Aunque la ruptura entre Rafael Correa y Lenín Moreno es, por sobre todo, un quiebre de estilos, de formas, esto no significa que sea una ruptura irrelevante o falsa. Al contrario: demuestra cuán arraigadas estuvieron las idiosincrasias personales del expresidente en las políticas de Alianza País. Correa no solamente mantuvo control sobre los tres poderes del gobierno sino que impuso un lenguaje, una estética kitsch y moralista que caracterizó al discurso de su partido. Esa pomposidad revolucionaria e incapacidad de autoironía y autoreflexión fueron una receta efectiva para acallar discrepancias internas. ¿Cómo expresar desacuerdos desde adentro cuando hacerlo significaba ser sancionados o condenados públicamente? En política la forma es fondo. Y dentro de Alianza País la disputa hoy va más allá de lo ideológico: se enfrentan la literalidad moralista, simplona y pomposa de ‘los corazones ardiente’ contra la autocrítica del  morenismo.

La literalidad de la política es también una obsesión del escritor checo Milán Kundera. El régimen comunista de su natal (y hoy extinta) Checoslovaquia es el trasfondo de muchas de sus obras más importantes: historias de amor, de olvido o de deseo entre individuos que habitan un sistema donde todo se controla por el bien común. El comunismo es —en la obra de Kundera— un personaje más. Presente en compañeros de partido, funcionarios públicos y amigos.

La novela La Broma, en particular, es la historia de Ludvik, un comunista comprometido y convencido que escribe una postal a su enamorada y se despide, en broma, en tiempos estalinistas, con un: “Viva Trotsky”. Ludvik se convierte en sospechoso de traición. Su sarcasmo escrito no es entendido por las autoridades como lo contrario de lo que expresa, el simple hecho de escribir “Viva Trotsky” era suficiente evidencia de una deslealtad. La traición se evidenciaba en el acto mismo de escribir. Para sus acusadores más perspicaces, en cambio, revelaba un impulso burgués por demostrar su sentido del humor. Nada lo redimía: en la Revolución no había espacio para los graciosos.

El mundo de Kundera retrata un sistema de significados planos, simples y maniqueos, donde la palabra es concebida únicamente como una herramienta de adoctrinamiento, de verdad revolucionaria que no permite matices —la que se canta en la trova revolucionaria, la de la hipérbole repetida mil veces y la de la doctrina ortodoxa de quienes, seriamente, creen ser los salvadores del mundo.  En ese sistema que no ríe el diálogo es imposible: la diferencia, la divergencia y la interpretación que se desvíe o que cuestione el significado denotativo exacto —la verdad— es, por definición, una trampa del enemigo, del burgués o del traidor.

En Ecuador también regía la literalidad pomposa que fascinó a Kundera. El éxito de Moreno dependerá de su capacidad de mostrar la comicidad que esconde la desgastada labia del correísmo duro. Glas no deja de decir que no hay pruebas en su contra en el caso de las coimas de Odebrecht: no importa cuán cercano era a su tío Ricardo Rivera, ahora en arresto domiciliario, o el simple hecho de que en 2010, Glas estaba a cargo del Ministerio Coordinador de Sectores Estratégicos y de todos los contratos que se generaban desde ahí. Nada de eso importa: el hecho denotativo es la falta de pruebas. Punto.

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Hay otros ejemplos. La demanda de Correa contra Martín Pallares por imaginar una situación. El más reciente, es nuevamente el tipo de argumentos que Galo Chiriboga se saca del bolsillo para defender lo indefendible. Luego de comparecer ante la fiscalía, le había dicho al ministro del interior César Navas que “el que aparezca en el registro de mi pasaje y el de mi esposa, no significa que vaya a viajar, es más, habíamos cancelado el viaje.” Sí, técnica y literalmente es posible no subirse a un vuelo para el que uno tiene pasajes comprados, pero dicho en el contexto en que se descubren casos de corrupción ocurridos en la época en que Chiriboga era el encargado de perseguirlos (y no lo hizo), resulta tristemente risibles. Que Chiriboga no lo pueda ver es otra prueba del apego por la literalidad correísta.

Lo más grave (o curioso) es que Chiriboga es un exfiscal. Y un fiscal, se supone, es un funcionario dedicado a buscar la verdad en los contextos —no es lo mismo quien asesina por odio, o por venganza, que quien mata en defensa propia. Pero Chiriboga es experto en obviar los contextos para ceñirse a la literalidad. No solo con los pasajes, sino también aquélla vez en que dijo la obviedad más grande —y por ende, desvergonzada— de la investigación de los casos de corrupción: “Yo sí sé quién es el corruptor” —le dijo a los reporteros que sostuvieron el aliento esperando un nombre clave en sus indagaciones y remató en una broma para los anales de la comedia involuntaria— “Odebrecht”. Meses después, ya fuera de su cargo, Chiriboga aún no logra caer en cuenta de la tragicomedia que inspira porque, simplemente, es incapaz de hacerlo: él sigue ahí, enarbolando el manido discurso correísta de los buenos revolucionarios que nunca tienen la culpa. Siempre es de la prensa corrupta, los Isaías y los Socialcristianos, y los traidores.

Del otro lado, está Lenín Moreno, un hombre que entiende de símbolos (o al menos eso parece). Moreno es un humano frágil. Su vulnerabilidad física es una parte visible de su cotidianidad. Más allá de su experiencia personal, el presidente no goza ni de la elocuencia de su antecesor ni de su velocidad de ametralladora para argumentar, lanzar cifras y disminuir a sus interlocutores. Moreno se maneja con lugares comunes más hogareños, anécdotas y tropos humorísticos. Le gusta contar historias y contar chistes y no le gusta debatir. Y aún así, a la sombra del ciclista Ph.D. ojiverde y guapo, Moreno logró llevar a la mesa de diálogo a sectores clave como la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) y a la prensa privada, transparentar las cifras económicas y dar oxígeno al entramado mediático propagandístico de los medios públicos.

Mientras Correa lo insulta en redes sociales, Moreno se ha mantenido al margen de las bravatas de su predecesor. Las veces que le ha contestado —como cuando dijo que tenía síndrome de abstinencia del poder— han sido respuestas de alguien, precisamente, con sentido del humor, un territorio donde la literalidad no funciona, porque exige claves y contexto para ser entendidos. Es como si Correa fuera el policía que se llevara al Ludvik de Kundera preso, y Moreno la novia que se reería al leer su carta. Con el primero, la convivencia era en el plano del terror y la inflexibilidad (por algo Correa dijo para justificar la dictadura de Fidel Castro que “en una fortaleza sitiada, todo disenso es traición”); con el segundo, el “Viva Trosky” decanta en otros imaginarios, que se revelan luego en otras realidades.

Por eso es que Moreno ha ganado terreno. Su sentido del humor, su experiencia como sidekick acolite, inocuo, lo convierten en una figura capaz de navegar el discurso más allá de su significado oficial y, posiblemente, desmontarlo. Su estilo no es solamente un estilo. Libre de las poses de la estética cuasi soviética del correísmo, de esa literalidad delirante, Moreno se muestra capaz y dispuesto a leer lo connotativo, a interpretar un escenario mucho más complejo y lleno de matices que el que Correa insiste aún —a través de cansinas intervenciones desde un triste ático belga— en imponer.