La vida de los otros

La gente que dice mentiras para que otros vayan a sus marchas de odio

Una mezcolanza de mentiras y absurdos se difundió en redes sociales por grupos conservadores que, a pesar de su religiosidad, no pueden cumplir con un mandamiento judeo cristiano: no mentir. Saben que si dicen la verdad nadie irá a sus convocatorias contra los derechos de las personas LGBTI
  • con mis hijos no te metas

    Un hombre grita en contra de las personas LGBTI en Guayaquil, durante la marcha del orgullo gay en 2017. Fotografía de José María León para GK


UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

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El rumor se convirtió en histeria colectiva. En septiembre de 2017, una serie de mensajes y audios circularon por grupos de WhatsApp, llamando a una marcha para proteger a la familia. Muy pronto, con la rapidez de nuestros tiempos, los mensajes se regaron y generaron una indignación generalizada. El único problema era que todas las afirmaciones en esas cadenas eran —son— mentiras escandalosas e irresponsables.

Se regó una mezcolanza de absurdos: que la Asamblea Nacional iba a aprobar en octubre un paquete de leyes a favor de la homosexualidad con el fin de destruir a la familia, que en el Código de Salud se establecía que las trabajadoras sexuales son personas de atención prioritaria, la compra de semen, óvulos y úteros, que se entregaría a niños y niñas métodos anticonceptivos a escondidas de sus padres para que pudiesen tener relaciones sexuales de todas las formas imaginables desde edad escolar. Se decía, además, que hay un acuerdo ministerial que elimina del pensum académico de escuelas y colegios el hecho biológico de que existen hombres y mujeres, y que el docente que se negara a transmitir esta información sería despedido e incluso encarcelado, y  que como ya no existirían hombres ni mujeres los matrimonios podrían darse entre parejas del mismo sexo. Que estas parejas homosexuales adoptarían y, por lo tanto, también podrían celebrase matrimonios entre personas y animales. Las cosas no paraban ahí: decía el mensaje que a los siete años a todo niño y niña de escuela se le daría a escoger si quiere cambiar su género, que una mujer de 50 años podrá redefinirse como un niño de 4 años. Que en las escuelas se enseñaría que no existen diferencias biológicas entre un niño y una niña, y ellos escogerían su sexualidad según su preferencia.

Nadie se hacía las preguntas básicas ¿cuál ley? ¿Dónde estaba escrita toda esta barrabasada? Si se hubiesen preguntado esto, quienes cayeron en la locura generalizada habrían visto con claridad que este bagaje de mentiras carece de sustento. La única evidencia era el mensaje de voz, el texto recibido, un video que evidentemente había sido hecho en otro país. A mí, algunas personas, me decían incrédulas “no puedo creer que el sacerdote de mi parroquia me esté mintiendo”. Pero sí. Las mentiras hiperbólicas para convocar a estas marchas ganaron fuerza porque las Arquidiócesis de Guayaquil, Quito y Cuenca emitieron comunicados públicos para apoyar las movilizaciones. También agravó la histeria comunal el que  algunos curitas repitieron en sus parroquias estas delirantes aseveraciones falsas.

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Pero no solo hubo curitas despistados. Hubo un sacerdote que además de mentir fue cruel e insultante con las personas trans, y tuvo la mala idea de exponer estas agresiones en su cuenta de twitter con todo y meme. Esto le costó, no solo recibir una avalancha de críticas públicas por su poco caritativo proceder, indigno de un hombre de Dios —algunas de parte de influyentes personajes de la comunicación, la política y el derecho—; sino que, además, como este malhadado comentario se hizo viral, la marcha convocada se contaminó irremediablemente del odio del emisor de estos mensajes.

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Pero la verdad nos hace libres y nos cura la histeria. Por eso, es indispensable —además de denunciar la naturaleza falaz y el odio propagado desde ciertos púlpitos— hacer precisiones importantes y desmentir  a la serie de barbaridades que circularon por Whatsapp y otras redes sociales.

No existe ninguna ley en ciernes que esté reformando el matrimonio, o la adopción, o que vaya a despenalizar totalmente el aborto. Ningún acuerdo ministerial dice que no existe la noción biológica de hombre y mujer. Tampoco es verdad que en las escuelas y colegios se repartirán anticonceptivos o condones.

No se le dará a elegir a los alumnos y alumnas de ninguna edad con qué género desean identificarse, o cuál es la orientación sexual que prefieren. El proyecto del Código de Salud no dice nada sobre compra de óvulos o espermatozoides. Es más, el texto dice expresamente que no se podrá comercializar material genético y que se prohíbe la remuneración de cualquier tipo a cambio de la subrogación de vientre. Para saberlo, basta ir al portal de la Asamblea Nacional y leer las leyes en trámite. Es fácil informarse, pero aún es más fácil vivir en el culto de los prejuicios propios.

Luego de tantos mensajes delirantes por redes sociales, los grupos que organizan la marcha bajaron el tono. Por lo menos en sus intervenciones ante la prensa. Puede ser en parte porque fueron desmentidos por el Ministerio de Educación, la Asamblea Nacional, el Consejo Nacional para la Igualdad de Género, el portal Ecuador Chequea, y algunos medios de comunicación. Puede ser también porque la Secretaría de Inclusión Social de la Alcaldía de Quito emitió un comunicado rechazando estos mensajes que promovían discursos de odio, violencia y exclusión.

En su rueda de prensa, los grupos promotores de esta marcha dijeron, con muchísima más mesura: que están en contra de que se hable de diversidad sexogenérica. Tampoco quieren que se prohíba el discrimen por orientación sexual o identidad de género en el anteproyecto de la Ley de Contra la Violencia de Género. No quieren que en el proyecto del Código Orgánico de Salud se hable de maternidad subrogada. Se oponen a que las emergencias obstetricias —en caso de tratarse de un aborto en curso— sean atendidas de inmediato sin que el médico pueda alegar objeción de conciencia para negarse a brindar atención, o que denuncien a las mujeres que llegan con un aborto incompleto. Dijeron que no quieren que se dé una libre y masiva distribución de métodos anticonceptivos gratuitos a los niños y niñas, sin necesidad de que estén presentes sus padres de familia. Esas fueron sus palabras.

Pero lo que no dijeron, con todas sus palabras, es lo que en verdad les molesta: que las personas LGBTI tengamos derechos. Porque sí están considerados en la legislación ecuatoriana asuntos que podrían ampliar la protección a los grupos vulnerables. Es eso, de seguro, lo que tiene de cabeza a los sectores más conservadores y retardatarios de nuestra sociedad. Con total honestidad intelectual hay que decir cuáles son estos temas.

Sí, es verdad que en el proyecto de Código de Salud se establece la atención de salud a las trabajadoras sexuales como grupo vulnerable. Pero esto es algo apenas lógico. La atención de salud es un derecho humano.

Es verdad, en este proyecto también se establece que la autoridad sanitaria garantizará el acceso gratuito a los métodos de planificación familiar y anticoncepción de calidad a personas en edad reproductiva sin discriminación alguna. Pero eso no quiere decir que se regalarán condones a niños y niñas en las escuelas.

Es cierto que en el Código de Salud se habla de técnicas médicas de fecundación asistida y de maternidad subrogada.Pero no se habla de vientre de alquiler como aseguraron los ultraconservadores. En Ecuador hay fecundación asistida desde los años noventa. El que no exista regulación legal no ha impedido que se dé. Por el contrario, esta regulación de pronto podría impedir, o por lo menos prohibir, la venta o alquiler de vientres que ya se da en nuestro medio y sin ningún problema.

Sí, es verdad que en el anteproyecto de Ley de Violencia de Género se menciona la orientación sexual y la identidad de género, y se dice expresamente que ninguna mujer puede ser discriminada por ellas. Pero, vamos a ver, eso está tomado directa y textualmente del artículo 11 de la Constitución del Ecuador. La diversidad sexo genérica son facetas de la personalidad que están reconocidas en la Constitución y cuyos derechos están garantizados. Y sí es verdad que no solo este anteproyecto ley contiene esos conceptos, sino que toda nuestra legislación, políticas públicas y sentencias judiciales sobre estos temas deben contener estos principios de igualdad y no exclusión, porque la Constitución no está de adorno.

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Eso es lo que les molesta: que con el tiempo, por estar protegidos por la Constitución y las leyes, cada día seamos menos discriminados y mucho más iguales. Esta es la verdad: les fastidia que las mujeres que de ahora en adelante van con abortos en curso —como María y Josefa, y tantas decenas— al sistema hospitalario ya no puedan ser encarceladas. Y eso les molesta porque entonces va a ser menos difícil abortar con medicamentos. Y sí, eso es completamente cierto. Como también es cierto que es inhumano que a mujeres en peligro de muerte y con dolores espantosos se las espose a la camilla para que declaren contra ellas mismas antes de ser atendidas.

No dicen estas verdades y tienen que mentir porque si no la gente no va a sus marchas. Hasta los entiendo. Lo que no entiendo es por qué en el pasado estos grupos religiosos no se han movilizados, por ejemplo, contra el abuso de niños y niñas en los planteles educativos. Ahí se justificaría totalmente este eslogan de Con mis hijos no te metas. Pero no.

No salieron a marchar en el caso del Principito, el niño de 4 años violado en colegio La Condamine. Tampoco cuando encontraron el cadáver de Valentina,  de 11 años en su escuela, ni con el caso AAMPETRA, en que 41 niños de entre 10 y 11 años abusados sexualmente en el aula por su profesor. Tampoco cuando Paola Guzmán Albarracín fue víctima de violación por parte del vicerrector de su colegio, quedó embarazada y luego se suicidó, un caso que llegó a cortes internacionales.

Mientras escribo estas líneas leo con indignación y desaliento que al menos cien niños han sido abusados sexualmente en el colegio réplica Aguirre Abad de Guayaquil. Estos sí es un motivo para movilizarnos y marchar contra un sistema que no protege a los niños y las niñas, que los deja en indefensión, que destruye familias y vidas. No tiene justificación marchar contra una ley que pretende prevenir la violencia contra las mujeres en todos sus ciclos de vida. No tienen sentido marchar porque no les gusta que gente viva su sexualidad —sin hacerle daño a nadie— de forma que no les parece normal, o natural, o moral.

Marchar contra los derechos de las mujeres o de las personas LGBTI no solo es ruin, es inútil. El tiempo pasa y cada día avanzamos en derechos para todos y todas. Marchar contra los derechos humanos es como intentar ponerle un dique al mar. Podrá entusiasmar a algunos, pero a la larga, no sirve.

Silvita Buendía
(Ecuador, 1967) Feminista, abogada y activista de los derechos humanos LGBTI. Lee mucho, a veces escribe.