Hace unos meses, unos burócratas de Quito Turismo llegaron al restaurante Yu Su Café, en el sector de La Mariscal. No iban a comer el sushi que se vendía en el local hacía casi veinte años, sino a tomar notas, ignorar las preguntas que les hacía su dueña, Yeon Sook Yang Cho (o Melania, como se la conoce en Quito), y, al final, le impusieron al pequeño local los mismos requisitos que se exigen a los grandes restaurantes de las zonas turísticas del centro de Quito. Melania fue a las oficinas de Quito Turismo —la empresa pública municipal que gestiona el turismo en la capital—, a tratar de entenderse con sus funcionarios, pero fue imposible: a principios de 2018, Melania (cuyas ventas le alcanzaban apenas para pagar la renta) decidió cerrar Yu Su Café.  

En 1991, Melania llegó a Quito. No sabía español, ni tenía mucha idea de lo que haría con su vida. Se había mudado con toda su familia desde Seul, la capital de Corea del Sur, siguiendo los pasos de su hermano. Hoy, media vida después, Melania habla con acento quiteño (arrastra la ‘r’ y termina sus oraciones con un cantadito en tono pregunta) y su restaurante de sushi Yu Su Café (en las Torres de Almagro, en la avenida Colón) se convirtió en uno de los hitos de La Mariscal.

Yu Su Café abrió en el 2001, mucho antes de que el sushi se pusiera de moda en el Ecuador. Su propuesta era tan sencilla y acogedora como el local: como entrada, una ensalada de pepino con ajonjolí y salsa de soya y rollos minimalistas de salmón, atún o aguacate. “Al principio empecé vendiendo pasteles, galletas menos dulces, al estilo coreano”, dice Melania. “Pero la gente no estaba acostumbrada a tomar café con pasteles y sentarse a conversar”.

Por entonces, en la avenida Colón no había los negocios que se encuentran ahora. Melania recuerda que alrededor del terminal de la línea de buses Panamericana había oficinas, un puesto de la revista Vistazo pero “ni una panadería en la tarde”. Era una zona oscura y solitaria, a pesar de su cercanía con los bares de la plaza Foch, en el mismo sector.

Melania nunca antes había tenido un negocio. “Yo esquivaba, dibujaba cosas, pensaba en lo que me podía faltar…lo que sea para no abrir”, dice. Fue su hermano quien la  impulsó a seguir con Yu Su. El sushi, según ella, era entonces una forma de terapia: soltar, liberar y buscar transparencia “hacia el interior”. “Venía mi hermano y me decía que una vez no puedes, la segunda vez intentas más y la tercera vez es más fácil”.

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Melania aprendió a respirar conscientemente mientras preparaba los rollos, a aprovechar el desafío de abrir un negocio en un país cuyo idioma aún no dominaba por completo. “Fue una experiencia de trabajo personal”, dice. Yu Su significa en coreano ‘corriente del agua del río’. Es una referencia la fluidez del agua. “Yu es lo que fluye”—me explica— “como la vida”.

cerró el yu su

Yeon Sook Yang Cho (o Melania, como se la conoce en Quito) dirigía el café Yu Su. Fotografía cortesía de Ave Jaramillo

Melania se dedicó al café, a su espacio, que era una forma de dedicarse a ella misma. “Tu espacio eres tú”, dice. “ Y uno debe ser transparente para que el espacio sea acogedor”. La dimensión filosófica de Melania sobre su trabajo facilitaba las amistades con sus clientes, a los que —en su mayoría— trataba por su primer nombre. En su restaurante, Melania y sus comensales eran como el agua.

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El seis de enero de 2018, la corriente se interrumpió taponados por deslaves burocráticos. Melania cerró oficialmente su restaurante. Lo anunció con un cartelito discreto pegado en su puerta, y los días posteriores el local pasó a tope. “Algunas personas hicieron una campaña en redes para apoyarme”, cuenta orgullosa. Aún toca a su puerta gente que no se enteró. Alex Armendariz llegó la tarde del 12. “No tiene sentido. Hay negocios que llevan años abiertos y de repente te dicen que cambies de la noche a la mañana”, dijo sorprendido. Almendáriz visitaba el Yu Su desde adolescente, aunque vivía lejos de La Mariscal. “Son cambios repentinos, de la nada”.

En agosto de 2017, ‘de la nada’, Melania se enteró que a su local le faltaba la aprobación de Quito Turismo. La empresa municipal se encarga de  promocionar el turismo en todo Quito, pero hace especial énfasis en las zonas de la Mariscal y el Centro Histórico, los dos polos urbanos de atracción de turistas de la capital. Tiene una fe desmedida en sí misma: según su ‘visión institucional’, para 2021 será ‘la organización pública oficial de turismo líder y de referencia en Sudamérica”. En el mejor de los casos, son unos optimistas delirantes. En el peor, sufren del síndrome faraónico que produjo los elefantes blancos del gobierno de Rafael Correa.

Melania recuerda los primeros enredos burocráticas con incredulidad. Los llama ‘complicaciones’. “Había problemas con el RUC y la dirección registrada”. “Antes tenía Diego de Almagro y Colón, pero me pusieron muchos problemas porque debía ser ‘Colón y Almagro’”.

Yu Su Café está a pocos metros de la esquina donde se encuentran esas dos calles. Confundida, Melania acordó con las oficinas del Municipio con un horario para una inspección que diera crédito que el local quedaba en Diego de Almagro y Colón y no en Colón y Almagro. “Les esperé en el horario que habíamos quedado pero no llegaron”, dice. Al día siguiente, cuando Melania llegó al local encontró pegada en la puerta la notificación del inspector: “No se pudo llevar a cabo la inspección”. Habían ido días después de la cita establecida.

El Yu Su

El Yu Su estuvo abierto durante 16 años. Era un espacio pequeño y acogedor. Fotografía cortesía de Lisandro Brito

Cuando los funcionarios de Quito Turismo finalmente llegaron (días después de lo acordado), tomaron fotos con sus teléfonos celulares, hicieron un par de notas, y notificaron a Melania de todo lo que le faltaba al Yu Su para poder tener permiso para funcionar. “Pero no me explicaron bien”, repite una y otra vez. “Me trataban como tonta y no respondían a mis preguntas”, dice.

Las regulaciones eran inflexibles. Por ejemplo, a pesar de que Melania no cocinaba nada en Yu Su (el sushi se prepara crudo), le exigían una trampa de grasa y un extractor de humo. En el baño le dijeron que debía instalar baldosa y que tenía que poner un urinario. También le impusieron un vestidor para el personal, a pesar de que en Yu Su solo trabajaba Melania y, en los horarios más ocupados, una asistente.

“Algunas de las exigencias tenían sentido y eran razonables”, concede Melania. Otras, en cambio, más parecían imposiciones que mecanismos de regulación higiénica. Con la ayuda de su hijo, Melania les preguntó: “¿Ustedes diferencian entre los pequeños lugares y chifas grandes?”

No, les respondieron.

Fabio Concha, vecino de Yu Su y cliente frecuente de Melania, dice que la política de Quito Turismo está mal aplicada: “Así van a cerrar la mitad de restaurantes de Quito”.  Concha cree que la empresa municipal está pensando en estándares europeos, “ignorando la realidad económica de los negocios locales”.

Yu Su

El cartel con el que Melania anunciaba el cierre de su local ante la imposibilidad de cumplir con todas las regulaciones de Quito Turismo. Fotografía cortesía de Lisandro Brito

La zona donde opera Yu Su es técnicamente parte del sector de la Mariscal, pero no hace parte del centro turístico de mayor confluencia. Está, más bien, en una zona residencial (en las Torres de Almagro) y comercial. Los precios del producto de Melania, por eso, estaban adecuados a esa realidad. “Hubiera tenido que subir los precios”, explica, cuando la mayoría de sus clientes no eran turistas extranjeros. “Pero llegaban de Mindo y de otras partes”, dice Ramón Vélez, guardia y portero de las Torres. “El sushi de Melania era bastante reconocido”.

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Melania dice que ahora se va a tomar un tiempo. Después de 16 años de que su negocio se convirtiera en un eje de intercambio para su vecindario, la agotó la cuadradez de Quito Turismo, su incapacidad para contextualizar y leer las realidades de quienes habitan la ciudad. “Fue un año difícil”, dice. En noviembre, su perro Homero, un schnauzer que la acompañó por doce años, murió. “Necesito nuevamente mi tiempo personal”.

Pero Melania igual sonríe. Se ríe mientras describe la actitud de los burócratas que le mostraban papeles de excel sin explicarle nada más. Es como si dijera ‘Yu Su’: todo fluye. Ella también lo hará, a pesar de los aludes burocráticos, Melania estará bien.

En Quito Turismo, en cambio, todo luce trabado (como en tantas otras cosas en la administración municipal actual). En sus delirios tecnocráticos, sus funcionarios escribieron en piedras de papel disposiciones absolutistas, ajenas a la realidad que pretenden regular. Sin un plan o proceso de apoyo e implementación para comerciantes, los requisitos son imposibles de cumplir para los más pequeños.

La proclama de fe en ellos mismos terminará por explotarles en las manos: en lugar de promover el turismo, están obstaculizando negocios que hacen de Quito una ciudad diversa, vibrante y con alternativas culinarias. Pero la lógica kafkiana de los burócratas —metiéndose donde no deben a regular cosas de las que no comprenden nada— no entiende de matices. Ellos son piedras. Ellos no fluyen como el agua.