una historia diferente. La mecánica cuántica trata sobre las interacciones entre la materia y la radiación, en la escala de átomos y moléculas, en un contexto pasivo de espacio y tiempo.

Antes, en 1926, el físico austriaco Erwin Schrödinger había transformado radicalmente la teoría al formularla en términos más bien oscuros de “funciones de onda”. Schrödinger prefería interpretarlas realistamente, como descriptivas de “ondas de materia”. Pero un consenso promovido por el físico danés y el físico alemán Werner Heisenberg estaba creciendo, en el sentido de que la nueva representación cuántica no debía ser tomada muy literalmente.

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En esencia, Bohr y Heisenberg decía que la ciencia finalmente había llegado a los problemas conceptuales sobre la descripción de la realidad sobre los que los filósofos habían advertido durante siglos. Hay una cita de Bohr que dice: “No existe un mundo cuántico. Solo existe una descripción física cuántica abstracta. Es erróneo pensar que la tarea de la física es descubrir cómo es la naturaleza. La física se trata de lo que podemos decir de la naturaleza”. Este argumento positivista fue replicado por Heisenberg: “Tenemos que recordar que lo que observamos no es la naturaleza en sí misma pero la naturaleza expuesta a nuestro método de cuestionamiento”. Su ampliamente antirrealista Interpretación de Copenhaguen —negando que la función de onda representa el estado físico real de un sistema cuántico— se volvió muy pronto la forma dominante de pensar sobre la mecánica cuántica. Más recientes variaciones de tal interpretación antirrealista sugieren que la función de onda simplemente es una forma de ‘codificar’ nuestra experiencia, o nuestras creencias subjetivas derivadas de la experiencia de la física, permitiéndonos usar lo que hemos aprendido en el pasado para predecir el futuro.

Sin embargo, esto era absolutamente inconsistente con la filosofía de Einstein. Einstein no podía aceptar una interpretación en la cual el principal objeto de representación —la función de onda— no es ‘real’. No podía aceptar que su Dios permitiría que la “reglada armonía” se desentrañase tan completamente al nivel atómico, causando un indeterminismo sin reglar e incertidumbre, con efectos que no podían ser completa y ciertamente deducidos de sus causas.

El escenario para uno de los más extraordinarios debates en la historia de la ciencia estaba armado: Bohr y Einstein se enfrentaron en un tête-à-tête de la interpretación de la mecánica cuántica. Fue la colisión de dos filosofías, dos esquemas de pre concepciones metafísicas sobre en conflicto la naturaleza de la realidad y lo que se puede esperar de su representación científica. El debate empezó en 1927 y, aunque los protagonistas ya no están con nosotros, la discusión sigue viva.

E irresuelta.

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No creo que esto hubiese sorprendido a Einstein. En febrero de 1954, apenas 14 meses antes de morir, escribió en una carta al físico estadounidense David Bohm: “Si Dios creó el mundo, su preocupación principal no fue, ciertamente, hacer su entendimiento sencillo para nosotros”.

Premiado escritor y divulgador científico, con más de 25 años de experiencia. Su libro más reciente es "Quantum Space: Loop Quantum Gravity and the Search for the Structure of Space, Time, and the Universe" (2018).